¡Con qué interés leía Segundo las cartas de Roberto Blánquez, durante

aquella temporada en que le daba noticias de su libro! Roberto tenía

algunos años más que el _Cisne_: no tantos que les impidiesen haber

sido muy amigotes allá cuando estudiantes; pero suficientes para que

Blánquez conociese algo más el mundo y pudiese servir al poeta de guía

y mentor. También Blánquez había tenido su época de _cisne_, rimando

versos gallegos; ahora se dedicaba á la prosa de un humilde empleíllo

y hacía artículos de carácter administrativo; Madrid le ilustraba;

y con la penetración natural é ingénita en quien tiene en sus venas

sangre gallega de las rías, iba conociendo la vida práctica...

Profesaba á Segundo fanática admiración y cariño verdadero, de esos

que se forman en las aulas y duran siempre. Segundo le escribía con

absoluta confianza: unas primas de Blánquez eran amigas de la madre de

Nieves Méndez, y por tal conducto sabía el poeta algo de su dama. No

ignoraba Blánquez los episodios del verano. Y solía dar en los primeros

tiempos, noticias muy satisfactorias. «Nieves vive retiradísima... Me

enteraron mis primas... Apenas sale sino á misa... La niña no está

buena... Dicen los médicos que es el desarrollo... La van á llevar á un

convento del Sagrado Corazón, para educarla. ¡La madre dicen que está

guapa, chico! Parece que quedaron muy bien de intereses... El libro

no tardará ya mucho... Ayer escogí el papel para la tirada, y el de

los cien ejemplares de lujo en papel de hilo... Los caracteres serán

elzevirianos, que es lo más de moda... La portada... ahora se hacen

preciosas á seis tintas... ¿Quieres que represente una cosa bonita,

algo alegórico?»... Así por este estilo eran las cartas de Roberto,

manantial de ensueños, alimento único de la fantasía de Segundo en

aquel largo invierno, tétrico y oscuro, en aquel ignorado rincón, en la

prosa de su casa, en los recuerdos de su malograda empresa amorosa.

Corría Marzo, mes ambiguo, de agua y sol, en que ya la primavera se

anuncia con abundancia de violetas y prímulas, y el frío empieza á

disminuir, y por el cielo, de un azul de acuarela, flotan como girones

de lino blancas nubes, cuando Segundo recibió esa cosa inefable, que

hace palpitar de júbilo y de ansiedad y de inexplicable temor el

corazón del hombre; esa cosa sólo comparable, por las sensaciones que

produce, al hijo primogénito recién nacido; ¡el primer libro impreso!

¡Parecíale un sueño que estuviese allí el libro, allí, delante de sus

ojos, en sus manos, con la cubierta blanca satinada donde el dibujante

había entrelazado graciosamente, alrededor de un grupo de pinos,

unos cuantos tallos floridos de _no me olvides_; con su papel color

garbanzo, que hacía parecer antigua y rancia la edición, y encabezadas

las composiciones con tres misteriosos asteriscos! Al ver allí sus

versos, limpios de borrones, nítidos, correctos, con el pensamiento

destacado por la enérgica negrura de la tinta sobre la página clara,

daban ganas de creer que habían nacido así, tan fáciles y con tan

adecuados consonantes y sin enmiendas ni ripios.

Á Leocadia la conmovió el libro, más todavía que al autor. Rompió la

maestra en copioso llanto de gozo. ¡Era la gloria de su poeta, obra

suya en cierto modo! Por dos ó tres días anduvo contentísima, olvidando

las malas nuevas que le traía Flores de Orense todos los domingos; de

Orense, adonde Leocadia no se atrevía á ir por temor de ceder á los

ruegos, y ablandarse ante las súplicas del niño, pero donde latían

aquellas fibrillas de su corazón que aún destilaban sangre, y que

Flores torturaba con el relato de los sufrimientos de Minguitos, cada

vez más desmejorado, siempre quejándose de que en el almacén se mofaban

de él y le echaban en cara su joroba.

¡Enigmas del corazón humano! Segundo, que desdeñaba el lugar de su

nacimiento; que creía y no se equivocaba, que en Vilamorta no existía

persona alguna capaz de aquilatar el mérito de una poesía, no pudo, sin

embargo, dejar de ir una noche á casa de Saturnino Agonde, y sacando

negligentemente del bolsillo el tomo, echarlo sobre el mostrador

diciendo con fingida indiferencia:

—¿Qué te parece esta impresión, chico?

Al punto se arrepintió de semejante debilidad, tantas fueron las

tonterías y patochadas que el elegante tomo inspiró á la irreverente

tertulia, ¡Nunca lo hubiera enseñado! En fin, él se tenía la culpa.

¡Si el público no le trataba mejor que sus conciudadanos!... Nunca es

dueño el hombre de prescindir por completo de la atmósfera que respira:

siempre ha de interesarle aquel horizonte que ve. Por poca importancia

que concediese Segundo al dictamen de los vilamortanos, y aunque

ciertamente su aprobación no lograría enorgullecerle, su inepta befa

le ulceró y enconó el alma... Retiróse á su casa lastimado y dolorido.

Pasó una noche febril, de esas noches en que se conciben magnos

proyectos y se adoptan resoluciones decisivas.

Las condensaba en su carta á Blánquez... Este no contestó á vuelta

de correo: pasaron días y días, y Segundo fué todas las mañanas á la

estafeta, recibiendo siempre la misma respuesta lacónica... Por fin le

entregaron una carta voluminosa, certificada.

[Ilustración]

XXVI

Al abrirla cayeron varios números de periódicos, donde señalados con

una cruz de tinta estaban los párrafos en que se hablaba del libro

recién impreso, del tomo de poesías titulado _Cantos nostálgicos_, que

tal nombre dió en la pila Segundo á sus renglones desiguales.

Venía también una carta de Roberto, de cuatro carillas... Era su

contenido tan importante para Segundo, de tal manera había de pesar y

ejercer influencia en su porvenir lo que aquellas letras contuviesen,

que las dejó á un lado, temeroso, sin saber por qué, de leerlas,

queriendo dilatar lo que tanto deseaba... Veía la carta abierta, y le

saltaban á los ojos ciertos nombres, ciertas palabras repetidas...

Allí se nombraba muchas veces á la viuda de Comba... Para dominar su

turbación, puramente nerviosa, recogió los periódicos, y se determinó á

leer antes lo que traía la señal de la cruz... Recorrió el via-crucis,

en toda la extensión de la palabra.

_El Imparcial_ daba un estrepitoso bombo al país gallego, y para

probar que en él nacen poetas con la misma facilidad que exquisitas

pavías y bellísimas flores, citaba, sin nombrarle, al autor de _Cantos

nostálgicos_, lindo tomito acabado de poner á la venta. Y ni una línea

más, ni una apreciación crítica, ni un leve indicio de que nadie, en la

redacción del popular diario, se hubiese tomado el trabajo de cortar

las páginas del tomo. _El Liberal_, mejor informado, aseguraba en tres

renglones que los _Cantos_ revelaban en su autor gran facilidad para

versificar. _La Época_, en lo más rezagado de su sección de _Libros

nuevos_, alababa la elegancia tipográfica del libro; no aprobaba el

sabor romántico del título y la portada; y, de refilón, lamentaba, que

la musa del poeta fuese la _infecunda nostalgia_, habiendo por ahí

tantas cosas sanas, alegres y fecundas que cantar. _El Día_...

¡Ah! Lo que es en _El Día_ le pegaban á Segundo un varapalo en regla;

pero no de esos varapalos sañudos, intencionados, enérgicos, en que

se toma la vara á dos manos para deslomar á un adversario fuerte y

temible, sino un latigazo de desprecio, un capirotazo con la uña,

como el que se da á un insecto cuando molesta; una de esas críticas

sumarias, que el crítico no se toma el trabajo de fundar y razonar

por ser tan evidente lo que dice, que no requiere demostración: una

ejecución capital por medio de dos ó tres chistes, pero de las que

acaban con un autor novel, le hunden, le relegan para siempre á los

limbos de la oscuridad... Venía el crítico á decir que hoy, cuando

los versos magistrales carecen de lectores, es lástima grande hacer

gemir las prensas con rimas de inferior calidad; que hoy, cuando

Becquer pertenece ya al número de los semidioses de la poesía, habiendo

ingresado en el panteón de los inmortales, es pecado que se le falte

al respeto imitándole torpemente, y estropeando y contrahaciendo sus

pensamientos mejores; y por último, que es de sentir que jóvenes

muy estimables, dotados quizás de felicísimas disposiciones para el

comercio ó para las carreras del notariado y farmacia, gasten el dinero

de sus papás en ediciones lujosas de versos que nadie comprará ni

leerá...

Debajo de tal filípica había escrito de su puño y letra Roberto

Blánquez: «No hagas caso de este animal. Lee mi artículo».

Con efecto, en un periódico oscuro y subterráneo, de esos innumerables

que ven la luz en Madrid sin que Madrid los vea, Blánquez vertía y

desahogaba toda la bilis de su amistad y patriotismo herido, poniéndole

al crítico las peras á cuarto, encareciendo el libro de Segundo y

declarándolo digna pareja del de Becquer, sólo que un poco más dulce,

un poco más soñador y melancólico todavía, á fuer de hijo de un país

hermoso cuanto desventurado, un país más bello que Andalucía, que Suiza

y que todos los países bellos del orbe: acabando por decir que, si

Becquer hubiese nacido en Galicia sentiría, pensaría y escribiría como

EL CISNE DE VILAMORTA.

Segundo cogió el manojo de periódicos y, mirándolo un rato con los ojos

fijos y el gesto torvo, hízolo al fin pedazos, primero grandes, luego

chicos, luego más chiquitos aún, que lanzó por la ventana y fueron

á caer revoloteando, á manera de simbólicas mariposas, ó plateados

pétalos de la flor de la ilusión, al charco de lodo más inmediato...

Segundo sonreía con amargura. Allá va la gloria... pensó. Ahora... creo

que ya estoy más sereno... ¡Vamos á leer la carta!...

Lo importante de ésta son ciertos trozos... adicionados con los

comentarios que no en voz alta, sino mentalmente, hace el lector.

«Estuve, según tu encargo, en casa de la viuda de Comba, á entregarle

el ejemplar que me remitiste tan cerradito y tan selladito...—¡Claro!

Llevaba dentro una dedicatoria que no me gustaba que viese _ella_

que podías haberla leído _tú_...—Tiene una casa preciosa, con mucha

cortina de seda y flores naturales.—Todo, todo lo suyo es así,

delicado y bonito...—Pero tuve que ir dos veces ó tres antes de que me

recibiese, porque siempre era mala hora...—No recibirá ella á dos por

tres al primero que se presente...—Por último, me recibió con un sin

fin de etiquetas y cumplidos... Está muy guapa de cerca, aún más que

de lejos; y parece mentira, chico, que tenga una niña de doce años:

ella representa, lo más, veinticuatro ó veinticinco...—¡Qué cosas me

cuenta á mí Roberto!—Pues nada, en cuanto le dije que iba de parte

tuya...—¡Á ver!—se puso... ¿cómo te diré yo?—¡Ruborizada!—disgustada

y sobresaltadísima, chico; y además, tan seria, que yo me quedé

volado y sin saber qué hacer...—¡Infame! ¡Infame! Temía que yo...

Á ver, concluyamos, concluyamos...—No quiso recibir el libro por

más instancias que le dirigí...—¡Pero esto no se concibe! ¡Ah, qué

mujer!...—porque asegura que le recordaría mucho este país, y el

fallecimiento de su esposo, que Dios haya; y por consiguiente, te ruega

que la dispenses...—¡Miserable!—de abrir el paquete... y de leer tus

versos... y te da las gracias...—¡Ja, ja, ja!—¡Bravo! ¡Gran actriz!

»Yo, á pesar de todo, como tú me encargabas expresamente que se lo

entregase, me propuse no volver á casa con él, y saludándola y tomando

el sombrero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día siguiente

por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado, lacrado, intacto...—Y yo no

la arrojé al Avieiro aquel día en que nuestras bocas... ¡Estúpido de

mí! En fin, acabemos...

»Ante esta conducta de la viudita, conjeturo que tú debes haber

inventado todo aquello del precipicio y del balcón... me lo contarías

para guasearte conmigo... ó como eres así, tan loco, soñaste que

te sucedió, y confundiste el sueño con la realidad...—Hace bien en

mofarse.—De todos modos, chico, si la viuda te interesaba, no pienses

más en ella... Sé de fijo, por mis primas, que lo saben con certeza por

su padre, que al acabarse el luto se casa con un marqués de Cameros,

que tuvo distrito en Lugo...—Sí, sí... comprendido.—La cosa no va de

broma: ya le están bordando, según dicen mis primas, sábanas con corona

de marquesa...»

La carta fué desgarrada con más lentitud que los periódicos, en trozos

más menudos, casi en polvillo de papel... Con los restos hizo Segundo

una bolita, y la despidió briosamente para que se hundiese muy adentro

en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, riéndose á carcajadas.

Comenzó á pasearse por la habitación, primero con cierta monótona

regularidad, después con desasosiego y furia. Clara, la hermana mayor,

entreabrió la puerta del cuarto.

—Dice la tía Gaspara que vengas.

—¿Á qué?

—Á comer.

Segundo tomó su sombrero, y se lanzó á la calle, dirigiéndose á las

orillas del río, presa del furor que las necesidades diarias de la vida

causan á los que sufren algún violento choque moral, un desengaño.

[Ilustración]

XXVII

¡Qué paseo el suyo por las húmedas y encharcadas márgenes del Avieiro!

Iba unas veces de prisa, sin causa alguna que le obligase á acelerar

su marcha, y otras, también sin motivo, se paraba, quedándose con los

ojos clavados en algún objeto; pero, en realidad, no viéndolo poco ni

mucho... Un remordimiento, un pesar roedor, le mordía el corazón cuando

recordaba el pasado: así como al naufragar un buque cada náufrago

lamenta especialmente la pérdida de un objeto que á todos prefería, así

Segundo, del ayer desvanecido ya, sólo echaba de menos un instante;

un instante que quisiera á toda costa revivir; el del precipicio; el

momento en que pudo conseguir digna y gloriosa muerte, arrastrando

consigo al abismo la noble carga de sus ilusiones, y el cuerpo de una

mujer que sólo en aquel minuto inolvidable pudo amarle de veras...

¡Cobarde entonces y cobarde hoy! pensaba el poeta, llamando en su ayuda

desesperadas resoluciones, y no encontrando el valor indispensable para

abrazarse de una vez al agua fría y fangosa... ¡Qué horas! Borracho

de dolor, se sentó en las piedras, á la orilla del río, mirando con

idiota fijeza cómo las gotas de agua de lluvia, al ir cayendo en

diagonal del cielo gris, hacían en el río unos círculos que trataban

de prolongarse, y no lo conseguían, porque otros infinitos círculos

iguales se tropezaban con ellos, y se mezclaban, y se deshacían, y

se renovaban incesantemente, y volvían á nacer, y á confundirse,

marcando en la sobrehaz del río unos dibujos ondulantes, muy parecidos

á esa labor de la plata que llaman _guilloché_... No notaba siquiera

el poeta que aquellas mismas gotas que sobre el Avieiro rebotaban

espesas y frecuentes, descargaban también sobre su sombrero y hombros,

escurrían á la frente, se introducían por el cuello, se colaban entre

la ropa y la carne. Lo observó así que la demasiada frialdad le hizo

estremecerse, levantarse y tomar á tardo paso el camino de su casa,

donde ya todo el mundo había comido y nadie le ofreció una taza de

caldo.

Á los dos ó tres días se le declaró una fiebrecilla, ligera al pronto,

luego más grave. _Tropiezo_ la calificó de _gástrica_ y _catarral_; la

sinceridad obliga á decir que le administró remedios no enteramente

desacertados: esto de las fiebres gástricas y catarrales es para los

médicos practicones una bendición de Dios, un campo glorioso donde

suelen contar por victorias las jornadas; un camino trillado en que no

corren riesgo de extraviarse. Por allí no se irá al desconocido polo de

la ciencia, pero al menos no se va tampoco á despeñadero alguno...

Salía _Tropiezo_ una noche de visitar á Segundo, é iba muy arrebujado

en su bufanda. Á la puerta misma del abogado, de entre la sombra que

proyectaba el paredón contiguo, se destacó una mujer, en pelo, vestida

con una bata vieja. Lo claro de la noche permitió á don Fermín ver sus

facciones, y no sin trabajo reconoció á Leocadia, tal estaba la pobre

maestra de desfigurada, mudada y envejecida. Se leía en su semblante la

más viva ansiedad cuando preguntó al médico:

—¿Y qué tal, don Fermín? ¿Cómo le va á Segundo?

—¡Ah! Buenas noches, Leocadia... Sabe que al pronto no me hacía yo

cargo... Bien, mujer, bien; no se apure. Hoy mandé que le diesen ya un

pucherito y una sopa... No valió nada la cosa: una mojadura... Pero

el rapaz es algo caviloso, y le entró tal tristeza y tal abatimiento,

que pensé que nunca iba á volverle el apetito... En este tiempo hay

que abrigarse: tenemos un día bueno y luego, cuando menos se piensa,

carga el agua y el frío otra vez... ¿Y V. cómo lo pasa? Me dijeron que

tampoco andaba buena... Hay que cuidarse, mujer.

—Yo no tengo duda, don Fermín.

—Pues más vale así... ¿Noticias del rapaz?

—Allá por Orense... el pobre... No se acostumbra.

—Ya se irá acostumbrando. Ya se ve... estaba hecho á los mimos... Vaya,

Leocadia, abur. Váyase á su casa, mujer, váyase á su casa.

Don Fermín se alejó, subiéndose la bufanda hasta la nariz. Aquella

mujer estaba loca: ¡pues no le había dado poco fuerte el cariño! ¡Y

qué deshecha, qué acabada en meses! Las viejas aún se enamoran más que

las rapazas. Él había estado prudente, muy prudente, en no contarle

los planes nuevos de Segundo... ¡Era capaz de allanar la casa si tal

supiese! No, silencio, silencio. En boca cerrada no entran moscas.

Que lo averiguase por otro lado, por él no. Y con tan sanas ideas y

honrados propósitos, _Tropiezo_ llegó á la tertulia de Agonde, y al

cabo de un cuarto de hora de sesión desembuchó la nueva. Segundo

García se marchaba á América á probar fortuna. Así que sanase del todo,

por supuesto... Iría á la Coruña á tomar el vapor.

Fué ocasión propicia para que la tertulia en pleno lamentase una vez

más el fallecimiento de D. Victoriano Andrés de la Comba, protector

y padre de todos los vilamortanos sin colocación, diputado útil y

agente infatigable de la comarca... Á vivir él, no se iría seguramente

un muchacho de tanto mérito, un poeta—aquella noche toda la tertulia

convenía en que Segundo tenía mérito y era poeta—á cruzar los

procelosos mares en busca de una posición decente... Pero desde que

le faltaba D. Victoriano, Vilamorta carecía de eco en las regiones

del favor y la influencia, pues el señorito de Romero, actual dueño

del distrito, pertenecía á la raza de los diputados dóciles que no

se imponen al Gobierno, que acuden á votar cuando se les llama, y se

tasan á bajo precio, cotizándose apenas al de unos cuantos estanquillos

y media docena de credenciales por legislatura... Agonde se desquitó

aquella noche, espaciándose por el terreno de su conversación

favorita, que era renegar del funesto influjo eufrasiano, culpable

de que Vilamorta decayese y su juventud emigrase al nuevo mundo...

El boticario expuso sus teorías: á él le gustaba que los diputados

volviesen por el distrito: ¿de qué servían si no? Para él, el ideal

del diputado era aquel famoso hombre político á quien el barbero del

pueblo que representaba había pedido un destino, fundándose en que,

por culpa del reparto de credenciales entre todas las personas de su

posición del pueblo, no le quedaban ya parroquianos que afeitar, y

se moría de hambre... En esto intervino el alcalde diciendo que él

sabía de buena tinta que el señorito de Romero pensaba interesarse

muy de veras por Vilamorta; lo confirmó el dulcero y algunos de los

presentes, y promovióse un altercado que demostró de modo irrefragable

que á diputado muerto no hay amigos, y que el nuevo representante del

país tenía ya en el mismo foco de los antiguos radicales combistas sus

paniaguados y devotos.

[Ilustración]

XXVIII

El _Cisne_ ha dejado su lago natal ó mejor dicho, su charca: ha cruzado

el Atlántico en alas del vapor. ¿Volverá algún día? ¿Regresará con el

rostro amarillento, el hígado estropeado, con algunos miles de duros en

letras, guardados en la cartera, á concluir sus días donde los empezó,

así como el buque desvencijado por las tempestades viene á recibir la

última carena en el astillero en que fué construído? ¿Le sorprenderá

á la entrada del continente joven ese temeroso mal antillano, verdugo

de los iberos que tratan de emular á Colón conquistando á América,

_el vómito negro_? ¿Se quedará por las zonas tropicales arrastrando

coche, unido en matrimonial vínculo con alguna criolla? ¿Llegará á

presidir cualquiera de esas repúblicas minúsculas, donde los doctores

son generales y los generales doctores? ¿Se curarán sus melancolías

al salitroso beso del aura marina, al contacto de tierras vírgenes,

al duro acicate de la necesidad que, empujándole á la lucha, le dirá:

trabaja?

Acaso algún día narrará la historia las metamorfosis del _Cisne_, su

odisea y sus vicisitudes; sólo que es necesario que corran los años,

pues aún fué ayer, como si dijéramos, cuando salió de Vilamorta Segundo

García, dejando á la maestra de escuela hecha un mar de lágrimas. Y

esto de la maestra es el único cabo suelto de la crónica del _Cisne_

que en la actualidad podemos recoger.

Mucho dió que hablar Leocadia en Vilamorta. Estaba enferma, según

unos; según otros, arruinada; y según bastantes, no muy cabal de

juicio. Viéronla rondar la casa de Segundo varias noches, durante la

enfermedad del poeta; se aseguraba que había vendido sus bienes, y que

tenía su casita hipotecada á Clodio Genday; pero lo más extraño de

todo, lo que acerbamente se censuraba, era el abandono en que dejaba

á su hijo, después de haberlo cuidado y mimado tanto de pequeño, no

yendo á verle ni un solo día á Orense, al paso que la vieja Flores

iba sin cesar y á cada paso daba peores nuevas del chiquillo: que se

consumía, que echaba sangre por la boca, que se moría de tristeza...

que no duraría un mes... Leocadia, al oírlo, dejaba caer la barba sobre

el pecho, y algunas veces se movían convulsivamente sus hombros, como

si sollozase... Por lo demás, solía aparecer tranquila, aunque muy

callada, y sin la actividad habitual en ella. Ayudaba á Flores en la

cocina, atendía á las niñas de la escuela, barría, todo lo mismo que un

autómata, y Flores, que la espiaba cruelmente para tomar nota de sus

distracciones, se complacía en gritarle:

—Mujer, has dejado sucio este lado de la sartén... Mujer, no has cosido

el roto de la saya... Mujer, ¿en qué piensas? Hoy voy á Orense; tienes

tú que cuidar del puchero...

Á fines del verano, Clodio pidió los réditos de su empréstito, y

Leocadia no pudo pagarlos; por lo cual se le anunció que el acreedor

estaba en su derecho al reclamar la finca previos los trámites legales.

Fué aquel un golpe terrible para Leocadia.

Acontece á veces que un prisionero, insigne personaje, rey quizás,

confinado por reveses de la suerte en estrecha mazmorra, despojado

de sus grandezas, privado de cuanto constituía su dicha, pasa años

sobrellevando con resignación sus males, aunque abatido, sereno... Y si

un día, por un refinamiento de crueldad de los carceleros, se le quita

á ese resignado preso un dije, un objeto, una fruslería con la cual

llegó á encariñarse... el dolor contenido se desborda y sobrevienen

los extremos de la desesperación. Algo parecido le sucedió á Leocadia,

cuando supo que era preciso abandonar para siempre aquella casita

amada, donde había pasado con Segundo horas únicas en su existencia;

aquella casita dirigida por ella, reconstruída con sus ahorros; aquella

casita limpia y primorosa ayer, todo su orgullo...

Flores la oyó muchas noches llorar á gritos; pero cuando alguna

vez, movida á compasión involuntaria, entró la vieja á preguntarle

qué sucedía, ó si quería algo, Leocadia tapándose con la ropa solía

responderle en voz sorda:—No tengo nada... mujer, déjame dormir... ¡Ni

dormir me dejas!

Mostró aquellos días gran versatilidad é hizo mil planes; habló de

irse á vivir á Orense, dejando la escuela y poniéndose á coser en

casa; habló también de aceptar las proposiciones de Clodio Genday, que

habiendo despedido á su criadita moza, no se sabe por qué, ofrecía á

Leocadia tomarla de ama de llaves, con lo cual se quedaría en su propio

domicilio, eliminando por supuesto á Flores. Todas estas resoluciones

duraron breve tiempo, y fueron desechadas para adoptar otras no

menos efímeras; y con la serie de proyectos y cambios, el tiempo se

apresuraba y Leocadia se hallaría pronto sin asilo.

El cisne de Vilamorta · 第 12 / 13 段