--Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre,[60-1]
para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino.
Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate
de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro[60-2] negro de los
10 de entonces....
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con
la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos
rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos
llameantes, pero caídos...: ¡hecho,[60-3] en fin, un Cristo en la
15 calle de la Amargura[60-4]!...
--_¡Mí querer morir!_[60-5] _¡Matar a mi, por Dios!_--balbuceaba
el extranjero con las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban
_franchute_,[60-6] _didon_ y otras cosas.
20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[60-7] al
suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a
Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse
25 de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y
morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que
muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como
30 he dicho, estaba cargado de barrilla.
--¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los
fusiles.)--¡Suba V ese mulo![60-8]
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
(p61)
--¿Dónde va V.?[61-1]--me preguntaron cuando hube subido.
--Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes
están haciendo es una inhumanidad!
--¡Fuera sermones!--gritó uno de los verdugos.