III

Tres noches después tomábamos café varios amigos en el

precioso casino de Almería.

20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos

viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro,

según dijo alguno que los conocía.

A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan

alto como suelen los que han mandado mucho.

25 De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del

Coronel:

--El pobre _Risas_....

--_¡Risas!_--exclamé para mí.

Y me puse a escuchar de intento.

30 --El pobre _Risas_... (decía el Coronel) fué hecho prisionero

por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito (p64)

en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia,[64-1] donde yo

estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos

con el Marqués de la Romana.[64-2]--Allí lo conocí, porque

intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi

05 carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia,

formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles

que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a

_Risas_.[64-3] Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval[64-4]

a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia,[64-5] pues no

10 hacía más que preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar

por aquella tierra para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea

de que tal[64-6] llegase a acontecer.--Indudablemente, a aquel

hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que

había abusado de las bebidas espirituosas,[64-7] pero que en lo

15 demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había

ocurrido algo grave con algún polaco, ora[64-8] en la guerra de

España,[64-9] ora en su larga peregrinación por otras naciones.

--Llegados a Varsovia,[64-10] donde nos detuvimos algunos días,

_Risas_ se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas

20 del terror pánico que le había acometido desde que entramos

en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise

dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que

conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo,

sin perjuicio de que,[64-11] resuelta aquella crisis de un modo

25 o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de

equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de

gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.--¡Cuál

fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos

en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar,[64-12] se

30 me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo

que acababa de suceder con el pobre _Risas_!--¡Dígole a V.

que el caso es de lo más singular[64-13] y estupendo que haya

ocurrido nunca!--Óigame, y verá si hay motivo para que yo no

haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años.--Juan (p65)

había buscado un buen alojamiento para cuidar a _Risas_, en

casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que

desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado

de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses,

05 si sabíamos algo de un hijo suyo llamado _Iwa_, que vino a la

guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía

noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se

hallaban en idéntico caso.--Como Juan era tan zalamero,

halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y

10 de aquí[65-1] el que, en recompensa, ella se brindara[65-2] a cuidar

a _Risas_ al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre

cerebral...--Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta

ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto

15 y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con

una efigie o retrato en miniatura, que _Risas_ llevaba siempre al

pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los

polacos, por creer[65-3] que representaba a una Virgen o Santa de

aquel país.--_¡Iwa! ¡Iwa!_--gritó después la viuda de un

20 modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía,

aletargado como estaba por la fiebre.--En esto acudieron las

hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron

al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la

atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie[65-4]

25 no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose

entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles,

comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles,

bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la

más siniestra furia.--Juan se encogió de hombros, dando a

entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de

30 aquel retrato, ni conocía a _Risas_ más que de muy poco

tiempo....--Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió

de probar[65-5] a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre

no era culpable....--¡Además, él no llevaba el medallón!--Pero

el otro... ¡al otro, al pobre _Risas_, lo mataron a (p66)

golpes y lo hicieron pedazos con las uñas!--Es cuanto sé[66-1]

con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por

qué tenía _Risas_ aquel retrato.

--Permítame V. que se lo cuente yo....--dije sin poder

05 contenerme.

Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante,

después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a

todos la espantosa narración del minero.

Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de

10 setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo,

con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de

sus canas:

--¡Vive Dios, señores, que[66-2] en todo eso hay algo más que

una casualidad!

Almería, 1854.

Novelas Cortas · 第 111 / 274 题