IV

--¡En esa silla lo encontré yo!...--¿Ven ustedes cómo

no miento?

25 --Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he

terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....

--Pues voy allá,[50-5] señores míos.

Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho

me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados

30 en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había

agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, (p51)

y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la

puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos

sacerdotes.

Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda

05 conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también

éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello

fué[51-1] que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó

en nosotros una larga y expresiva mirada.

10 En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y

cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con

las boletas para alojarnos....

Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras

antes de abandonar a Cataluña;[51-2] y si se me ha olvidado[51-3]

decíroslo, os lo digo ahora.

15 Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó

otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.

El italiano, el músico, había reconocido el canto.

¡Ya sabía que éramos españoles!

Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que

20 ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado

de Bailén y Zaragoza;[51-4] ser defensor de la historia, de la

tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia

de las naciones; paladín[51-5] de Cristo; cruzado[51-6] de la

libertad.--En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha

25 de ser!--¿Quién había de adivinar entonces, al defender a

D. Fernando VII[51-7] contra los franceses, que él mismo los

llamaría al cabo de catorce años y los traería a España en contra

nuestra,[51-8] como sucedió en 1823?...--En fin; no quiero

hablar..., ¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!

30 El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa

se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y

recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al

mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus

amantísimos ojos....--¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!

(p52)

Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección

que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice,

procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con

la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la

05 indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus

malos hijos....--Casi instintivamente nos quitamos los morriones

(cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían

con sus gorros[52-1] encasquetados), y nos llevamos la mano derecha

al corazón como quien hace[52-2] protestación de su fe.

10 El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.--¡Sabía

que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la

cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos

que un grito de _¡viva el Papa!_ podía empeorar la situación

del beatísimo prisionero!--¡Mostrábanse tan orgullosos

15 los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de

la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a

la Francia en aquel momento!

En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció

en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer

20 del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita

centenaria, pulcra y pobremente[52-3] vestida, coronada de cabellos

como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada,

llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres

secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se

25 veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....

Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró

con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su

presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto;

había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto,

30 en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a

saludar al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura,

[52-4] que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron

o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra

época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido (p53)

casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los

triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer

del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había

traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde

05 unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de

Dios vivo....

Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana

y el Pontífice.

Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el

10 azafate de frutos al augusto prisionero.

Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que

inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba

para besar el pie del Santo Padre,[53-1] él colocó una mano sobre

aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la

15 inspirada actitud de un profeta.

--¡VIVA EL PAPA!--exclamamos entonces nosotros en

nuestro idioma español, sin poder contenernos....

Y penetramos en el portal resueltos a todo.

20 Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia

nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud

nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el

Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.

Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como

un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados,

25 creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....--¡Lo

de menos[53-2] era que nos amenazasen a nosotros!--¡Decididos

estábamos a morir!

Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes,

los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo

30 Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta,

con las lágrimas en los ojos, exclamando:

--_Vive le Pape!_[53-3]

Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal

y pidió su bendición al Pontífice.

(p54)

Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de

melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus

labios y la besó.

La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de

05 reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el

Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre,

nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de

posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de

pasar, dieron la orden[54-1] de partir.

10 En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en

Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.

Conque... he dicho.

V

--¡Aun queda algo que decir!...--(exclamó el mismo

que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme

15 Vds. a mí un momento!

En 1814, cinco años después de la escena referida por el

Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón

Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.

Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino

20 en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he

aquí cómo describe Chateaubriand[54-2] la despedida que hizo

Francia al sucesor de San Pedro:

«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas,

del repique de las campanas y de los gritos de _¡Viva el Papa!

25 ¡Viva el Jefe de la Iglesia!_... En las ciudades sólo quedaban

los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la

noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.

TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA[54-3] Y DEL CETRO,

LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA

30 RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.» 30

Guadix, 1857.

Novelas Cortas · 第 100 / 274 题