aquella temporada en que le daba noticias de su libro! Roberto tenía
algunos años más que el _Cisne_: no tantos que les impidiesen haber
sido muy amigotes allá cuando estudiantes; pero suficientes para que
Blánquez conociese algo más el mundo y pudiese servir al poeta de guía
y mentor. También Blánquez había tenido su época de _cisne_, rimando
versos gallegos; ahora se dedicaba á la prosa de un humilde empleíllo
y hacía artículos de carácter administrativo; Madrid le ilustraba;
y con la penetración natural é ingénita en quien tiene en sus venas
sangre gallega de las rías, iba conociendo la vida práctica...
Profesaba á Segundo fanática admiración y cariño verdadero, de esos
que se forman en las aulas y duran siempre. Segundo le escribía con
absoluta confianza: unas primas de Blánquez eran amigas de la madre de
Nieves Méndez, y por tal conducto sabía el poeta algo de su dama. No
ignoraba Blánquez los episodios del verano. Y solía dar en los primeros
tiempos, noticias muy satisfactorias. «Nieves vive retiradísima... Me
enteraron mis primas... Apenas sale sino á misa... La niña no está
buena... Dicen los médicos que es el desarrollo... La van á llevar á un
convento del Sagrado Corazón, para educarla. ¡La madre dicen que está
guapa, chico! Parece que quedaron muy bien de intereses... El libro
no tardará ya mucho... Ayer escogí el papel para la tirada, y el de
los cien ejemplares de lujo en papel de hilo... Los caracteres serán
elzevirianos, que es lo más de moda... La portada... ahora se hacen
preciosas á seis tintas... ¿Quieres que represente una cosa bonita,
algo alegórico?»... Así por este estilo eran las cartas de Roberto,
manantial de ensueños, alimento único de la fantasía de Segundo en
aquel largo invierno, tétrico y oscuro, en aquel ignorado rincón, en la
prosa de su casa, en los recuerdos de su malograda empresa amorosa.
Corría Marzo, mes ambiguo, de agua y sol, en que ya la primavera se
anuncia con abundancia de violetas y prímulas, y el frío empieza á
disminuir, y por el cielo, de un azul de acuarela, flotan como girones
de lino blancas nubes, cuando Segundo recibió esa cosa inefable, que
hace palpitar de júbilo y de ansiedad y de inexplicable temor el
corazón del hombre; esa cosa sólo comparable, por las sensaciones que
produce, al hijo primogénito recién nacido; ¡el primer libro impreso!
¡Parecíale un sueño que estuviese allí el libro, allí, delante de sus
ojos, en sus manos, con la cubierta blanca satinada donde el dibujante
había entrelazado graciosamente, alrededor de un grupo de pinos,
unos cuantos tallos floridos de _no me olvides_; con su papel color
garbanzo, que hacía parecer antigua y rancia la edición, y encabezadas
las composiciones con tres misteriosos asteriscos! Al ver allí sus
versos, limpios de borrones, nítidos, correctos, con el pensamiento
destacado por la enérgica negrura de la tinta sobre la página clara,
daban ganas de creer que habían nacido así, tan fáciles y con tan
adecuados consonantes y sin enmiendas ni ripios.
Á Leocadia la conmovió el libro, más todavía que al autor. Rompió la
maestra en copioso llanto de gozo. ¡Era la gloria de su poeta, obra
suya en cierto modo! Por dos ó tres días anduvo contentísima, olvidando
las malas nuevas que le traía Flores de Orense todos los domingos; de
Orense, adonde Leocadia no se atrevía á ir por temor de ceder á los
ruegos, y ablandarse ante las súplicas del niño, pero donde latían
aquellas fibrillas de su corazón que aún destilaban sangre, y que
Flores torturaba con el relato de los sufrimientos de Minguitos, cada
vez más desmejorado, siempre quejándose de que en el almacén se mofaban
de él y le echaban en cara su joroba.
¡Enigmas del corazón humano! Segundo, que desdeñaba el lugar de su
nacimiento; que creía y no se equivocaba, que en Vilamorta no existía
persona alguna capaz de aquilatar el mérito de una poesía, no pudo, sin
embargo, dejar de ir una noche á casa de Saturnino Agonde, y sacando
negligentemente del bolsillo el tomo, echarlo sobre el mostrador
diciendo con fingida indiferencia:
—¿Qué te parece esta impresión, chico?
Al punto se arrepintió de semejante debilidad, tantas fueron las
tonterías y patochadas que el elegante tomo inspiró á la irreverente
tertulia, ¡Nunca lo hubiera enseñado! En fin, él se tenía la culpa.
¡Si el público no le trataba mejor que sus conciudadanos!... Nunca es
dueño el hombre de prescindir por completo de la atmósfera que respira:
siempre ha de interesarle aquel horizonte que ve. Por poca importancia
que concediese Segundo al dictamen de los vilamortanos, y aunque
ciertamente su aprobación no lograría enorgullecerle, su inepta befa
le ulceró y enconó el alma... Retiróse á su casa lastimado y dolorido.
Pasó una noche febril, de esas noches en que se conciben magnos
proyectos y se adoptan resoluciones decisivas.
Las condensaba en su carta á Blánquez... Este no contestó á vuelta
de correo: pasaron días y días, y Segundo fué todas las mañanas á la
estafeta, recibiendo siempre la misma respuesta lacónica... Por fin le
entregaron una carta voluminosa, certificada.
[Ilustración]
XXVI
Al abrirla cayeron varios números de periódicos, donde señalados con
una cruz de tinta estaban los párrafos en que se hablaba del libro
recién impreso, del tomo de poesías titulado _Cantos nostálgicos_, que
tal nombre dió en la pila Segundo á sus renglones desiguales.
Venía también una carta de Roberto, de cuatro carillas... Era su
contenido tan importante para Segundo, de tal manera había de pesar y
ejercer influencia en su porvenir lo que aquellas letras contuviesen,
que las dejó á un lado, temeroso, sin saber por qué, de leerlas,
queriendo dilatar lo que tanto deseaba... Veía la carta abierta, y le
saltaban á los ojos ciertos nombres, ciertas palabras repetidas...
Allí se nombraba muchas veces á la viuda de Comba... Para dominar su
turbación, puramente nerviosa, recogió los periódicos, y se determinó á
leer antes lo que traía la señal de la cruz... Recorrió el via-crucis,
en toda la extensión de la palabra.
_El Imparcial_ daba un estrepitoso bombo al país gallego, y para
probar que en él nacen poetas con la misma facilidad que exquisitas
pavías y bellísimas flores, citaba, sin nombrarle, al autor de _Cantos
nostálgicos_, lindo tomito acabado de poner á la venta. Y ni una línea
más, ni una apreciación crítica, ni un leve indicio de que nadie, en la
redacción del popular diario, se hubiese tomado el trabajo de cortar
las páginas del tomo. _El Liberal_, mejor informado, aseguraba en tres
renglones que los _Cantos_ revelaban en su autor gran facilidad para
versificar. _La Época_, en lo más rezagado de su sección de _Libros
nuevos_, alababa la elegancia tipográfica del libro; no aprobaba el
sabor romántico del título y la portada; y, de refilón, lamentaba, que
la musa del poeta fuese la _infecunda nostalgia_, habiendo por ahí
tantas cosas sanas, alegres y fecundas que cantar. _El Día_...
¡Ah! Lo que es en _El Día_ le pegaban á Segundo un varapalo en regla;
pero no de esos varapalos sañudos, intencionados, enérgicos, en que
se toma la vara á dos manos para deslomar á un adversario fuerte y
temible, sino un latigazo de desprecio, un capirotazo con la uña,
como el que se da á un insecto cuando molesta; una de esas críticas
sumarias, que el crítico no se toma el trabajo de fundar y razonar
por ser tan evidente lo que dice, que no requiere demostración: una
ejecución capital por medio de dos ó tres chistes, pero de las que
acaban con un autor novel, le hunden, le relegan para siempre á los
limbos de la oscuridad... Venía el crítico á decir que hoy, cuando
los versos magistrales carecen de lectores, es lástima grande hacer
gemir las prensas con rimas de inferior calidad; que hoy, cuando
Becquer pertenece ya al número de los semidioses de la poesía, habiendo
ingresado en el panteón de los inmortales, es pecado que se le falte
al respeto imitándole torpemente, y estropeando y contrahaciendo sus
pensamientos mejores; y por último, que es de sentir que jóvenes
muy estimables, dotados quizás de felicísimas disposiciones para el
comercio ó para las carreras del notariado y farmacia, gasten el dinero
de sus papás en ediciones lujosas de versos que nadie comprará ni
leerá...
Debajo de tal filípica había escrito de su puño y letra Roberto
Blánquez: «No hagas caso de este animal. Lee mi artículo».
Con efecto, en un periódico oscuro y subterráneo, de esos innumerables
que ven la luz en Madrid sin que Madrid los vea, Blánquez vertía y
desahogaba toda la bilis de su amistad y patriotismo herido, poniéndole
al crítico las peras á cuarto, encareciendo el libro de Segundo y
declarándolo digna pareja del de Becquer, sólo que un poco más dulce,
un poco más soñador y melancólico todavía, á fuer de hijo de un país
hermoso cuanto desventurado, un país más bello que Andalucía, que Suiza
y que todos los países bellos del orbe: acabando por decir que, si
Becquer hubiese nacido en Galicia sentiría, pensaría y escribiría como
EL CISNE DE VILAMORTA.
Segundo cogió el manojo de periódicos y, mirándolo un rato con los ojos
fijos y el gesto torvo, hízolo al fin pedazos, primero grandes, luego
chicos, luego más chiquitos aún, que lanzó por la ventana y fueron
á caer revoloteando, á manera de simbólicas mariposas, ó plateados
pétalos de la flor de la ilusión, al charco de lodo más inmediato...
Segundo sonreía con amargura. Allá va la gloria... pensó. Ahora... creo
que ya estoy más sereno... ¡Vamos á leer la carta!...
Lo importante de ésta son ciertos trozos... adicionados con los
comentarios que no en voz alta, sino mentalmente, hace el lector.
«Estuve, según tu encargo, en casa de la viuda de Comba, á entregarle
el ejemplar que me remitiste tan cerradito y tan selladito...—¡Claro!
Llevaba dentro una dedicatoria que no me gustaba que viese _ella_
que podías haberla leído _tú_...—Tiene una casa preciosa, con mucha
cortina de seda y flores naturales.—Todo, todo lo suyo es así,
delicado y bonito...—Pero tuve que ir dos veces ó tres antes de que me
recibiese, porque siempre era mala hora...—No recibirá ella á dos por
tres al primero que se presente...—Por último, me recibió con un sin
fin de etiquetas y cumplidos... Está muy guapa de cerca, aún más que
de lejos; y parece mentira, chico, que tenga una niña de doce años:
ella representa, lo más, veinticuatro ó veinticinco...—¡Qué cosas me
cuenta á mí Roberto!—Pues nada, en cuanto le dije que iba de parte
tuya...—¡Á ver!—se puso... ¿cómo te diré yo?—¡Ruborizada!—disgustada
y sobresaltadísima, chico; y además, tan seria, que yo me quedé
volado y sin saber qué hacer...—¡Infame! ¡Infame! Temía que yo...
Á ver, concluyamos, concluyamos...—No quiso recibir el libro por
más instancias que le dirigí...—¡Pero esto no se concibe! ¡Ah, qué
mujer!...—porque asegura que le recordaría mucho este país, y el
fallecimiento de su esposo, que Dios haya; y por consiguiente, te ruega
que la dispenses...—¡Miserable!—de abrir el paquete... y de leer tus
versos... y te da las gracias...—¡Ja, ja, ja!—¡Bravo! ¡Gran actriz!
»Yo, á pesar de todo, como tú me encargabas expresamente que se lo
entregase, me propuse no volver á casa con él, y saludándola y tomando
el sombrero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día siguiente
por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado, lacrado, intacto...—Y yo no
la arrojé al Avieiro aquel día en que nuestras bocas... ¡Estúpido de
mí! En fin, acabemos...
»Ante esta conducta de la viudita, conjeturo que tú debes haber
inventado todo aquello del precipicio y del balcón... me lo contarías
para guasearte conmigo... ó como eres así, tan loco, soñaste que
te sucedió, y confundiste el sueño con la realidad...—Hace bien en
mofarse.—De todos modos, chico, si la viuda te interesaba, no pienses
más en ella... Sé de fijo, por mis primas, que lo saben con certeza por
su padre, que al acabarse el luto se casa con un marqués de Cameros,
que tuvo distrito en Lugo...—Sí, sí... comprendido.—La cosa no va de
broma: ya le están bordando, según dicen mis primas, sábanas con corona
de marquesa...»
La carta fué desgarrada con más lentitud que los periódicos, en trozos
más menudos, casi en polvillo de papel... Con los restos hizo Segundo
una bolita, y la despidió briosamente para que se hundiese muy adentro
en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, riéndose á carcajadas.
Comenzó á pasearse por la habitación, primero con cierta monótona
regularidad, después con desasosiego y furia. Clara, la hermana mayor,
entreabrió la puerta del cuarto.
—Dice la tía Gaspara que vengas.
—¿Á qué?
—Á comer.
Segundo tomó su sombrero, y se lanzó á la calle, dirigiéndose á las
orillas del río, presa del furor que las necesidades diarias de la vida
causan á los que sufren algún violento choque moral, un desengaño.
[Ilustración]
XXVII
¡Qué paseo el suyo por las húmedas y encharcadas márgenes del Avieiro!
Iba unas veces de prisa, sin causa alguna que le obligase á acelerar
su marcha, y otras, también sin motivo, se paraba, quedándose con los
ojos clavados en algún objeto; pero, en realidad, no viéndolo poco ni
mucho... Un remordimiento, un pesar roedor, le mordía el corazón cuando
recordaba el pasado: así como al naufragar un buque cada náufrago
lamenta especialmente la pérdida de un objeto que á todos prefería, así
Segundo, del ayer desvanecido ya, sólo echaba de menos un instante;
un instante que quisiera á toda costa revivir; el del precipicio; el
momento en que pudo conseguir digna y gloriosa muerte, arrastrando
consigo al abismo la noble carga de sus ilusiones, y el cuerpo de una
mujer que sólo en aquel minuto inolvidable pudo amarle de veras...
¡Cobarde entonces y cobarde hoy! pensaba el poeta, llamando en su ayuda
desesperadas resoluciones, y no encontrando el valor indispensable para
abrazarse de una vez al agua fría y fangosa... ¡Qué horas! Borracho
de dolor, se sentó en las piedras, á la orilla del río, mirando con
idiota fijeza cómo las gotas de agua de lluvia, al ir cayendo en
diagonal del cielo gris, hacían en el río unos círculos que trataban
de prolongarse, y no lo conseguían, porque otros infinitos círculos
iguales se tropezaban con ellos, y se mezclaban, y se deshacían, y
se renovaban incesantemente, y volvían á nacer, y á confundirse,
marcando en la sobrehaz del río unos dibujos ondulantes, muy parecidos
á esa labor de la plata que llaman _guilloché_... No notaba siquiera
el poeta que aquellas mismas gotas que sobre el Avieiro rebotaban
espesas y frecuentes, descargaban también sobre su sombrero y hombros,
escurrían á la frente, se introducían por el cuello, se colaban entre
la ropa y la carne. Lo observó así que la demasiada frialdad le hizo
estremecerse, levantarse y tomar á tardo paso el camino de su casa,
donde ya todo el mundo había comido y nadie le ofreció una taza de
caldo.
Á los dos ó tres días se le declaró una fiebrecilla, ligera al pronto,
luego más grave. _Tropiezo_ la calificó de _gástrica_ y _catarral_; la
sinceridad obliga á decir que le administró remedios no enteramente
desacertados: esto de las fiebres gástricas y catarrales es para los
médicos practicones una bendición de Dios, un campo glorioso donde
suelen contar por victorias las jornadas; un camino trillado en que no
corren riesgo de extraviarse. Por allí no se irá al desconocido polo de
la ciencia, pero al menos no se va tampoco á despeñadero alguno...
Salía _Tropiezo_ una noche de visitar á Segundo, é iba muy arrebujado
en su bufanda. Á la puerta misma del abogado, de entre la sombra que
proyectaba el paredón contiguo, se destacó una mujer, en pelo, vestida
con una bata vieja. Lo claro de la noche permitió á don Fermín ver sus
facciones, y no sin trabajo reconoció á Leocadia, tal estaba la pobre
maestra de desfigurada, mudada y envejecida. Se leía en su semblante la
más viva ansiedad cuando preguntó al médico:
—¿Y qué tal, don Fermín? ¿Cómo le va á Segundo?
—¡Ah! Buenas noches, Leocadia... Sabe que al pronto no me hacía yo
cargo... Bien, mujer, bien; no se apure. Hoy mandé que le diesen ya un
pucherito y una sopa... No valió nada la cosa: una mojadura... Pero
el rapaz es algo caviloso, y le entró tal tristeza y tal abatimiento,
que pensé que nunca iba á volverle el apetito... En este tiempo hay
que abrigarse: tenemos un día bueno y luego, cuando menos se piensa,
carga el agua y el frío otra vez... ¿Y V. cómo lo pasa? Me dijeron que
tampoco andaba buena... Hay que cuidarse, mujer.
—Yo no tengo duda, don Fermín.
—Pues más vale así... ¿Noticias del rapaz?
—Allá por Orense... el pobre... No se acostumbra.
—Ya se irá acostumbrando. Ya se ve... estaba hecho á los mimos... Vaya,
Leocadia, abur. Váyase á su casa, mujer, váyase á su casa.
Don Fermín se alejó, subiéndose la bufanda hasta la nariz. Aquella
mujer estaba loca: ¡pues no le había dado poco fuerte el cariño! ¡Y
qué deshecha, qué acabada en meses! Las viejas aún se enamoran más que
las rapazas. Él había estado prudente, muy prudente, en no contarle
los planes nuevos de Segundo... ¡Era capaz de allanar la casa si tal
supiese! No, silencio, silencio. En boca cerrada no entran moscas.
Que lo averiguase por otro lado, por él no. Y con tan sanas ideas y
honrados propósitos, _Tropiezo_ llegó á la tertulia de Agonde, y al
cabo de un cuarto de hora de sesión desembuchó la nueva. Segundo
García se marchaba á América á probar fortuna. Así que sanase del todo,
por supuesto... Iría á la Coruña á tomar el vapor.
Fué ocasión propicia para que la tertulia en pleno lamentase una vez
más el fallecimiento de D. Victoriano Andrés de la Comba, protector
y padre de todos los vilamortanos sin colocación, diputado útil y
agente infatigable de la comarca... Á vivir él, no se iría seguramente
un muchacho de tanto mérito, un poeta—aquella noche toda la tertulia
convenía en que Segundo tenía mérito y era poeta—á cruzar los
procelosos mares en busca de una posición decente... Pero desde que
le faltaba D. Victoriano, Vilamorta carecía de eco en las regiones
del favor y la influencia, pues el señorito de Romero, actual dueño
del distrito, pertenecía á la raza de los diputados dóciles que no
se imponen al Gobierno, que acuden á votar cuando se les llama, y se
tasan á bajo precio, cotizándose apenas al de unos cuantos estanquillos
y media docena de credenciales por legislatura... Agonde se desquitó
aquella noche, espaciándose por el terreno de su conversación
favorita, que era renegar del funesto influjo eufrasiano, culpable
de que Vilamorta decayese y su juventud emigrase al nuevo mundo...
El boticario expuso sus teorías: á él le gustaba que los diputados
volviesen por el distrito: ¿de qué servían si no? Para él, el ideal
del diputado era aquel famoso hombre político á quien el barbero del
pueblo que representaba había pedido un destino, fundándose en que,
por culpa del reparto de credenciales entre todas las personas de su
posición del pueblo, no le quedaban ya parroquianos que afeitar, y
se moría de hambre... En esto intervino el alcalde diciendo que él
sabía de buena tinta que el señorito de Romero pensaba interesarse
muy de veras por Vilamorta; lo confirmó el dulcero y algunos de los
presentes, y promovióse un altercado que demostró de modo irrefragable
que á diputado muerto no hay amigos, y que el nuevo representante del
país tenía ya en el mismo foco de los antiguos radicales combistas sus
paniaguados y devotos.
[Ilustración]
XXVIII
El _Cisne_ ha dejado su lago natal ó mejor dicho, su charca: ha cruzado
el Atlántico en alas del vapor. ¿Volverá algún día? ¿Regresará con el
rostro amarillento, el hígado estropeado, con algunos miles de duros en
letras, guardados en la cartera, á concluir sus días donde los empezó,
así como el buque desvencijado por las tempestades viene á recibir la
última carena en el astillero en que fué construído? ¿Le sorprenderá
á la entrada del continente joven ese temeroso mal antillano, verdugo
de los iberos que tratan de emular á Colón conquistando á América,
_el vómito negro_? ¿Se quedará por las zonas tropicales arrastrando
coche, unido en matrimonial vínculo con alguna criolla? ¿Llegará á
presidir cualquiera de esas repúblicas minúsculas, donde los doctores
son generales y los generales doctores? ¿Se curarán sus melancolías
al salitroso beso del aura marina, al contacto de tierras vírgenes,
al duro acicate de la necesidad que, empujándole á la lucha, le dirá:
trabaja?
Acaso algún día narrará la historia las metamorfosis del _Cisne_, su
odisea y sus vicisitudes; sólo que es necesario que corran los años,
pues aún fué ayer, como si dijéramos, cuando salió de Vilamorta Segundo
García, dejando á la maestra de escuela hecha un mar de lágrimas. Y
esto de la maestra es el único cabo suelto de la crónica del _Cisne_
que en la actualidad podemos recoger.
Mucho dió que hablar Leocadia en Vilamorta. Estaba enferma, según
unos; según otros, arruinada; y según bastantes, no muy cabal de
juicio. Viéronla rondar la casa de Segundo varias noches, durante la
enfermedad del poeta; se aseguraba que había vendido sus bienes, y que
tenía su casita hipotecada á Clodio Genday; pero lo más extraño de
todo, lo que acerbamente se censuraba, era el abandono en que dejaba
á su hijo, después de haberlo cuidado y mimado tanto de pequeño, no
yendo á verle ni un solo día á Orense, al paso que la vieja Flores
iba sin cesar y á cada paso daba peores nuevas del chiquillo: que se
consumía, que echaba sangre por la boca, que se moría de tristeza...
que no duraría un mes... Leocadia, al oírlo, dejaba caer la barba sobre
el pecho, y algunas veces se movían convulsivamente sus hombros, como
si sollozase... Por lo demás, solía aparecer tranquila, aunque muy
callada, y sin la actividad habitual en ella. Ayudaba á Flores en la
cocina, atendía á las niñas de la escuela, barría, todo lo mismo que un
autómata, y Flores, que la espiaba cruelmente para tomar nota de sus
distracciones, se complacía en gritarle:
—Mujer, has dejado sucio este lado de la sartén... Mujer, no has cosido
el roto de la saya... Mujer, ¿en qué piensas? Hoy voy á Orense; tienes
tú que cuidar del puchero...
Á fines del verano, Clodio pidió los réditos de su empréstito, y
Leocadia no pudo pagarlos; por lo cual se le anunció que el acreedor
estaba en su derecho al reclamar la finca previos los trámites legales.
Fué aquel un golpe terrible para Leocadia.
Acontece á veces que un prisionero, insigne personaje, rey quizás,
confinado por reveses de la suerte en estrecha mazmorra, despojado
de sus grandezas, privado de cuanto constituía su dicha, pasa años
sobrellevando con resignación sus males, aunque abatido, sereno... Y si
un día, por un refinamiento de crueldad de los carceleros, se le quita
á ese resignado preso un dije, un objeto, una fruslería con la cual
llegó á encariñarse... el dolor contenido se desborda y sobrevienen
los extremos de la desesperación. Algo parecido le sucedió á Leocadia,
cuando supo que era preciso abandonar para siempre aquella casita
amada, donde había pasado con Segundo horas únicas en su existencia;
aquella casita dirigida por ella, reconstruída con sus ahorros; aquella
casita limpia y primorosa ayer, todo su orgullo...
Flores la oyó muchas noches llorar á gritos; pero cuando alguna
vez, movida á compasión involuntaria, entró la vieja á preguntarle
qué sucedía, ó si quería algo, Leocadia tapándose con la ropa solía
responderle en voz sorda:—No tengo nada... mujer, déjame dormir... ¡Ni
dormir me dejas!
Mostró aquellos días gran versatilidad é hizo mil planes; habló de
irse á vivir á Orense, dejando la escuela y poniéndose á coser en
casa; habló también de aceptar las proposiciones de Clodio Genday, que
habiendo despedido á su criadita moza, no se sabe por qué, ofrecía á
Leocadia tomarla de ama de llaves, con lo cual se quedaría en su propio
domicilio, eliminando por supuesto á Flores. Todas estas resoluciones
duraron breve tiempo, y fueron desechadas para adoptar otras no
menos efímeras; y con la serie de proyectos y cambios, el tiempo se
apresuraba y Leocadia se hallaría pronto sin asilo.