Sucedía esto al punto mismo en que Minguitos dejaba caer al suelo los

zapatos, y suspiraba, cubriéndose con la colcha. Flores, sentada en una

sillita baja, empezaba á rezar el rosario. Necesitaba el enfermo, para

dormirse, el maquinal arrullo de la voz cascajosa que le traía de la

mano el sueño, desde que le faltaba á la hora de acostarse la compañía

de su mamá. Las _Avemarías_ y _Gloria Patris_, mascullados mejor que

pronunciados, iban poco á poco embotándole el pensamiento, y al llegar

á la letanía entrábale el sopor, y, medio traspuesto, á duras penas

contestaba á las atroces barbaridades de la vieja:

—_Juana celi_... Ora pro nobis... _Sal-es-enfirmó-run_... nobis...

_Refajos-pecadórun_... bis... _Consólate flitórun_... sss...

El niño respondía tan sólo con la respiración que pasaba desigual,

intranquila, fatigosa, por entre sus dormidos labios... Flores apagaba

despacito el velón de cuerda, descalzábase para no hacer ruido, y se

retiraba pasito á pasito, apoyándose en la pared del comedor. Desde que

Minguitos descansaba, no se oían estrépitos de loza en la cocina.

[Ilustración]

VIII

Hasta muy tarde no sopló el _Cisne_ la palmatoria de latón donde la

económica tía Gaspara le colocaba, siempre á regañadientes, una vela

de sebo. Sentado á la exigua mesa, entre los revueltos libros, tenía

delante un pliego de papel, medio cubierto ya de renglones desiguales,

jaspeado de borrones y tachaduras, con montículos de arenilla y algún

garrapato á trechos. Segundo no pegaría los ojos en toda la noche si

no escribiese la poesía que desde el crucero le correteaba por la

cabeza adelante. Sólo que, antes de coger la pluma, parecíale llevar

la inspiración allí, perfecta y cabal, de suerte que con dar vuelta

á la espita, brotaría á chorros: y así que oprimieron sus dedos la

pluma dichosa, los versos, en vez de salir con ímpetu, se escondían,

se evaporaban. Algunas estrofas caían sobre el papel redondas,

fáciles, remataditas por consonantes armoniosos y oportunos, con cierta

sonoridad y dulzura muy deleitable para el mismo autor, que temeroso

de perderlas, escribíalas al vuelo, en letra desigual; mas de otras se

le ocurrían únicamente los dos primeros renglones y acaso el final,

rotundo, de gran efecto, y faltaba la rima tercera, era indispensable

cazarla, llenar aquel hueco, ingerir el ripio. Deteníase el poeta,

mirando al techo y buscando con los dientes un cabo del bigote para

morderlo, y entonces la ociosa pluma trazaba, obedeciendo á automáticos

impulsos de la mano, un sombrero tricornio, un cometa, ó cualquier

mamarracho por el estilo... Borradas á veces siete ú ocho rimas, se

resignaba al fin con la novena, ni mejor ni peor que las anteriores.

Acontecía también que una sílaba importuna estropeaba un verso, y

échese usted á buscar otro adverbio, otro adjetivo, porque si no... ¿Y

los acentos? Si el poeta gozase del privilegio de decir, v. gr., _mi

córazon_ en vez de _mi corazón_, ¡sería tan cómodo rimar!

¡Malditas dificultades técnicas! El estro alentaba y ardía, á modo

de fuego sagrado, en la mente de Segundo; pero en tratándose de que

apareciese allí, patente, sobre las hojas de papel... Que apareciese

expresando cuanto sentía el poeta, condensando un mundo de sueños,

una nebulosa psíquica... ¡Ahí es nada! ¡Obtener la difícil conjunción

de la forma y la idea, prender el sentimiento con los eslabones de

oro del ritmo! ¡Ah, qué cadena tan leve y florida en apariencia y

tan dura de forjar en realidad! ¡Cómo engaña la ingenua soltura, la

fácil armonía del maestro! ¡Qué hacedero parece decir cosas sencillas,

íntimas, narrar quimeras de la fantasía y del corazón en metro suelto

y desceñido, y cuán imposible es, sin embargo, para quien no se llama

Becquer, prestar al verso esas alitas palpitantes, diáfanas y azules

con que vuela la mariposa becqueriana!

Mientras el _Cisne_ borra y enmienda, Leocadia se desnuda en su alcoba.

Solía entrar en ella otras noches con la sonrisa en los labios, el

rostro encendido, los ojos húmedos, entornados, las ojeras hundidas,

el pelo revuelto... Y esas noches tardaba en acostarse, se entretenía

en arreglar objetos sobre la cómoda, y hasta se miraba al espejo de

su vulgar tocador. Hoy tenía los labios secos, las mejillas pálidas;

acercóse á la cama, se desabrochó, dejó caer la ropa, apagó el quinqué

y sepultó la cara en la frescura de las gruesas sábanas de lienzo. No

quería pensar; quería olvidar y dormir solamente. Trató de estarse

quieta. Mil agujas le punzaban el cuerpo: dió una vuelta buscando

el sitio frío, luego otra, luego echó abajo las sábanas... Sentía

inquietud horrible, gran amargor en la boca. En medio del silencio

nocturno, oía los latidos desordenados del corazón; si se recostaba

del lado izquierdo, el ruido la ensordecía casi. Intentó fijar el

pensamiento en cosas indiferentes, y se repitió á sí misma mil veces,

con monótona regularidad é insistencia:—Mañana es domingo... las niñas

no vendrán.—Ni por esas se contuvo el bullir del cerebro y el ardor

malsano de la sangre... ¡Leocadia tenía celos!

¡Dolor sin medida y sin nombre que exprese su crueldad! Hasta entonces

la pobre maestra había ignorado el contrapeso del amor, los negros

celos, con su aguijón que se clava en el alma, su abrasadora sed que

quema las fauces, su frío polar que hiela el corazón, su congoja

impaciente que crispa los nervios... Segundo apenas se fijaba en las

muchachas de Vilamorta; en cuanto á las paisanas, no existían para

él, ni por mujeres las tenía; de suerte que las horas de frialdad del

_Cisne_ achacábalas Leocadia á malos oficios de la musa... ¡Pero ahora!

Recordaba la poesía _Á los ojos azules_ y el modo de recitarla. ¡Veneno

eran aquellas estrofas de miel: sí, veneno y acíbar! Leocadia sintió

acudir llanto á sus lagrimales y las lágrimas saltaron entre sollozos

convulsivos, que sacudían el cuerpo y hacían crujir las maderas de la

cama y susurrar la hoja de maíz del jergón. Ni por esas suspendió su

actividad el caviloso cerebro. Indudablemente Segundo estaba enamorado

de la señora de Comba; pero ella era una mujer casada... ¡Bah! En

Madrid y en las novelas todas las señoras tienen amantes... Y además

¿quién resistiría á Segundo, á un poeta émulo de Becquer, joven, guapo,

apasionado cuando se le antojaba serlo?

¿Qué podía Leocadia contra esta gran catástrofe? ¿No valía más

resignarse? ¡Ah! resignarse. ¡Pronto se dice! No, no: luchar y vencer

por cualquier medio. ¿Por qué le negaba Dios la facultad de expresar

sus sentimientos? ¿Por qué no se había puesto de rodillas delante de

Segundo pidiéndole un poco de amor, pintándole y comunicándole la llama

que la consumía á ella el tuétano de los huesos? ¿Por qué quedarse muda

cuando tantas cosas podía decir? Segundo no iría á las Vides. Mejor.

Carecía de dinero. Magnífico. No conseguiría destino alguno, ni se

movería de Vilamorta. Mejor, mejor, mejor... ¿Y qué? si al fin Segundo

no la amaba; si se desviaba de ella con un ademán que Leocadia estaba

viendo todavía á oscuras, ó mejor dicho, á la extraña luz de la pasión

celosa.

¡Qué calor, qué desasosiego! Leocadia se arrojó de la cama, dejándose

caer al suelo, donde le parecía encontrar una frescura consoladora. En

vez de alivio notó un temblor, y en la garganta un obstáculo, á modo

de pera de ahogo atravesada allí, que no le permitía respirar. Quiso

alzarse y no pudo: la convulsión empezaba y Leocadia contenía los

gritos, los sollozos, las cabezadas, por no despertar á Flores. Algún

tiempo lo consiguió, mas al fin venció la crisis nerviosa, retorciendo

sin piedad los rígidos miembros, obligando á las uñas á desgarrar la

garganta, al cuerpo á revolcarse, y á las sienes á batirse contra el

piso... Vino después, precedido de fríos sudores, un instante en que

Leocadia perdió el conocimiento. Al recobrarlo se halló tranquila,

aunque molidísima. Levantóse, subió á la cama de nuevo, se arropó, y

quedó anonadada, sin cerebro, sumida en reparador marasmo. El grato

sueño del amanecer la envolvió completamente.

Despertóse bastante tarde, no saciada de descanso, rendida y como

atontada. Apenas acertaba á vestirse; parecíale que desde la noche

anterior había transcurrido un año por lo menos; y en cuanto á su

celosa cólera, á sus proyectos de lucha... Pero ¿cómo pudo ella pensar

en cosas semejantes? Que Segundo fuese feliz, eso tan sólo importaba y

convenía; que realizase sus altos destinos, su gloria... Lo demás era

un delirio, una convulsión, una crisis pasajera, sufrida en horas que

el alma amante no quiere solitarias.

Abrió la maestra la cómoda donde guardaba sus ahorros y el dinero para

el gasto. No lejos de un montón de medias palpó un bolsillo, ya muy

lacio y escueto. En él se contenían poco ha unos miles de reales, todo

su peculio en metálico. Quedaban sobre treinta duros descabalados, y

para eso debía un corte de merino negro á Cansín, licores al confitero

y encargos á unas amigas de Orense. Y hasta Noviembre no vencían sus

rentitas. ¡Brillante situación!

Tras un minuto de angustia, causada por la pugna entre sus principios

económicos y su resolución, Leocadia se lavó, se alisó el pelo, se echó

el vestido y el manto de seda, y salió. Por ser día de misa recorría

mucha gente la calle, y el rajado esquilón de la capilla repicaba sin

cesar. En la plaza, animación y bullicio. Á la puerta de la botica

de doña Eufrasia, tres ó cuatro cabalgaduras clericales sufrían mal

las impertinencias de las moscas y tábanos, volviendo á cada paso la

cabeza con desapacible estrépito de ferraje, y mosqueándose los ijares

con la hirsuta cola. Tampoco las fruteras, entre regateos y risas,

descuidaban espantar los porfiados insectos, posados en el lugar donde

la grieteada piel de las claudias y tomates descubría la melosa pulpa

ó la carne roja. Mas el verdadero cónclave mosquil era la dulcería de

Ramón. Daba fatiga y náusea ver á aquellos bichos zumbar, tropezarse en

la cálida atmósfera, prenderse las patas en el caramelo de las yemas,

hacer después esfuerzos penosos para libertarse del dulce cautiverio.

Sobre una tarta de bizcocho, merengue y crema, que honraba el centro

del escaparate, se arremolinaba un enjambre de moscas: ya no se tomaba

Ramón el trabajo de defenderla, y el ejército invasor la saqueaba á

todo su talante: á orillas de la fuente yacían las moscas muertas en la

demanda: unas desecadas y encogidas, otras muy espatarradas, sacando un

abdomen blanquecino y cadavérico...

Leocadia pasó á la trastienda. Estaba Ramón en mangas de camisa,

arremangado, luciendo su valiente musculatura y meneando un cazo para

enfriar la pasta de azucarillo que contenía; después la fué cortando

con un cuchillo candente, y el azúcar chilló al tostarse, despidiendo

olor confortativo. El dulcero se pasó el dorso de la mano por la frente

sudorosa.

—¿Qué quería, Leocadia? ¿Anisete de Brizar, eh? Pues se acabó. Tú,

Rosa, ¿verdad que se acabó el anisete?

Vió Leocadia, en el rincón de la trastienda-cocina, á la mujer del

dulcero, dando papilla á un mamón endeble. La confitera clavó en la

maestra su mirada sombría de mujer histérica y celosa, y exclamó con

dureza:

—Si viene por más anisete, acuérdese de las tres botellas que tiene sin

pagar.

—Ahora mismo las pago, respondió la maestra, sacando del bolsillo un

puñado de duros.

—No, mujer, calle por Dios... ¿qué prisa corre? murmuró avergonzado el

dulcero.

—Cobre, Ramón, ande ya... Si justamente vengo á eso, hombre.

—Si se empeña... Maldito el apuro que tenía.

Marchóse Leocadia corriendo. ¡No acordarse de la confitera! ¿Quién

le pedía nada á Ramón delante de aquella tigre celosa, que chiquita

y débil como era, acostumbraba solfear al hercúleo marido? Á ver si

Cansín...

El pañero vendía, rodeado de paisanas, una de las cuales se empeñaba en

que una lanilla era algodón, y la restregaba para probarlo. Cansín, por

su parte, la frotaba con fines diametralmente opuestos.

—Mujer, qué ha de ser algodón, qué ha de ser algodón, repetía con

su agria vocecilla, acercando, pegando la tela á la cara de la

compradora. Parecía tan amostazado Cansín, que Leocadia no se atrevió

á llamarle. Pasó de largo y aceleró el andar. Pensaba en su otro

pretendiente, el tabernero... Mas de pronto recordó con repugnancia sus

gruesos labios, sus carrillos que chorreaban sangre... Y dando vueltas

á cuantos expedientes podían sacarla del conflicto, le ocurrió una

idea. La rechazó, la pesó, la admitió... Á paso de carga se dirigió al

domicilio del abogado García.

Al primer aldabonazo abrió la tía Gaspara. ¡Qué significativo

fruncimiento de cejas y labios! ¡Qué repliegue general de arrugas!

Leocadia, cortada y muerta de vergüenza, se mantenía en el umbral. La

vieja, parecida á un vigilante perro, interceptaba la puerta, próxima á

ladrar ó morder al menor peligro.

—¿Qué quería? gruñó.

—Hablar con D. Justo. ¿Se puede? interrogó humildemente la maestra.

—No sé... veremos...

Y el vestiglo, sin más ceremonias, dió á Leocadia con la puerta en las

narices. Leocadia aguardó. Al cabo de diez minutos un bronco acento le

decía:

—Venga.

El corazón de la maestra bailó como si tuviese azogue. ¡Atravesar

la casa en que había nacido Segundo! Era lóbrega y destartalada,

fría y desnuda, según son las moradas de los avarientos, donde los

muebles no se renuevan jamás y se apuran hasta la suma vetustez. Al

cruzar un corredor vió Leocadia al través de una entornada puertecilla

alguna ropa de Segundo, colgada de una percha, y la reconoció, no

sin cosquilleo en el alma. Al final del corredor tenía su despacho

el abogado; pieza mugrienta, sobada, atestada de papelotes y libros

tediosos y polvorientos por dentro y fuera. La tía Gaspara se zafó,

mientras el abogado recibía á la maestra de pie, en desconfiada y

hostil actitud, preguntando con el severo tono de un juez:

—¿Y qué se le ocurre á V., señora doña Leocadia?

Fórmula exterior relacionada con otra interior:

—¡Á que la bribona de la maestra viene á decirme que se casa con el

loco del rapaz y que los mantenga yo!

Leocadia fijó sus ojos abatidos en García, buscando en sus facciones

secas y curtidas los rasgos de un amado semblante. Sí que se parecía

á Segundo, salvo la expresión, muy diferente, cauta y recelosa en el

padre, cuanto era soñadora y concentrada en el hijo.

—Señor D. Justo... balbució la maestra. Yo siento molestarle... Le

suplico no extrañe este paso... porque me aseguraron que V.... señor,

yo necesito un préstamo...

—¡Dinero! rugió el abogado apretando los puños. ¡Me pide V. dinero!

—Sí, señor, sobre unos bienes...

—¡Ah! (transición en el abogado, que todo se aflojó y flexibilizó).

Pero ¡qué tonto soy! Entre V., entre V., doña Leocadia, y tome

asiento... ¿Eh? ¿Está V. bien? Pues... cualquiera tiene un apuro... ¿Y

qué bienes son? Hablando se entienden las gentes, mi señora... ¿Por

casualidad la viña de la Junqueira y la otra pequeñita del Adro...?

Estos años dan poco...

Debatieron el punto y se firmó la _obliga_ ó pagaré. La tía Gaspara,

inquieta, con paso de fantasma, rondaba por el corredor. Cuando salió

su hermano y le dió algunas órdenes, se hizo varias cruces en la cara

y pecho, muy de prisa. Bajó furtivamente á la bodega y tardó algo en

subir y en vaciar sobre la mesa del abogado su delantal, de donde

cayeron, envueltos en polvo y telarañas, cuatro objetos que rebotaron

produciendo el sonido especial del dinero metálico. Los objetos eran

una hucha de barro, un calcetín, una bota ó gato y un saquete de lienzo.

Aquella tarde le dijo á Segundo Leocadia:

—¿Sabes una cosa, corazón? Que es lástima que por un traje ó por

cualquier menudencia así pierdas de colocarte y de conseguir lo que

pretendes... Mira, yo tengo ahí unos cuartos que... no me hacen mucha

falta. ¿Los quieres, eh? Yo te los daba ahora y tú después me los

volvías.

Segundo se irguió con arranque sincero de pundonor y dignidad:

—No vuelvas á proponerme cosas por ese estilo. Admito tus finezas á

veces por no verte llorar á lágrima viva. Pero eso de que me vistas y

sostengas... Mujer, no tanto.

La maestra insistió amorosamente media hora más tarde, aprovechando la

ocasión de encontrarse el _Cisne_ algo pensativo. Entre él y ella no

cabía _mío_ ni _tuyo_. ¿Por qué reparaba en aceptar lo que le daban

con tan gran placer? Acaso dependía su porvenir de aquellos cuartos

miserables. Con ellos podría presentarse decentemente en las Vides,

imprimir sus versos, ir á Madrid. ¡Ella sería tan dichosa viéndole

triunfar, eclipsar á Campoamor, á Núñez de Arce, á todos! ¿Y quién

le privaba á Segundo de restituir, hasta con creces, el dinero?...

Charlando así, echaba Leocadia en un pañuelo, anudado por las cuatro

puntas, onzas y doblillas y centenes á granel, y lo entregaba al poeta,

preguntándole con voz velada por el llanto:

—¿Me desairas?

Segundo cogió con ambas manos la basta y gruesa cabeza de la maestra,

y clavando sus ojos en las pupilas que le miraban húmedas de felicidad

inexplicable, pronunció:

—Leocadia... ¡Ya sé que tú eres la persona que más me ha querido en el

mundo!

—Segundiño, vida... tartamudeaba ella fuera de sí.—No vale nada, mi

rey... Conforme te doy esto... así Dios me salve... ¡te daría sangre de

las venas!

¿Y quién le diría á la tía Gaspara que varias onzas del calcetín, de la

hucha, de la bota y del saco, volverían inmediatamente, á fuer de bien

enseñadas y leales, á dormir, si no bajo las vigas de la bodega, al

menos bajo el techo de D. Justo?

[Ilustración]

IX

La parra de las Vides, que tanto gusta á don Victoriano Andrés de la

Comba, es de esas uvas gruesas conocidas en el país por _náparo_ ó

_Jaén_, uvas teñidas con los matices rojo claro y verde pálido, que

dominan en los racimos de los bodegones flamencos. Cuelgan sus piñas en

corimbo largo, con disimetría graciosa, rompiendo el tupido follaje.

Derrama la parra sombra fresquísima, y contribuye á hacer apacible el

lugar el hilo de agua que cae en tosca pila de piedra, bañando las

legumbres puestas á remojo.

Tiene la maciza casa aspecto de fortaleza: flanquean el cuerpo central

dos torres cuadrangulares, con achaparrado techo y hondas ventanas:

en mitad del edificio, sobre un largo balcón de hierro, se destaca el

gran escudo de armas con el blasón de los Méndez, cinco hojas de vid

y una cabeza de lobo cortada y goteando sangre. Desde este balcón se

domina la vertiente de la montaña y el curso del río; al costado de la

torre hay una solana de madera que avanza sobre el huerto, y gracias á

la exposición al Mediodía, florecen claveles de á onza en ollas viejas

llenas de resquebrajado terrón, y de cajoncillos de madera se desbordan

rechonchas albahacas, plumas de Santa Teresa, cactos, asclepias y

malvas: una flora requemada, crasa, árabe, de embriagadores perfumes.

Por dentro, la casa se reduce á una serie de salones dados de cal,

con las vigas al descubierto, y casi sin muebles, excepto el central,

llamado _del balcón_, alhajado con sillas de paja y respaldo de madera

figurando una lira, época del imperio. Un espejo ya casi desazogado

luce sobre el sofá su gran marco de ébano, con alegorías de dorado

latón, que representan á Febo guiando su carricoche. El orgullo de

las Vides no son los salones, sino la bodega, la inmensa candiotera

oscura y sorda y fresca como una nave de catedral, con sus magnas cubas

alineadas á ambos lados. Esta pieza sin rival en el Borde es la que

enseña más ufano el señor de las Vides, y también su dormitorio, que

ofrece la singularidad de ser inexpugnable, por hallarse practicado en

el grueso de la pared y no tener entrada sino por un pasadizo donde no

cabe un hombre de frente.

No realizó nunca Méndez de las Vides el tipo clásico del mayorazgo

ignorante, que firma con una cruz, tipo tan común en aquel país de

tierra adentro. Méndez, al contrario, alardeaba de instruído y culto.

Escribía con letra correcta, junta y menuda, de viejo obstinado; leía

bien, calándose las gafas, alejando el periódico ó el libro, recalcando

las palabras, con reposada voz. Sólo que se había estacionado su

cultura en una época: la Enciclopedia, que su padre ya conoció tarde, y

que á él llegó con un siglo de retraso. Leyó á Holbach, á Rousseau, á

Voltaire y los catorce tomos de Feijóo. Quedó adscrito y sellado hasta

en lo físico. En religión se hizo deísta, sin dejar de ir á misa y

comer de pescado en Semana Santa: en política tomó vahos de regalismo.

Sin embargo, desde la venida de don Victoriano, algún movimiento se

produjo en las ya estratificadas ideas del hidalgo de las Vides.

Gustóle aquello de la autonomía inglesa, la libertad individual, unida

con el respeto á la tradición y la influencia civilizadora de las

clases aristocráticas: serie de importaciones sajonas más ó menos

felices, pero á las cuales debía don Victoriano su fortuna política.

Discantando estas profundidades de ciencia social, pasábanse tío y

sobrino largas horas, durante las cuales Nieves hacía labor, prestando

oído por si en las piedras del sendero resonaba el trote de algún

caballo; una visita, una distracción en su ociosa existencia.

Segundo, para bajar á las Vides, pidió el jaco endiablado, el del

alguacil. Desde el crucero, el camino se hacía clivoso y difícil. Lo

interceptaban á trechos peñas muy lisas y resbaladizas, y el jinete se

colgaba de las riendas, porque las herraduras se deslizaban arrancando

chispas, y el animal, arrastrado por su peso, podía caerse. El terreno,

calcinado por el sol, era quebradísimo; las casas, más que sentadas

en firmes cimientos, parecían colgadas de las laderas, próximas á

desprenderse y rodar al río, y el indispensable tiesto de claveles

reventones, asomando y saliéndose casi por los balconcillos de madera,

recordaba la flor que al desgaire se coloca en el pelo una gitana.

Á veces Segundo cruzaba un pinar; respiraba el olor balsámico de la

resina, y pisaba una alfombra de hojas secas que asordaba el golpe

del casco de su montura; de repente, entre dos vallados, aparecía un

angosto sendero, orillado de zarzamora, digital y madreselva, y á

menudo experimentaba Segundo la impresión de bienestar que causan á las

horas de sol los toldos vegetales, y trotaba al amparo de un túnel de

verdura, un emparrado alto sostenido en postes de piedra, viendo sobre

su cabeza los racimos que ya negreaban y escuchando el alborotado pitío

de los gorriones y el silbo estridente de los mirlos. Por las murallas

tapizadas de musgo correteaban los lagartos. Cuando se encontraban dos

ó tres vereditas, Segundo refrenaba el caballo buscando la dirección

de las Vides y preguntando á las mujeres que subían trabajosamente,

arrastrando el cuerpo, cargadas con un coloño de leña de pino, ó á los

chiquillos que retozaban á la puerta de las casas.

Allá abajo, muy profundo, corría el Avieiro, y visto desde la altura

podía compararse á la hoja de acero que, blandida, culebrea y refulge.

Enfrente la montaña, donde se escalonaban, á manera de gradas de

colosal anfiteatro, hileras de paredones de sostenimiento para las

viñas, construídos con piedra blancuzca; y las listas claras sobre el

fondo verde hacían bizarra combinación, destacándose en ella el rojo

tejado de algún palomar ó casa solariega, y en la cima del monte el

verdor más sombrío de los pinares. Ya veía Segundo á sus pies las tejas

de las Vides. Descendió una cuesta más vertical que horizontal, y se

halló delante del portalón.

Bajo la cepa estaban Victorina y Nieves. Entreteníase la niña en

saltar á la cuerda, y lo hacía con notable agilidad, á pies juntillas,

sin moverse de un sitio, volteando la cuerda tan rápidamente, que

fingía una especie de niebla en derredor de la elegante academia de la

saltarina. Como los claros de la parra dejaban pasar grandes manchones

de sol, á lo mejor se inundaba de luz el cuerpo de la chiquilla, y

radiaba su mata de pelo, sus brazos ó sus piernas desnudas, pues

sólo tenía una blusa azul marino, corta y sin mangas. Al divisar á

Segundo dió un grito, soltó la cuerda y desapareció. En cambio Nieves,

levantándose del banco donde trabajaba, con la sonrisa en los labios

y algo encendida de sorpresa, tendió la mano al recién-venido, que se

apeó prestamente del caballo.

—¿Y el señor don Victoriano? ¿cómo sigue?

El cisne de Vilamorta · 第 4 / 13 段