la calle principal y la plaza, empapadas y cubiertas de sucio barro,
sólo cruza, de tiempo en tiempo, algún campesino invisible bajo su capa
de juncos, jinete en un rocín cuyas herraduras baten el suelo y alzan
un chapoteo de fango. Ya no hay fruteras, por la plausible razón de
que tampoco hay fruta: todo está solitario, húmedo, enlodado y mohoso.
Cansín, con zapatillas, de orillo y bufanda, se pasea sin cesar ante su
puerta por evitar los sabañones; el Alcalde aprovecha un reducidísimo
soportal que hay frente á su casa para entretener la tarde, dando diez
pasos hacia arriba y diez hacia abajo, patear muy fuerte y calentarse
los pies; ejercicio sin el cual afirma que no digiere.
¡Ahora sí, ahora sí que la pobre villita está muerta! Ni agüistas,
ni forasteros, ni ferias, ni vendimias... Una paz, un abandono de
cementerio y una humedad tan terca, que deja rastros verdes en los
sillares de las casas en construcción. Las villitas así, en invierno,
son capaces de producir murria al más alegre: son la raíz cuadrada del
fastidio, la quintesencia del esplín, la desidia de peinarse, la pereza
de vestirse, la interminable noche, el aguacero terco, el frío lúgubre,
el aire color de ceniza y el cielo color de panza de burro...
En medio de aquella especie de sueño letárgico que duerme Vilamorta,
hay, sin embargo, unos seres felices, unos seres en la plenitud de
su ventura, aunque próximos á concluir su existencia del más trágico
modo: seres que, con sólo el instinto natural, han adivinado la moral
de Epicuro y la practican, y comen y hozan y se regodean, y no temen á
la muerte ni piensan en la inexplorada región cuyas puertas se abren
al morir; seres que gozan en recibir el agua llovediza en su estirado
pellejo; seres para quienes el lodo es baño deleitosísimo donde muy
gustosos se chapuzan y revuelcan, abandonando la incomodidad y estrecho
de sus cubiles y pocilgas. Ellos son, en esta época del año, dueños
y señores indiscutibles de Vilamorta: ellos, los que con sus fastos
y hazañas dan pábulo á la conversación de las boticas y entretienen
las veladas familiares, en que se discute su respectiva corpulencia
y se les estudia desde el punto de vista de sus cualidades propias,
trabándose acaloradas discusiones acerca de si la oreja corta ó larga,
el rabo bien enroscado, la pezuña más ó menos recogida y el hocico
más ó menos agudo, prometen carne más suculenta y grasa más copiosa.
Hácense comparaciones: el marrano del _Pellejo_ es soberbio como
tamaño, pero sus carnes de un rosa erisipelatoso y su bandullo inmenso
y fofo, delatan al cerdo de fibra muelle, mantenido con despojos de
tahona: cochino soberbio, el del Alcalde, cebado con castaña: algo más
chico, pero ¡qué jamones ha de tener! ¡qué jamones! ¡qué tocinos! ¡qué
lomos, que dan ganas de sentarse en ellos! Ese será el cerdo de la
temporada. Sin embargo, hay quien afirma que el superior, el soberano
marranil de Vilamorta, es la cerda de la tía Gaspara, la de García. Las
ancas de tan magnífico bestión parecen una carretera: ya ha estado á
punto de ahogarse con su propia gordura: sus glándulas mamarias tocan
con las pezuñas y besan el barro de la calle. ¿Quién puede calcular las
libras de grasa que rendirá, ni las morcillas que se llenarán con su
sangre y la longaniza que saldrá de sus asaduras?
Cesa de llover una semana; arrecia el frío; cae helada y la escarcha
se deposita en tersos cristales sobre las yerbas de los linderos y
endurece la tierra... Es la señal de la hecatombe, á la cual todos los
auspicios son favorables, pues además del frío, es cuarto creciente de
luna; que si fuese menguante, menguaría la carne muerta... Ha llegado
la hora de empuñar el cuchillo. Y en las largas noches de Vilamorta se
oyen á la hora menos pensada desaforados gruñidos: primero de furor,
que indican la impotente rabia de verse sujeto al banco, y revelan en
el enervado cerdo doméstico la prole del jabalí montés; luego de dolor,
cuando la cuchilla penetra al través de los tejidos; un grito casi
humano, de suprema agonía, cuando la hoja se hunde en el corazón; y,
por último, una serie de quejidos desesperados, que van debilitándose
al paso que la fuerza y la vida se escapan envueltas en el caliente
chorro sanguíneo...
Ocurría este drama espeluznante en casa del abogado García á las
once de una glacial y serena noche de Diciembre. Las niñas, locas de
gozo, muertas de curiosidad, se atropellaban alrededor del agonizante
cerdo, en cuyo corazón y garganta sepultaba el cuchillo el matachín,
de arremangados brazos. Segundo, encerrado en su dormitorio, tenía
delante pliegos de papel más ó menos emborronados... ¡Hacía versos!
Mas como llegase hasta él el ruido de la tragedia, soltó la pluma
con desaliento. Había heredado de su madre un profundo horror al
espectáculo de la matanza: á su madre solía costarle diez ó doce días
de padecimientos, en que no probaba bocado, asqueada por la vista de
la sangre, de los intestinos y vísceras, tan semejantes á intestinos
y vísceras humanas, por el olor groseramente aperitivo y excitante
del mondongo y de las especias, por las pingüedinosas moles de tocino
pendientes del techo... Aborrecía Segundo hasta el nombre del cerdo,
y en el estado enfermizo de su ánimo, en la excitación nerviosa que
le consumía, era para él no imaginado suplicio el no conseguir poner
el pie fuera de casa sin tropezarse, sin enredarse en los malditos y
repugnantes animales, ó ver, á través de las puertas entreabiertas,
trozos de sus cadáveres suspendidos en garfios. Todo Vilamorta
trascendía á muerte de cerdo, á vaho de mondongada. Segundo no sabía
ya dónde meterse, y se acuartelaba en su aposento con las puertas
y las ventanas bien cerradas, aislándose del mundo exterior, para
vivir con sus sueños y fantasías en un país donde no había marranos
y sólo existían pinares, flores azules, precipicios... ¡Insuficiente
precaución para librarse del tormento de aquella época brutal del año,
puesto que el drama de la glotonería y de la materia le asediaba allí,
en su misma casa!... El poeta cogió el sombrero y salió de estampía.
Necesitaba huir donde no oyese aquellos gruñidos, ni le envolviesen
aquellos olores. Pasó de largo por el zaguán, cerrando los ojos para
no ver, á la luz del candil que sustentaba una de las chiquillas, á la
tía Gaspara con su brazo de esqueleto desnudo hasta el codo, agitando
en un barreñón un líquido rojo y espumante. Al ver salir á Segundo,
las hermanas soltaron el trapo riéndose á carcajadas, y le llamaron
ofreciéndole regalos grotescos, innobles despojos del moribundo...
Leocadia no se había acostado: sentíase indispuesta, y dormitaba
envuelta en un gran mantón, transida de frío; prestamente abrió la
puerta á Segundo, preguntándole alarmada si le sucedía algo. Nada, á la
verdad... En casa de Segundo estaban matando el cerdo: noche toledana;
no le dejarían dormir... Hacía además tanto frío aquella noche... que
se encontraba no muy bien, así como pasmado... Que le hiciese una
tacita de café, ó mejor un ponche de ron...
—Las dos cosas, corazón. Enseguidita.
Recobró Leocadia su actividad y brío como por ensalmo. Pronto ascendió
de la ponchera la llama color de zafiro del ponche; á su reflejo
traidor, la cara de la maestra parecía muy demacrada. Faltábale aquel
aspecto saludable, aquel tono suyo, moreno caliente, como de corteza
de pan. La madurez femenina, la crisis fatal de los últimos años de
amor, se leía en el semblante empalidecido, en el brillo febril de
la mirada, en el cárdeno tinte de los labios. Sobre la prosa de sus
facciones vulgarísimas imprimía el dolor sello casi poético; como
había enflaquecido, resultaban mayores sus ojos; ya no era la mujerona
de buenas carnes, limpia y fresca de boca, que picada de viruela y
todo aún arrancaba al tabernero un requiebro bestial; abrasábala el
fuego interior de una pasión imperiosa, exigente, incoercible; la
pasión postrera, la más poderosa, la que ni vence la razón, ni borran
los años, ni puede cambiar de objeto; la que hinca sus garras en las
entrañas y no suelta la presa sino cuando ya la ha matado.
Y tenía esta pasión tan extraño carácter, que siendo insaciable,
volcánica, desesperada, lejos de dictar á Leocadia actos de violencia y
arrancarle rugidos de leona, le inspiraba una abnegación y generosidad
sin límites, suprimiéndole por completo el egoísmo. Horribles habían
sido para ella los días del verano, las vendimias, todo el tiempo en
que apenas veía á Segundo, en que le constaba que no se acordaba de
ella, que se consagraba á otra mujer; ¡y sin embargo, ni salió de su
boca una palabra de celos, ni un reproche, ni le pesó de haber dado
á Segundo el dinero; y al ver al poeta era su alegría tan franca,
tan grande, que borraba como por magia todos los sufrimientos y los
compensaba con creces!
Ahora existía un motivo más para que ella se desviviese por el poeta.
Tampoco él andaba bueno. ¿Qué le dolía? Ignorábalo él mismo. Mal del
espíritu, nostalgia, murria, ahogo producido en sus pulmones de soñador
por el mezquino ambiente que respiraba... Constante inapetencia,
negra melancolía, el estómago fatigado, los nervios como cuerdas de
guitarra... Y no era su pasión por Nieves como la de Leocadia, de esas
que absorben el ser todo, interesan el corazón, atenacean la carne y
subyugan el alma; Nieves sólo vivía en su cabeza, en su amor propio,
en sus facultades líricas, en sus desvaríos románticos, generadores
eternos de la ilusión. Nieves encarnaba en forma visible, gentil y
halagüeña, sus ansias de gloria, su ambición artística.
Leocadia sirvió el ponche y el café, y como le temblaba la mano de
placer y emoción, dejó caer el líquido hirviente, quemándose un poco;
mas no hizo caso de la quemadura y siguió tan solícita, cuidando,
como siempre, de que todo estuviese á la perfección. Para hablar con
el poeta de algo que le agradase y divirtiese, le preguntó por el
tomo de poesías que traía entre manos y debía extender su fama lejos
de Vilamorta así que se imprimiese en Orense... Segundo no se mostró
entusiasmado con tal perspectiva.
—En Orense, mujer... en Orense... ¿Sabes que he mudado de idea? Ó lo
imprimo en Madrid... ó no lo imprimo: poco perderán con eso las musas
españolas.
—¿Y por qué no te gusta ya imprimirlo en Orense?
—Verás... Le sobra razón á Roberto Blánquez, que me lo aconseja desde
Madrid... Ya sabes que ahora Roberto está allá, empleado... Dice que
las obras impresas en provincias no las lee nadie; que él ha visto el
desprecio con que se miran allí las que traen pie de imprenta de fuera
de la corte... Que además aquí tardan un siglo en imprimir un tomo, y
salen plagados de erratas, y con una forma tan fea... En fin, que no
gustan... Y para eso...
—Pues á Madrid con el libro; ¿qué importa?
—Chica... Roberto me asusta con los precios de las ediciones... Parece
que la broma cuesta un ojo de la cara... No hay editor que compre
versos, ni siquiera que vaya á medias con el autor...
No contestó Leocadia, limitándose á sonreír. Tenía la salita aspecto de
íntimo bienestar: aunque el invierno había despojado de sus encantos
al balcón, poniendo amarillas las albahacas y mustios los claveles,
allí dentro el gorgoteo de la cafetera, el vaho alcohólico del ponche,
la quietud, el solícito cariño de la maestra, todo parecía templar y
suavizar el ambiente. Segundo sentía apoderarse de su cuerpo un sopor
grato.
—¿Me das una manta de tu cama? dijo á la maestra. Hoy en mi casa no hay
medio de descansar, mujer... Yo reposaría un poco aquí en este sofá.
—Tendrás frío.
—Estaré en la gloria. Anda.
Leocadia salió y volvió arrastrando con gran esfuerzo un objeto pesado,
enorme: un colchón. Después trajo la manta; luego, fundas. Total, una
cama de veras. Para lo que faltaba, las sábanas no más... ¡Bah! También
las trajo.
[Ilustración]
XXIV
No vaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya el camino y fué derecha á
casa del abogado. Éste la recibió con el entrecejo fruncido. ¿Pensaban
que fabricaba moneda? Leocadia ya no tenía bienes que empeñar; los que
llevaba valían tan poca cosa... Si se resolvía á hipotecar la casa, él
hablaría con su cuñado Clodio que tenía ahorros y ganas de una finca
así... Leocadia exhaló un suspiro de pena. Sucedíale lo contrario que
á los campesinos: ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ¡Tan
limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto!
—Psh... con abonar el importe de la hipoteca... la recobra usted en
seguida.
Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeado con la esperanza
de adquirir por la mitad de su valor un nido tan cuco, donde acabar
su vida solterona. De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase
el cuaderno de sus poesías y le leyese algunas. Hablábase mucho allí,
con reticencias y alusiones trasparentes, de ciertas flores azules, de
las voces de un pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que
bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que tenían su clave en
pasados y para ella misteriosos acontecimientos. La maestra adivinó
una historia de amor, cuya heroína sólo podía ser Nieves Méndez. Pero
lo que no podía entender ni explicarse, era cómo estando ya la señora
de Comba viuda y libre parar premiar el amor de Segundo, no lo hacía
inmediatamente... Los versos revelaban profundo desaliento, ardiente
delirio amoroso y amargura muy honda... ¡Ahora comprendía Leocadia
las tristezas de Segundo, su decaimiento, su pasión de ánimo! ¡Cuánto
padecería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, deben sufrir
más y con más crueles torturas que el resto de los humanos... No cabía
duda: aquella ausencia, aquellos recuerdos estaban matando á Segundo
lentamente... Leocadia no sabía por dónde empezar la conversación.
—Mira, oye... Esos versos son preciosos y merecen que los impriman con
letritas doradas... Casualmente, chico, estos días he recogido unos
cuartos de Orense... ¿Sabes qué he pensado la otra noche, mientras tú
dormías en la camita que te armé? Que era mejor irlos tú á imprimir en
persona... Allá... á Madrid...
Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segundo. ¡Ir él á Madrid
ahora! Imposible: era preciso antes saber algo de Nieves... La trágica
escena final de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez,
todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar... Nieves era
rica... y hoy Segundo, al presentarse en su casa, al caer á sus pies,
no sería el enamorado que pide pasión, sino el aspirante á marido...
que alega derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á reemplazar
al difunto... Y Segundo, que había aceptado dinero de Leocadia, sentía
que su orgullo se sublevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle
por un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre... ¿Pero no le
amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? Entonces ¿cómo no trataba de saber
de él? Es verdad que tampoco él intentaba comunicarse con la bella
viuda, ni refrescar sus recuerdos... Es que temía hacerlo sin arte,
sin oportunidad, y abrir la herida causada por el fallecimiento del
esposo...
El tomo de versos... ¡Excelente idea! El tomo de versos era el único
medio de volver á la memoria de Nieves en bella forma, llevado en
alas del aplauso público... Si aquel tomo se leía, se elogiaba,
gustaba, conquistaba á su autor una reputación, desaparecería entre
él y Nieves toda diferencia social que pudiese hacer absurdas sus
pretensiones... ¡Casarse!... pensaba Segundo... Lo del casamiento le
parecía secundario... Que Nieves le amase... No bodas, amor pedía él.
En la misma mesita de Leocadia escribió á Roberto Blánquez dándole
instrucciones, y preparó el manuscrito para certificarlo y le puso el
índice y la portada, con el impaciente júbilo del que, olfateando la
suerte, compra un billete de lotería...
Así que él se retiró, quedóse Leocadia profundamente preocupada.
¡Segundo no quería ir _allá_! Entonces... El relámpago de ventura
que cruzó ante sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en
Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que Segundo allí se
secaría de tedio; otro, que ella no podría facilitarle mucho tiempo
ya lo que necesitara... Hipotecar la casa, era quemar el último
cartucho... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia persona? Y sonrió con
tristeza.
En el corredor resonaban los gruesos zapatos del olvidado jorobadito,
que iba en busca del lecho, donde Flores tardaría poco en arrullarle
con sus solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y aquel ser,
aquel ser que no tenía más sostén que ella? ¿De qué viviría? Cuando su
madre, arruinada del todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué
mudo y continuo reproche sería para ella la presencia del infeliz? Y
¿cómo le hacía trabajar?...
¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas
noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra
vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente
todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para
el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler
chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir,
y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio...
Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega,
contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas
y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el
jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se
riesen de él!
Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese
apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora,
la solución de hacer de él un dependientito de comercio le parecía
tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de
su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que
sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del
chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...
Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en
Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín,
encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió
á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la
capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión
de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún
traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le
pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de
un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la
clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero
de los cajones, ¿verdad?
Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á
Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible:
armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido
llevar á Minguitos sin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una
estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le
llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños
colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No
tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico:
ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror
instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba
tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo
rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y
se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se
arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de
abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados
labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa,
murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima,
apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.
Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió
la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento,
situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría
poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito
suyo... Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos
atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió
paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y,
arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia
le preguntó:
—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?
—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.
Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado
por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al
llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:
—Ya estamos...
Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo
húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban
sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al
verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de
piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada:
cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito,
resumen de todas sus quejas y afectos:
—¡Maaamá... maaamá!...
Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso
á Vilamorta, vió á Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es
la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de
presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el
hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así
Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y
desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:
—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda,
borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que
se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo?
¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas
por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga?
¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona...
si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con
perdigones!
Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para
tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas
encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y
mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica,
murmurando en voz sorda:
—Nunca bien te ha de querer Dios, loba... Dios te castigará y la
Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad...
Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...
La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de
Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni
encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama
vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.
[Ilustración]
XXV