fiel imagen del estado ambiguo de su alma. Cuando el firmamento
se encendía y resplandecía, ella alzaba los ojos, atraída por la
brillantez y júbilo de las luminarias que daban á momentos tan
agradables un colorido veneciano. Cuando volvía á quedarse todo oscuro,
atrevíase á mirar al poeta, sin verle, pues sus pupilas, deslumbradas
por la pirotecnia, no distinguían los contornos. El poeta, en cambio,
tenía las suyas tenazmente fijas en Nieves, y la veía inundada de
claridad, con ese matiz lunar hermoso y raro que presta la lucería de
los cohetes, y que centuplica la suavidad y frescura de las facciones.
Sentía vivos impulsos de condensar en una frase ardiente todo lo que ya
era hora de decir, y se inclinaba... y al fin, pronunciaba un nombre...
—¿Nieves?
—¿Qué?
—¿No había V. visto nunca fuegos así?
—Nunca... Es una especialidad de este país... ¡Me gustan mucho! Si
fuese poeta como usted, diría de ellos cosas bonitas. Ande V., discurra
V. alguna...
—Así debe brillar la felicidad en nuestra vida... breves momentos,
Nieves... pero mientras brilla... mientras la sentimos...
Segundo renegaba en su interior de la frase pretenciosa, que no acababa
de salir... ¡Qué simplezas estaba ensartando! ¿No era mejor bajarse
otro poco más y tocar con los labios?... ¿Y si grita?... ¡No gritará,
vive Dios! Ánimo...
En el balcón se armó un alboroto. Carmen Agonde, á voces, llamaba á
Nieves.
—Nieves, venga... venga... El primer árbol... una rueda de fuego...
Nieves se levantó apresuradamente y reclinóse de pechos en el balcón,
pensando que convenía disimular y no estarse toda la noche de palique
con Segundo. Empezaba á arder el árbol por un extremo, al parecer no
sin trabajo, escupiendo difícilmente chispas rojas; pero de súbito se
comunicó el fuego á todo el artefacto, y brotó una flamígera rueda, una
enorme oblea de luz verde y roja, que giraba y giraba y se expandía,
soltando su cabellera de chispas volantes y atronando el espacio con
ruido de metralla. Calló breves instantes y hasta estuvo próximo á
extinguirse; tendióse un velo de humo rosado, y se vió detrás un foco
de lumbre, un sol de oro que á poco se puso á dar vueltas vertiginosas,
abriéndose y rodeándose de una aureola de rayos. Estos fueron
apagándose uno por uno, y el sol menguando y quedándose chiquito hasta
reducirse al tamaño de una candelilla, que dió perezosamente algunas
lánguidas vueltas y, suspirando, falleció.
Al retroceder Nieves para sentarse otra vez, sintió unos brazos que
rodeaban su cuello. Era Victorina, ébria de entusiasmo, prendada de
los fuegos, chillando con su delgada vocecilla.
—Mamá... mamá... qué gracioso ¿eh? ¡qué bonito! Y dice Carmen que van á
quemar otros árboles y un cubo...
Interrumpióse, viendo á Segundo en pie detrás de la silla de Nieves.
Bajó la cabeza, muy avergonzada de su infantil alegría. Y en vez de
regresar al balcón, se quedó allí clavada haciendo caricias á su
madre, para disimular la cortedad y timidez que se apoderaban de ella
en cuanto la miraba Segundo. Dos arbolitos más ardían en los ángulos
de la plaza, figurando un miriñaque y una parrilla de luminarias,
primero doradas, después azules. La niña, á pesar de su admiración por
la pirotecnia, no daba señales de marcharse dejando solos á Nieves y
Segundo. Este se sentó como cosa de diez minutos; pero al observar que
el grupo de la madre y la hija no se deshacía, levantóse violentamente,
poseído de repentino frenesí, y recorrió el tenebroso salón á pasos
desiguales, comprendiendo que por entonces no era dueño de sí mismo, ni
capaz de contenerse.
—¡Por vida de... Bien empleado... Quién le mandaba ser un necio y
desaprovechar los momentos favorables! Nieves le había alentado: él no
lo soñaba, no señor; miradas, sonrisas imperceptibles, pero evidentes;
indicios de agrado y benevolencia, todo existía, todo le aconsejaba
aclarar una situación tan dudosa y enigmática. ¡Ah, si aquella mujer
le quisiera! Y tenía que quererle, y no así por broma y pasatiempo,
sino con delirio. No se contentaba Segundo con menos. Su alma ambiciosa
desdeñaba triunfos ligeros y efímeros: ó todo ó nada. Si la madrileña
pensaba coquetear con él, se llevaba chasco: él la cogería por sus alas
de mariposa, y aun á costa de arrancárselas la pararía: á las mariposas
el que las quiere poseer les clava un alfiler ó les aprieta fuertemente
la región del corazón hasta que espiran: Segundo lo había hecho mil
veces cuando niño; volvería á hacerlo ahora; estaba resuelto. Siempre
que una risa ligera y burlona, un ademán reservado ó una expresión
tranquila de Nieves indicaban á Segundo que la señora de Comba se
mantenía serena, el despecho concentrado subía á su garganta amenazando
sofocarle; y al ver allí á la niña, con quien su madre sostenía animado
diálogo, como para entretenerla y que la sirviese de defensa, adoptó la
firme decisión de no dejar pasar la noche sin saber á qué atenerse.
Tornó al lado de Nieves, pero ésta se había incorporado, y la niña,
cogiéndole las manos, la arrastraba al balcón. Era el momento
solemne y crítico: acababan de suspender del palo el globo monstruo
para hincharlo; y en la plaza se oía gran vocerío, el rumor de la
ansiedad. Una falange de artesanos combistas, entre los cuales figuraba
Ramón el dulcero, despejaba el sitio para dejar espacio vacío donde
pudiese arder libremente la mecha y verificarse la difícil operación.
Veíanse las siluetas alumbradas por la luz de la mecha, agitándose,
encorvándose, subiéndose, bailando un paso de danza macabra. Ya no
alumbraban los cohetes la oscuridad nocturna, y el mar de gente parecía
tenebroso como un lago de pez.
Plegado aún en dobleces innumerables, hecho un látigo, desmayábase
el globo besando el suelo con su boca de alambre, donde empezaba
á encenderse y á tomar vigor la apestosa mecha. Los artífices del
colosal aerostático lo iban desplegando suave y amorosamente,
encendiendo debajo de él otras mechas para que auxiliasen á la central
y facilitasen la rarefacción del aire en la panza de papel. Esta
se pronunciaba, abriéndose los dobleces con blandos chasquidos, y
el globo, de lánguido y apabullado, volvíase turgente por algunas
partes. Todavía los dibujos de sus cuarterones aparecían prolongados
como los presenta de lejos la superficie bruñida y convexa de las
cafeteras; pero ya muchas orlas y letreros asomaban por aquí y por
acullá, adquiriendo sus naturales proporciones y colocación, y viéndose
claramente los groseros brochazos de bermellón ó de azul.
Lo malo era que tuviese el globo tan ancha boca: escapábase por allí
el aire dilatado, y si se aumentaban las mechas, había peligro de
prender fuego al papel y reducir instantáneamente á pavesas la soberbia
máquina. Terrible calamidad, que importaba prevenir á toda costa. Así
es que muchos brazos se agitaban extendidos, y cuando el globo se
ladeaba hacia alguna parte, varias manos lo sostenían afanosamente:
todo con acompañamiento de gritos, palabrotas y maldiciones.
En la plaza aumentaban las mareas y crecía la ansiedad. Carmen Agonde,
riéndose con su pastoso reír, explicaba á Nieves las intrigas de entre
bastidores. Los que empujaban y querían meterse en el corro para
volcar las mechas é impedir que el globo ascendiese, eran del partido
romerista: buena centinela había tenido que hacer el cohetero todo el
día para que no le mojasen los árboles de pólvora; pero la inquina
mayor era contra el globo, por llevar el retrato de D. Victoriano:
se la tenían jurada, y afirmaban que no subiría semejante mamarracho
mientras ellos viviesen, y que ellos echarían otro globo, mejor que el
del Ayuntamiento, y único que saldría con felicidad. Por eso aplaudían
y lanzaban burlescos aullidos cada vez que el globo magno, desalentado
é incapaz de alejarse de la tierra, se dejaba caer á derecha é
izquierda, mientras los partidarios de D. Victoriano atendían, de una
parte á proteger de todo agravio el enorme corpachón del aerostático, y
de otra á calentarle bien las entrañas é inflarle el vientre para que
volase.
Nieves contemplaba atentamente el armatoste, pero estaba á mil leguas
de él su espíritu distraído. Segundo había logrado abrirse camino entre
los espectadores del balcón, y allí le tenía Nieves, á su derecha, al
lado suyo. Nadie les miraba entonces, y el poeta, sin más preámbulos,
pasó el brazo alrededor del cuerpo de Nieves, apoyando con brío la
palma de su abierta mano sobre el lugar donde anatómicamente está
situado el corazón. En vez de la elástica y mórbida curva del seno y
los acelerados latidos de la víscera, Segundo encontró la dureza de uno
de esos largos corsés-corazas emballenados y provistos de resortes de
acero, que hoy prescribe la moda: artificio que daba al talle de Nieves
gran parte de su púdica esbeltez. ¡Maldito corsé! Segundo desearía
que sus dedos fuesen garfios ó tenazas que al través de la tela del
vestido, de las recias ballenas, de la ropa interior, de la carne
y de las mismas costillas, penetrasen y se hincasen en el corazón,
agarrándolo rojo, humeante y sangriento, y apretándolo hasta estrujarlo
y deshacerlo y aniquilarlo para siempre. ¿Por qué no se sentían los
latidos de aquel corazón? El de Leocadia y hasta el de Victorina
saltaban como pájaros al tocarles. Y Segundo, desesperado, apoyaba la
mano, insistía, sin recelo de lastimar á Nieves, deseoso, al contrario,
de ahogarla.
Sobrecogida por la audacia de Segundo, Nieves callaba, no atreviéndose
á hacer el más leve movimiento por temor de que la gente observase
algo, y protestando tan sólo con la rigidez del talle y una mirada de
angustia, que pronto bajó, no acertando á resistir la expresión de los
ojos del poeta. Este proseguía buscando el corazón ausente sin lograr
percibir más que el golpeteo de sus propias arterias, de su pulso
comprimido por la firme plancha del corsé. Y al fin el cansancio pudo
más, sus dedos se aflojaron, su brazo cayó inerte, y sin fuerza ni
ilusión descansó en el talle flexible y férreo á la par, el talle de
ballena y acero.
Entretanto el globo, á despecho de las maniobras romeristas, redondeaba
su enorme vientre, que iba llenándose de gas y luz, alumbrando la
plaza como gigantesca farola. Columpiábase majestuosamente, y en sus
cuarterones magnos se leían bien todos los letreros y dedicatorias
ideadas por el entusiasmo combista. La efigie, ó mejor el coloso de
D. Victoriano, que ocupaba todo un frente, seguía la forma rotunda
del globo, y sobresalía, tan feo y desproporcionado, que daba gozo;
tenía por ojos dos sartenes, por pupilas dos huevos que se freían sin
duda en ellas, por boca una especie de pez ó lagarto, y por barbas
un enmarañado bosque ó mapa de chafarrinones de siena y negro humo.
Monumentales ramas de laurel verde se cruzaban sobre la cabeza del
gigantón haciendo juego con las palmas de oro de su uniforme de
ministro, trazadas con brochazos de ocre... Y el globo crecía, se
ensanchaba, sus paredes se ponían cada vez más tensas, y atirantábase
la cuerda que contenía su masa, impaciente ya por lanzarse á las
alturas del cielo. Los combistas rugían de júbilo. Alzóse un rumor, un
hondo rumor de zozobra...
La cuerda había sido cortada diestramente, y sereno, poderoso,
magnífico, se elevó el globo á unos cuantos metros de altura,
ascendiendo con él la apoteosis de D. Victoriano, la gloria de sus
laureles, rótulos y atributos. Resonó en el balcón y debajo de él una
salva de aplausos y aclamaciones triunfales. ¡Oh, vanidad de la humana
alegría! No fué una piedra romerista, fueron tres lo menos las que
entonces, disparadas por certera mano, abrieron brecha en el monumento
de papel, y por las heridas empezó á escaparse á toda prisa el fluido
vital, el aire caliente. Encogióse el globo, se contrajo como un gusano
cuando lo pisan, doblándose al fin por la cintura y entregándose al
fuego de la mecha, que en un decir Jesús se apoderó de él y lo envolvió
en un manto de llamas.
Al mismo tiempo que fenecía miserablemente el globo del candidato
oficial, el globo romerista, chiquito y redondo, pintarrajeado con
obscenos dibujos, subía listo y vivaracho desde una esquina de la
plaza, resuelto á no parar hasta el último pabellón de nubes.
[Ilustración]
XIV
Nieves pasó la noche intranquila, y al despertar, los recuerdos de la
víspera se le ofrecieron dudosos y como soñados; no acababa de dar
crédito á la realidad de aquella singular osadía de Segundo, aquella
toma de posesión directa, aquel apasionado ultraje que ella no supo
resistir. ¡En qué grave compromiso la ponía el atrevido del poeta!
¿Y si alguien lo había notado? Al despedirse de las chicas que la
acompañaban en el balcón, ellas se reían de un modo así... particular.
Carmen Agonde, la muchachona gruesa, con sus ojos dormilones y su genio
de pastaflora, descubría á veces tanto la hilaza de la malicia... Pero
quiá... ¿cómo habían de ver nada? El chal argelino era largo y cubría
todo el cuerpo... Y Nieves tomó el chal, se lo puso y se miró con dos
espejos para cerciorarse de que con aquella prenda no podía verse un
brazo pasado alrededor de un talle... Estaba en esta ocupación cuando
abrieron la puerta y entró una persona. Ella soltó el espejillo,
estremeciéndose.
Era su marido, más que nunca amarillo, ó mejor dicho, color bazo,
con las huellas del padecimiento escritas en el rostro... Á Nieves
le dió un vuelco la sangre. ¿Sabría algo D. Victoriano? No tardó en
tranquilizarse oyéndole hablar, con despecho mal reprimido, del fracaso
del globo y del descaro de los romeristas. El ministro necesitaba
desahogar su contrariedad quejándose del dolorcillo del alfilerazo.
—Pero has visto, hija... ¿qué te parece?...
Lamentóse después del continuo ruido de la feria, que no le había
consentido pegar los ojos. Nieves convino en que era cosa molestísima:
también ella se encontraba desvelada. El ministro abrió la ventana y
el ruido subió, más estruendoso y alto. Asemejábase á un gran coral ó
sinfonía compuesta de voces humanas, relinchos de bestias, gruñidos de
cerdos, mugidos de vacas, terneros y bueyes, pregones, riñas, cantares,
blasfemias y sonidos de instrumentos músicos. La marejada de la feria
cubría á Vilamorta.
Desde la ventana se veían las olas, un bullir de hombres y animales
entreverados, embutidos por decirlo así los unos en los otros. Entre
la masa de aldeanos se abría camino frecuentemente un rebaño de seis
ú ocho becerros, asustados, en dramática actitud; una mula llevada
del diestro formaba corro, disparando un semicírculo de coces; oíanse
chillidos y ayes de dolor, pero los de atrás empujaban y el hueco
volvía á llenarse; un jaco, excitado por la proximidad de las yeguas,
se encabritaba exhalando desesperados relinchos, caía al fin, y mordía,
hidrófobo de celo, lo primero que encontraba. Los mercaderes de hongos
de fieltro hacían muy rara figura, paseando su mercancía toda sobre
la cabeza: una torre de veinte ó treinta sombrerones, semejante á las
pagodas chinas. Otros traficantes vendían, en un mostrador portátil
colgado del pescuezo por dos cintas, ovillos de hilo, balduque, dedales
y tijeras; los vendedores de ruecas y husos los llevaban alrededor de
la cintura, del pecho, por todas partes, como el inhábil nadador lleva
las vejigas; y los sarteneros relucían al sol, á modo de combatientes
feudales.
Mareaba la confusión, el vaivén no interrumpido de la muchedumbre, la
mescolanza de racionales y bestias, y era fatigoso el doliente mugir
de las vacas apaleadas, el chillido de terror de las mujeres, la brutal
hilaridad de los borrachos, que salían de las tabernas con el sombrero
echado atrás, la lengua estropajosa, y muy deseosos de expansión y
aire, de arremeter contra los hombres y pellizcar á las mozas. Estas,
afligidas, levantaban el grito, no logrando esquivar el abrazo de los
borrachos sino para caer en las astas de algún buey, ó recibir la
hocicada de alguna mula, que les bañaba sienes y frente en espumosa
baba. Y lo más aterrador era ver á unas cuantas criaturas de pecho,
llevadas en alto por sus madres, bogando como endebles esquifes en tan
irritado golfo.
Cosa de media hora estuvo Nieves asomada, hasta que se le cansaron ojos
y oídos, y se retiró. Á la tardecita se puso otro rato á la ventana.
Se había aplacado un poco el tráfago comercial, y el señorío del Borde
empezaba á concurrir á la feria. Agonde, á quien en todo el día no se
le había visto el pelo, porque le absorbía la desesperada timba que
funcionaba en la trastienda, subió entonces un rato, y limpiándose
el sudor copioso, explicaba á Nieves las notabilidades conforme iban
apareciendo, nombrándole los arciprestes, los párrocos, los médicos,
los señoritos...
—Aquel flaco, flaco, que trae un matalón pasado por tamiz, y adornos
de plata en la montura, y espuelas también de plata... es el señorito
de Limioso... una casa, Dios nos libre, de la pierna del Cid... El Pazo
de Limioso está á la parte de Cebre... Lo que es tener, no tienen un
ochavo, rentitas de centeno y cuatro viñas que ya no dan uva... ¿Pero
V. piensa que el señorito de Limioso entrará á comer en alguna posada?
No señora: traerá en el bolsillo su pan y queso... y dormirá... ¿qué
se yo dónde? Como es carlista, en la trastienda de doña Eufrasia le
dejarán echarse sobre la silla del penco, porque un día como hoy no
sobran colchones... Si al espolista que lleva le abulta tanto la faja,
es que de seguro viene ahí el pienso del jaco...
—Usted exagera, Agonde.
—¿Exagerar? Sí, sí... V. no tiene idea de lo que son estos señoritos.
Aquí les llaman de _siete en bestia_, porque suelen traer para siete
un solo caballo, que van montando por turno dos á dos; y un poco antes
del pueblo se detienen para entrar á caballo uno á uno, muy armados
de látigo y espuelas, y el jaco pasa siete veces con siete jinetes
distintos... Pues mire V. quién viene allí en una borrica y una mula...
¡Las señoritas de Loiro! Son amigas de las de Molende... Repare V. el
lío que traen delante: es el vestido para el baile de hoy.
—¿Pero es de veras?
—¡Vaya! Sí, señora: ahí vendrá todo, todito: el miriñaque ó como se
llame eso que abulta detrás, los zapatos, las enaguas y hasta el
colorete... ¡Ah! pues éstas son muy finas, que vienen á vestirse al
pueblo: la mayor parte, hace años, se vestían en el pinar que está
junto al eco de Santa Margarita... Como no tenían casa aquí, ya se ve,
ellas no habían de perder el baile, y á las diez y media ó á las once
estaban entre pinos abrochándose los cuerpos escotados, prendiéndose
lacitos y perendengues, y tan guapas... Entre todo este señorío,
créame, Nieves, no se junta el valor de un peso... Son gente que por no
gastar grasa ni hacer caldo, almuerza sopa en vino... El mollete de pan
de trigo lo cuelgan allá en las vigas para que no lo alcance nadie y
dure años... Ya los conoce uno: vanidad y nada más...
Ensañábase el boticario, multiplicando pormenores y recargándolos,
con rabia de plebeyo que coge al vuelo una ocasión de ridiculizar á
la aristocracia pobre, y refiriendo historias de todos los señoritos
y señoritas, miserias más ó menos hábilmente recatadas. Reíase don
Victoriano recordando algunos de aquellos cuentos, ya proverbiales
en el país, mientras Nieves, tranquilizada por la risa de su marido,
empezaba á pensar sin terror, antes con cierta complacencia recóndita,
en los episodios de los fuegos. Había temido ver á Segundo entre la
multitud, pero á medida que venía la noche y se borraban los vivos
colores de los tinglados y se encendían lucecillas y eran más roncos
los cantos de los beodos, se sosegaba su ánimo y el peligro le parecía
muy remoto, casi nulo. En su inexperiencia se había figurado al pronto
que el brazo de Segundo le dejaría señal en el talle, y que el poeta
aprovecharía el primer momento para aparecer exigente y loco de amor,
delatándose y comprometiéndola. Mas el día se deslizaba sereno y sin
lances, y Nieves probaba la impaciencia inevitable en la mujer que no
ve llegar al hombre que ocupa su imaginación. Al fin pensó en el baile.
Allí estaría Segundo, de hecho.
[Ilustración]
XV
Y se compuso para el baile del poblachón con secreta ilusioncilla,
esmerándose lo mismo que si se tratase de un sarao en el palacio de
Puenteancha. Claro está que el tocado y vestido eran muy diferentes,
pero no menor el estudio y arte en la elección. Un traje de crespón de
China blanco, subido y corto, guarnecido con encajes de _valenciennes_:
traje plegado, adherente y dúctil lo mismo que una camisa de batista,
y cuya original sencillez completaban los largos guantes de Suecia,
oscuros, arrugados en la muñeca, que subían hasta el codo. Un
terciopelo negro rodeaba la garganta y lo cerraba una herradura de
brillantes y zafiros. El hermoso pelo rubio, recogido á la inglesa, se
insubordinaba un tanto en la frente.
Casi le dió vergüenza de haber calculado este atavío cuando atravesó
del brazo de Agonde la fangosa plaza, y oyó la ratonera música, y
vió que, como la víspera, estaba el zaguán del Consistorio lleno de
gente acurrucada, á la cual era necesario pisar para llegar hasta la
escalera. Por los descansos corrían las heces de la feria, un reguero
oscuro, color de vino... Agonde la desvió.
—No pise ahí, Nieves... cuidadito...
Ella se sintió repelida por tan feo ingreso, y recordó el vestíbulo y
la escalera de los duques de Puenteancha, de mármol, alfombrada por el
centro, con macetas á los lados... Á la puerta del salón donde ahora
penetraba, había una cantina provista de azucarillos, rosquillas y
dulces, y la mujer de Ramón el confitero, con su inseparable mamón,
despachaba el género mirando torvamente á las señoritas que entraban á
divertirse.
Sentaron á Nieves en el lugar más conspícuo del salón, frente á la
puerta. No estaban muy limpias las calcadas paredes, ni muy flamantes
las banquetas cubiertas de paño grana; y ni las luces mal despabiladas,
ni la araña de hojalata con bujías formaban un espléndido alumbrado.
La mucha gente era causa de que el calor rayase en insufrible. Hacia
el centro del salón se arracimaban los hombres, confundiéndose en
negra masa la juventud de Vilamorta con agüistas, forasteros, tahures y
señoritos monteses. Cada vez que la música atronaba el recinto con la
indiscreta sonoridad de sus metales, del grupo central se destacaban
los animosos bailarines, lanzándose en busca de pareja.