—¡Ah! Por allí andaba, regular de salud; pero muy divertido con las

faenas agrícolas, muy satisfecho... Y al decir esto, tenía el rostro

de Nieves la expresión distraída con que hablamos de cosas que nos

interesan poco. Segundo observó que la señora del ministro reparaba

en su atavío flamante, recién llegado de Orense; y por algún rato le

mortificó la duda de si lo encontraría pretencioso ó ridículo, hasta

el extremo de sentir no haber traído la ropa de todos los días.

—Ha asustado usted á Victorina, añadió Nieves riendo... ¿Dónde se habrá

metido esa boba? De fijo que sólo se escondió porque estaba de blusa...

Usted la trata como á una mujer y ella se pone insoportable. Venga

usted...

Remangóse Nieves la bata de cretona blanca salpicada de capullos de

rosa, y penetró intrépidamente en la cocina, que estaba al nivel del

patio. En pos de los taconcitos Luis XV, que encubría el encaje bretón

de la enagua, recorrió Segundo varias piezas: cocina, comedor, _sala

del rosario_, llamada así porque en ella lo rezaba con los criados

Primo Genday, y por último, _sala del balcón_. Allí se detuvo Nieves

exclamando:

—Los llamaré por si están en la viña.

Y asomándose gritó:

—¡Tío! ¡Victoriano! ¡Tío!

Dos voces respondieron:

—¿Qué?... Allá vamos.

No hallando cosa oportuna que decir, Segundo callaba. Tranquila ya la

conciencia con haber llamado á las personas formales, Nieves se volvió

y dijo con la afabilidad de un ama de casa que conoce su obligación:

—¡Pero qué amable, qué amable ha sido usted! Hasta las vendimias no

contábamos con que se animase á venir... Y ahora, que se acercan las

fiestas... Tanto que pensaba ver á usted antes en Vilamorta, porque

Victoriano se empeña en tomar las aguas quince días...

Al hablar, se respaldaba en la pared, y Segundo se azotaba con el

latiguillo la punta de las botas. Del huerto subió la voz de Méndez.

—Nieves, Nieves... Que bajes, si te es igual.

—Con permiso de usted... Voy por una sombrilla.

Tardó poco en volver, y Segundo la ofreció el brazo. Bajaron al huerto

por la solana, y entre los saludos de ordenanza, Méndez protestó contra

la idea de que Segundo se volviese la misma tarde á Vilamorta.

—¡Hombre! ¡No faltaba más! ¡Coger calor dos veces en un día!

Y el señor de las Vides, aprovechando la coyuntura que jamás

desperdicia un propietario rural, se apoderó del poeta, consagrándose

á enseñarle al pormenor la finca. Explicábale al mismo tiempo sus

empresas vitícolas. Había sido de los primeros á azufrar con fortuna,

y empleaba abonos nuevos que acaso resolviesen el problema del

cultivo. Hacía ensayos tratando de imitar con el vino común del Borde

el Burdeos de pasto; de prestarle, con polvos de raíz de lirio, el

_bouquet_, la fragancia de los _caldos_ franceses. Pero le salía al

paso la rutina, el fanatismo, según decía confidencialmente bajando la

voz y poniendo una mano en el hombro de Segundo. Los demás cosecheros

del país le acusaban de olvidar las sanas tradiciones; de adulterar

y componer el vino. ¡Como si ellos no lo compusiesen! Sólo que ellos

lo hacían sirviéndose de drogas ordinarias, v. gr., campeche y yerba

mora. Él se contentaba con aplicar los métodos racionales, los

descubrimientos científicos, los adelantos de la química moderna,

proscribiendo el absurdo empleo de la pez en las corambres, pues si

bien la gente del Borde alababa el dejo á pez en el vino, diciendo que

la pez hacía beber otra vez, á los exportadores les repugnaba, con

razón, aquel pegote. En fin, si Segundo quería ver las bodegas y los

lagares...

No hubo remedio. Nieves se quedó á la puerta, temerosa de mancharse la

bata. Así que salieron, se trató de registrar el huerto en detalle.

Era también el huerto una serie de paredones en gradería, sosteniendo

estrechas fajas de tierra, y esta disposición del terreno daba á la

vegetación exuberancia casi tropical. Camelios, pavíos y limoneros

crecían libres, irregulares é indómitos, cargados de hoja, de fruta

ó de flores. Abejas y mariposas revoloteaban y bullían, libando,

fecundándose, locas de contento y ébrias de sol. De paredón á paredón

se bajaba por unas escalerillas difíciles. Segundo dió el brazo á

Nieves y en la última grada se detuvieron para contemplar el río que

corría allá muy abajo.

—Mire usted hacia allí, dijo Segundo, señalando á su izquierda una

colina algo distante. Allí está el pinar... ¿Á que no se acuerda usted?

—Sí me acuerdo, respondió Nieves, guiñando, á causa del sol, sus azules

ojos. El pinar que canta... ¡Mire usted cómo me acuerdo! Y diga usted,

¿sabe usted si hoy cantará? Porque de buena gana le oiría esta tarde.

—Si se levanta un poco de brisa... Con la calma que reina, los pinos se

estarán casi quietos y casi mudos. Y digo _casi_, porque del todo no

lo están nunca. Basta el roce de sus copas para que vibren de un modo

especial y tengan un susurro...

—¿Y eso—preguntó Nieves en tono jocoso,—no sucede más que en el pinar

de aquí, ó es igual en todos?

—¿Quién sabe? respondió Segundo mirándola fijamente. Acaso el único

pinar que cante para mí será el de las Vides.

Nieves bajó la vista, y después echó una ojeada en derredor, como

buscando á D. Victoriano y Méndez, que estaban un escalón más arriba.

Notó Segundo el movimiento, y con imperiosa descortesía dijo á Nieves:

—Subamos.

Reunióse á Méndez, y ya no se despegó de su lado hasta que pasaron al

comedor, donde les aguardaban Genday y _Tropiezo_. La última á llegar

fué la niña, muy púdica ya, con medias largas y traje de blanco piqué.

La mesa en que comían no estaba en el centro, sino en un costado

del comedor; era cuadrilonga, y los convidados, en vez de sillas,

tenían para sentarse dos bancos fronterizos, de ennegrecido roble.

Los extremos de la mesa quedaban libres para el servicio. Sóbrio por

instinto, Segundo reparó con sorpresa la inverosímil cantidad de

alimentos que consumía don Victoriano, no sin advertir también que su

rostro estaba más demacrado que nunca. Á veces, el hombre político se

detenía, porque un remordimiento le asaltaba.

—Estoy devorando.

Protestaba el anfitrión, y _Tropiezo_ y Genday, por turno, exponían

doctrinas latas y consoladoras. La naturaleza es muy sabia, decía el

señor de las Vides, que no olvidaba á Rousseau, y el que la obedece

no puede errar. Primo Genday, glotón como todos los pletóricos,

añadía con cierta teológica unción: para que el alma esté dispuesta

á servir á Dios, hay que atender primero á las justas exigencias del

cuerpo. _Tropiezo_, por su parte, sacaba el labio inferior, negando

la existencia de ciertas enfermedades novísimas. Toda la vida hubo

personas que padeciesen de la orina y jamás se les privó el comer

y beber, al contrario. Por lo mismo que la enfermedad desgasta,

hay que nutrirse. Fácilmente se dejaba persuadir D. Victoriano.

Aquellos manjares de otros tiempos, aquellas anticuadas vinagreras

_milagrosas_ de donde por un tubo salía el aceite y el vinagre por

otro sin confundirse jamás, aquel inmenso mollete colocado á guisa

de centro de mesa, eran otros tantos arcaismos encantadores para él,

que le recordaban horas felices, años límbicos de la existencia. Á

los postres, cuando Primo Genday, sofocado aún por una discusión

política en que calificó de _incircuncisos_ á los liberales, se puso

de repente muy grave y empezó á rezar el _Padre nuestro_, el ministro,

racionalista añejo ya, sorprendióse de la devoción con que sus labios

murmuraron: El pan nuestro de cada día... ¡Caramba, estas cosas de

cuando era uno joven!... D. Victoriano revivía al contacto de sus

desvanecidas mocedades. Hasta se le venían á las mientes recuerdos

de noviazgos efímeros, de amorcillos de quince días con señoritas del

Borde, que á la hora presente debían ser apergaminadas solteronas ó

respetables madres de familia. ¡Valiente necedad!... El ex-ministro

rechazó la servilleta y se levantó.

—¿Usted duerme la siesta? preguntó á Segundo.

—No, señor.

—Yo tampoco. Venga V. y fumaremos un cigarro.

[Ilustración]

X

Sentáronse en la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de

Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un

silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías

maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á

fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no

rebullía nadie.

—¿Una breva de recibo?

—Mil gracias...

Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El

cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo

convidaba á importante y confidencial diálogo.

—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta? Es V. abogado, ¿no es

eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona

tan inteligente...

Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le

velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y

desterrando su reserva habitual.

—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está

terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina

para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos

manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano,

no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular

estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes.

¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es

una papeleta de entrada en cualquier oficina.

—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es

verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza

después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado,

que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine,

no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma

á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprieto en que

se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y

le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana

formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas!

Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no

ha de ser por arte de encantamiento...

—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis

aspiraciones.

—Sepamos.

Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó

visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin

la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó

sus recelos.

—Quiero seguir la carrera de las letras.

El hombre político paró de mecerse y de fumar.

—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos

claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y

de estos pueblos así?

—No, señor.

—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía

creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede

aspirar á... ¿Y V. qué escribe?

—Versos.

—¿Prosa, no?

—Algún artículo ó suelto... Casi nada.

—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo

adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á

comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con

mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria...

Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se

entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en

pleno romanticismo.

Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:

—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No

gozan de gran popularidad?

—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen

cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa

así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los

rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo...

Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime

sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin,

crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso...

Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila,

chicos que riman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos

ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto...

Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en una _Revista_

trasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.

Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.

—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco

de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el

mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es

imparcial, y mi consejo sincerísimo.

—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo

en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó

por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...

Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se

volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al

rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:

—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!

Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:

—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V.

pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para

descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el

huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V.

comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar

el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten

á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del

estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se

mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la

reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si

escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en

brazos de la política... ¡Ah!

Oía Segundo sin despegar los labios, con los ojos bajos y la mirada

errante por los nudos de la madera del piso, aquella voz persuasiva

que parecía arrancarle una por una las hojas de rosa de sus ilusiones,

con el mismo chasquido estridente de la uña que dispersaba la ceniza

del puro. Al fin alzó el rostro contraído y miró al hombre político,

murmurando no sin alguna ironía en el acento:

—Pues de la política, señor D. Victoriano, creo que no debe V. hablar

tan mal... Á V. le ha tratado con cariño; no tendrá V. queja de ella.

Para V. no fué madrastra.

Se descompuso el semblante de D. Victoriano, dejando salir á la

superficie los estragos de la enfermedad... y levantándose de nuevo

y tirando el cigarro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á

hablar apasionadamente, con frases que brotaban en oleadas súbitas, en

chorros impetuosos y desiguales, como el caño de sangre por la cortada

arteria.

—No me toque V. ese punto... cállese usted, criatura... ¡qué sabe V.,

qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que son esas cosas, hasta que cae en

ellas de cabeza y queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase á

V.... ¡Pero es imposible contar la vida entera, día por día, referir

una batalla que dura años, sin tregua ni reposo! Combatir para que le

empiecen á conocer á uno, seguir combatiendo para que no le olviden,

pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchillos á una cama

de ascuas, lidiar en el foro, en el Congreso, sin fe, sin convicción,

porque sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquista; y á

todo esto, ni una hora libre, ni un minuto sosegado, ni tiempo para

nada... Logra uno fortuna cuando ya le falta humor para gozarla; se

casa y forma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á su

mujer al teatro... No me hable V.... El infierno, el infierno en

abreviatura es la política... Querrá V. creer... (y aquí soltó redonda

la interjección) que cuando mi chiquitina empezó á andar, intenté yo

un día tener el gusto de llevarla á paseo de la mano... Un capricho,

una rareza... Pues iba muy satisfecho bajando la escalera con la

pequeñilla en brazos, y cátate que me encuentro al marqués de Cameros y

un aspirante á diputado cunero por Galicia, que venía á pedirme quince

ó veinte cartas de mi puño y letra para mayor eficacia... ¡Y fuí tan

bestia, hombre, fuí tan bestia, que en vez de tirar al marqués por las

escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, dí la chiquilla á la

niñera y me encerré en el despacho á preparar la elección! Y así, toda

la vida; conque dígame V., ¿tengo ó no tengo razón en abominar de tanta

estupidez y tanta farsa? ¡Ah! ¡Qué trabajo nos tomamos para hacernos

infelices!

No cabía duda. En la voz del hombre político temblaban lágrimas

reprimidas; en su laringe se revolvían, ahogándose, imprecaciones y

blasfemias. Segundo, por hacer algo, abrió de par en par la vidriera

del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor era menos pesado.

—¡Y lo peor de todo... la cola! prosiguió don Victoriano deteniéndose.

V. lucha y brega sin calcular, sin entretenerse en observar el estado

de sus fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros antiguos,

con la visera calada. Pero como no es V. de hierro, sino de carne,

cuando menos lo piensa ¡zás! se encuentra enfermo, enfermo, herido

sin saber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V. el jugo... lo

propio que un limón cuando lo exprimen...—Y el ex-ministro se reía

amargamente.—Y quiere usted pararse, reponerse, comprar á peso de oro

la salud... y ya no es tiempo... ya no tiene usted gota de agua en su

cuerpo todo... ¡Ea, fastidiarse, secarse y reventar! ¡Pues ya se ha

lucido V. con sus trabajos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está

V. aviado!

Decíalo accionando, metiendo las manos en los bolsillos, en un

paroxismo de confianza, expresándose igual que si estuviese solo. Y

en realidad, consigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, traducción

en alta voz de los pensamientos negros que D. Victoriano ocultaba,

merced á esfuerzos de heroismo. La extraña enfermedad que padecía le

causaba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se volvía pilón de

azúcar, y que la inteligencia, la sangre y la vida se le escapaban por

un canal muy hondo, muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto,

su mente rechazaba, como se rechaza la ignominia, tan peregrino

mal. Debía equivocarse Sánchez del Abrojo: aquello era un desorden

fisiológico y pasajero, un achaque usual y corriente, consecuencia

de la vida sedentaria, y _Tropiezo_ y su rutina vencerían acaso á la

ciencia. ¿Y si no vencían?... El hombre político sentía pasar por los

bulbos capilares un soplo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir á

los cuarenta y pico de años, con la inteligencia firme y con tantas

cosas emprendidas y logradas! Y síntomas de muerte debían ser sin

duda aquella sed abrasadora, aquella bulimia nunca saciada, aquella

sensación enervante de derretimiento, de fusión, aquel liquidarse

continuo.

De repente recordó D. Victoriano la presencia de Segundo, que había

olvidado casi. Y apoyándole otra vez ambas manos en los hombros, y

fijando en los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un llanto

contenido, exclamó:

—¿Quiere V. oír la verdad y recibir un buen consejo? ¿Tiene V.

ambición, aspiraciones y esperanzas? Pues yo tengo desengaños, y quiero

hacerle á V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. tonto; quédese

V. aquí toda su vida; ayude á su padre, herédele el bufete, y cásese

con esa muchacha tan frescota de Agonde... No abandone nunca este país

de fruta, de viñas, de clima tan dulce... ¡Cuánto daría yo ahora por

no haberme movido de él! ¡Si se pudiese ver la vida futura en cuadros,

como un panorama! Nada, hijo... Quieto aquí; eche usted aquí raíces;

viva muchos años con prole numerosa... ¿Ha reparado V. qué sano está su

padre? Da gusto verle con aquella dentadura tan fuerte y tan entera...

Yo no tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los síntomas de mi

achaque... ¡Ah! ¡si su madre de V. viviese, ahora le estarían naciendo

á V. hermanitos!

Segundo sonreía.

—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V.,

en lugar de vivir... vegetaríamos.

—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político

asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos

árboles?

Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol,

cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas

lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los

frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino,

precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía

á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil

rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y

sapos.

Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote

precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando

como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la

cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:

—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.

Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado,

como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía

desceñido, hecho una calamidad.

—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron...

Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le

parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la

botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos...

Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el

de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de

Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda

Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?

—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.!

Nunca pensé que se atreviesen...

Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando

por el salón:

—¡Primo! ¡Primo!

Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían

el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba,

defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio

metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco,

mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente,

haciéndose cruces muy de prisa:

—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!

El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D.

Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le

decía con afabilidad:

—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar

los pinos. Se ha levantado brisa.

—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla

del caballo, camino de Vilamorta.

El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo,

que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:

—Á no ser que V. me mandara quedarme.

Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al

huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estando los

dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa

forzada, pronunció una frase ambigua:

—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra

visita?...

—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir

á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con

mi padre para todo.

Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al

patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó

allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de

azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus

belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo

intervino.

—Hija, va á morderte... mira que muerde...

Luego, en tono festivo, añadió:

—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!

La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba

la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros

de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle.

No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y

desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia del seno impúber.

Victorina, muy pálida, gritaba:

—¡Mamá... mamá!

Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á

carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los

brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy

cariñoso.

[Ilustración]

XI

El cisne de Vilamorta · 第 5 / 13 段