brazo de Segundo, quiso acercarse al manantial; pero la base de la
roca, continuamente bañada por el agua, había criado esa vegetación
húmeda, que resbala como las algas marinas, y Nieves, al apoyar el
tacón en el suelo, sintió que se deslizaba, que perdía el pie... Allá,
en el fondo de su vértigo, vió el río terrible y mugidor, los cortantes
peñascos que habían de recibirla y destrozarla, y sintió el frío
ambiente del abismo... Un brazo la cogió por donde pudo, por la ropa,
acaso por las carnes, y la sostuvo y la levantó en peso... Dobló ella
la cabeza sobre el hombro de Segundo, y éste sintió por vez primera
latir el corazón de Nieves bajo su mano... ¡Y bien aprisa! Latía de
miedo. El poeta se inclinó, y derramó en la boca misma de Nieves esta
pregunta:
—¿Me amas, dí? ¿me amas?
La respuesta no se oyó, porque, caso de haberse formado en la laringe,
no pudieron los sellados labios articularla. Durante aquel brevísimo
espacio de tiempo, que compendiaba, sin embargo, una eternidad, cruzó
por el cerebro de Segundo cierta idea poderosa, destructora, como
la chispa eléctrica... El poeta estaba de frente al precipicio, y
Nieves á su orilla, de espaldas, sostenida únicamente por el brazo
de su salvador. Con apretar un poco más los labios, con avanzar dos
pulgadas é inclinarse, el grupo caería en el vacío... Era un final muy
bello, digno de un alma ambiciosa, de un poeta... Pensándolo, Segundo
lo encontraba tentador y apetecible... y no obstante, el instinto de
conservación, un impulso animal, pero muy superior en fuerza á la
idea romántica, le ponía entre el pensamiento y la acción muralla
inexpugnable. Recreábase, en su imaginación, con el cuadro de los
dos cadáveres enlazados, que las aguas del río arrastrarían... Hasta
presentía la escena de recogerlos, las exclamaciones, la impresión
profunda que haría en la comarca un suceso semejante... y _algo_,
algo lírico que se agitaba y latía en su alma juvenil, le aconsejaba
el salto... pero á la vez, un frío temor le congelaba la sangre,
obligándole á caminar poco á poco, y no hacia el abismo, sino en
sentido contrario, hacia la senda...
Todo esto, breve en la narración, fué momentáneo en el cerebro. Segundo
advertía en sí un hielo, que le paralizaba para el amor como para la
muerte... Era la yerta boca de Nieves, desmayada en sus brazos...
Mojó el pañuelo en la fuente, y se lo aplicó á sienes y pulsos. Ella
entreabría los ojos. Se oía hablar á _Tropiezo_, reír á Carmen: venían
sin duda á buscarles y á cantar victoria. Nieves, al recobrar los
espíritus y verse con vida, no hizo el menor movimiento para apartarse
del poeta.
[Ilustración]
XXI
Como por tácito acuerdo, los dos héroes de la aventura disminuyeron
la importancia del peligro corrido, primero ante sus compañeros de
excursión, después ante el senado consulto de las Vides. Segundo
guardaba cierta reserva sobre los detalles del caso; Nieves, en cambio,
hablaba más que de costumbre, con nerviosa locuacidad, repitiendo
cien veces los mismos insignificantes pormenores: había resbalado;
García le tendió la mano; ella se cogió, y como era así, medrosa, se
asustó un poquillo, por más que la cosa no lo merecía... Pero el terco
de _Tropiezo_, con mansa sorna, le llevó la contraria. ¡Jesús, qué
disparate! ¡No haber peligro! ¡Pues si era un milagro que Nieves no
estuviese á estas horas nadando en el Avieiro! El terreno resbala allí
como jabón puro, y las piedras de abajo cortan como cuchillos, y el
río lleva una fuerza, que no sé... Nieves negaba, haciendo por reírse;
mas el terror de la catástrofe duraba escrito en su rostro con tan
indelebles rasgos, que su fresca fisonomía, de sana y caliente palidez,
se había convertido en un rostro ojeroso, deshecho, un cuerpo agitado
por escalofríos y espasmos, de esos que llaman _muerte chiquita_...
Ansiaba Segundo decirle dos palabras, para pedirle una entrevista:
comprendía que era preciso aprovechar el primer instante en que la
gratitud y la pavura ablandaban el alma de Nieves, haciendo palpitar su
insensible corazón bajo las ballenas de su corsé. En la breve escena
del precipicio apenas dió lugar la llegada de _Tropiezo_ para que
Nieves correspondiese explícitamente al arrebato del poeta, y Segundo
quería concertar algo, arbitrar un medio para verse, para hablarse,
para establecer de una vez que aquellos afanes, desvelos é intrigas
eran amor, y amor correspondido: mútua pasión, en fin... ¿Dónde y
cuándo lograría la apetecida ocasión de ponerse de acuerdo con Nieves?
Diríase que existe en toda historia amorosa un primer período en que
los obstáculos se amontonan y las dificultades renacen pujantes é
invencibles, desesperando al galán propuesto á vencerlas; y también
que llega siempre otro segundo período en que la fuerza misteriosa
del deseo y el dinamismo de la voluntad derrocan esos estorbos, y las
circunstancias, momentáneamente sometidas, se ponen al servicio de los
amantes. Así aconteció la noche de aquel memorable día. Como la niña
se había asustado algo al saber el peligro de su madre, hiciéronla
acostarse temprano; y para que cogiese fácilmente el sueño, la acompañó
Carmen Agonde dispuesta á contarla cuentos y simplezas. Suprimidos
así los principales testigos, y engolfados los señores mayores en una
de sus interminables discusiones vitícolas, agrícolas y sociológicas,
Nieves, que había salido al balcón á respirar porque sentía como un
nudo en la garganta, pudo charlar diez minutos con Segundo, situado á
la parte de afuera, entre las vidrieras y no lejos de las mecedoras.
Á veces, ambos interlocutores levantaban la voz, tratando de cosas
indiferentes: del riesgo de por la tarde, de lo curioso que era el
ruido del pinar... Y bajito, muy bajito, la negociación diplomática del
poeta seguía su curso... Una entrevista, una conversación con cierta
libertad... ¡Pues no había de poder ser!... ¿Y por qué no en la solana,
aquella misma noche?... ¡Bah! nadie tendría el capricho de ir por allí
á curiosear lo que pasaba... Él se descolgaría fácilmente al huerto...
¿Que no? Era muy medrosa... ¿Hacer mal? ¿Por qué?... Cansada y así como
enferma... Sí, se comprende. Prefería que fuese de día... Bien; mejor
sería del otro modo, pero... ¿Sin falta? ¿Á la hora de la siesta? ¿En
el salón?... No, no venía gente nunca; todo el mundo dormía... ¿Palabra
formal? ¡Gracias! Sí, convenía disimular para que no se hiciesen cargo.
Entretanto, los señores de la mesa de tresillo, hablaban de las
vendimias y de sus consecuencias... Las pobres muchachas del país
ganaban bastante en aquella labor: pero ¡bah! murmuró _Tropiezo_
riéndose: no ganaban sólo dinero... Ganaban á veces otras cosas...
Con esto de andar las cuadrillas mezcladas, y de retirarse de noche,
por los caminos oscuros, resultaba que... Ya era axiomático en el
país que los hijos del carnaval y de la vendimia no tienen padres
conocidos. Á propósito de lo cual, don Victoriano emitió algunas
ideas de su repertorio favorito, citando la legislación inglesa,
alabando la sabiduría de aquella gran nación, que al reglamentar el
trabajo material, estudia detenidamente los problemas que entraña, y
se preocupa de la suerte del niño y de la mujer... Con estas serias
disquisiciones se acabó la velada, retirándose cada mochuelo á su
olivo.
Sentada Nieves ante la mesita donde tenía abierto su _neceser_ y
colocado un espejillo de pie con marco de plata, iba desprendiendo una
á una las horquillas de concha que sujetaban las roscas de su moño, y
_Mademoiselle_ recogía y alineaba las horquillas primorosamente en un
estuche... Entrenzó después el pelo á Nieves, y ésta se echó atrás,
respirando con esfuerzo; de pronto, alzó la cabeza.
—¿Si me pudiese V. hacer una taza de tila?... ¿Allá en su cuarto... sin
molestar?
Salió la francesa, y Nieves, muy cavilosa, apoyó el codo en la mesa y
la mejilla en la palma de la mano, sin dejar de mirarse al espejo...
Estaba con una cara de desenterrada, que imponía. No, aquella vida
no podía continuar, ó de lo contrario la llevarían al cementerio...
Encontrábase nerviosísima: ¡qué escalofríos, qué desazón, qué momentos
tan amargos! Había visto la muerte cara á cara, y pasado más sustos,
más recelos, más congojas en un día que en todos los años anteriores de
su existencia. Si eso era el amor, á la verdad tenía poco de divertido:
no servía ella para tales agitaciones... Una cosa es que agrade parecer
bonita y oírlo y aun poseer un rendido apasionado, y otra estas
angustias incesantes, estas aventuras que le ponen á uno el alma en
un hilo y le colocan á dos dedos de la vergüenza, y le quebrantan
el cuerpo... Y aseguran los poetas que esto es la felicidad... Será
para ellos: lo que es para las pobres mujeres... Y vamos á ver, por
qué carecía ella de valor para decirle á Segundo—¡acabemos, no puedo
con estas zozobras, tengo miedo, lo paso muy mal! ¡Ah! También le
tenía miedo á él... Era capaz de matarla: sus hermosos ojos negros
despedían á veces chispas de electricidad y vislumbres fosfóricas. Y
luego él siempre le cogía la acción, se imponía, la dominaba... Por
él estuvo á punto de caer en el río, de despedazarse en las rocas...
¡María Santísima! ¿Pues hacía media hora, no faltó poco para otorgarle
la cita en la solana? Lo cual era una grandísima locura, siendo
imposible dirigirse á aquel rincón de la casa sin que _Mademoiselle_,
ó cualquiera, la echase de menos y se descubriese el pastel. ¡Ay, Dios
mío! ¡Todo aquello era terrible, terrible! ¡Y mañana tenía que acudir
al salón, á la hora de la siesta!... Ea, una resolución enérgica:
acudiría, corriente; pero acudiría á desatar aquel enredo, á decir á
Segundo cuatro verdades para que se contuviese: amarla, concedido; no
se oponía, muy bueno y muy santo; comprometerla de aquel modo, eso era
inaudito; le rogaría que se volviese á Vilamorta; ellos ya se irían
pronto á Madrid... ¡Ah! ¡cuánto tardaba aquella bendita _Mademoiselle_
con la tila!
La puerta se abrió... No entró _Mademoiselle_, sino D. Victoriano.
Nada tenía de sorprendente su aparición, pues dormía en una especie de
despachito, al lado del cuarto de su mujer y dividido de éste por un
corredor, y todas las noches, antes de recogerse, daba un beso á la
niña, cuyo lecho estaba pegado al de su madre; sin embargo, á Nieves
se le puso carne de gallina, y por instinto se volvió de espaldas á la
luz, tosiendo á fin de disimular su turbación.
La verdad es que D. Victoriano venía grave, y aun algo fosco y
severo... No andaba muy alegre ni expansivo desde el recrudecimiento
de su enfermedad; pero sobre su aire abatido resaltaba entonces no sé
qué cosa, un velo más negro aún, un nubarrón preñado de tempestades...
Nieves, observando que no se acercaba á la cama de la niña, bajó los
ojos y fingió alisarse el pelo con el batidor de marfil.
—¿Cómo te encuentras, hija? ¿Te dura el susto?—preguntó el marido.
—Sí; aún estoy un poquillo... He pedido tila.
—Bien hecho... Mira, Nieves...
—¡Qué... qué!...
—Mira, Nieves, nos vamos á Madrid cuanto antes.
—Cuando tú digas... Ya sabes que yo...
—No; si es que es necesario, indispensable; es que yo tengo que
ponerme formalmente en cura, hija, porque me acabo si así continúo...
He incurrido en la debilidad de confiarme á este bestia de D. Fermín,
Dios me perdone... y creo...—añadió con amarga sonrisa—que me ha
embromado... Veremos si Sánchez del Abrojo me saca del paso... ¡que lo
dudo bastante!
—¡Jesús, qué aprensión!—exclamó Nieves, respirando y aprovechando el
recurso de la enfermedad.—¡No parece sino que tienes males incurables!
En poniendo el pie allá y tomándote Sánchez de su cuenta... dentro de
dos meses ni te acuerdas de ese achaquillo.
—¡Bravo, hija, bravo! Yo no quisiera lastimarte ni parecerte regañón...
pero eso que dices... eso que dices prueba que ni me miras, ni te
importa un bledo mi salud, ni me haces caso alguno... lo cual,
francamente... dispensa... pero ¡no te honra! Mi mal es grave, muy
grave... es la diabetes sacarina, que se lleva las gentes al otro mundo
bonitamente... Estoy convertido en azúcar... se me debilita la vista...
me duele la cabeza... no tengo sangre... y tú ahí, tan serena, tan
alegre, retozando como una niña... Eso no lo hace la mujer que quiere
á su esposo... Á tí no te ha preocupado mi estado físico, ni mi estado
moral... Estás gozando, pasando una temporada divertidísima... y lo
demás... ¡buen cuidado te da á tí!
Nieves se levantó trémula, casi llorando...
—¿Qué me dices?... Yo... yo...
—No te alteres, hija; no llores... Tú eres joven y sana, yo estoy muy
gastado y achacoso... Peor para mí... Pero oye... Aunque te parezca
seco y grave... yo te quise mucho, Nieves... te quiero aún... tanto
como á esa niña que está ahí durmiendo... lo juro delante de Dios... Y
tú podías... podías quererme algo... como una hija... é interesarte por
mí... Será poco tiempo ya de molestia: me siento tan enfermo...
Nieves se acercó en actitud cariñosa, y su marido le rozó la frente
con los denegridos labios, apretándola al mismo tiempo contra sí... Y
añadió:
—¡Aún tengo que hacerte otra advertencia... echarte otro sermón, hija!
—¿Cuál?—murmuró la esposa sonriendo, pero azorada.
—Ese chico de García... No te sobresaltes, hija, que no es para
tanto... Ese chico... te mira algunas veces de un modo muy raro... como
si te hiciese el amor... ¡No, si yo no dudo de tí! Has sido y eres una
señora intachable... no te acuso... ni le doy importancia á semejante
necedad... Es que... te parecerá mentira... estos chicos de aquí son
muy atrevidos; tienen menos soltura para presentarse, pero en el fondo
más osadía que los de la corte... Yo pasé aquí mis años verdes, y les
conozco... Sólo te aviso para que pongas á raya á ese mequetrefe...
En los días que nos quedan, suprime los paseos largos y todas esas
cursilerías que aquí se hacen... Una dama como tú es, en este sitio,
la reina; y no está bien que contigo se tomen las bromas que con las
señoritas de Molende ú otras así... ¡Si ya te he dicho que no me cruza
ni por el pensamiento la idea! Una cosa es que ese _Cisne_ de lugar se
haya enamorado de tí y te dé la mano en los despeñaderos; otra que yo
te injurie... ¡Hija!
Poco después se presentó _Mademoiselle_ con la tila humeante. ¡Buena
falta que le hacía la tila á Nieves! Tenía los nervios más tirantes...
Estaba convulsa. Hasta náuseas la atacaron al beber las primeras
cucharadas. _Mademoiselle_ le ofreció un poco de poción anti-histérica.
Tragóla Nieves, y con algunos bostezos y dos ó tres lagrimillas se
alivió su crisis. Pensó en acostarse, y entró en la alcoba. Allí vió
algo que renovó su desasosiego. Victorina, en vez de dormir, tenía los
ojos abiertos. Probablemente habría oído la conversación.
[Ilustración]
XXII
Y en efecto, la había oído toda, todita, desde la primer palabra hasta
la última. Y las frases del diálogo conyugal daban vueltas en su magín,
rodando, entrelazándose, destacándose en letras rojas, impresas en su
memoria virgen. Las repasaba, las comentaba interiormente, las pesaba,
hacía deducciones...
Nadie acertará á decir cuál es el momento crítico que divide la
noche del día, el sueño de la vigilia, la juventud de la madurez y
la inocencia del conocimiento. ¿Quién es capaz de fijar el instante
en que el niño, convirtiéndose en adolescente, nota en sí ese algo
inexplicable que acaso pueda llamarse conciencia sexual; en que el
vago presentimiento se trueca en rápida intuición; en que, sin tener
noción precisa de las realidades concretas del vivir, adivina todo lo
que más tarde le ha de confirmar y puntualizar la experiencia; en que
entiende la importancia de una indicación, la trascendencia de un acto,
el carácter de una relación, el valor de una mirada ó el sentido de una
reticencia? ¿El minuto en que sus ojos, abiertos solamente á la vida
exterior, adquieren facultades para escudriñar también la interior,
y perdiendo su brillo superficial, el claro reflejo de su pureza
candorosa, toman la concentrada é indefinible expresión que constituye
una _mirada de persona grande_?
Llegó para Victorina ese minuto á los once años, aquella noche,
sorprendiendo un diálogo entre su padre y su madre. Inmóvil, sujetando
la respiración, con los piececillos fríos y la cabeza ardorosa y
congestionada, la niña escuchó, y después, en la dudosa penumbra de la
alcoba, ató algunos cabos sueltos, recordó pormenores, y comprendió al
fin, sin darse mucha cuenta de lo que comprendía, pero discurriendo
con precocidad singular, debida acaso á la dolorosa viveza con que la
fantasía trabajaba en el silencio nocturno y en la quietud del lecho...
Es lo cierto que la niña pasó mala noche, dando vueltas en su monástica
y breve camita. Dos ideas, sobre todo, se le iban introduciendo y le
barrenaban la cabeza á manera de clavos. Su papá estaba muy enfermo,
muy enfermo, y además muy disgustado y quejoso porque Segundo se había
enamorado de su mamá... De su mamá. ¡De ella no! ¡Ella, que guardaba
todas las flores de Segundo como reliquias!
Las penas de la infancia no conocen límite ni consuelo. Cuando se
tienen más años y se han corrido más tormentas y se ha visto con
asombro que el hombre puede sobrevivir á ciertos pesares y que la
bóveda del firmamento no se hunde cuando perdemos lo que amábamos,
entonces casi no existe la desesperación absoluta, patrimonio de la
primera edad. Para Victorina era evidente que su papá se moría y que
su mamá era muy mala... y Segundo un bribón... y que se acababa el
mundo... y que ella también, también se quería morir. Si á los once
años de edad fuese posible volverse el pelo blanco, Victorina se
cubriría de canas durante la noche en que el sufrimiento la hizo, de
niña, mujer, y de criatura indecisa, tímida, ruborosa, persona moral,
resuelta al mayor heroismo.
Tampoco Nieves gozó mucho los blandos favores del sueño. Las palabras
de su marido la dejaron meditabunda. ¿Sería mortal la enfermedad de don
Victoriano? ¡Tal vez sí! Estaba muy desmejorado el pobre... Y Nieves
experimentaba un comienzo de pena y reconcomio: señor, ¿quién duda que
ella quería á su esposo y temía su muerte? No sentiría por él un amor
grande, de los que las novelas pintan... ¡bah!... pero cariño, sí...
¡Ojalá que el mal fuese leve! ¿Y si no lo era?... ¿Y si se quedase
vi...? Ni aun mentalmente se atrevía á concluir la palabreja... Pensar
en eso, parece ya alimentar malos deseos... No, pero el caso es que
las mujeres, en efecto, al morírseles sus maridos, suelen quedarse
vi... ¡María Santísima! Debía ser una gran desgracia... Bien; ¿y _si
sucedía_? Segundo... ¡Jesús, qué desatino! De fijo que á él no se le
había pasado por la cabeza semejante absurdo... Los Garcías, unos
nadies... Y aquí volvía Nieves á repasar la parentela, el modo de vivir
de Segundo...
De buena gana haría novillos á la cita del día siguiente, porque su
marido andaba receloso, y era comprometido el lance, aunque en el lugar
designado para la entrevista siempre se podría achacar á casualidad el
encuentro... Y por otra parte, si faltaba, aquel Segundo tan apasionado
sería muy capaz de dar un escándalo, de ir á buscarla á su cuarto, de
entrar por la ventana.
Bien pensado, juzgó más prudente asistir, y rogar á Segundo... que...
que la olvidase... que por lo menos, no la comprometiese... Era lo
mejor.
Pasó Nieves la mañana en un estado de quebrantamiento tan grande, que
apenas comió; y, durante la comida, no miró ni una sola vez á Segundo,
temerosa de que su marido observase y sorprendiese entre ellos alguna
furtiva señal de inteligencia. Para mayor desgracia, Segundo, deseoso
de recordarla con los ojos su promesa, la miró aquel día más que de
costumbre: afortunadamente D. Victoriano parecía distraído por su
apetito desordenado de comer y beber. Acabada la comida, se retiraron
todos, como siempre, á descabezar la siesta. Nieves tomó el camino
de su cuarto. Encontró en él á Victorina, tendida sobre la cama. Por
precaución, la hizo preguntas.
—¿Vas á dormir la siesta, monina?
—Á dormir, no... Pero estoy á gusto así...
Miróse Nieves al espejo, y se vió descolorida. Se lavó los dientes, y
después de cerciorarse con una rápida ojeada de que también reposaba
su marido en el cuarto inmediato, se deslizó hasta el salón á paso
ligerísimo... Temblaba. Aquella atmósfera de tempestades y peligros,
grata para el ave marina, era mortal para el lindo pájaro doméstico.
No era vivir estar siempre así, escalofriada de terror y con la
sangre cuajada por el susto. ¡No era vivir, ni respirar!... Acabaría
por volverse loca: ¿pues no creía sentir pasos, como si alguien la
siguiese? Dos ó tres veces se paró, reclinándose desfallecida en las
paredes del corredor, prometiéndose á sí misma que no la cogerían en
otra.
Al entrar en el salón, se detuvo sobrecogida. ¡Estaba tan silencioso y
soñoliento, medio á oscuras, con las maderas casi cerradas,—que sólo
permitían el paso á un rayo de sol en que danzaban áureas partículas de
polvo,—con sus espejos narcotizados que tenían pereza de reflejar algo
en sus turbias lunas, con la modorra del asmático reloj, cuya esfera
parecía un rostro humano que la espiaba y tosía desaprobándola!...
De pronto sintió pisadas veloces, juveniles; y Segundo, audaz,
enloquecido, vino á caer á sus plantas, con los brazos enlazados en
torno de su cuerpo... Ella quería contenerle, avisarle, explicarle...
No se lo consintió el poeta, que pronunciaba tiernas exclamaciones de
gratitud y de pasión, y, ya en pie, la levantaba del suelo, con el
irresistible impulso amoroso que no calcula los actos.
Don Victoriano, al ver entrar en su aposento á la niña, blanca como
la cera, casi lívida, despidiendo fuego por los ojos, en una de esas
actitudes de horror que ni se fingen ni se imitan, saltó de la cama
donde, despierto, fumaba un puro... La niña le decía con voz ahogada:
—¡Ven, papá!... ¡Ven, papá!
¿Qué pasaría por la mente del padre? Jamás se supo el porqué siguió á
la niña, sin dirigirla ni una leve pregunta. En el umbral del salón,
detúvose el grupo... Nieves exhaló un chillido altisonante, y Segundo,
con hermoso arranque varonil y apasionado, la escudó con su cuerpo...
Defensa innecesaria ya. La figura de hombre detenida en la puerta no
amenazaba: lo que de ella infundía miedo, era cabalmente su actitud
de estupor y anonadamiento: parecía un cadáver, un espectro abrumado
de desesperación impotente. El rostro, más que amarillo, verde; los
ojos abiertos, nublosos y fijos; las manos y rodillas trémulas...
Aquel hombre hacía vanos esfuerzos para hablar; la parálisis empezaba
por la lengua: inútilmente intentaba revolverla en la boca, formando
sonidos... ¡Lucha horrible! Pugnaba la frase por salir de los labios,
y no salía: la faz, de lívida, pasaba á roja, congestionándose, y la
niña, abrazando la cintura de su padre, viendo aquel combate de la
inteligencia con los órganos, gritaba:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere papá!
Nieves, sin osar acercarse á su marido, pero comprendiendo que en
efecto algo grave le sucedía, chilló también pidiendo socorro. Y fueron
apareciendo por las puertas Primo Genday en mangas de camisa, Méndez
con un pañuelo de algodón atado sujetando las orejas, _Tropiezo_ con
los pantalones á medio abrochar...
Segundo, silencioso, quieto en mitad de la sala, no sabía qué hacer
de su persona: el irse, era desairado; el quedarse... _Tropiezo_ le
sacudió:
—Anda, chico, volando á Vilamorta... Dile á Doroteo el del coche que
salga á Orense y traiga un médico de allá, el de más nombre... ¡Yo no
quiero este _tropieciño_! indicó guiñando un ojo.—Corre, disponte.
El _Cisne_ se acercó á Nieves, que derrumbada en el sofá, lloraba, con
su fino pañuelo apoyado sobre la boca.
—Me mandan á buscar un médico, Nieves. ¿Qué hago?
—¡Vaya usted!
—¿Vuelvo?
—No... déjeme usted por Dios... ¡Que venga, que venga el médico!—Y
sollozó más fuerte.
* * * * *
Por pronto que anduvo, hasta la madrugada del día siguiente no llegó el
facultativo á las Vides. Opinó que el caso no era extraordinario: la
diabetes suele terminar así, con parálisis seguida de derrame seroso:
una de las complicaciones más frecuentes en tan temible enfermedad...
Añadió que era conveniente trasladar á Orense al enfermo, con
precauciones. La traslación se hizo sin grandes dificultades, y
don Victoriano aún vivió unos días. Á las veinticuatro horas de su
entierro, Nieves y Victorina, rigurosamente enlutadas, salieron para la
corte.
[Ilustración]
XXIII