XIX

Inesperadamente le vió pasar montado en el caballejo peludo, con los

pies casi llegando a las losas, seco y desgarbado, luciendo la chaqueta

de pana que no salía del arcón más que en los días dominicales o para

acompañar a su dueño en las excursiones a la ciudad. Abelenda quedó un

instante inmovilizado por la emoción. Luego dióse a correr tras él,

gritando:

--¡Chinto!... ¡Eh, Chinto!...

El servidor detuvo al fin su cabalgadura; hizo un aspaviento de asombro

y se apeó, alzando levemente el ala de su fieltro:

--¿Y luego, señorito?

Miráronse largamente, con júbilo:

--¿Cómo están en la Gándara?

Bien. Estaban bien. Chinto había venido a hacer unas compras. Detalló

con minuciosidad el contenido de los paquetes sujetos a la albarda.

Sergio miró al caballo con ternura y acarició su pescuezo oculto bajo

la larga crin negra. Tuvo placer en llamarle por el nombre que la

bestia llevaba, impuesto por admiración de Chinto hacia el bandolero de

Grañas del Sor.

--«¡Mamed!»... ¡Oooh, «Mamed»!

Y todo suspirante de añoranzas, inquirió:

--¿Y... por allá, Chinto?

«Por allá»... nada. Chinto comenzó afirmando que no pasaba nada.

Después, poco a poco, con la cautelosa mesura del paisano gallego, se

decidió a verter en los ávidos oídos del joven unas cuantas noticias.

Exuperio había brotado ya del inagotable vientre de la de Poupariña.

Los castaños estaban enfermos de una plaga incombatible, muchos con

la hoja amarilla, como si fuese en otoño, ¡una pena!... Doña María de

Solís «llevaría el ramo» en la fiesta de la patrona de la Gándara.

Había hecho donación de un altar nuevo, y todas sus alhajas lucían

ahora sobre la imagen de la Virgen, en la iglesia parroquial. Iba para

santa doña María de Solís. Con lluvia o con viento, todas las mañanas

marchaba a pie por las corredoiras hasta el lejano templo para oir la

misa con una devoción edificante. Desde que entraba hasta que, un buen

rato después de terminado el oficio, volvía a su hogar, permanecía

arrodillada sobre las duras losas, cubierta de luto, rezando con un

fervor que conmovía. Una vez desmayóse en la iglesia. Había hecho

construir un oratorio en su casa, y se ofreciera a ir andando a visitar

la Virgen milagrosa de Pastoriza, para llevarle un niño de cera del

tamaño de su hijo Juan. De la piedad de doña María se hablaba dos

leguas más allá de la Gándara. Por las tardes, cuando bajo la bóveda

de los olmos paseaba el enfermito del mal de Pot, entablillado en su

coche, la madre infeliz iba detrás orando siempre, con su rosario entre

los dedos sin sangre, con su rostro de Dolorosa, sin ver, sin oir los

saludos, mentalmente arrodillada ante Dios, tendidos sus brazos, toda

su alma prosternada en una constante súplica de misericordia para los

dolientes hijos.

Pero Sergio apenas escuchó la ponderación de los cristianos méritos de

la infortunada. Preguntó, extrañándose él mismo de advertirse lleno de

cordial interés hacia la causante de sus tribulaciones:

--¿Y Rafaela?

--Va yendo.

--¿Y «Miñoca»? ¿Y el señor cura de Santa María?

--Va yendo, también.

Todos «iban yendo»: los criados, las vacas, los de la Cruz del Souto,

el camelio del jardín, los albaricoques de la huerta... En aquel

modismo galiciano, que es respuesta grata y preferida porque nada dice

ni compromete, Chinto abarcó a todos los seres de la Gándara. Tras un

silencio, el joven se decidió a indagar.

--Y mi madre... ¿habla de mí?

--Hablará--evadió el campesino--. Conmigo no habla.

Sergio suspiró. Hubo otro silencio. Después el aldeano aventuró su

parecer de que el mozo no estaba tan grueso como antes, ni tenía aquel

buen color. Abelenda apresuróse a afirmar:

--Pues estoy muy fuerte. No se te ocurra decirles...

Volvió a acariciar melancólicamente el cuello de «Mamed» y enredó con

sus crines de potro cosaco venido a menos. Chinto despidióse porque las

sombras se avecinaban. Montó. Cuando iba a partir, Sergio tuvo una idea

repentina. Sacó fanfarronamente la única peseta que llevaba y se la

entregó:

--Toma para que bebas en la taberna de «Miñoca».

Pensó que acaso Chinto lo contaría y que era ésta una suave y elocuente

manera de afirmar su triunfo, su medro, su conquista del vivir, ante

aquellos que le habían tan fácilmente o con tanto rigor abandonado. Vió

cómo «Mamed» emprendía un trote dificultoso, y a medida que se alejaban

el hombre y la bestia, sintió él crecer la añoranza en su espíritu.

Cuando dejó de verlos suspiró y echó a andar lentamente.

Más que nunca se advirtió en aquellos instantes abandonado y solo, y

como nunca le fué hostil la ciudad y las gentes. Anochecía, y la larga

calle de San Andrés, la de mayor tráfico, estaba en esa hora de máxima

animación en que a los grupos de paseantes se suman los grupos de

obreros que salen del trabajo y los de modistas alegres, y en que los

carros pasan con prisa, retumbando sobre los adoquines, vacíos ya, con

una trepidación que hace saltar incesantemente al guía, de pie sobre

las tablas, como el conductor de un carro de combate. En una acera y

en otra, el río humano iba y venía. Apenas lograba hacerse oir, entre

el estrépito, la campana de San Andrés, que tocaba al _Ángelus_. Ante

la iglesia, un enjambre de niños chillaban como golondrinas y corrían

entre la luz azul que ya llenaba la tarde. Desde los bancos de piedra,

unos mendigos harapientos les miraban correr, indiferentes. Poco a

poco, el crepúsculo se hizo más azul. Desembocó un tranvía, iluminado

ya, como una carroza de mascarada. Fueron encendiéndose perezosamente

los faroles, casi ocultos por las acacias de bola. Y de acera a acera,

como en una batalla, los escaparates fulmináronse los reflejos de su

luz.

Abelenda sentía un afán de ternura. Como un lazarillo a un ciego,

su corazón íbalo guiando hacia la casa de Volvoreta. Todo el

sentimentalismo de aquella hora de nostalgias concretóse en torno

de Federica y la nimbó. ¡Dulce Federica!... ¡Cómo fué para el joven

un blando sedante el recuerdo de tu tibio regazo y de tus cándidos

ojos y de los frescos colores de tu cara de niña hecha prematuramente

mujer!... Ahora no le esperaría ya; jamás había ido tan tarde. Junto

a ella, sentados cerca de la ventana, a obscuras aún el gabinetito,

Sergio cogería las manos de la novia y murmuraría con voz de emoción:

--¿Sabes a quién he visto?... He visto a «Mamed».

Y evocarían. Volvoreta quería bien a «Mamed», con el cariño de

las aldeanas hacia las bestias. Sergio la oiría contar nuevamente

aquel episodio de la blusa que medio le había comido «Mamed» con la

indiferente voracidad de los caballejos galicianos, cuyos estómagos

tienen un eclecticismo generoso para todas las substancias, aun para

aquellas de las que nunca se soñó que pudieran sufrir la acción de los

jugos gástricos: papeles, cuerdas, tojo, zapatos viejos, hasta cascos

de botella, según afirmaba Rodeiro, conmovido por esta superioridad del

caballo de Galicia sobre sus congéneres de las demás partes del mundo.

Llegó Abelenda ante la casa. Estaban cerrados los balcones. Subió.

Tardaron un instante en contestar a su aldabonazo. Al fin la anciana

tía de Volvoreta abrió.

--Buenas noches, señora.

La vieja le detuvo.

--No me gusta que venga a esta hora, Sergio. Se lo he dicho ya. Los

vecinos ven y murmuran.

Sergio sonrió, amablemente:

--Por una sola vez...

--No; ni por una sola vez. Ya es de noche. No quiero andar en lenguas

de nadie. Si no se marcha ahora, no le dejaré entrar ni aun por el día.

Abelenda se admiró del rigor de la amenaza. La puerta estaba

entreabierta nada más y la anciana la retenía, evidentemente dispuesta

a impedir que entrase. Sergio fingió acceder:

--Por lo menos, avise a Federica de que estoy aquí.

La vieja gruñó, malhumorada:

--Federica no está. Váyase.

Empujó contra él las tablas de pino.

Bruscamente, Sergio sintió como un golpe en el corazón. Extendió su

brazo por la abertura hacia el interior de la casa y gritó, ceñudo:

--¡Ese sombrero!... ¿De quién es?

Acababa de ver, colgado de la percha, frente a él, en el pasillo

angosto, un sombrero de varón. Sin responder, la anciana empujó

desesperadamente la puerta, ahincando todo su cuerpo con una

contracción que llenaba su rostro de arrugas. El joven forcejeó

también, lleno de una rabia silenciosa. Entró. La mujer abalanzóse a él

para sujetarle. Cerróse la puerta con gran ruido. Abelenda se apoderó

del sombrero, nerviosamente, temblando como ante un drama terrible, y

corrió al comedor. En la alcoba de Volvoreta había luz. Sergio intentó

entrar; pero la puerta estaba cerrada. Gritó a la mujer, que le había

seguido llena de espanto:

--¡Llame usted a Volvoreta; llámela usted!

Y sin esperar a que le obedeciese, dió dos terribles patadas en las

vidrieras.

--¡Llámela usted!

Dió otra patada, que estuvo a punto de hacer saltar los cristales.

Entonces oyéronse pasos en la alcoba. Una mano hizo girar la llave.

Sergio plantóse ante la puerta, blandiendo el sombrero hongo, apretados

los dientes, pálido, enardecido, clavado su mirar en los cristales

esmerilados que transparentaban la luz tenue y rosada del dormitorio.

Y bañado en aquella luz rosada y tenue, tranquilo, sonriente, en mangas

de camisa, balanceándose tras él los sueltos tirantes, apareció ante el

joven el señor Acevedo. Como si se hubiese empapado en la luminosidad

de la alcoba, su calva estaba enrojecida; de las orejas parecía brotar

la sangre. Pero la idea de la agitación que simulaba delatar este

bermejo tono de la cabeza del banquero era disipada por la serenidad de

su sonrisa, un poco burlona... Sergio, inmovilizado por la sorpresa,

permaneció con el hongo revelador en el aire, en actitud de quien va a

cazar una mariposa. La sonrisa del banquero se llenó de bondad.

--Siéntese, joven.

Se sentó él mismo, cabalgando una pierna.

--¿Qué le ocurre a usted?

Sin reponerse aún del asombro, Sergio pudo encontrar un ademán lleno de

un desdén en el que bullía la cólera.

--Nada tengo que hablar con usted. A Federica es a quien necesito ver

ahora mismo.

El banquero repuso con su más dulce voz:

--Federica sentirá mucho no poder salir de su cuarto, mi joven amigo.

--¿Es que lo va a impedir usted?--indagó retadoramente el despechado.

--No--explicó con sencillez Acevedo--. No. Es que está en camisa.

Abelenda dió un paso hacia él, con lumbre en los ojos. Extendió una

mano airada, indicando el pasillo, y gritó:

--¡Salga usted de esta casa!

El banquero rió sabrosamente, con el mismo sosegado regocijo de quien

en su butaca del teatro oye un chiste feliz.

--¡Es curioso!--comentó--. Durante un mes le he dejado visitar a

Federica, se ha sentado usted en mi diván, me ha arañado la mesa del

comedor para grabar sus iniciales, me ha roto la lámpara de la mesa

de noche y el travesaño de una silla, y en nuestro primer encuentro,

cuando usted me debía dar rendidamente las gracias, quiere arrojarme de

una casa que es mía, porque la pago yo. ¡Juventud, juventud!... En fin,

querido, yo le perdono todo esto de buena gana; pero hágame el favor

de dejar mi sombrero, en el que ya advierto desde aquí una dolorosa

abolladura.

Abelenda, afrentado y lívido, aulló:

--¡Es usted un miserable y ella una mujerzuela sin decoro!... Pero yo

me vengaré de los dos.

Arrojó con furia el sombrero contra el aparador, derribando las copas,

y se lanzó contra su rival. Acevedo se puso en pie bruscamente y apresó

con su fuerte mano la del agresor. Luego, sin abandonar su tono de

extremada finura, que la camisa desabrochada y los caídos tirantes

subrayaban con fuerza cómica, aconsejó paternalmente:

--Querido joven: ha dado usted sus buenas tres patadas contra la puerta

de la alcoba, abolló mi sombrero y hasta me parece que consiguió romper

la vajilla. Basta ya. Debe usted estar satisfecho de sí mismo. Por otra

parte, como los espectáculos heroicos muy prolongados me impresionan y

despiertan mi emulación, le ruego que elija rápidamente entre marcharse

por la puerta o salir por la ventana... ¿Me oye?

Le arrastró hasta el pasillo. Su mano era una tenaza sobre la muñeca de

Sergio, y tanta era la energía de su presión, que ya en los peldaños,

después de cerrada la puerta tras el joven, sintió éste en sus ojos

lágrimas de dolor, de dolor físico y de rabia, de humillación y de

vencimiento. Lloró en la obscuridad de la escalera. ¡Oh..., si tuviese

un arma!... Por el placer de apuñalar el cuerpo de los traidores daría

su propio vivir... Frente a la casa juró, con llanto de ira en el

rostro:

--¡He de vengarme! ¡He de vengarme!... ¡Habéis de acordaros de mí!...

Anduvo por calles obscuras, para evitar que las gentes advirtiesen

su agitación y sus ojos enrojecidos. El ansia rencorosa le dominaba.

En aquel momento, más que el abandono de Volvoreta le dolía la burla

glacial de Acevedo, su tono de irónica finura, aquella consciencia

de superioridad con que le había abrumado. ¡Y aquel sutil rasgo de

desdén que le aconsejó presentarse con los tirantes caídos!... ¡Oh, los

tirantes caídos del señor Acevedo!... No podría olvidarlos ya nunca,

aunque viviese una eternidad, aunque en lo sucesivo todo fuese dicha en

su existencia. Comprendía que el recuerdo de los tirantes balanceándose

tras las piernas de su rival serían como un fantasma de oprobio perenne

en su memoria.

Se detuvo un instante, vacilando, porque se le había ocurrido la idea

de esperar al banquero y agredirle. Pero desistió al evocar el tipo

alto, fuerte, musculoso, de su burlador. Tuvo de pronto una inspiración

luminosa. Casi saltó de alegría al advertirla brotar en él, seguramente

urdida por los diablillos de la venganza. ¿No tenía en sus manos el más

clamoroso medio de devolver el mal, centuplicado? Haría en _El Avance_

un terrible artículo contando los devaneos del monstruo. Vertería toda

su hiel, acumularía en torno del asunto tantos detalles protervos

que sería el escándalo de toda la ciudad. Súbitamente se le ofreció

el título: _Las hazañas de un sátiro_. Añadiría otros subepígrafes:

_Doncella secuestrada._--_La complicidad de una bruja_... Veía ya en

su imaginación la primera plana de _El Avance_ con estas líneas en las

grandes letras del tipo reservado para lo sensacional. Veía también

al banquero arrastrado a la ruina, sin reputación, perseguido por el

desprecio de la gente...

Pero se le ocurrió que acaso Rosales no quisiera... Meditó, calculó...

Al fin decidióse astutamente a deslizar en la sección de sucesos la

noticia de que «un conocido banquero, cuyas iniciales eran J. A., y una

joven con la que hacía vida marital, habían promovido un escándalo»...

Esto le pareció ya de una habilidad refinada. El pueblo se enteraría lo

mismo; la familia de Acevedo también... ¡Su familia!... ¡La vieja beata

de los dientes postizos, la niña cursi de los pechos blandos!... ¡A

todos ellos debía humillaciones y rencor!

Y... ésta sí que era la más cabal venganza: llevar la guerra a su

hogar, referir a la esposa todo lo ocurrido, encender la hoguera de

los celos... Era un arma de doble juego, con la que hería de un golpe a

dos enemigos. Visitaría a la mujer antes de que el banquero regresase.

Espoleado por la maligna idea, corrió, más que anduvo, hacia la casa de

su rival. Reía y pronunciaba en alta voz frases conminatorias. Preguntó

en la puerta:

--¿Está el señor Acevedo?

No estaba.

--¿Y la señora?

Le invitaron a pasar. Lleváronle al comedor, que ya conocía.

--Haga el favor de esperar un instante.

Esperó en pie, nerviosamente, palpitándole con fuerza el corazón. Vió

sobre la albura del mantel la fina vajilla, ya dispuesta, y pensó,

lleno de gozo, que quizá aquella noche no se cenaría en la casa.

Oyó pasos en el corredor; volvióse bruscamente. Era Luisa. La joven

le dirigió apenas su habitual mirada de indiferencia, fué hacia el

costurero, revolvió después en el cajón de una mesita, de espaldas a

él. Sergio sentía hervir la sangre; torturaba sus manos, con una amarga

sonrisa de victoria. No pudo contenerse. Habló, subrayando todas sus

frases.

--No me saluda usted porque me cree el novio de su criada.

Ella se volvió a mirarle, sorprendida, con sus grandes ojos obscuros

llenos de altivez, soberbiamente hermosa, más morena la piel del escote

en el contraste con la nítida blusa.

El joven sucumbió al deseo de humillar aquella belleza. Agregó:

--Pero se equivoca, señorita; ahora el novio de su criada es su padre

de usted.

Luisa se irguió, coloreado bruscamente el rostro. Sergio avanzó hacia

ella, implacable, encendidos los ojos:

--¡Su padre de usted!... le ha puesto un cuarto a Federica en la calle

del Inferniño, en el número doce...

Luisa gritó, llena de vergüenza y de miedo:

--¡Mamá!

--¡Llámela usted; he venido a decírselo!...

--¡Mamá!...

Ahora se había puesto pálida y su voz tenía un velo de emoción. La

señora de Acevedo entró apresuradamente:

--¿Qué ocurre?

Abelenda repitió, enardecido:

--¡Ocurre que su esposo es el amante de su antigua criada; ocurre que

la tiene sostenida en la calle del Inferniño, en el doce!... Puede

usted ir. ¡Yo lo he dejado allí hace un instante!...

Estaba rojo de cólera; hablaba con voz roncamente contenida, a

borbotones, jadeando:

--¡Puede usted ir! ¡Hace un mes! ¡Él la hizo salir de esta casa!... ¡Se

han estado burlando de usted y de mí!... ¡Ya lo sabe!

Los ojos aterrados de la mujer iban de su hija a Sergio y de Sergio a

su hija.

--¿Qué insolencia es ésa?... ¡Salga usted!...

El joven insistió gritando:

--¡Es verdad! ¡Es verdad!... ¡Los he visto yo; les pueden sorprender

ustedes si se dan prisa! ¡Con la criada!... ¡Es el novio de la

criada!...

La señora alzó sus manos, traspasada de horror, gemebunda:

--¿Qué dice este hombre, Luisa; qué dice este hombre?

Pero Luisa, más grave, más pálida que nunca, se limitó a hacer sonar

un timbre. Acudió un servidor. La hija del banquero extendió un poco

teatralmente su índice para indicar a Sergio:

--¡Échelo usted a la calle!

El joven se resistió; pero las manos vigorosas del hombre lo levantaron

casi en vilo. Entonces, a medida que se iba viendo alejado del comedor,

dióse a vociferar, cada vez con más energía:

--¡En la calle del Inferniño, en el número doce!...

Era como si desease dejar bien grabado en la memoria de ambas mujeres

el lugar del nefando delito. Hacíase arrastrar por el mozo; luego

pataleó. Lastimado en las canillas, el hombre blasfemó en voz baja y le

dió disimuladamente un puñetazo en el estómago. Esto obligó a Sergio a

atenuar sus berridos; pero siguió más lastimosamente, sosteniendo:

--¡En el Inferniño!... ¡En el doce!... ¡En el Inferniño!...

Y ya en la escalera, se sentó, heroicamente decidido a seguir gritando

las señas de la casa hasta enronquecer. Pero oyó abrir la puerta y

echó a correr por los escalones, temeroso de los puños del fámulo. El

fámulo, no obstante, limitóse a arrojar el sombrero del joven, que

había quedado en el pasillo. Sergio lo sintió caer blandamente a su

lado; lo limpió con un codo y se marchó...

Volvoreta · 第 23 / 26 题