A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en un
taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos
negros y comenzó a escribir:
«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».
Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras
sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se
estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un
sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de
años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:
«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».
Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó ya
en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de los
primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar todavía
el ascenso, que no sin tiempo y trabajo consiguió al fin. Abandonó
entonces su viejo pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso
con sus huesos ya endurecidos, y comenzó a escribir:
«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».
Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con el
mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien
veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano,
el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y
el que le trajo la pulmonía que acabó con él.
«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».
He aquí la historia completa de una vida.
* * *
Otro cuento ejemplar:
Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le
quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera
falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra,
leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.
Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y empezó
a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y venir
con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»
—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie
con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales;
pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose
amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas
eternas:
—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles
cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había
entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo
le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía
él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos
señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a
un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de
relación eran aquellas cuatro palabras:
—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo,
preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo.
Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las
trascendentales revelaciones del echador de café.
* * *
Otro cuento aún:
Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia viene a recitármela.
Es una poesía lírica que empieza diciendo:
«¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»
Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe.
Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor
dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge,
le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le
alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y
vacío sobre su jergón.
Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido
vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el
fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías,
correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad,
que va royéndole constantemente los zancajos.
Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.
* * *
¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por qué
no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar?
¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres,
a los que no pasa nada, hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?