A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con sus
piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años
padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años
era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir
con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio
dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su
potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo
deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y
al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta
que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un
puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara
durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir.
Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando
más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los
faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.
Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente en
medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias y las
direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, y, al fin,
lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora y endeblucha,
la suegra hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple
y salió adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del
trabajo, excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del
hogar, los lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias
de los proveedores, las terribles contingencias.
Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para afrontar
otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una fina
sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse un poco,
de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le fue posible.
Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por contento con
asegurar el bienestar económico de los suyos.
Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza,
pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa,
una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se
sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.
No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había andado
a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta
resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que
yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía
gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su hijo.
Desde que el hijo nació le había atendido el padre con el mayor
esmero. Cada vez que hacía un sacrificio por su salud o su educación,
el buen hombre pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él,
sí». Y redoblaba su celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que
atesoraba instrumentos de poder, realizaría su ideal de triunfo.
El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una salud a
prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. Nuestro hombre,
enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le admiraba y se
llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella potencialidad
fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su organismo.
Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban más
los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso
para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella
esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.
Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. Laborioso,
inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un aplomo que
maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no obstante,
que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su ecuanimidad
eran excesivas.
Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien,
va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido
siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la
necesidad. Hay que dar tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».
Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían unos
tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella ideal
perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. Le
faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a unos
hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era
estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él,
con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había
hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de
poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le
excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil;
al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le
faltaba el gran acicate: el dolor.
El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida misma.