Esta vez Nieves, con esfuerzo, articuló un _sí_ redondo. Segundo le

soltó las manos, se llevó las suyas á la boca en apasionado ademán

de gratitud, y saltando por las escalerillas, desapareció entre los

frutales.

[Ilustración]

XIX

Respiró Nieves. Estaba... así... como aturdida. Sacudió las muñecas,

doloridas por la presión de los dedos de Segundo, y se compuso el

pelo, mojado de rocío y revuelto con el roce del ramaje. ¿Qué había

dicho, señor?... Cualquier cosa, para salir de tan grave aprieto...

Ella se tenía la culpa, por apartarse de la gente y esconderse en

un punto retirado... Y, con ese deseo de dar publicidad á los actos

indiferentes, que acomete á las personas cuando tienen que ocultar

algo, gritó llamando á todo el mundo:

—¡Teresa! ¡Elvira! ¡Carmen! ¡Carmen!

—¿Dónde está? ¡Nieves! ¡Nieves! respondieron desde varios sitios.

—Aquí... junto al limonero grande... ¡Ya voy!

Cuando entraron en la casa, Nieves, más serena, recapacitaba y se

asombraba de sí misma. ¡Decirle á Segundo _que sí_! Ello había salido

medio á la fuerza; pero al cabo, había salido de su boca. ¡Qué

atrevimiento el del poeta! Imposible parecía que fuese tan resuelto

el chico del abogado de Vilamorta. Ella era una dama de distinción,

muy respetada: su marido acababa de ser ministro. Y aquella familia

de García... ¡Bah!... unos nadies; el padre usaba cada cuello

deshilachado, que daba pena; no tenían criada, las hermanas corrían

descalzas á veces... El mismo Segundo, á la verdad... se le notaba

muchísimo el aire de provincia, y el acento gallego. No, feo no podía

llamársele: tenía algo de particular en la cara y en el tipo...

¡Hablaba con tanta pasión! Como si en vez de rogar mandase... ¡Qué aire

de dominio el suyo! Y era lisonjero un perseguidor así, tan entusiasta

é intrépido... ¿Quién se había enamorado de Nieves hasta la fecha?

Cuatro galanterías, uno que la miraba con los gemelos... Todo el mundo

en Madrid la trataba con esa tibieza y consideración que inspiran las

señoras respetables...

Por lo demás, no dejaba de comprometerla aquel empeño de Segundo. ¿Se

enterarían las gentes? ¿Lo notaría su marido? ¡Bah!... su marido

sólo pensaba en sus achaques, en las elecciones... Con ella apenas

hablaba de otra cosa. ¿Y si se hacía cargo? ¡Qué horror, Dios mío! Y

las del escondite, ¿no maliciarían?... Elvira se mostraba más lánguida

y suspirona que de costumbre... ¡Á Elvira le gustaba Segundo! Á él...

no; él no le hacía pizca de caso... Y los versos de Segundo sonaban

bien, eran lindos; podían figurar en _La Ilustración_... En fin... Como

antes de las elecciones tendrían que marcharse á Madrid, apenas existía

peligro grave... Siempre le quedaría un grato recuerdo del veraneo...

El caso era evitar, evitar...

No se atrevió Nieves á decirse á sí misma lo que convenía evitar,

ni había dilucidado este punto cuando penetró en el salón, donde la

partida de tresillo funcionaba ya. Sentóse la señora de Comba al piano,

y tecleó varias cosillas ligeras, polkas y rigodones, para que bailasen

las muchachas. Estas le pidieron á voces otra música.

—Nieves, ¡la muiñeira!

—¡La _riveirana_, por Dios!

—¿La sabe toda, Nieves?

—Todita. ¿Pues no la he oído en las fiestas?

—Á echarla. Venga de ahí.

—¿Quién la echa?

—¿Quién la _repinica_? ¡Á ver, á ver!

Alzáronse varias voces delatoras.

—Teresa Molende... ¡juy! Da gusto vérsela bailar.

—¿Y la pareja?

—Aquí... Ramonciño Limioso, que puntea que es un pasmo.

Reíase Teresa, con viriles y sonoras carcajadas, jurando y perjurando

que había olvidado la _muiñeira_, que nunca la supo á derechas. De

la mesa de tresillo se elevó una protesta: la del dueño de la casa,

Méndez. ¡Vaya si Teresiña bailaba bien! Que no se disculpase, que no

le valía la disculpa: no había en todo el Borde moza que echase la

_riveirana_ con más salero: es verdad que cada día se iba perdiendo la

costumbre y el chiste para estas cosas tradicionales, antiguas...

Cedió Teresa, no sin afirmar por última vez su incompetencia. Y después

de recogerse con alfileres la falda del vestido para que no le hiciese

estorbo, cesó de reír, y adoptó un continente modesto y candoroso,

dejando caer el velo de los párpados encima de sus gruesos y ardientes

ojos, inclinando la cabeza sobre el pecho, descolgando los brazos á lo

largo del cuerpo, é imprimiéndoles leve oscilación, mientras frotaba

una contra otra las yemas del pulgar é índice; y así, andando á menudos

pasitos, con los pies muy juntos, siguiendo el ritmo de la música,

fué dando la vuelta al salón con singular decoro y la mirada puesta

en el piso, deteniéndose al fin en el testero. Mientras esto sucedía,

el señorito de Limioso se quitaba su chaquet rabicorto, quedándose

en mangas de camisa, se calaba el sombrero, y pedía un objeto

indispensable.

—Victoriña, las postizas.

Corrió la niña y trajo hasta dos pares de castañuelas. El señorito

afianzó el cordón entre los dedos, y previo un arrogante repique,

entró en escena. Era la propia estampa de don Quijote en lo seco y

avellanado, y como al hidalgo manchego, no se le podía negar distinción

y señorío, por más que imitase escrupulosamente los torpes movimientos

de los mozos aldeanos. Colocóse delante de Teresa, y la requirió con un

punteo apresurado, cortés, pero apremiante, análogo á una declaración

de amor. Unas veces hería el suelo con toda la planta del pie, otras

con el talón ó la punta sola, dislocando el tobillo y haciendo mil

zapatetas, al par que tocaba briosamente las postizas, que en manos de

Teresa respondían con débil y pudoroso repiqueteo. Echando el sombrero

atrás, el galán miraba osadamente á su pareja, acercaba el rostro al

de ella, la perseguía, la acosaba tiernamente de mil modos, sin que

Teresa modificase nunca su actitud humilde y sumisa, ni él su aspecto

conquistador, sus gimnásticos y resueltos movimientos de ataque.

Era el amor primitivo, el galanteo de los tiempos heróicos, revelado en

aquella expresiva danza cántabra, guerrera y dura; la mujer dominada

por la fuerza del varón y, mejor que enamorada, medrosa; todo lo

cual resultaba más picante atendido el tipo de amazona de Teresa y

el habitual encogimiento y circunspección del señorito. Llegó, sin

embargo, un instante en que el galán asomó bajo el vencedor bárbaro,

y en medio de los más complicados y rendidos zapateos, dobló la

rodilla ante la hermosa, haciendo la figura conocida por _punto del

Sacramento_. Fué instantáneo: púsose en pie de un brinco, y dando á

su pareja un halagüeño empellón, quedaron de espaldas el uno al otro,

pegaditos, acariciándose y frotando amorosamente hombro contra hombro

y espinazo contra espinazo. Á los dos minutos se separaron de golpe, y

con algunos complicados ejercicios de tobillo y algunas vueltas rápidas

que arremolinaron las enaguas de Teresa, acabó la _riveirana_ y estalló

en la sala un motín de aplausos.

Mientras el señorito se enjugaba el sudor de la frente, y Teresa se

desprendía la falda, Nieves, alzándose del piano, reparó que en el

salón no se encontraba Segundo. La misma observación, pero en voz

alta, hizo Elvira. Agonde les dió la clave del misterio.

—De seguro que á tal hora está en el pinar, ó por la orilla del río...

Rara es la noche que no va á dar paseos así, muy extravagantes: en

Vilamorta hace lo mismo.

—¿Y cómo se cierra la puerta sin venir él? Ese rapaz es loco, declaró

Primo Genday. No vamos á quedarnos todos sin dormir, teniendo que

madrugar para las labores, por causa de un casquivano. ¿Eh, me

comprenden? Yo cierro y que se arregle como pueda. ¡Ave María de gracia!

Protestaron Méndez y D. Victoriano en nombre de la cortesía y de los

deberes de la hospitalidad, y hasta media noche estuvo franco el

portal de las Vides, aguardando el regreso de Segundo. Mas como éste

no volvía, á las doce fué Genday en persona á poner las trancas á las

puertas, diciendo entre dientes:

—Ave Mar... Que duerma al sereno si se lo pide el cuerpo.

Segundo, en efecto, subía hacia el pinar. Encontrábase muy excitado,

y juzgaba imposible presentarse delante de gente ni atender á

conversación alguna. ¡Nieves, aquella mujer tan respetada, tan bella,

le había dicho _que sí_! No era, pues, vano sueño, ni aspiración

propia de un insensato la tendencia á ideales venturas que atormentaba

su espíritu, ni la gloria sería inaccesible cuando el amor estaba ya al

alcance de su diestra ansiosa y febril, y con extenderla podía tocarlo.

Pensando en esto trepaba por la pendiente senda, y recorría delirante

el pinar, recostándose á veces en alguno de los negros troncos,

embelesado, sin sombrero, bebiendo el aire nocturno, escuchando como

en sueños la misteriosa voz de los árboles y la doliente del río

que corría á sus pies. ¡Ah! ¡qué momentos de dicha, cuánta suprema

satisfacción le prometía aquel amor que halagaba el orgullo, excitaba

la fantasía y satisfacía su delicado egoísmo de poeta, ávido de pasión,

de goces que la imaginación soñadora abrillanta y la musa puede cantar

sin mengua! ¡Todo lo soñado hasta entonces en los versos iba á ser real

en la vida; y el canto se alzaría más penetrante, y la inspiración

alentaría más poderosa, y las estrofas irían trazadas con sangre,

haciendo palpitar el corazón de los lectores!

Á despecho del deber y la razón, Nieves le amaba... ¡Lo había dicho! El

poeta sonrió desdeñosamente pensando en D. Victoriano y sintió el gran

desprecio del ideólogo hacia el hombre práctico pero inepto en cosas

del alma... Luego miró alrededor. Triste estaba el pinar á aquellas

horas. Y hacía frío... Además debía ser tarde. En las Vides extrañarían

su ausencia. ¿Se acostaría Nieves ya? Con estos pensamientos fué

bajando por el difícil sendero, y llegó al portal diez minutos después

de que la mano solícita de Genday había afianzado la tranca. El

contratiempo no alarmó á Segundo: tendría que escalar alguna pared, y

casi le agradaba lo novelesco del lance... ¿Por dónde entraría?

Indudablemente el ingreso más fácil era el del huerto, al cual podía

descolgarse por un talud muy rápido que formaba el monte: cuestión

de arañarse los muslos, de rozarse las palmas, pero de estar en la

posesión antes de diez minutos sin encontrarse con los perros que

guardaban el patio, ni con gente, por hallarse deshabitada aquella

parte, que correspondía al comedor. Dicho y hecho. Volvió atrás y

ascendió, no sin trabajo, al montecillo: ya en él, dominaba la solana

y buena parte del huerto. Estudió la bajada para no caer sobre la

paredilla y fracturarse acaso una pierna. Como el montecillo era

escueto y sin vegetación, la figura del _Cisne_ se recortaba sobre el

fondo del cielo.

Al fijar los ojos en la solana para orientarse, Segundo vió á su

vez algo que le turbó los sentidos con suavísimo mareo: algo que le

causó uno de esos sobresaltos deleitosos que agolpan toda la sangre

al corazón para repartirla después gozosa y ardiente por las venas.

En la penumbra de la solana, entre los tiestos, su vista penetrante

distinguía, sin que le cupiese la menor duda acerca de la realidad de

su visión, una figura blanca, una silueta de mujer cuya actitud parecía

indicar que ella también le había visto, que le observaba, que le

aguardaba allí.

Velozmente le dibujó la fantasía los trazos y perfiles de la escena:

un coloquio, un divino coloquio de amor con Nieves, entre los claveles

y las enredaderas, á solas, sin más testigos que la ya poniente luna

y las flores envidiosas de tanta felicidad. Y con un movimiento

prontísimo se echó á rodar por la escarpada pendiente, cayendo sobre

la dura paredilla. No hizo caso del golpe, de las descalabraduras ni

del molimiento de sus huesos: saltó de la paredilla al huerto y buscó

el rumbo de la solana. Los árboles frutales le ocultaban el camino, y

dos ó tres veces erró la ruta: por fin logró salir al pie de la solana

misma, y entonces alzó la vista para cerciorarse de la verdad de la

deseada aparición. En efecto, una mujer esperaba allí, ansiosa, vestida

de blanco, apoyada sobre el balaustre de madera de la solana; mas ya la

distancia no consentía ilusiones ópticas; era Elvira Molende, con su

peinador de percal y el pelo tendido, á guisa de actriz que representa

la _Sonámbula_, ¡Con qué afán se inclinaba la pobrecilla! Casi tenía el

cuerpo fuera del balcón. Jurara el poeta que hasta le llamaba por su

nombre, muy bajo, con ceceo cariñoso...

Y él pasó de largo. Dió la vuelta á todo el huerto, entró en el

patio por la puerta interior, que no se cerraba de noche, y llamó

estrepitosamente á la de la cocina... El criado acudió, renegando de

los señoritos que se recogen tarde porque no tienen que madrugar para

abrir la bodega á los pisadores.

[Ilustración]

XX

Como se prolongaban tanto las vendimias y las faenas de elaboración en

la magna bodega de Méndez, y por aquel país el que más y el que menos

tiene su poquillo de _Borde_ que vendimiar y recoger, emigraron parte

de los huéspedes, deseosos de atender á sus propias viñas. El señorito

de Limioso necesitaba ver en persona cómo entre oidium, mirlos,

vecinos y avispas no le habían dejado un racimo para un remedio; las

señoritas de Molende tenían que colgar por sus mismas manos la uva

de su famoso _Tostado_, célebre en el país; y por razones análogas

fueron despidiéndose Saturnino Agonde, el arcipreste y el cura de Naya,

quedándose la corte de las Vides reducida á Carmen Agonde, dama de

honor, Clodio Genday, consejero áulico, _Tropiezo_, médico de cámara,

y Segundo, que bien podía ser el paje ó trovador encargado de distraer

á la castellana con sus endechas.

Ardía Segundo en impaciencia febril, nunca sentida hasta entonces.

Desde el día del coloquio en el limonero, Nieves rehuía toda ocasión

de hallarse á solas con él; y el sueño calenturiento de sus noches, la

angustia intolerable que le consumía era no pasar del fugitivo _sí_,

que á veces hasta dudaba haber oído. No podía, no podía resistir el

_Cisne_ esta lenta tortura, este martirio incesante: menos desdichado

si, en lugar de alentarle, Nieves le pagase con claros desdenes. No

era el ansia brutal de victorias positivas lo que así le atormentaba:

sólo quería persuadirse de que le amaban realmente, y que bajo el

acerado corsé latía y sentía un corazón. Y era tal su locura, que

cuando todo el mundo se interponía entre Nieves y él, le acometían

violentos impulsos de gritar:—«¡Nieves, dígame V. otra vez que me

quiere!»—¡Siempre, siempre obstáculos entre los dos; siempre la niña al

lado de su madre! ¿De qué servía estar libres de Elvira Molende, que

desde la famosa centinela en la solana miraba al poeta con ojos entre

satíricos y elegiacos? La marcha de la poetisa quitaba un estorbo, pero

no resolvía la situación.

Y Segundo sufría en su amor propio, herido por la reserva sistemática

de Nieves, y también en su ambición amorosa, en su ardiente sed de

lo imposible. Corría ya la primer decena de Octubre; el ex-ministro,

abatido y lleno de aprensión, hablaba de marcharse cuanto antes; y

aunque Segundo contaba con colocarse luego en Madrid mediante su

influjo, y volver á encontrar á Nieves, decíale el infalible instinto

que entre la persona de Nieves y la suya no existía otro lazo de

unión sino la pasajera estancia en las Vides, la poesía del otoño, la

casualidad de vivir bajo el mismo techo, y que si no consolidaba aquel

devaneo antes de la separación, sería tan efímero como las hojas de la

parra, que caían arrugadas y sin jugo.

Despedíase de sus galas el otoño: se veía la rugosa y nudosa deformidad

de las desnudas cepas, la seca delgadez de los sarmientos, y el viento

gemía ya tristemente despojando las ramas de los frutales. Un día le

preguntó Victorina á Segundo:

—¿Cuándo hemos de ir al pinar, á oír cómo canta?

—Cuando gustes, hija... Si tu mamá quiere que sea esta tarde...

La niña sometió la proposición á Nieves. Es el caso que Victorina

estaba, de algún tiempo acá, más pegajosa y sobona que nunca con su

madre: apoyaba continuamente la cabeza en su pecho, escondía la mejilla

en el cuello de Nieves, paseábale las manos por el peinado, por los

hombros y, sin causa ni motivo, murmuraba con voz que pedía caricias:

—¡Mamá... mamá!

Pero los ojos de la mujercita en miniatura, entornados, de mirada

ansiosa y amante al través de las espesas pestañas, no estaban fijos

en su madre, sino en el poeta, cuyas palabras bebía la chiquilla,

poniéndose muy colorada cuando él le dirigía cualquier chanza, ó daba

cualquier indicio de notar su presencia.

Nieves, al principio, se resistió algo, alardeando de persona formal.

—Pero quién te mete á tí en la cabeza...

—Mamá, cuando Segundo dice que los pinos cantan... Cantan, mujer: no te

quepa duda.

—¿Pero tú no sabes... murmuró Nieves regalando al poeta una sonrisa con

más azúcar que sal—que Segundo hace versos, y que los que hacen versos

tienen permiso para... para mentir... un poco?

—No señora, exclamó Segundo: no enseñe usted á su hija errores; no

la engañe V. Mentiras son, generalmente, las cosas que en sociedad

hablamos, lo que tenemos que pronunciar con la lengua, aunque nos

quede dentro lo contrario; pero en verso... En verso revelamos y

descubrimos las grandes verdades del alma, lo que entre gentes hay que

callar por respeto... ó por prudencia... Créalo V.

—Y dí, mamá: ¿vamos hoy á eso?

—¿Á qué, hija?

—Al pinar.

—Si te empeñas... ¡Qué manía de chica! Y es que también me pica á mí la

curiosidad de oír esa orquesta...

Sólo tomaron parte en la expedición Nieves, Victorina, Carmen,

Segundo y _Tropiezo_. Quedóse la gente mayor fumando y presenciando

la importante operación de tapar y barrar algunas de las primeras

cubas para que se aposentase el mosto, ya fermentado. Al ver salir la

comitiva, les dijo Méndez con tono de paternal advertencia:

—Cuidado con la bajada... La hoja del pino, con estos calores, resbala,

que parece que está untada de jabón... Darles el brazo á las señoras...

Tú, Victorina, no seas loquita, no corras por allí...

Cosa de un cuarto de legua distaría el famoso pinar, pero se tardaban

tres cuartos de hora lo menos en la subida, que era como al cielo,

por lo pendiente, estrecha y agria, y á cierta distancia empezaba á

alfombrarse de hoja de pino, bruñida, lisa y seca, que si facilitaría

probablemente más de lo preciso el descenso, en cambio dificultaba el

ascenso, rechazando el pie y cansando las articulaciones del tobillo y

rodillas. Nieves, molestada, se detenía de vez en cuando, hasta que se

cogió del rollizo brazo de Carmen Agonde.

—¡Caramba... es de prueba este camino! ¡Á la vuelta, el que no se mate

no dejará de tener maña!

—Cárguese bien, cárguese bien, decía la robusta mocetona... Aquí ya se

rompieron algunas piernas, de seguro... Esta subida pone miedo...

Arribaron por fin á la cima. La perspectiva era hermosa, con ese

género de hermosura que raya en sublimidad. Hallábase el pinar, al

parecer, colgado encima de un abismo; entre los troncos se divisaban

las montañas de enfrente, de un azul ceniciento que tiraba á violeta

por lo más alto y remoto; mientras á la otra parte del pinar, la que

caía sobre el río, el terreno, muy accidentado, formaba un rapidísimo

escarpe, una vertiente casi tajada, si no á pico, al menos en declive

espantoso; y allá abajo, muy abajo, pasaba el Avieiro, no sosegado ni

sesgo, sino alborotado y espumante, impaciente con la valla que le

oponían unos peñascos agudos y negros, empeñados en detenerle y que

sólo conseguían hacerle saltar con epiléptico furor, partiéndose en

varios irritados raudales, que se enroscaban alrededor de las piedras á

modo de coléricas y verdosas sierpes imbricadas de plata. Á los mugidos

y sollozos del río hacía coro el pinar con su perenne queja, entonada

por las copas de los pinos que vibraban, se cimbreaban y gemían

trasmitiéndose la onda del viento, beso doloroso que les arrancaba

aquel ¡ay! incesante.

Los expedicionarios se quedaron mudos, impresionados por el trágico

aspecto del paisaje, que les echó á los labios un candado. Sólo la niña

habló; pero tan bajito como si estuviese en la iglesia.

—¡Pues es verdad, mamá! Los pinos cantan. ¿Oyes? Parece el coro de

obispos de _La Africana_... Si hasta dicen palabras... atiende... así

con voces de bajo... como aquello de _Los Hugonotes_...

Convino Nieves en que efectivamente era musical y muy solemne el

murmurio de los pinos. Segundo, apoyado en un tronco, miraba hacia

abajo, al lecho del río; y como la niña se aproximase, la detuvo y la

obligó á retroceder.

—No, hija... No te acerques... Es algo expuesto: si resbalas y ruedas

por esa cuestecita... Anda, apártate.

No ocurriéndoseles ya más que decir sobre el tema de los pinos, se

pensó en la vuelta. Inquietaba á Nieves la bajada, y quería emprenderla

antes de que el sol acabase de ponerse.

—Ahora sí que nos rompemos algo, don Fermín...—decíale al médico.—Ahora

sí que tiene usted que preparar vendajes y tablillas...

—Hay otro camino—afirmó Segundo saliendo de su abstracción.—Por cierto

que bastante menos molesto, y con menos cuestas.

—¡Sí, vénganos con el otro camino!—exclamó _Tropiezo_, fiel á sus

hábitos de votar en contra.—Aún es peor que el que trajimos.

—Hombre, qué ha de ser. Es un poco más largo, pero como tiene menos

declive, resulta más fácil. Va rodeando el pinar.

—¿Me lo querrá V. enseñar á mí, á mí que me sé todo este país como mi

propia casa? No se anda ese camino: se lo digo yo.

—Y yo le digo á V. que sí; y á la prueba me remito. No ha de ser V.

terco en su vida. ¡Si lo pasé no hará muchos días! ¿Se acuerda usted,

Nieves, la noche que jugamos al escondite en la huerta; la noche que me

cerraron el portal y entré muy tarde ya por la paredilla?

Á no estar el lugar tan sombrío por lo espeso de los pinos y lo

desmayado y escaso de la luz solar, se vería el rubor de Nieves.

—Vamos—dijo eludiendo la respuesta—por donde sea más fácil y haya mejor

piso... Yo soy muy torpe para andar por vericuetos...

Segundo la ofreció el brazo, murmurando en tono de broma:

—Este bendito de _Tropiezo_ está tan fuerte en caminos como en el arte

de curar... Venga usted y se convencerá de que ganamos mucho.

_Tropiezo_, por su parte, decía á Carmen Agonde, meneando con

obstinación la cabeza:

—Pues también hemos de tener el gusto de ir por el atajo y llegar antes

que ellos, y sanos y buenos gracias á Dios.

Victorina, según costumbre, iba á colocarse al lado de su madre; pero

el médico la llamó.

—Cójete aquí, al puño de mi bastón, anda, que si no, resbalarás...

Á mamá le basta con no resbalar ella... ¡Y Dios nos aparte de un

_tropiezo_! añadió riendo á carcajadas de su propio retruécano.

Las voces y los pasos se alejaron, y Segundo y Nieves prosiguieron

su ruta, sin pronunciar una sola frase. Nieves empezaba á sentir

cierto temor, por lo muy endiablado de la vereda que pisaban. Era

un senderillo escavado en el desplome del pinar, al borde mismo del

despeñadero, casi perpendicular con el río. Aunque Segundo dejaba á

Nieves el lado menos expuesto, el del pinar, quedándose él sin tierra

en que sentar la planta, y teniendo que poner un pie horizontalmente

delante del otro, no por eso cedía el pavor en el ánimo de Nieves, ni

le parecía menos arriesgada la aventura: se centuplicó su recelo al ver

que iban solos.

—¡No vienen! murmuró con angustia.

—Les alcanzaremos antes de diez minutos... Van por el otro camino,

respondió Segundo, sin añadir más palabra amorosa, ni estrechar

siquiera el brazo que se crispaba sobre el suyo con toda la energía del

terror.

—Pues vamos... suplicó Nieves con apremiante ruego.—Deseo llegar...

—¿Por qué? preguntó el poeta, que se detuvo de repente.

—Estoy cansada... sofocada...

—Pues va V. á descansar y á beber si gusta...

Y con loco ardimiento, sin aguardar respuesta, Segundo arrastró á

Nieves, torció á la izquierda, bajó una cuestecilla, y dando vuelta á

la roca, detúvose en una meseta estrecha que avanzaba atrevidamente

sobre el río. Á los últimos rayos del sol se veía rezumar hilo á hilo,

por la negra faz del peñasco, un límpido manantial.

—Beba V., si gusta... en el hueco de la mano, porque vaso no lo

tenemos, indicó Segundo.

El cisne de Vilamorta · 第 9 / 13 段