XVIII

La redacción de _El Avance_ tenía en las primeras horas de la noche

una animación de casino. En el despacho del director reuníanse

siempre varios personajes, accionistas del periódico o ligados a él

por afinidad de opiniones, y se comentaba muchas veces la vida de

los convecinos y alguna vez los altos problemas nacionales. El mozo

del café entraba con refrescos y licores. Y al oir el anunciador

tintineo de las copas en la bandeja, Prego alzaba el pálido rostro de

las cuartillas, miraba a Sergio y a Muñiz y decía todas las noches,

indicando con un movimiento de cabeza el cuarto de Rosales, donde

penetraba el camarero:

--¡Y a nosotros que nos parta un rayo!... ¡Vaya una democracia!...

A la una el último visitante se había marchado ya. Pendientes tan sólo

de las noticias telegráficas, cada cual aprovechaba aquel descanso a

su manera. Muñiz solía hojear el Enciclopédico, en busca de palabras

desconocidas con que deslumbrar a los lectores de sus crónicas. Prego

extraía de su cajón un voluminoso legajo y se dedicaba a trazar números

y nombres. Había conseguido que un alcalde rural le confiriese la

misión de confeccionar el reparto de Consumos. A Prego le molestaba

esta colaboración en una obra del caciquismo; pero los cuarenta duros

que había de cobrar por ella le hicieron sucumbir. Tenía un hijo

anémico... Pensaba alquilar una casita en las afueras y llevarlo allí.

Algunas tardes el pequeñuelo iba a buscarlo a la redacción para ser

paseado por veramar, y asustaba el verlo tan pálido, tan sutil, con

esa atroz gravedad de los niños tristes, una gravedad que parecía

reflexiva. Cuando Prego y su hijo, igualmente enlutados, igualmente

taciturnos, igualmente verdosos, paseaban de la mano por la ribera,

diríase que aquel niño de seis años llevaba también en su espíritu la

indesterrable melancolía del fracaso de la República.

Don Agustín, cuando sus contertulios se retiraban, solía consagrarse

a su voluptuosidad favorita: se armaba con un grueso garrote,

subía el cuello de su americana, como si quedase así disfrazado

incognosciblemente, y salía a cazar. Cazaba gatos. Su lugar de

operaciones era un sucio y próximo callejón, al que acudían en busca

de despojos algunos escuálidos felinos sin hogar o de espíritu

aventurero... Don Agustín se acercaba cautelosamente y caía sobre

los infelices con el bastón enarbolado. A veces se sentía desde la

redacción el ruido del garrote rebotando sobre las losas, arrojado por

Rosales contra algún huído animal. Entonces los periodistas se miraban

riendo:

--¡Ahí anda ya don Agustín!...

Y cuando don Agustín entraba, inquirían:

--¿Qué tal se dió hoy?

--¡Pch!... Quedan ahí dos piezas...

Le brillaban los ojos de júbilo, y en ocasiones obstinábase en que

saliesen a ver el cadáver de algún buen ejemplar, tendido, con la

boca contraída aún, mostrando los dientes agudos, y un ojo saltado

por la violencia del golpe. A Abelenda se le encogía el corazón,

Rodeiro censuraba muchas veces aquella crueldad; pero el terrible

polemista perseveraba en su afición y hasta la defendía con argumentos

sensacionales.

--Entonces, ¿qué?... ¿He de reducirme a la caza inocente de la liebre

y de la perdiz?... Yo soy un cazador de sangre; yo debía estar

persiguiendo águilas y preparando trampas para los leones. Ahora, éste

es un país atrasado, donde no hay ni un triste chacal, y yo no puedo

irme al centro de África. Pues seguiré cazando gatos. Al fin, el gato

¿qué es?... El gato es un tigre pequeño. Cuando los acoso, se agazapan,

se les hincha el pelaje, bufan como una pantera, brillan sus ojos, de

furor, como el ascua de mi cigarrillo... Y saltan sobre mí... Como

usted lo oye: saltan sobre mí, magníficamente. Es el minuto de mayor

emoción... Además, cada gato tiene su manera especial de morirse: no

hacen como los conejos, ni como las liebres... Ayer le rompí a uno la

espina dorsal... Se arrastraba hacia mí sobre las patas delanteras,

mayando, con medio cuerpo vivo y el otro medio inerte, mirándome con la

rabia de su impotencia para herirme... Fué emocionante... Palabra de

honor...

Rodeiro gemía, compadecido:

--¡Es horrible! ¡Es horrible!... ¡Usted no tiene entrañas!...

* * * * *

Algunos tipos pintorescos rompían de cuando en cuando la monotonía de

las noches de redacción. Era a veces un _globe-troter_, que refería

cómo estaba ganando un premio de miles de pesetas por andar por el

mundo a pie y sin dinero, por incomprensible capricho de una sociedad

científica; o era el personaje notorio recién llegado a la ciudad y en

torno del cual se formaba grupo; o era el prestímano o el guitarrista

que iba a trabajar en este o el otro teatrito y que se obstinaba en

hacerles anticipadamente testigos de su mérito.

Cierta noche la puerta de cristales se abrió para dejar paso a un

hombre gordo, de largas barbas, de abundante ceño, que conservaba un

aire atrayente y de distinción dentro de su pantalón raído y sus botas

despedazadas y su corto gabán color café, visiblemente cosido para

otras espaldas menos robustas.

El hombre hizo una reverencia en el umbral y se acercó a la mesa:

--Salud. El señor director, ¿está visible?...

Se avisó a Rosales. Cuchichearon largamente. Al fin avanzaron hacia el

despacho, y el polemista, entre la vaga curiosidad de sus contertulios,

dejó caer estas palabras:

--Un compañero nuestro, expulsado de Portugal por conspirar por la idea.

Corrió un murmullo de simpatía. El hombre del gabán color café hizo

otra reverencia y volvió a decir:

--¡Salud!...

Cediéronle un sitio en el sofá y dirigiéronle algunas preguntas. Él

contó su odisea. Era portugués, de Matusinhos, pero criado en Buenos

Aires; se había puesto de acuerdo con la masonería lusitana. Tratábase

de hacer saltar la Monarquía con la fuerza redentora de una máquina

infernal que habían construído en un sótano. Todo estaba tramado. Pero

surgió un traidor: descubriéronles. Dos conspiradores habían fallecido

misteriosamente en la cárcel.

--Los otros ocho fueron enviados a Lourenço Marques, donde hay

antropófagos.

--¿Antropófagos?--clamó, asombrado, el concurso.

--¡Antropófagos!--afirmó el hombre de las barbas, con una sombría

seguridad, moviendo el ceño peludo como los pliegues de un acordeón--.

¡Antropófagos!... La Monarquía sostiene algunas tribus en ese instinto

para que se nutran con los deportados... Mis pobres compañeros--agregó

con voz ronca--han sido devorados ya a estas fechas...

Elevó, con lento ademán de comprimida iracundia, una de sus anchas

manos vellosas, en las que las uñas negreaban. La mano se mantuvo un

poco tiempo en el aire, entre el silencio piadoso; después descendió

sobre la copa de coñac de Rosales, la apresó y la vació en la boca del

fugitivo. Todos comprendieron que su tribulación era amarga y profunda.

Continuó su relato. Él había conseguido huir, disfrazado de buhonero.

Anduvo y anduvo--allí estaban sus botas destrozadas--al través de los

campos, durmiendo en los pajares, muerto de ansia y de hambre... Cuando

pisó tierra de Orense se volvió para enseñar su cerrada mano peluda

a Lusitania. Luego... él pensó que en la capital de Galicia había

radicales organizados y numerosos que le ampararían... Y helo aquí...

Prego, que se había ido acercando a la dirección, y que durante la

historia había tenido estremecimientos de furia y crispaciones de

piedad, se adelantó, conmovido, y estrechó fuertemente las manos

del hombre que había luchado contra la tiranía. Don Agustín puso al

terrible relato una de sus apostillas dogmatizantes...

--La hora de la libertad--dijo--no está lejana, sin embargo.

Y descendiendo al bajo nivel de las necesidades físicas, ofreció:

--¿Quiere usted café, camarada?... Aún queda un vaso bien cumplido...

El portugués aceptó, y aceptó también un cigarro. Sujeto por la

gratitud, ya no se separó de ellos en toda la noche. Desatendido por

los redactores, que trabajaban, consagróse a hojear periódicos. A las

cuatro y media, cuando Prego se puso en pie para marchar, el hombre de

Matusinhos leía el vigésimosexto diario. Prego insinuó:

--Cuando usted quiera.

El conspirador sonrió tristemente.

--¿No podría quedarme aquí?... Dormiría en este diván un par de

horas... Si usted me permite...

Prego comprendió, e invadió su espíritu una honda pena. Por impulso del

bien llevó la mano a sus bolsillos; pero la mano volvió a salir vacía y

no pudo ofrecer más que un apretón cordial.

--Quédese usted, compañero. Si le llevase a usted a mi casa estaría

peor. Ni aun tengo un diván como éste...

El luso hizo un amplio gesto de comprensión y estrechó otra vez con sus

dos manos la del periodista.

--Dormiré aquí muy bien, compañero.

Se tumbó, con los pies por alto, como un toro herido. Prego contempló

con amargura las botas gastadas, descosidas, del mártir de la idea, que

dejaban ver un dedo sucio y engarabitado. Suspiró y despidióse.

--¡Salud!

--¡Salud!--gruñó, al través de sus barbas, medio dormido ya, el

extranjero.

* * * * *

Fué cotidiana la visita del portugués, adueñado ya del diván como de

un lecho definitivo. Contaba episodios de su vivir en la Argentina

y pedía tabaco a los contertulios, sin abdicar de la dignidad de sus

ademanes. Su vivir era paupérrimo. Una noche salió a recoger un gato

asesinado por Rosales, y ante la repugnancia de _Juan del Lirio_ lo

envolvió en varios periódicos, sobre la mesa de redacción, asegurando

que al día siguiente lo haría convertir en un guiso suculento.

Pasada la primera impresión novelesca, fué extinguiéndose la aureola

del fugitivo. En el despacho de don Agustín comenzaba a verse con

desagrado su gabán marrón y sus calzones con flecos y su avidez para

el café con leche. Se prescindía de su opinión en las discusiones, y

cierta vez que estalló una tormenta, don Agustín se atrevió a rogarle

que saliese a pedir un paraguas a su mujer. El revolucionario concluyó

por refugiarse junto a Prego. Terminados sus quehaceres, Prego atendía

con solicitud al de Matusinhos y sostenían eternos diálogos en voz

misteriosa. A veces, sin embargo, se oía a Prego asegurar:

--¡Es preciso que libremos la gran batalla!

El luso asentía, agitando sus barbas rubias.

Prego añadía aún:

--La Patria sufre.

Y el conspirador entonces fruncía varias veces el abundante ceño, como

si se advirtiese él mismo traspasado por aquel dolor.

Fué una madrugada, solos ya, cuando el extranjero puso solemnemente su

mano sobre un hombro del periodista y le miró con fijeza.

--Usted, camarada, tiene un corazón apostólico. Usted sería incapaz de

una traición.

Prego se sintió impresionado por estas frases. Llevó su diestra hacia

donde latía la víscera elogiada e intentó hablar. Pero el conspirador

lo impidió con un gesto:

--¡Lo sé, lo sé, amigo mío!

Y bruscamente se puso a recorrer la estancia, mesándose las barbas,

agitado, como en lucha consigo mismo. Al fin arrastró hacia Prego una

silla, después de arrojar sobre la mesa el cadáver de un gato que

había tendido sobre el asiento, con un desdén que reveló al periodista

toda la grave preocupación que embargaba al radical, alejándole de los

bienes terrenos.

--Amigo mío--confesó el portugués--, mi misión no ha terminado aún. Yo

he hecho promesas a nuestros correligionarios de la Argentina, que he

de cumplir a todo trance... La muerte no me aterra... Mi sangre será la

que fertilice muchos espíritus...

Abrió una pausa y aclaró. El plan del comité revolucionario era dar

primero «el golpe» en Portugal, y poco después en España. Prevenidas

las autoridades, dificultado hasta la imposibilidad su regreso a

Lisboa, la primera parte del complot debía ser aplazada prudentemente.

Pero él estaba decidido a realizar la segunda. Él rompería las cadenas,

él iría a Madrid... ¿Cómo?... He ahí la cuestión. Todo el dinero

enviado de la Argentina--muchos miles de duros--estaba en poder de

uno de los deportados. El brusco y desdichado fin de aquella conjura,

que terminó obscuramente en la panza de unos caníbales, le había

impedido coger ni un solo _vintem_ de los fondos comunes. Él no podía

presentarse así en la corte; su aspecto de vagabundo despertaría la

atención de los agentes; le vigilarían...

--Además, yo tengo esta desgracia... Fíjese usted... Mis ojos, mi

barba, el color de mi rostro... Yo tengo todo el aspecto de un

anarquista ruso... Esto me ha causado grandes perjuicios más de una

vez. ¿No me nota usted, en verdad, la traza de un anarquista ruso?

Prego convino en que «tenía un aire»... Después de esta corroboración

el hombre de Matusinhos mesó, como si las fuese a arrancar, aquellas

barbas con las que le había castigado su estrella.

--Necesito cierta cantidad para cambiar todo este aspecto; usted debe

orientarme. Algunas insinuaciones que hice a don Agustín y a sus

amigos no dieron resultado. Son gente tibia... No tienen opiniones

firmes.

--Son burgueses--condenó el periodista.

--¡Son burgueses!--rugió el portugués--. ¿No habrá nadie que quiera

colaborar en esta obra de redención?... ¡Oh, qué terrible tristeza para

quien como yo tiene hecho el sacrificio de su vida, ver que los demás

no quieren hacer el de unas cuantas despreciables pesetas!...

Y exaltadamente, quemando con su aliento fétido la cara de su

interlocutor, expuso el plan terrible. El régimen herido en la persona

de su más alto representante. España libre y feliz, la democracia

triunfando. Invitó a Prego a considerar el espectáculo de una larga

hilera de frailes y monjas marchando hacia las fronteras, diligentes y

numerosos como hormigas que huyesen de su hormiguero inundado... Las

catedrales convertidas en escuelas, el pan libre, disuelta la Guardia

civil, y un Gobierno de amor y de concordia asentándose sobre estas

sólidas bases.

El periodista reflexionaba sombríamente.

--¿Cuánto dinero necesita usted?

Poca cosa. Con mil pesetas, el más rotundo de los éxitos estaba

asegurado. Prego gimió invadido por el desaliento:

--¡Mil pesetas!... Es una enorme cantidad... Nunca podríamos encontrar

mil pesetas.

Sepultó su rostro entre las manos para meditar. Inclinado sobre

él, como un rubio y gordo Satán que tentase un alma, el hombre de

Matusinhos fué rebajando poco a poco la cifra. Quizás con seiscientas

pesetas... Acaso con quinientas... Apurando mucho, con trescientas

cincuenta... Tendría que hacerse un traje, que vivir en Madrid unos

días o unas semanas, mientras la ocasión no llegase. Sin alzar la

cabeza, como quien aventura una loca esperanza, preguntó el periodista:

--Cuarenta duros... ¿podrían bastar?

Los brazos del portugués cayeron melancólicamente a lo largo del

cuerpo y se abatió su abultada frente. ¡Pch!... Cuarenta duros... poco

dinero...

--¡En fin!--suspiró--. Mi suerte está ya decidida... Pensaba suicidarme

después... De esta manera no hará falta... Moriré de hambre... Sólo

deseo que mis fuerzas duren lo bastante para poder apretar el gatillo...

Prego ofreció entonces, como quien acaba de resolverse a algo heroico:

--Cuente usted con los cuarenta duros. Se los daré yo.

Brillaban sus ojos. El fugitivo le abrazó fuertemente, con una alegría

reveladora de un monstruoso amor por la causa. Desparramó sobre Prego

una lluvia de encomios; después, como para premiar su buena acción, le

hizo el regalo de una confidencia importantísima:

--Es preciso que usted conozca todo el alcance de nuestra obra... Jamás

se habrá hecho una extirpación tan radical de la tiranía...

Se alzó, hizo jugar los ojos terriblemente bajo las peludas cejas

movibles. Y como sus dedos tropezasen con el cadáver del gato,

crispáronse sobre él y lo suspendieron en el vacío.

--Morirá la fiera--dijo, con una significación que estremeció a

Prego--; pero morirán también sus cachorros.

El periodista se opuso. No, los cachorros no. Él era padre.

Precisamente aquel dinero que había de entregar al conspirador estaba

destinado a llevar salud a su hijo. Él suplicaba respeto para la tierna

vida de las criaturas. El portugués, visiblemente disgustado por aquel

sentimentalismo, dejó caer el cuerpo del gato.

No estaba conforme. Su procedimiento alejaba todo peligro para lo

futuro. Al fin se allanó a respetar la vida de las mujeres. Pero los

infantes... Volvió a interceder el periodista. Su cómplice rogó:

--Siquiera el primogénito...

--¡Ni una gota, ni una gota de sangre inocente!

Resignóse el conspirador. Estrecháronse las manos.

Y aquella noche, mientras deshacía para acostarse el lazo de su corbata

de luto, Prego pensó que bien pronto podría sustituirla por otra de

más vivos colores. Besó a su hijo y suspiró--metiéndose en la cama al

pensar que a costa de los glóbulos rojos de aquella escuálida criatura

se estaba preparando un porvenir de libertad para la patria.

* * * * *

Dos días después de la marcha del luso, que desapareció con el sigilo

que convenía a sus trágicas intenciones, Sergio contó al llegar al

periódico, arrojando sobre la mesa unas cuartillas de notas:

--Hoy traigo una noticia interesante para Prego. La Policía está

buscando a su amigo.

Prego se puso un poco más verde:

--¿Al portugués?

Sergio rió. ¿Portugués?... El hombre de las barbas era de Túy y se

llamaba Cadaval. Había trabajado en Vigo como vigilante de Consumos y

estaba reclamado por un delito de abusos deshonestos.

--Parece que es de todo cuidado el señor...

Prego calló. Inclinóse sobre las cuartillas y continuó escribiendo:

«Telegrafían de Salónica...»

Volvoreta · 第 22 / 26 题