Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia
no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo
ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó
súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero
vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora
absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y
hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este
hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba
tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya
talludito, por generación espontánea.
Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el Mediterráneo,
anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de puntillas entre la
muchedumbre, y a los treinta y tantos años se encontró hombre normal,
civilizado, con una posición firme en la vida, con ideas propias, con
profundas convicciones y un caudal considerable de experiencia.
Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero
instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no
se olvide que esto es un cuento) el disfrute de la paz, el poder, la
justicia y el amor.
Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente a
su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una
mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a
envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en
los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración
y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le
repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún
daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y
honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía
su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre
mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este
hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento
insufrible.
Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un
filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los
sabios, un ignorante.
¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se
desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, ni
ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado de
una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó muchas
y varias disciplinas; aguzó su espíritu en la constante convivencia
con obras y hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo
y puso vital empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya
se inclinaba hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse
superior a casi todos sus contemporáneos.
Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase y admirábase
la extensión de sus conocimientos: maravillaba la potencialidad de su
inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos desvanecidos, incoherentes
al parecer, faltos de consistencia y de cultura, mantenían la
hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin saber concretamente por
qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar que lo había logrado
todo; todo menos una cosa aún indeterminada, incomprensible, todavía
desconocida. No era una trivialidad, aunque debía ser algo tan pequeño
que escapaba a la más fina percepción. ¿Que era lo que faltaba a este
hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, desestimable, toda la labor de su
vida?
Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido
retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su
propia existencia.
Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba
con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés
de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines
esperan a vivir. Sus diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado
de agua fresca y fertilizante, de que hasta entonces había carecido el
monólogo reseco de su vida.
A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; en
otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era
completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su
infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas
más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia
tiene?
Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado
siempre. Ser niño.
Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho él
solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra
imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y
deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí
mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un
hombre, es muy difícil de hacer.