XX

Hizo a Muñiz la confidencia de su desgracia una noche en que volvió

a ver a Volvoreta presenciando una función desde una butaca de

anfiteatro. Él había subido buscando un seguro rincón desde donde

contemplarla a su antojo sin que le sorprendiesen. Con Federica estaba

la vieja aborrecible. ¡Tan galana la moza! En sus orejas había unas

chispitas de luz que sustituían los largos pendientes de amatista

regalados por Sergio, unas maravillosas amatistas de dos centímetros,

que colgaban en péndulo y que le habían costado tres reales. Volvoreta

reía a veces con una sencilla felicidad. Buscó el enamorado al banquero

con mirada de odio y no lo vió. Acaso aquel día se habría marchado a la

aldea, adonde poco después de la terrible escena en su casa se había

ido su familia, según la costumbre anual. Sergio se advirtió invadido

de melancolía; reabrióse y sangró la reciente herida del engaño. Luego,

en el diván de _El Avance_ hizo a _Juan del Lirio_ la confesión de todo

su drama.

El compañero le animó con algunas sabias máximas de su experiencia.

--El ramo de criadas--dijo--tiene, en efecto, procederes indelicados.

Ha hecho usted mal en confiar. Carece usted de experiencia, y me

causaría satisfacción que mi ejemplo pudiese ser provechoso para usted.

De todas maneras, lo que a usted le ocurre no tiene interés.

Suspiró y pasó la mano por sus cabellos.

--Dramas, los que yo vivo, compañero. No puede usted ni soñar... ¡Si yo

quisiese escribir novelas!...

Adoptó a su vez el tono confidencial.

--¿Sabe por qué no vine anoche al periódico?... ¿Recuerda usted aquella

mujer que fué al baile conmigo?

Sergio indagó, después de explorar en su memoria.

--¿Aquella tan gruesa?

Muñiz vaciló antes de afirmar. Sí... un poco gruesa... pero tenía las

carnes como el mármol.

--Ya le dije que yo tengo la desgracia de tropezar siempre con

histéricas. Anoche me recibió a obscuras, envuelta en una túnica

blanca, con la melena suelta. Entraba la luna por los cristales de

la galería y ella me esperaba en aquel raudal de luz. Quiso que yo

recitase unos versos que la he dedicado, y ella fué, ínterin yo

declamaba, tocando levemente en el piano el «Sueño», de _Manón_. La

poesía es estupenda. Voy a decirle a usted...

Y a media voz repitió las estrofas. Hablaban de una noche de verano.

El poeta había salido a recorrer por los montes, porque se le había

incendiado en lujuria toda la sangre. Por fin encontraba una fuente;

pero a su alrededor había siete ninfas, que resultaban ser los siete

pecados capitales. El desdichado seguía abrasándose y trotando por

valles y colinas. De pronto sonaba una música: era la música de las

esferas celestes, verdaderamente inefable, entre la que se distinguía

el arpa de la luna. Todos los astros expresaban de este modo su

condolencia por la satiriasis que aquejaba al poeta, y le decían:

«¡Amor, amor!» Él gritaba también desesperado: «¡Amor!», y la fuente

suspiraba asimismo, excitada por aquel espectáculo. Se advertía después

que temblaba la tierra, «como una amada ardiente», y un fantasma

envuelto en gasas corría a los brazos del vate. ¿Era un rayo de la

luna? ¿Era su novia?... El poeta no lo sabía. En aquel instante todo

le era igual. Los instrumentos siderales terminaban acometiendo un

_fortísimo_, y el escritor agradecía el interés que demostraban por sus

ansias carnales.

--Cuando terminé, los dos teníamos los ojos llenos de lágrimas.

Después, entre mis brazos, ella tuvo una de esas crisis de histerismo.

«¡Llámame Filis, llámame Filis!»--decía. Y yo:--«¡Mi Filis divina, mi

Filisiña adorada!...» De pronto se queda rígida, pone en blanco los

ojos y comienza a debatirse en un ataque y a gritar. Figúrese usted el

tremendo conflicto, porque tiene alquilada una habitación a un empleado

de Aduanas, que podía acudir y sorprendernos. No pude salir hasta el

amanecer.

Hizo un gesto de profunda amargura.

--Estas escenas acaban conmigo. Tengo el corazón destrozado, los

nervios rotos; sé que mi vida será corta; pero la habré consumido en

amar.

Rodeiro interrumpió el diálogo con un saludo:

--Buenas noches a todos. Y denme el pésame.

En el despacho del director suspendióse la charla.

--¿Qué le ocurre entonces a don Amaro?

Lo peor, lo peor que ocurrirle podía. Aquella mañana habían llegado las

órdenes de ascenso y estaba trasladado a Segovia. Con la categoría

a que ahora se elevaba ya no podría nunca, hasta alcanzar el retiro,

desempeñar sus funciones en la provincia. Su dolor era grande.

--Estuve a punto de renunciar a todo...

Intentaron consolarle; pero él se obstinó en sus lamentos. Fuera de

Galicia viviría en una eterna nostalgia. Él no se sentía hermano de un

rudo aragonés, de un frívolo andaluz, de un castellano seco y rígido.

Eran otras razas, como eran otras las tierras en que vivían, sin la

dulzura, sin el tierno encanto de las tierras galicianas; países en

los que se creía que el gallego es un eslabón entre el hombre y las

bestias; que vive en la inmundicia y en la sordidez; que habla una

jerigonza en la que la _o_ es cambiada en _u_; que es incapaz de toda

delicadeza... ¡Dulcísimo idioma de la poetisa del Sar y del enamorado

Macías, en que el amor tiene una cuna de palabras mimosas y blandas

como el plumón de un ave!

En el enternecimiento de su espíritu Sergio escuchaba las frases de su

protector, refiriéndolas a su obsesión penosa. Se preguntaba en qué

otra lengua podría hallarse un nombre tan suave, tan bien timbrado,

tan justo para representar la mariposa--con la fragilidad de sus alas

bonitas, con el ir y venir ocioso de su vuelo juguetón, vacilante--,

tan grato para ser dicho, que tanto se hincase en el alma y se fijase

en la memoria como el amado nombre de «volvoreta». Repitió la palabra

una vez y otra vez, saboreándola. Sintió entonces en el corazón como

un ansia de ser poeta, para rimarla, para poderla engarzar en otras

muy tiernas, henchidas de saudade, de agarimos, de dulce y tembladora

emoción... Hacer un collar de inmateriales palabras y ceñirlo a aquella

alma que un vuelo juguetón trajo hasta él y otro vuelo juguetón había

llevado. ¡Volvoreta, volvoreta!...

Amaro recordaba entonces unos versos de Pondal, quejumbrosos y

solitarios y sencillos, como el _alalá_ de un mozo en un anochecer:

_San Pedro de Bradomín_

_n’a pobre terra de Xallas:_

_¡cánto fai que non te vin!_

Y Sergio pensó en la Gándara y se llenaron sus ojos de llanto. «¡Cuánto

tiempo hace que no te veo, amada tierra de la Gándara!--meditó--.

¡Cuánto tiempo hace!...» Y la nostálgica marea creció en él: su

espíritu se aromó con el aroma bravo del bosque donde él creyó a veces

ir a encontrar el lobo de los cuentos, y con el aroma que traían los

aires del mar, y con el aroma del tojo quemado en los hogares; se

arrodilló ante el recuerdo del pinar rumoroso, siempre en verdor, y

de las tardes en que las casas enrojecían bajo el beso del sol, y de

los días en que la niebla guardaba en algodones el campo, y de aquella

lluvia sugeridora que invitaba a sentarse en un rincón de la galería y

a soñar, hablando en pereza.

Él quería vivir siempre allí; tener un caballo que le pasease bajo

los toldos de zarzas de las corredoiras, y una lancha en que acunar

su melancolía en el quieto mar, cerca del romántico rincón en que se

alzaban las ruinas del castillo poblado por él con los fantasmas de

los héroes de _El lago de Limia_ y de _Los hidalgos de Monforte_. Y

que cuando en el atrio de la iglesia su cuerpo hallase una tumba, los

señores de la Gándara que tuviesen asiento en el presbiterio dijesen al

salir de la misa:

--Ved dónde yace un amador desgraciado que no pudo nunca olvidar.

Alguien preguntó:

--¿Cuándo marcha, Rodeiro?

--Dentro de un mes.

Abelenda decidió marchar también. Regresaría a la Gándara, después

de escribir a Volvoreta una carta rebosante de amargura, en la que le

culpase de haber destrozado para siempre su alegría. Pensó súbitamente

que quizá su madre se negase a recibirle. Se vió forzado a deducir

que no le quedaba otro camino que el de América; iría a América a

morir sin ambiciones, sin cariños, encerrado en una fiera misantropía.

Durante toda la noche contempló ceñudamente su porvenir. Hizo en una

cuartilla el borrador de la carta a la ingrata, rebosando lirismo; pero

se acordó de la incomprensión en que habían quedado las otras epístolas

y desistió de enviarla. Rompió el papel lentamente y aventó sus trozos.

--Soy--decidió--el más desventurado de los hombres.

Y la seguridad de esta supremacía le hizo quedarse más satisfecho de sí

mismo.

Volvoreta · 第 24 / 26 题