raro y cómico las señoritas con sus peinados abultados y pingües
en rizos, sus teces rafagueadas de polvos de arroz ordinarios, sus
escotes por poco más abajo del pescuezo, sus largas colas de telas
peseteras, pisoteadas y destrozadas por las recias botas de los
galanes, sus flores de tarta mal prendidas, y sus guantes cortos de
muñeca, de grueso cabrito, que amorcillaban las manos... Acordábase
Nieves de las descripciones de Agonde, del tocador establecido en el
pinar, y se daba aire con su gran pericón negro, tratando de alejar
la atmósfera pestilente en que el bureo del baile la envolvía. Allí
se bailaba á destajo, como si disputasen un premio ofrecido á quien
echase más pronto los bofes; iban las parejas arrastradas por su
propio impulso á la vez que por los ajenos empujones, pisotones y
rodillazos; y Nieves, habituada á presenciar el baile acompasado y fino
de los saraos, se admiraba de la fe y resolución con que brincaban en
Vilamorta. Algunas muchachas á quienes los taconazos habían desgarrado
los volantes del traje, se paraban, remangaban la cola, arrancaban
el adorno todo alrededor rápidamente, lo enrollaban, y después de
arrojarlo á una esquina, volvían risueñas y felices á los brazos de
su pareja. Los caballeros se enjugaban el sudor con el pañuelo, pero
era inútil; cuellos y pecheras se reblandecían, el pelo se pegaba
á las frentes, por los sobacos de los corpiños de seda se extendía
una mancha, y los cinco dedos de los galanes se señalaban y quedaban
impresos en la espalda de las señoras... Y la gimnasia proseguía, y el
polvo y las moléculas de sudor viciaban el aire, y el piso del salón
se cimbreaba... Había parejas hermosas, jóvenes frescas y mancebos
gallardos, que danzaban con la alegría sana de la mocedad, con los
ojos brillantes, rebosando expansión física; y otras muy risibles,
de hombres chiquitos con mujeres altas, de mujeronas con niños
barbiponientes, de un anciano calvo con una inmensa jamona. Algunos
hermanos bailaban con sus hermanas, por cortedad, por no atreverse
á sacar á otras señoritas, y el secretario del ayuntamiento, casado
hacía años ya con una orensana rica, vieja y muy celosa, saltaba toda
la noche con su mujer, y por no morir asfixiado imprimía á polkas y
valses el compás de las habaneras.
Cuando Nieves entró la miraron las demás mujeres con curiosidad primero
y sorpresa después. ¡Cosa más rara! ¡Venir tan sencillita! ¡No traer
una cola de vara y media, ni una flor en el peinado, ni brazaletes,
ni zapatos de seda! Dos ó tres forasteras de Orense, que abrigaban
la pretensión de poner raya en el baile de Vilamorta, cuchicheaban
entre sí, comentando aquella negligencia artística y el pudor de aquel
corpiño blanco, subido y la gracia de aquella cabeza chiquita, casi
sin moño, vaporosa como las de los grabados de _La Ilustración_. Se
proponían las de Orense copiar el figurín; en cambio las de Vilamorta y
el Borde censuraban acerbamente á la _ministra_.
—Viene así como vestida de casa...
—Lo hace porque aquí no se quiere poner nada bueno... Ya se ve, para un
baile de aquí... Pensará que no entendemos... Pero mujer, siquiera pudo
peinarse algo mejor... Y bien se le conoce que se aburre; mira, ¡si
parece que se está durmiendo!
—Antes parecía que no se podía estar quieta sentada... daba con el pie
en el suelo, de ganas que tenía de irse...
¡Ah! ¡Efectivamente, Nieves se aburría! ¡Y si las señoritas censoras
pudiesen adivinar la causa!
No veía á Segundo en parte alguna, por más que le buscaba con los
ojos, al principio disimuladamente y sin rebozo después. Por fin vino
el abogado García á saludarla, y entonces no se pudo contener, y
esforzándose por hablar en tono natural y corriente, le preguntó:
—¿Y el pollo? ¡Milagro que no anda por aquí!
—¿Quién? ¿Segundo? Segundo es allá... tan raro... ¡vaya V. á
saber lo que estará haciendo él á estas horas! Leyendo versos, ó
componiéndolos... Hay que dejarlo con sus manías.
Y el abogado agitó las manos, como indicando que era preciso respetar
las extravagancias del genio, mientras pensaba para sus botones:
—Estará con la condenada de la vieja.
La verdad era que el poeta, dadas las circunstancias, por nada del
mundo iría á un baile como aquel, donde sus conocidas, las chicas del
pueblo, le comprometerían á bailar, á recibir empellones y sudar el
quilo como los demás muchachos. Y su retraimiento, hijo del instinto
estético, surtió efecto maravilloso en Nieves, borrando del todo los
resíduos del temor, estimulando la coquetería y picando la curiosidad.
Hablábase en el mismo baile, en el círculo radical que se formó
alrededor de D. Victoriano y su esposa, de la salida inmediata
para las Vides, á presenciar la vendimia: proyecto que regocijaba
al ex-ministro, como regocija á un niño cualquier diversión
extraordinaria. Se nombraba á las personas á quienes el hidalgo tenía
convidadas ó pensaba convidar para tan alegre época, y al pronunciar
Agonde el nombre de Segundo, Nieves alzó los ojos, su rostro se animó,
mientras se decía interiormente:
—Es capaz de no ir.
[Ilustración]
XVI
¡Gran día en las Vides aquél que el ayuntamiento señala para la
vendimia! El año entero transcurre en preparativos y expectación del
hermoso tiempo de la cosecha. La parra se ha vestido de púrpura y
oro, pero ya va soltando lentamente parte de su rico ornato, como
la desposada sus velos al pie del tálamo nupcial: las avispas se
encarnizan en los racimos, avisando al hombre de que están maduros;
Setiembre ostenta la serena placidez de sus últimos días: á vendimiar
sin tardanza.
Ni Primo Genday, ni Méndez se dan punto de reposo. Hay que atender
á las cuadrillas de vendimiadoras y vendimiadores que vienen de
distantes parroquias á alquilarse, distribuirles la labor, organizar el
movimiento de la recolección para que resulte armónico y fructuoso. Y
es que el trabajo de la vendimia se asemeja algo á una gran batalla,
donde se exije al soldado extraordinario desarrollo de energía,
despilfarro de músculos y sangre, pero en desquite es preciso tenerle
siempre prevenido lo necesario para reparar sus fuerzas en los momentos
de descanso. Para que la gente vendimiadora estuviese dispuesta y
animada á la penosa faena, importaba que encontrasen á punto, en la
bodega, la ancha vasija llena de mosto donde bebiesen á discreción los
_carretones_, al llegar exhaustos de subir el pesado _coleiro_ ó cestón
henchido de uva por las cuestas agrias; importaba que el espeso caldo
de calabazo, condimentado con sebo de carnero, las sardinas arenques y
el pan de centeno abundasen cuando los reclamaba el apetito devorador
de las cuadrillas; á cuyo fin, ni se apagaba el hogar de las Vides, ni
nunca se veían desocupados los calderos enormes donde hervía el rancho.
Si á esto se añade la presencia de huéspedes numerosos y distinguidos,
se comprenderá el bullicio del caserón solariego en tan incomparables
días. Encerraban sus paredes, aparte de la familia Comba, á Saturnino y
Carmen Agonde, al joven y afable cura de Naya, al monumental arcipreste
de Loiro, á _Tropiezo_, á Clodio Genday, al señorito de Limioso y á
las dos señoritas de Molende. Hallábanse allí representadas todas las
clases y era como _microcosmos_ ó breve compendio del mundo de aquella
provincia; atraídos los curas por Primo Genday, los radicales por el
diputado, y la aristocracia por el mayorazgo Méndez. Y toda esta gente
de tan diversa condición, al encontrarse reunida, se dió á divertirse y
gozar en la mejor armonía y concordia.
Al júbilo de los vendimiadores respondía como un eco el de los
huéspedes. Era imposible resistir á la expansión báquica, á la
embriaguez que se respiraba en el aire. Entre los espectáculos
deleitosos que la naturaleza ofrece, no cabe otro más grato que el
de su fecundidad en la vendimia: aquellos cestos colmados de racimos
rubios ó del color de la cuajada sangre, que hombres fornidos, casi
desnudos, semejantes á faunos, suben y vacían en la cuba ó en el
lagar; aquella risa de las vendimiadoras escondidas entre el follaje,
disputando, desafiándose á cantar desde una viña á otra, desafíos que
concluían al anochecer como concluyen todas las expansiones violentas
en que se gasta mucho vigor muscular; por desahogos melancólicos, por
algún prolongado gemido céltico, algún quejumbroso _a-laá-laá_... La
pagana sensación de bienestar, el rústico regocijo, el contentamiento
de vivir, se comunicaban á los espectadores de tan lindos cuadros; y
por la noche, mientras los coros de faunos y bacantes bailaban al son
de la flauta y la pandereta, el señorío se divertía tumultuosamente,
con pueriles retozos, en el caserón.
Dormían las señoritas juntas en una gran pieza destartalada, la sala
del Rosario, y á los huéspedes varones les había alojado Méndez en
otra sala muy espaciosa, llamada del _Biombo_, por encerrar uno tan
feo como antiguo; sin que de este sistema de acuartelamiento quedase
exento más que el arcipreste, cuya obesidad y ronquidos eran tales, que
ninguna persona medianamente sensible le podría sufrir por compañero
de dormitorio; y con estar así repartida en dos secciones la gente
traviesa y maleante, sucedió que vino á armarse una especie de guerra,
y que las inquilinas de la sala del Rosario sólo pensaban en hacer
travesuras á los inquilinos de la del Biombo, resultando de aquí mil
chistosas invenciones y divertidas escaramuzas. Entre los dos campos
estaba uno neutral: la familia de Comba, respetada en su sueño,
invulnerable en materia de bromas pesadas, si bien el bando femenino
solía tomar á Nieves por confidente é inspiradora.
—Nieves, venga acá... Nieves, mire qué tonta es Carmen Agonde...
Mire... dice que le gusta más el arcipreste, ese barril, que D.
Eugeniño, el de Naya... Porque dice que le da mucha risa ver cómo suda,
y aquellas rollas de carne que tiene en el cogote... Y diga, Nieves,
¿qué le haremos esta noche á D. Eugeniño? ¿Y á Ramón Limioso, que todo
el día nos está desafiando?
La que así hablaba era por lo regular Teresa Molende, morena y
hombruna, de negros ojos, buen ejemplar de raza montañesa.
—La de ayer nos la han de pagar—añadía su hermana Elvira, la
sentimental poetisa.
—¿Pues qué ha sido?
—Ha de saber V. que encerraron á Carmen ¡son el demonio! La encerraron
en el cuarto de Méndez... ¡Lo que no discurren! Le ataron las manos
atrás con un pañuelo de seda, le taparon la boca con otro para que no
chillase, y me la dejaron allí como el ratón en la ratonera... Nosotros
busca que te busca á Carmen, y Carmen sin aparecer... Nosotros echando
malos pensamientos... Hasta que va Méndez á acostarse y me la ve
allí... Por supuesto que tropezaron con esta boba, que si dan conmigo...
—Lo mismo la encerraban á V.—alegó Carmen.
—¡Á mí!—exclamó la amazona enderezando su robusto cuerpo. ¡Como no
fuesen ellos los encerrados!
—Pero si me cogieron la acción...—aseguraba la de Agonde poniendo el
rostro compungido de un bebé.—Mire, Nieves, me dijeron así: «Eche
las manos atrás, Carmiña, que le vamos á meter en ellas una monedita
de cinco duros». Y yo las eché... ¡y fueron tan traidores que me las
ataron!
Aquí Nieves hacía coro á las carcajadas de las dos hermanas. Aquella
sencillez no se ha de negar que tenía mucho gracejo. Nieves creía vivir
en un mundo nuevo donde no existía la rutina, las gastadas fórmulas
de la sociedad madrileña. Es verdad que tan candorosos y bulliciosos
deportes podían rayar en inconvenientes ó groseros, pero á veces eran
verdaderamente entretenidos. Desde que se levantaban los huéspedes,
á la mesa, por las tardes, todo era solaz y jarana. Teresa se había
propuesto no dejar comer en paz á _Tropiezo_, y con suma destreza cogía
al vuelo las moscas y se las echaba disimuladamente en el caldo, ó le
escanciaba vinagre en vez de vino, ó le untaba de pez la servilleta
á fin de que se le pegase á la boca. Para el arcipreste tenía otra
chanza: la de hacerle hablar de ceremonias, conversación á que era
muy afecto, y al verle entretenido retirarle de delante el plato, que
equivalía á arrancarle la mitad del corazón.
De noche, en el salón de los espejos turbios, donde el piano y las
mecedoras campeaban, formábase una brillante tertulia: se cantaban
trozos de anticuadas zarzuelas, como _El Juramento_ y _El Grumete_;
se jugaban partidas de burro escondido y sin esconder, de brisca con
señas y de malilla; cansados de los naipes, acudían á las prendas, al
florón, á apurar una letra y á adivinar el pensamiento... Y despierta
ya la retozona sangre campesina, se pasaba á juegos físicos, á las
cuatro esquinas, á la gallina ciega, que tienen la sal y pimienta del
ejercicio, del grito, del encontrón y la palmada...
Recogíanse después excitados aún por el juego, y era la hora más
tremenda, la de las grandes diabluras: la hora en que se ataban
cerillas encendidas al cuerpo de los grillos, para meterlos por debajo
de la puerta del dormitorio; la hora en que se quitaban tablas á la
tarima de _Tropiezo_, para que, al acostarse, se hundiese y diese
formidable costalada... Oíanse por los corredores risas, pasos tácitos,
y se veían bultos blancos que se escurrían precipitadamente, y puertas
que se cerraban con llave y ante las cuales se amontonaban muebles,
mientras salía de dentro una voz gruesa y pastosa diciendo:
—¡Que vienen!
—¡Cerrar bien, chicas!... ¡No se abre ni al Espíritu Santo!...
[Ilustración]
XVII
Segundo fué el último en gozar la hospitalidad de las Vides. Como era
poco aficionado á juegos y Nieves tampoco tomaba en ellos parte muy
activa, encontraríanse aislados á no ser por Victorina, que no se
despegaba de su madre apenas veía próximo á Segundo, y también por
Elvira Molende, que desde el primer instante se adhirió al poeta como
la enredadera al muro, dedicándole un repertorio de miradas, suspiros,
confidencias y vaguedades capaces de empalagar á un mozo de confitería.
Al punto y hora en que Segundo pisó las Vides, perdió Elvira todo el
vapor de su animación, y adoptó la acostumbrada postura lánguida y
sentimental, que hacía parecer más hundidas sus mejillas y más ojerosos
y marchitos sus párpados. Recobró su andar la melancólica inclinación
del sauce, y dejando á un lado bromas y retozos, se consagró por
completo al _Cisne_.
Como hacía luna y eran las noches apetecibles para gozadas, así que
se ponía el sol y se acababa el bureo de la labor y las parejas de
vendimiadores se reunían á danzar, algunos de los huéspedes se juntaban
á su vez en el huerto, especialmente al pie de un paredón que tenía
por límite camelios frondosos, ó bien se detenían, al regresar de
paseo, en algún lugar de esos que convidan á sentarse y á un rato de
plática. Sabía Elvira de memoria muchos versos buenos y malos, por
lo regular pertenecientes al género tristón, erótico y elegiaco; no
ignoraba ninguna de las flores y ternezas que constituyen el dulce
tesoro de la poesía regional; y al pasar por sus delgados labios, por
su voz suave, timbrada con timbre cristalino, al entonarlos con su
mimoso acento del país, los versos gallegos adquirían algo de lo que
la saeta andaluza en la boca sensual de la gitana: una belleza íntima
y penetrante, la concreción del alma de una raza en una perla poética,
en una lágrima de amor. De tan plañideras estrofas se alzaba á veces
irónica risa, lo mismo que el repique alegre de las castañuelas
suele destacarse entre los sones gemidores de la gaita. Ganaban las
poesías en dialecto y parecía aumentarse su frescura y agreste aroma
al decirlas una mujer, con blanda pronunciación, en la linde de un
pinar ó bajo la sombra de un emparrado, en serenas noches de luna:
y el ritmo pasaba á ser melopea vaga y soñadora como la de algunas
baladas alemanas; música labial, salpicada de muelles diptongos, de
_eñes_ cariñosas, de _x_ moduladas con otro tono más meloso que el de
la silbadora _ch_ castellana. Generalmente después de haber recitado
buen rato, se cantaban canciones: D. Eugenio, que era rayano, sabía
_fados_ portugueses; y Elvira se pintaba sola para entonar aquella
popularísima y _saudosa_ cántiga de Curros, que parece hecha para las
noches druídicas, de lunar.
Segundo tembló de vanidad cuando, en turno con los de los poetas
conocidos y amados en el país, recitó Elvira de corrido la mayor
parte de los cantos del _Cisne_, impresos en periódicos de Vigo ó de
Orense. Segundo no había escrito nunca en dialecto, y sin embargo,
Elvira tenía un libro donde recortaba y pegaba con engrudo todas las
producciones del desconocido _Cisne_. Y Teresa, terciando en la animada
conversación, delató, con el mejor propósito, á su hermana.
—Esta también compone. Anda, mujer, dí algo tuyo. Tiene un cuaderno
así de cosas suyas, discurridas, escritas por ella.
Recitó la poetisa, después de los indispensables remilgos, dos ó
tres cosillas casi sin forma poética, flojas, sinceras en medio de
su falsedad sentimental: de esos versos que no revelan facultades
artísticas, pero son indicio cierto, infalible, de que el autor ó
autora siente un anhelo no satisfecho, aspira á la fama ó á la pasión,
como el inarticulado lloro del párvulo declara su hambre. Segundo daba
tormento al bigote; Nieves bajaba los ojos y jugaba con las borlas de
su abanico, impaciente y aun algo aburrida y nerviosa. Sucedía esto á
los dos ó tres días de la llegada de Segundo, el cual todavía no había
podido realizar la menor tentativa de decirle á Nieves dos palabras.
—¡Qué señoritas estas tan cursis!—pensaba la de Comba, mientras en voz
alta repetía:—¡Qué bonito, qué tierno! Se parece á unas composiciones
de Grilo...
[Ilustración]
XVIII
No hablaban de versos el mayorazgo de las Vides, ni los Gendays, ni el
arcipreste, instalados en el balcón so pretexto de tomar la luna; en
realidad para debatir la palpitante cuestión de vendimia.
¡Buena cosecha, buena! La uva no tenía ni señales de oidium: era
limpia, gruesa, y tan sazonada, que se pegaba á los dedos lo mismo que
si estuviese regada con miel. De seguro valía más el vino nuevo de
aquel año que el viejo del anterior. ¡El anterior fué mucho cuento!
¡Que granizo por acá, que agua por acullá!... Estaba la uva abierta ya
con tanto llover y sin pizca de sustancia; resultó un vino que apenas
manchaba la manga de la camisa de los arrieros...
Al recordar semejante calamidad, Méndez fruncía su arrugada boca, y el
arcipreste resoplaba... Y la conversación seguía, sostenida por Primo
Genday, que muy verboso, salivando y riendo, recordaba pormenores de
cosechas de veinte años atrás, afirmando:
—La de este año es igualita á la del sesenta y uno.
—Lo mismo, hombre, confirmaba Méndez. Lo que es el Rebeco no da esta
vez menos cargas; y la Grilloa, no sé, no sé si aun nos meterá en casa
seis ó siete más... ¡Es mucha viña la Grilloa!
Después de tan alegres augurios de pingüe recolección, complacíase
Méndez en detallar á su atento auditorio algunas mejoras que introducía
en el cultivo: tenía ajustada la mayor parte de sus pipas con arcos
de hierro, más costosos que los de madera, pero más duraderos y que
ahorraban la pesada faena de preparar y domar arcos á cada vendimia:
además pensaba instalar, por vía de ensayo, un lagar con no sé qué
hidráulicos artificios, que evitasen el feo espectáculo de la uva
pisada por humanos pies; y no queriendo tampoco desperdiciar el bagazo
de la uva, destilaría un alcohol refinado, que le había de comprar
Agonde á peso de oro para remedios...
Al arrullo de las voces graves que discutían importantes puntos
agrícolas en el balcón, don Victoriano, un tanto rendido de su
expedición á las viñas, fumaba en la mecedora, sepultado en penosas
meditaciones. Desde su regreso de las aguas, sentíase cada vez más
débil: la efímera mejoría se evaporaba, creciendo la postración, la
bulimia, la sed y la desecación del pobre cuerpo. Recordaba que Sánchez
del Abrojo le había indicado cuánto alivio le proporcionaría un ligero
sudor, y al observar los primeros días, después de beber el agua
sulfurosa, el restablecimiento de esta función de la piel, su alegría
no tuvo límites. ¡Mas cuál fué su terror al advertir que la camisa,
tiesa y dura, se le pegaba al cutis, como si estuviese empapada en
almíbar! Apoyó los labios en un pliegue de la manga y percibió un sabor
dulzón. ¡Evidente! ¡Sudaba azúcar! ¡La secreción glicosa era, pues,
incoercible, y por tremenda ironía de la suerte, todas las amarguras
de su existencia venían á resolverse en aquella extraña elaboración de
materias dulces!
Notaba de pocos días á esta parte otro alarmante síntoma. Su vista se
alteraba. Al desecarse el humor acuoso del ojo, se le iba empañando
el cristalino, y presentábase la catarata de los diabéticos. Don
Victoriano sentía escalofríos. Ya le pesaba haberse puesto en las
homicidas manos de _Tropiezo_, y haber tomado las aguas. Indudablemente
le erraban la cura. Desde aquel día, régimen severo, dieta de frutas,
de féculas, de leche. ¡Vivir, vivir siquiera un año, y ocultar el
mal!... Si los electores veían á su diputado ciego y moribundo, iríanse
todos con Romero... ¡El bofetón de perder las elecciones próximas le
parecía tan humillante!...
Carcajadas argentinas y exclamaciones juveniles que subían del huerto
cambiaron el curso de sus ideas. ¿Por qué Nieves no se hacía cargo del
grave estado de su marido? Él quería disimular ante el mundo entero,
pero ante su mujer... ¡Ah! ¡Su mujer le pertenecía, su mujer debía
estar allí sosteniéndole la frente, acariciándole, en vez de gozar y
loquear entre las camelias como una chiquilla! Si era linda y fresca
y su marido achacoso, peor para ella... Que se aguantase, como era su
deber... ¡Bah, qué disparate! ¡Nieves no le quería; no le había querido
nunca!
Las risas y el alboroto aumentaban abajo. Era que, agotados los
versos, Victorina y Teresa habían propuesto jugar al escondite.
Victorina chillaba á cada momento:—¡Tulé... panda Teresa! ¡Tulé...
panda Segundo!—Era el huerto muy adecuado para semejante ejercicio, á
causa de su complicación casi laberíntica, debida á estar dispuesto en
inclinadas mesetas, sostenidas por paredillas, divididas por tupidísimo
arbolado, y comunicadas por escalinatas desiguales, como sucede á las
fincas todas en tan accidentado país. Así es que el juego producía gran
alborozo, pues difícilmente conseguía el que pandaba acertar con los
escondidos.
Procuraba Nieves ocultarse bien, por pereza, por no pandar y tener
luego que correr mucho detrás de los demás jugadores. Deparóle la
fortuna un refugio soberbio, el limonero grande, situado al extremo de
una meseta, cerca de varias escalerillas que favorecían la retirada.
Se emboscó, pues, en lo más denso de la gruta de follaje, haciendo por
disimular su vestido claro. Breves momentos llevaba allí, cuando la
oscuridad aumentó y una voz murmuró muy quedo:
—¿Nieves?
—¡Eh!... chilló asustada.—¿Quién me busca por aquí?
—No, no la buscan á V.... Sólo yo la busco, exclamó enérgicamente
Segundo, penetrando en el albergue de Nieves con tanta impetuosidad,
que los tardíos azahares que aún blanqueaban en las ramas del
corpulento árbol soltaron sus pétalos sobre la cabeza de los dos, y
gimió armoniosamente el ramaje.
—Por Dios, García, por Dios... No sea usted imprudente... márchese
V.... ó déjeme salir... Si vienen y nos encuentran aquí, qué dirán...
por Dios...
—¿Qué me vaya?... pronunció el poeta. Pero señora, aunque me encuentren
aquí... no tendrá nada de particular; hace un rato estuve con Teresa
Molende allá detrás de un camelio... ó se juega ó no se juega... En
fin, si V. lo manda, por darle gusto... Pero antes, dígame V. una cosa
que necesito saber...
—En otra parte... en el salón... balbució Nieves, prestando ansioso
oído á los lejanos rumores y gritos del juego.
—¡En el salón!... ¡Rodeados de unos y de otros!... No, no puede ser...
Ahora, ahora... ¿usted me oye?
—Sí, ya oigo, pronunció ella con voz apagada por el temor.
—Pues la adoro, Nieves. La adoro y V. me quiere á mí.
—¡Chisst! ¡silencio, silencio! Están cerca... Suenan así como pasos...
—No, son las hojas... Dígame que me quiere, y me voy.
—¡Qué vienen! Por Dios, ¡yo me voy á morir del susto! Basta de broma.
García; yo le suplico...
—Sabe V. demasiado que no es broma... ¿Ya no se acuerda V. del día
de los fuegos? Si V. no me quisiese, aquel día hubiera apartado el
cuerpo... ó gritado... V. me mira á veces... me devuelve las miradas...
¡No me lo puede V. negar!
Segundo estaba al lado de Nieves, hablando con arranque fogoso,
pero sin tocarla, por más que la embalsamada y rumorosa celda que
ocupaban ambos oprimiese blandamente sus cuerpos, como aconsejándoles
aproximarse. Pero Segundo se acordaba de las frías y duras ballenas,
y Nieves, trémula, se echaba atrás. Trémula, sí, de miedo. Podía
llamar á la gente; pero si Segundo no se desviaba, qué disgusto, qué
explicaciones, qué vergüenza. Después de todo, el poeta llevaba razón:
la noche de los fuegos ella había sido débil, y estaba cogida. ¿Y qué
haría Segundo después de oír el _sí_? Él reiteraba su orgullosa y
vehemente afirmación.
—Usted me quiere, Nieves... V. me quiere... Dígalo una vez, una sola, y
me marcho...
Dejóse oír á corta distancia la voz acontraltada de Teresa Molende,
haciendo una especie de convocatoria...
—Nieves, ¿dónde está? Victoriniña, Carmen... adentro, que cae rocío...
Y otro órgano atiplado, el de Elvira, lanzó á los ecos:
—¡Segundo! ¡Segundo! ¡Nos retiramos!
Caía, en efecto, esa mollizna imperceptible que refresca las noches
calurosas de Galicia; las hojas charoladas del limonero, en el cual se
embutía Nieves para desviarse de Segundo, estaban húmedas de relente;
el poeta se inclinó y sus manos encontraron otras heladas de frío y
pavor... Apretólas hasta estrujarlas.
—Ó me dice V. si me quiere...
—¡Pero Dios mío, están llamándonos... me echan de menos... tengo frío!
—Pues dígame la verdad. Si no, no hay fuerzas humanas que de aquí me
arranquen... suceda lo que suceda. ¿Tan difícil es decir una palabra
sola?
—¿Y qué he de decir, vamos?
—¿Me quiere V.? Sí ó no.
—¿Y me deja V. salir... ir á casa?
—Todo... todo... ¿pero me quiere V.?
El _sí_ no se oyó casi. Fué una aspiración, una _s_ prolongada. Segundo
le deshacía las muñecas.
—¿Me quiere V.... como yo la quiero? Dígalo usted claro.