Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a mi
familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole,
profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador
y presidente honorario de varias entidades benéficas y me irrito
contra la inmoralidad, el descreimiento, el desenfreno y la rebelión.
De buena fe, de absoluta buena fe, me he propuesto ser un poderoso
ariete contra todas estas cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en
combatir a los enemigos del orden, la religión, la autoridad, la patria
y el capitalismo.
Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas
conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme
en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían
mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes
fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo;
si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis
amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin
escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?
Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me afean.
Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de veinte
años?
Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que
ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, si
acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía algo
de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad hay
entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en mi
memoria y apenas encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo
espacio que hoy ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento
y pienso ahora. Somos seres completamente distintos.
Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace
veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta
de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las
hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula,
ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo,
completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo,
me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años.
¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre
nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras
tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo
cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel
cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?
No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la vida
me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy otro.
Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que
la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave
Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta
verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres son lo
suficientemente idiotas para no darse cuenta de cuándo se mueren
y cuándo renacen. Se ponen melancólicos, les entra la morriña, se
les muda el pellejo y, a costa de todo esto, levantan castilletes
psicológicos, y a veces escriben novelas, sin darse cuenta de que la
verdad es que se han muerto y van a renacer. Por una estúpida fidelidad
con el cadáver que dentro de ellos mismos llevan, se obstinan en
conservar todo lo que ya se les ha muerto y podrido. Repito que es lo
mismo que si cuando yo estuviese convertido en polen se me antojara
opinar sobre la guerra de Marruecos.
No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino,
descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y
apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral;
le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas
tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que
a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato
y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el
aire de familia.