mineral. En pobre gruta moraba la náyade: un cobertizo sustentado
en toscos postes, una estrecha pila de donde rebosaba el manantial,
unas pocilgas inmundas para los baños, y un fuerte y nauseabundo olor
á huevos podridos, causado por el estancamiento del agua sulfurosa,
era cuanto allí encontraba el _turista_ exigente. Sin embargo, á D.
Victoriano se le inundó el alma de purísimo gozo. Cifraba aquella
náyade la mocedad, la mocedad perdida: los años de ilusiones, de
esperanzas frescas como las orillitas del río Avieiro. ¡Cuántas mañanas
había venido á beber de la fuente por broma, á lavarse la cara con
el agua que en el país gozaba renombre de poseer estupendas virtudes
medicinales para los ojos! Don Victoriano alargó ambas manos, las sumió
en la corriente tibia, sintiéndola con fruición resbalar por entre sus
dedos, y jugueteando con ella y palpándola como se palpan las carnes de
un ser querido. Pero el cuerpo ondeante de la náyade se le escapaba lo
mismo que se escapa la juventud: sin ser posible detenerla. Entonces
se despertó la sed del ex-ministro. Allí al lado, sobre el borde de la
pila, había un vaso; y el bañero, pobre viejo chocho, se lo brindó con
sonrisa idiota. Bebió D. Victoriano cerrando los ojos, con inexplicable
placer, saboreando el agua misteriosa, encantada por las artes mágicas
del recuerdo. Apurado el vaso, enderezóse y subió con paso firme y
elástico la escalera. En la alameda, Victorina, que se desayunaba con
pan y queso, quedó asombrada cuando su padre, jovialmente, la cogió del
regazo un zoquete de pan diciéndola:
—Todos somos de Dios.
[Ilustración]
VI
Casi tanto como la llegada de D. Victoriano, alborotó á Vilamorta la
del señor de las Vides, en persona, acompañado de su mayordomo Primo
Genday. Ocurrió este suceso memorable la tarde del día en que don
Victoriano infringió las prescripciones de la ciencia, comiéndose media
libra de pan tierno. Á las tres, con un sol de justicia, entraron por
la plaza Genday el mayor y Méndez, caballero éste en una poderosa mula,
y aquél en un mediano jaco.
Era el señor de las Vides viejecito, seco lo mismo que un sarmiento.
Sus mejillas primorosamente rasuradas, sus labios delgados y barba y
nariz aristocráticamente puntiagudas, sus ojos benévolos, maliciosos,
con las mil arrugas de la pata de gallo, su perfil inteligente, su
cara lampiña, pedían á gritos la peluca de bucles, la bordada chupa
y la tabaquera de oro de los Campomanes y Arandas. Con su fisonomía
afilada y sutil, contrastaba la de Primo Genday. Tenía el mayordomo
el color blanco y sonrosado, la piel fina y transparente de los
hemiplégicos, bajo la cual se ramifican inyectadas venas. De sus
verdosos ojos, el uno estaba como sujeto al párpado lacio y colgante, y
el otro giraba, humedecido, con truhanesca vivacidad. El pelo, blanco
de plata, muy rizoso, le daba un parecido remoto con el rey Luis
Felipe, tal cual conserva su efigie el cuño de los napoleones.
Mediante una combinación frecuente en los pueblos chicos, Primo Genday
y su hermano Clodio militaban en opuestos bandos políticos, poseyendo
en el fondo una sola voluntad y caminando á idénticos fines. Clodio
se significaba entre los radicales: Primo era el sostén del partido
carlista, y en los casos de apuro, en las electorales lides, se daban
la mano por encima de la tapia. Al resonar sobre la acera el trote del
jaco de Primo Genday, abriéronse los balcones de la botica reaccionaria
y dos ó tres manos se agitaron en señal de bienvenida cariñosa. Primo
se detuvo y Méndez continuó su ruta hasta llegar al portal de Agonde,
echando allí pie á tierra.
Le recibieron los brazos de D. Victoriano y se perdió en las honduras
de la escalera. La mula se quedó atada á la argolla, pateando á más y
mejor, mientras los curiosos de la plaza consideraban con respeto los
arcáicos jaeces del hidalgo, claveteados de plata sobre el labrado
cuero, ya reluciente por el uso. Poco á poco fueron reuniéndose con la
mula individuos de la raza asinina y caballar, conducidos del diestro,
y la gente los distribuyó con mucho tino. El jaco castaño del alguacil,
de buena estampa, con su galápago y su cabezada de seda, sería para el
ministro: de seguro. La borrica negra, con jamúa-sillón de terciopelo
rojo, quién duda que para la señora. Á la niña le darían la otra
pollina blanca y mansita. El burro del alcalde, para la doncella.
Agonde iría en su yegua de costumbre, la _Morena_, con más esparavanes
en los corvejones que cerdas en la cola. Á todo esto, los radicales,
García, Clodio, Genday, Ramón, examinaban las cabalgaduras y el estado
de los aparejos, calculando cuántas probabilidades de éxito ofrecía la
tentativa de llegar á las Vides antes del anochecer. El abogado meneaba
la cabeza, diciendo enfática y sentenciosamente:
—Mucha, mucha calma se están dando para eso...
—¡Y le traen á D. Victoriano el caballo del alguacil! exclamó el
estanquero. ¡_Rinchón_ como un demonio! Va á armarse aquí un Cristo...
Tú, Segundo, ¿cuando lo montaste... te hizo algo?
—Á mí, nada... Pero es alegre.
—Verás, verás.
Los viajeros salían ya y comenzó á disponerse la cabalgata. Las señoras
se afianzaron en sus jamúas y los hombres se asentaron en los estribos.
Entonces se representó el drama anunciado por el estanquero, con grave
escándalo y mayor retraso de la comitiva. No bien hubo olfateado el
jaco del alguacil una hembra de su raza, empezó á sorber el aire todo
descompuesto, exhalando apasionados relinchos. Don Victoriano recogía
las bridas, pero el rijoso animal ni aun sentía el hierro en la boca,
y encabritándose primero y disparando después valientes coces y
revolviendo por último la cabeza para morder el muslo del jinete, hizo
tanto, que D. Victoriano, algo descolorido, tuvo por prudente apearse.
Agonde, furioso, se bajó también.
—¿Pero qué condenado de caballo es ese? gritó. Á ver, pedazos de
brutos... ¿Quién os manda traer el caballo del alguacil? ¡Parece que
no sabéis que es una fiera! Usted... Alcalde... ó usted, García...
pronto... la mula de Requinto, que está á dos pasos... Señor D.
Victoriano, lleve usted mi yegua... Y ese tigre, á la cuadra con él.
—No, le objetó Segundo... Yo lo montaré, ya que está ensillado. Iré
hasta el crucero.
Dicho y hecho: Segundo, provisto de una vara fuerte, cogió al jaco
por las crines de la cerviz y de un salto estuvo en la silla. En vez
de apoyarse en el estribo, apretó los muslos, mientras sacudía una
lluvia de tremendos varazos en la cabeza del animal. Este, que ya
se iba á la empinada, soltó un relincho de dolor y bajó los humos,
quedándose quieto, trémulo y domado. La cabalgata se puso en movimiento
así que llegó la mula de Requinto, no sin previos apretones de mano,
sombreradas y hasta un _¡viva!_ vergonzante, salido no sé de dónde.
Tomó el cortejo carretera adelante, abriendo la marcha la yegua y
mulas y quedándose atrás las borricas, á cuyo lado iba, honesto á
puras vareadas, el jaco. Ya declinaba el sol dorando el polvo de la
carretera, prolongaban su sombra los castaños, y subía de la encañada
un airecillo regalado, portador de la humedad del río.
Segundo callaba. Victorina, contentísima de ir á lomos de borrico,
sonreía, pugnando en balde por tapar con el vestido las rótulas
puntiagudas, que la tablilla del aparejo le obligaba á subir y
descubrir. Nieves, reclinada en la jamúa, sostenía su sombrilla de
encaje crudo con transparente rosa, y al comenzar á andar sacó del
pecho un reloj sumamente chiquito y miró la hora que era. Momentos
embarazosos. Por fin Segundo comprendió la necesidad de decir algo.
—¿Qué tal, Victorina? ¿Vamos bien?
Ruborizóse la niña extraordinariamente, como si le preguntasen cosas
muy reservadas é íntimas, y dijo en ahogada voz:
—Sí, muy bien.
—¿Á que prefería usted ir en mi caballo? Si no tiene usted miedo la
llevo delante.
La niña, que ya no podía estar más sofocada, bajó los ojos sin
contestar, pero la madre, con graciosa sonrisa, terció en el diálogo.
—Y diga usted, García, ¿por qué no tutea usted á la chiquilla? La trata
usted con un respeto... Va á figurarse que está ya de largo.
—Sin su permiso no me atreveré yo á tutearla.
—Anda, Victorina, dale permiso á este caballero...
Encerróse la niña en el invencible mutismo de las adolescentes, en
quienes la sensibilidad exquisita y temprana produce una timidez
extremadamente penosa. Sus labios sonreían, y sus ojos, al mismo
tiempo, se arrasaron en lágrimas. _Mademoiselle_ le dijo no sé qué en
francés, con gran suavidad, y entretanto Nieves y Segundo, riéndose
confidencialmente del episodio, tuvieron expeditos los caminos de la
conversación.
—¿Á qué hora le parece á V. que llegaremos á las Vides?... ¿Es bonito
aquello?... ¿Estaremos bien allí?... ¿Cómo le sentará á Victoriano?...
¿Qué vida haremos?... ¿Vendrá gente á vernos?... ¿Hay jardín?...
—Las Vides es un sitio precioso, declaró Segundo... Un sitio que tiene
aspecto de antigüedad, un aire así... señorial. Me gusta la piedra
de armas, y una parra magnífica, que cubre el patio de entrada, y
las camelias y limoneros de la huerta, que tienen porte de medianos
castaños y la vista del río, y sobre todo un pinar que habla y hasta
canta..., no se ría V.... canta, sí señora, mejor que la mayor parte de
los cantantes de oficio. ¿No lo cree V.? Pues ya lo verá.
Nieves miró con gran curiosidad al mancebo, y después fingió mirar
á otra parte, acordándose de la rápida y nerviosa presión de mano
advertida la víspera, al bajarse del carruaje. Por segunda vez en
el espacio de breves horas, aquel muchacho la sorprendía. Nieves
llevaba en Madrid una vida sumamente correcta, mesocrática, sin ningún
incidente que no fuese vulgar. Á misa y á tiendas por la mañana;
por la tarde al Retiro ó á visitas; de noche, á casa de sus padres,
ó al teatro con su marido: por extraordinario, algún baile ó cena en
casa de los duques de Puenteancha, clientes de D. Victoriano. Cuando
éste obtuvo la cartera, exhibió poco á su mujer. Nieves recogió unos
cuantos saludos más en el Retiro, en las tiendas los dependientes
se manifestaron más obsequiosos; la duquesa de Puenteancha la hizo
recomendaciones llamándola _monísima_, y á esto se redujeron para
Nieves los placeres del ministerio. La venida á Vilamorta, al país
pintoresco del cual tanto le había hablado su padre, fué un incidente
nuevo en su existencia acompasada. Segundo le parecía un detalle
original del viaje. La miraba y hablaba de un modo tan desusado...
Bah, aprensiones. Entre aquel chico y ella, nada había de común. Una
relación superficial, como doscientas que se encuentra uno á cada paso
por ahí... ¿Conque los pinos cantaban, eh? ¡Mal año para Gayarre!
Y Nieves se rió afablemente, disimulando sus raros pensamientos, y
continuó haciendo preguntas, á que respondía Segundo con expresivas
frases. Acercábase la noche. De pronto la cabalgata, dejando el camino
real, torció por una senda abierta entre pinares y montes. Al revolver
de la vereda, apareció el crucero de piedra oscura, romántico, con sus
gradas que convidaban á rezar ó á soñar sentimentales desvaríos. Agonde
se paró allí, despidiéndose de la comitiva, y Segundo le imitó.
Conforme iba perdiéndose el repiqueteo de los cascabeles de las
borriquillas, notó Segundo una inexplicable impresión de soledad y
abandono, cual si de él se alejasen para siempre personas muy queridas
ó que desempeñaban en su vida importantísimo papel. ¡Valiente necio!
se dijo á sí mismo el poeta. ¿Qué tengo yo que ver con esta gente,
ni ella conmigo? Nieves me ha convidado á ir á las Vides á pasar
unos días _en familia_... ¡En familia! Cuando Nieves vuelva á Madrid
este invierno, dirá de mí:—Aquel chico del abogado, que conocimos en
Vilamorta...—¿Quién soy yo, qué puesto ocuparía en la casa? Enteramente
secundario. ¡El de un muchacho á quien halagan porque su padre dispone
de votos...!
Mientras cavilaba Segundo, el boticario se le acercaba, emparejando
al fin caballo y mula. La claridad del crepúsculo mostró al poeta la
plácida sonrisa de Agonde, sus bermejos carrillos repujados por el
bigote lustroso y negro, su expresión de sensual bondad y epicúrea
beatitud. ¡Envidiable condición la del boticario! Aquel hombre era
feliz en su cómoda y limpia farmacia, con su amistosa tertulia, su
gorro y sus zapatillas bordadas, tomando la vida como se toma una
copa de estomacal licor, paladeada y digerida en paz y en gracia de
Dios y en buena armonía con los demás convidados al banquete de la
existencia. ¿Por qué no había de bastarle á Segundo lo que satisfacía
á Agonde plenamente? ¿De dónde procedía aquella sed de algo que no era
precisamente ni dinero, ni placer, ni triunfos, ni amoríos, y de todo
tenía y todo lo abarcaba y con nada había de aplacarse quizás?
—Segundo.
—¿Eh? contestó volviendo la cabeza hacia Agonde.
—Chico ¡vas bien callado! ¿Qué te parece del ministro?
—¿Qué quieres que me parezca?
—¿Y la señora...? Vamos, que á esa la habrás reparado... ¡Lleva medias
negras de seda, como los curas! Al tiempo de subirse á la borrica...
—Voy á pegar un escape hasta Vilamorta. ¿Te animas, Saturno?
—¿Escapes en esta mula? ¡Llegaría con las tripas en la boca! Corre tú,
si te lo pide el cuerpo.
Cosa de media legua galoparía el jaco, instigado por la vara del
jinete. Al aproximarse á la encañada del río, Segundo lo puso otra
vez al paso; un paso muy lento. Ya apenas se veía, y el frescor del
Avieiro subía más húmedo y pegajoso. Segundo recordó que llevaba dos
ó tres días sin poner los pies en casa de Leocadia. De seguro que la
maestra se consumía, lloraba y le aguardaba á todas horas. Esta idea
fué al pronto bálsamo para el espíritu ulcerado de Segundo. ¡Le quería
tanto Leocadia! ¡Era tan extraordinaria su alegría, tan vivas sus
demostraciones al verle entrar! ¡La conmovían tanto las palabras y los
versos del poeta! ¿Y á él, por qué no se le pegaba el entusiasmo? De
un amor tan ilimitado y absoluto, Segundo no se había dignado nunca
recoger ni la mitad; y de las bellas caricias cantadas por la musa,
elegía él para Leocadia las menos líricas, las menos soñadoras; así
como del dinero que llevamos en el bolsillo apartamos el oro y la
plata, dejando para los pobres importunos la calderilla, el ochavo
más roñoso. Segundo regateaba los tesoros de la pasión. Mil veces le
sucedía, paseando por el campo, recoger en el sombrero cosecha de
violetas, jacintos silvestres, ramas floridas de zarzamora; y al llegar
al pueblo, arrojaba al río las flores, por no llevárselas á Leocadia.
[Ilustración]
VII
Al paso que distribuía la tarea á las niñas, diciendo á una: «Ese
dobladillito bien derecho;» y á otra: «El pespunte más igual, la
puntada más menuda;» y á ésta: «No hay que sonarse al vestido, sino al
pañuelo;» y á la de más allá: «No patees, mujer, estate quietecita;»
Leocadia volvía de tiempo en tiempo los ojos hacia la plazuela, por si
á Segundo le daban ganas de pasar. Ni rastro de Segundo. Las moscas,
zumbando, se posaron en el techo para dormir; el calor se aplacó; vino
la tarde, y se marcharon las chiquillas. Sintió Leocadia profunda
tristeza, y sin cuidarse de arreglar la habitación se fué á su alcoba,
y se tendió sobre la cama.
Empujaron suavemente la vidriera, y entró una persona que pisaba muy
blandito.
—Mamá, dijo en voz baja.
La maestra no contestó.
—Mamá, mamá, repitió con más fuerza el jorobado. ¡¡Mamá!! gritó por
último.
—¿Eres tú? ¿Qué te se ofrece?
—¿Estás enferma?
—No, hombre.
—Como te acostaste...
—Tengo así un poco de jaqueca... Déjame en paz.
Dió media vuelta Minguitos, y se dirigió hacia la puerta
silenciosamente. Al ver la prominencia de su espinazo arqueado, sintió
la maestra una punzada en el corazón. ¡Aquel arco le había costado á
ella tantas lágrimas en otro tiempo! Se incorporó sobre un codo.
—¡Minguitos!
—¿Mamá?
—No te marches... ¿Qué tal estás hoy? ¿Te duele algo?
—Estoy regular, mamá... Sólo me duele el pecho.
—¿Á ver... acércate aquí?
Leocadia se sentó en la cama y cogió con ambas manos la cabeza del
niño, mirándole á la cara con el mirar hambriento de las madres. Tenía
Minguitos la fisonomía prolongada, melancólica; la mandíbula inferior,
muy saliente, armonizaba con el carácter de desviación y tortura que
se notaba en el resto del cuerpo, semejante á un edificio cuarteado,
deshecho por el terremoto; á un árbol torcido por el huracán. No era
congénita la joroba de Minguitos: nació delicado, eso sí, y siempre
se notó que le pesaba el cráneo y le sostenían mal sus endebles
piernecillas... Leocadia iba recordando uno por uno los detalles de
la niñez... Á los cinco años el chico dió una caída, rodando las
escaleras; desde aquel día perdió la viveza toda; andaba poco y no
corría nunca; se aficionó á sentarse á lo moro, jugando á las chinas
horas enteras. Si se levantaba, las piernas le decían al punto: párate.
Cuando estaba en pie sus ademanes eran vacilantes y torpes. Quieto, no
notaba dolores, pero los movimientos de torsión le ocasionaban ligeras
raquialgias. Andando el tiempo creció la molestia: el niño se quejaba
de que tenía como un cinturón ó aro de hierro que le apretaba el pecho;
entonces la madre, asustada ya, le consultó con un médico de fama, el
mejor de Orense. Le recetaron fricciones de yodo, mucho fosfato de cal
y baños de mar. Leocadia corrió con él á un puertecillo... Á los dos
ó tres baños, el mal se agravó: el niño no podía doblarse, la columna
estaba rígida, y sólo en posición horizontal resistía el enfermo los ya
agudos dolores. De estar acostado se llagó su epidermis; y una mañana
en que Leocadia, llorosa, le suplicaba que se enderezase y trataba de
incorporarle suspendiéndole por los sobacos, exhaló un horrible grito.
—¡Me he partido, mamá! ¡Me he partido! repetía angustiosamente,
mientras las manos trémulas de la madre recorrían su cuerpo, buscando
la _pupa_.
¡Era cierto! ¡Habíase levantado el espinazo, formando un ángulo á la
altura de los omoplatos; las vértebras reblandecidas se deprimían,
y la _cifósis_, la joroba, la marca indeleble de eterna desventura,
afeaba ya aquel pedazo de las entrañas de Leocadia! La maestra había
tenido un momento de dolor animal y sublime, el dolor de la fiera que
ve mutilado á su cachorro. Había llorado con alaridos, maldiciendo al
médico, maldiciéndose á sí propia, mesándose el cabello y arañándose el
rostro. Después corrieron las lágrimas, vinieron los besos delirantes,
pero calmantes y dulces, y el cariño tomó forma resignada. En nueve
años no hizo Leocadia más que cuidar á su _jorobadito_ noche y día,
abrigándole con su ternura, distrayendo con ingeniosas invenciones los
ocios de su niñez sedentaria. Acudían á la memoria de Leocadia mil
detalles. El niño padecía pertinaces disneas, debidas á la presión
de las hundidas vértebras sobre los órganos respiratorios, y la madre
se levantaba descalza á las altas horas de la noche, para oír si
respiraba bien y alzarle las almohadas... Al evocar estos recuerdos
sintió Leocadia reblandecérsele el alma y agitarse en el fondo de
ella algo como los restos de un gran amor, cenizas tibias de un fuego
inmenso, y experimentó la reacción instintiva de la maternidad, el
impulso irresistible que hace á las madres ver únicamente en el hijo ya
adulto, el niño que lactaron y protegieron, al cual darían su sangre si
les faltase leche. Y exhalando un chillido de pasión, pegando su boca
febril de enamorada á las pálidas sienes del jorobadito, exclamó lo
mismo que en otros días, acudiendo al dialecto como á un arrullo:
—_¡Malpocadiño!_ ¿Quién te quiere?... dí, ¿quién te quiere mucho?
¿Quién?
—Tú no me quieres, mamá. Tú no me quieres, articulaba él, semi-risueño,
reclinando la cabeza con deleite en aquel seno y hombros que cobijaron
su triste infancia. La madre, entretanto, le besaba locamente el pelo,
el cuello, los ojos—como recuperando el tiempo perdido,—prodigándole
las palabras de azúcar con que se emboban los niños de pecho, palabras
profanadas en horas de pasión, que ahora volvían al puro cauce
maternal.
—Rico... tesoro... rey... mi gloria...
Por fin sintió el jorobado caer una lágrima sobre su cutis. ¡Delicioso
refresco! Al principio la gota de llanto, redonda y gruesa, quemaba
casi; pero fué esparciéndose, evaporándose, y quedó sólo en el lugar
que bañaba una grata frescura. Frases vehementes se atropellaban en los
labios de la madre y del hijo.
—¿Me quieres mucho, mucho, mucho? ¿Lo mismo que toda la vida?
—Lo mismo, vidiña, tesoro.
—¿Me has de querer siempre?
—Siempre, siempre, rico.
—¿Me has de dar un gusto, mamá? Yo te quería pedir...
—¿Qué?
—Un favor... ¡No me apartes la cara!
El jorobado notó que el cuerpo de su madre se ponía de repente
inflexible y rígido, como si le hubiesen introducido un ástil de
hierro. Dejó de advertir el dulce calor de los párpados humedecidos y
el cosquilleo de las mojadas pestañas. Con voz algo metálica preguntó
Leocadia á su hijo:
—¿Y qué quieres, vamos á ver?
Minguitos murmuró sin encono, resignado ya:
—Nada, mamá, nada... Si fué de risa.
—Pero entonces, ¿por qué lo decías?
—Por nada. Por nada, á fe.
—No, tú por algo lo decías, insistió la maestra, agarrándose al
pretexto para enojarse. Sino que eres muy disimulado y muy zorro. Todo
te lo guardas en el bolsillito, muy guardado. Esas son lecciones de
Flores: ¿piensas tú que no me hago de cargo?
Hablando así, rechazó al niño y saltó de la cama. Oyóse en el corredor,
casi al mismo tiempo, un taconeo firme de persona joven. Leocadia se
estremeció, y tartamudeando:
—Anda, anda junto á Flores... ordenó á Minguitos. Á mí déjame, que no
estoy buena, y me aturdes más.
Venía Segundo un tanto encapotado, y después del júbilo de verle, se
apoderó de Leocadia el afán de despejar las nubes de su cara. Primero
se revistió de paciencia y aguardó. Después, echándole los brazos al
cuello, formuló una queja: ¿dónde había estado metido? ¿cómo había
tardado tanto en venir? El poeta desahogó su mal humor: vamos, era cosa
insufrible andar en el séquito de un personaje. Y dejándose llevar
del gusto de hablar de lo que ocupaba su imaginación, describió á D.
Victoriano, á los radicales, satirizó la recepción y el hospedaje
de Agonde, explicó las esperanzas que fundaba en la protección del
ex-ministro, y motivó con ellas la necesidad de hacer á D. Victoriano
la corte. Leocadia clavó en el rostro de Segundo su mirada canina.
—¿Y qué tal... la señora... y la niña? ¿Dice que son muy guapas?
Segundo entornó los ojos para ver mejor dentro de sí una imagen
atractiva, encantadora, y reflexionar que en la existencia de Nieves
él no desempeñaba papel alguno, siendo necedad manifiesta pensar
en la señora de Comba, que no se acordaba de él. Esta idea, harto
natural y sencilla, le sacó de tino. Sintió la punzante nostalgia de
lo inaccesible, ese deseo insensato y desenfrenado que infunde á un
soñador, en los museos, un retrato de mujer hermosa, muerta hace siglos.
—Pero dí... ¿son tan bonitas esas señoras? continuaba preguntando la
maestra.
—La madre, sí... contestó Segundo, hablando con la sinceridad
indiferente del que domina á su auditorio.—Tiene un pelo rubio ceniza,
y unos ojos azules, de un azul claro, que recuerdan los versos de
Becquer... Y empezó á recitar:
* * * * *
Tu pupila es azul, y cuando ríes
su claridad suave me recuerda...
Leocadia le escuchaba, al principio, con los ojos bajos; después, con
el rostro vuelto hacia otra parte. Así que terminó la poesía, dijo en
alterada voz, fingiendo serenidad:
—Te convidarían á ir allá.
—¿Á dónde?
—Á las Vides, hombre. Dice que quieren tener gente para divertirse.
—Sí, me han convidado, instándome mucho... No iré. Se empeña el tío
Clodio en que debo intimar con D. Victoriano, para que me dé luego la
mano en Madrid y me abra camino... Pero hija, ir á hacer un triste
papel, no me gusta. Este traje es el mejor que tengo, y es del año
pasado. Si se juega al tresillo, ó hay que dar propinas al servicio...
Y á mi padre no se le convence de eso... ni lo intentaré, líbreme Dios.
De modo que no me verán el pelo en las Vides.
Al informarse de estos planes, el rostro de Leocadia se despejó, y
levantándose radiante de satisfacción, la maestra corrió á la cocina.
Flores, á la luz de un candil, fregaba platos y tacillas, con airados
choques de loza y coléricas fricciones de estropajo.
—Esa máquina del café, ¿la limpiaste?
—Ahora, ahora... responseó la vieja. No parece sino que es uno de palo,
que no se ha de cansar... que lo ha de hacer por el aire todo...
—Daca, yo la limpiaré... Pon tú más leña, que ese fuego se está
apagando y van á salir mal los _bistés_... Y diciendo y haciendo,
Leocadia frotaba la maquinilla, desobstruía con una aguja de calceta
el filtro, ponía á hervir en un puchero nuevo agua fresca, y cebaba la
lumbre.
—¡Echa, echa leña! bufaba Flores. ¡Como la dan de balde!
No le hizo caso Leocadia, ocupada en cortar ruedecitas finas de
patata para los _bistés_. Preparado ya lo que juzgó necesario, se
lavó las manos de prisa y mal en la tinaja del vertedero, llena de
agua sucia, irisada con grandes placas de crasitud. Corrió á la sala
donde aguardaba Segundo, y no tardó Flores en traerles la cena, que
despacharon sobre el velador. Hacia el café, Segundo fué mostrándose
algo más comunicativo. Era aquel café el triunfo de Leocadia. Había
comprado un juego de porcelana inglesa, un bote de imitación de laca,
unas tenacillas de _vermeil_, dos cucharillas de plata, y servía
siempre con el café una licorera surtida de cumen, ron y anisete.
Gozaba viendo á Segundo servirse dos tazas seguidas de café y paladear
los licores. Á la tercer copa de cumen, viendo al poeta afable y
propicio, Leocadia le pasó el brazo alrededor del cuello. Retrocedió él
bruscamente, notando con viva repulsión el olor á guisos y á perejil
que impregnaba las ropas de la maestra.