Los senderos del bosque conocían la tristeza del enamorado. Con la
lejanía de la amada su cariño se sublimó en sentimentalidad y hasta
los menores detalles del pasado feliz se poetizaban. Había llegado
a exaltar en términos novelescos aquella separación violenta, aquel
extrañamiento de la dulce moza rubia y sumisa, cuyas actitudes de
candor eran, precisamente, las que con más ahinco perseveraban en su
memoria.
Y en esta hiperestesia espiritual, las sensaciones se hacían en él
agudas, y muchos viejos espectáculos se le ofrecían como llenos de
un vigor nuevo y como preñados de revelaciones. Era como si hasta
aquel momento la vida, las gentes, las cosas mismas, hubiesen
tenido guardados, hoscamente, secretos que ahora le revelaban con
prodigalidad, con la misma con que en primavera nacen en todos los
rincones y en todos los lugares del campo las cándidas flores de
manzanilla. Los paisajes acentuaron su expresión ante él. Todas las
tardes, al volver de Santa María, Sergio se internaba en el bosque; y
aquel rumor solemne y continuo que iba y venía entre los árboles, y
aquel estremecerse de las ramas desnudas, le invadían de emoción. Todo
tenía un significado de ternura a sus ojos. A veces cesaba bruscamente
el soplo del viento y el bosque entero quedaba inmóvil y silencioso,
como si le sobrecogiese una aparición: las verdes agujas de los pinos
ni aun se estremecían... Sergio pensaba entonces que su alma crecía
en el silencio hondo y extraño y que su pensamiento se extraviaba en
él, como si el Infinito le rozase. Era un vértigo momentáneo. Después
volvía el rumor, desde lejos, desde la linde del bosque, y los árboles
más próximos respondían y los inmediatos, y otra vez los remotos, y
alguna piña verde caía con sordo golpe sobre el musgo, o cruzaba,
piando, un ave invernal de obscuro plumaje. Casi en el centro de la
arboleda había un pequeño claro. El musgo era allí suave y mullido,
en grandes manchas, como cojines de terciopelo. Dos castaños muertos
en la primavera pasada estaban aún en pie; pero sus ramas eran de
negro color, carcomidas y rotas. La corteza de los abedules jóvenes
brillaba con un tono de plata; el tojo crecido tapaba los huecos
entre árbol y árbol; las ráfagas de viento marino no llegaban allí;
era un relicario, donde el invierno vivía, el invierno gallego, verde,
húmedo, melancólico, sentimental; pinos rumorosos, blanco plumón de
espuma sobre las aguas de la ría, unos giros más revoltosos en el humo
azul que sale entre las tejas, un abad bonachón que vigila el paso de
su rocín peludo por el lodo de las corredoiras, risas de mozas en las
«fiadas» o junto a las amplias chimeneas donde duerme el can y donde
el pote ventrudo, que cuelga sobre la hoguera, tiene también cierto
aspecto abacial y bondadoso.
Y pensaba el joven en cien cosas pueriles en esos largos instantes
en que permanecía allí, recogido sobre el corazón de la Naturaleza;
en esas cien nimiedades que salen de lo íntimo de un amor, suaves,
cautelosas, meditativas, como lagartos al sol; pensaba en el frío de
las cosas bajo el invierno: en el frío de un castaño lleno de humedad;
en el aterimiento de todo el pinar, cuando, por las noches, bajo las
estrellas inmóviles, pasaban las ráfagas del Noroeste, impetuosas y
duras, llenas de olor de mar... Cuando desde su casa veía parpadear
entre las tinieblas la luz de otra morada, distante, le parecía que
era una luz perdida en los caminitos de la Gándara, que temblaba de
frío... Tenía ahora esa irresistible propensión a personalizar los
objetos, y sentía a veces en el misterioso mutismo de los árboles
súbitos temores a lo sobrenatural. En más de una ocasión marchó,
apresurado, por ocurrírsele de pronto que en el claro iba a aparecer
con pisadas quedas y la boca entreabierta, como en una sonrisa taimada,
el lobo astuto y hambrón de los cuentos gallegos, que habla con las
gentes y finge la voz de los familiares cuando va a llamar a la puerta
de las chozas, porque sabe que han quedado solas las mujeres.
Su más grande pena era no saber el paradero de Federica. ¿Se había
marchado, en efecto, a la ciudad?... Soñaba frecuentemente que ella
habría buscado acomodo en alguna casa de las cercanías, y que en
cualquier impensado momento la había de hallar, quizá--se enternecía
pensándolo--en la vivienda de unos labradores. Dormiría en la cama
de castaño, de forma de arca, y comería el pan de maíz, y acarrearía
brazadas de hierba húmeda, y se encorvaría sobre la tierra, y los
instrumentos de labranza endurecerían la piel de sus manos... Todo esto
por cariño hacia él, para vivir bajo el mismo trozo de cielo. Cuando
la hallase así, las madreñas hundidas en el fangal de una encharcada
corredoira, la apretaría contra su pecho; el olor aldeano habría
triunfado del suave olor a romero que envolvía su piel; pero Sergio
sabría encontrarlo escondido bajo el pañolón atado a la espalda, cerca
de la carne joven.
O quizá... ¡Si Federica hubiese ido a la casa de la Cruz del Souto!...
Sergio se estremecía de iracundia y de celos. El cadete había marchado
ya; pero tan sólo el recuerdo de aquella tarde en la carretera... Y la
imaginación del joven se hacía trágica y se veía machacando con sus
gruesas botas claveteadas el cráneo del pequeño Souto, con la teresiana
puesta, sobre la misma gradería de piedra de la cruz.
En una de sus meditaciones le asaltó una sospecha. Acaso la novia,
falta de ocupación, sin dinero, hubiese marchado a la casa de sus
padres. Esto le obsesionó tan penosamente como lo anterior. Trataba de
imaginarse a Dumbría como un inmenso pinar; sin saber por qué, asociaba
a la imagen el puertecillo de Puenteceso y los pesados pataches en
cuya cubierta ladraba un perro, y los carros rechinantes, cargados de
troncos de pino... Volvoreta estaba en el pinar, o en los pataches, o
en el carro... y cerca de ella, siempre cerca de ella, en el carro y
en la barca y en el pinar, el aldeano aquel... el desconocido rival
vehemente y furioso como un sátiro...
Pero Sergio se inclinaba más a creer que Volvoreta no se había alejado
de la Gándara, y aun hacía solapadas indagaciones para descubrirla. Un
día, al fin, lo consiguió. Carmela, la aldeana cuarentona que trabajaba
a jornal en la finca, mientras desparramaba la simiente en los surcos,
le dijo, socarrona:
--¿Sabe a quién vi ayer, señorito Sergio?
Aguardó un momento antes de añadir:
--A su rapaza.
Él sintió un vuelco en el corazón. Tardó también en preguntar:
--¿A qué rapaza, Carmela?...
--¡Boh!--la aldeana sonreía maliciosamente--. ¡Boh!... ¿A quién ha de
ser, señor?...
Sergio la miró, vacilante. Decidióse y se acercó a ella, bajando la voz:
--¿Viste a Volvoreta?
--Vi. Así Dios me salve.
--¿En dónde está?
--¡Ay!... Dónde está no sé. Pero ayer, por lo menos, que fuí yo a la
ciudad, en la ciudad estaba.
El mozo suplicó:
--¡Carmeliña... te he de regalar...!--no encontró qué regalar en el
momento--. ¡Te he de regalar lo que quieras si me cuentas todo!...
La jornalera fruncía sus labios, llenos de arruguitas, satisfecha del
apuro del joven.
--Pues todo... ya está. ¿Qué más quería?...
--¡Anda, Carmela!...
Y tras largo regateo de detalles, Carmela contó:
--Vive en la plaza...--no se acordaba del nombre--. ¿Sabe dónde está
el Instituto?... Pues allí, en el 9. Hay una posada, y tienen cuadra
también, que es donde yo dejo la caballería cuando voy al pueblo... Aún
no encontró casa donde servir.
Agregó, volviendo al trabajo:
--Como guapa, es bien guapa, señorito.
Y Sergio aquella noche, encerrado en su alcoba, escribió a Volvoreta
una larga carta en la que nada decía: era la espuma del contenido amor:
una carta lírica en la que vertió una romántica tristeza. La releyó y
quedó satisfecho.
Pensó en los medios de que la respuesta pudiese llegar a sus manos,
y tras una larga cavilación resolvió que se la dirigiese a nombre
de Ramón, el hermano de Chinto, que aún yacía enfermo en la choza.
Él mismo escribió el sobre para sí propio, pegó el sello y lo mandó
dentro de su carta, con un ruego porfiado de réplica: «¡Escribe pronto,
escribe pronto; no vivo sin ti!»
Al siguiente día preparó a Chinto. Fué a verlo a la huerta.
--¿Cómo marcha tu hermano, hom?...
--Va yendo, nada más--se lamentó, sin gran pesadumbre, el criado--. No
sé qué tiene en aquel cuerpo el pobre, que no sale de penas.
--¿No volvió el médico?
Chinto se encogió de hombros.
--¡Boh!... ¡Los médicos!... Ya vió... No le dan con el mal... Allí
tenemos la receta...
--¡Pero Chinto!...
--¿Y usted sabe lo que costaba, señor, que no llegaban dos duros para
ella?... ¡Y total... si ha de estar de Dios!...
Luego añadió, como para justificarse:
--Pero ya lo visitó la saludadora del Carballo, que tiene manos
de santa. Dice que lo que trae a mal traer a Ramón es un «aire de
difunto». Y luego él recordó que en el velatorio del zoquero de Treves
se había sentado en la cama donde murió el hombre. Mañana quedó en
venir la saludadora para quitarle el aire.
--¡Si mi madre se entera, Chinto!
Chinto volvió a hacer un mohín:
--¡Ojalá hubiésemos empezado por esto, que ya estaría bueno el
pobriño!...
Sergio entonces deslizó su propuesta:
--Mira... Tengo un amigo que... ¿sabes?... no quiero que me escriba
a casa... Mandará los sobres dirigidos a Ramón... Que no los abra,
¿eh?... Ya iré yo a recogerlos.
Chinto asintió y ofreció advertirle. Sergio, radiante, volvió a
escribir el mismo día otra larga carta sentimental.
* * * * *
Con el aparente motivo de presenciar la curación del mozo, Sergio fué
al siguiente día a la choza donde Ramón era consumido por el mal. Un
grupo de aldeanas esperaba a Chinto; la saludadora del Carballo estaba
entre ellas; era una anciana de ademán recogido, de boca picuda, y
cuyas piernas salían como dos estacas ennegrecidas de los zuecos, de
gruesa suela de castaño. El padre del doliente había abandonado también
sus labores para estar presente al exorcismo. Las cortas patillas
blancas lucían en su rostro carmíneo, y, apegado a las costumbres de la
mocedad, gastaba el corto calzón de botones azules y la parda montera,
y la gruesa polaina rematada sobre el pie en una borla decorativa.
Sentado cerca del hogar, picaba sobre sus propias manos, callosas, los
tabacos de a cuarto. Chinto le deseó al entrar:
--Buenas tardes, mi padre.
--Buenas tardes, hom.
La saludadora comenzó sus funciones. Se había comprado un barreño nuevo
y la vieja lo puso sobre un banco, cerca de la cama del adolorido.
Vació en él unos cuencos de agua. Fué preciso darle alguna prenda de
ropa que hubiese estado en contacto directo con el cuerpo del mozo, y
Chinto le entregó una tosca camisa de Ramón, de la que ella arrancó un
trozo y lo apretó entre sus manos, hasta formar con él una pelota.
Luego cruzó sobre el barreño dos ramas de laurel. Era de rigor que las
sostuviesen dos personas de la familia, y tuvieron que esperar a que el
viejo concluyese de hacer llegar las chispas de su pedernal a la yesca
guardada en el fondo de un trozo de cuerno de buey. Conseguido esto,
encendió su cigarro y se acercó, cachazudo. Sobre las ramas cruzadas,
la saludadora depositó el apelotonado jirón de tela, y prendió fuego
por los dos extremos libres a la cruz. Se alzó un humo oloroso. La
saludadora recitó en alta voz, solemnemente:
_¡Loureiro que fuches nado_
_e non fuches enxendrado,_
_sácall’o aire de vivo,_
_de morto ou d’escomulgado!_
Un profundo silencio. La emoción supersticiosa se había adueñado de
todos aquellos espíritus propicios a ella. Se oía crepitar las ramas
secas de laurel en la calma aparatosa, llena de misterio. El trozo
de tela comenzó a arder con un humo espeso. Sobre el humo, las manos
descarnadas de la vieja se extendían, y sus labios murmuraban un
susurro de frases como en una oración. Cuando las ramas--apoyadas ya en
los bordes por sus cuatro extremos--se quebraron, carbonizadas, cayeron
al agua y en ella chirriaron los tizones.
La saludadora tomó en la oquedad de una mano el líquido y roció con
él el rostro y la cama de Ramón. El exorcismo había llegado a su fin.
Después buscó la anciana en el barreño el trozo de camisa, quemado ya,
y entre sus dedos nudosos lo abrió al medio, como un fruto de madura
pulpa, y se acercó a mirarlo a la luz. Escudriñaron en él sus ojillos
grises. Opinó al fin:
--No fué otro que el zoqueiro de Treves, meu filliño. Ve aquí uno de
sus pelos rubios.
Acercáronse todos a mirar.
--¡Infeliz!... ¡Era aire de muerto!
--¡Bien tiraba de él el camposanto, infeliz!
--¡Malpocado!
La choza estaba obscura ya; pero por la puerta abierta de par en par
se veía una perspectiva de paisaje lleno del luminoso azul de los
anocheceres.
* * * * *
La primera carta llegó, al fin. Sergio la recogió con la misma sorpresa
y la misma alegría que si no llevase cerca de una semana esperándola.
Huyó con ella, buscando un sitio donde poder entregarse a la lectura
con un absoluto aislamiento. Su inquietud le hacía vacilar. El ruido de
un regato que caía entre rocas le molestaba; más allá, era el rumor de
un grupo de robles el que parecía turbar indiscretamente su atención.
Por último, rasgó el sobre en la carretera; extrajo el papel: era
la hoja de un cuaderno de notas, rayada fuertemente de azul. Leyó:
«Apreciable Sergio»... Y cayó sobre su espíritu una gran tristeza.
«¡Apreciable Sergio!»... Creyó adivinar que la carta le traía la
decisión de una ruptura. Continuó leyendo con el corazón estremecido.
«Apreciable Sergio: Sabrás que me alegro tener noticias de tu salud, y
la mía es buena.» Continuaba después: «No me engañes con otra: quién
sabe con qué mujer te estás entreteniendo; pero yo lo sabré... Suya
afectísima», terminaba diciendo.
El joven quedó con los brazos caídos, inmovilizado de estupor. Tardó en
comprender la carta. ¿Qué quería decir todo aquello, tan desatinado e
incongruente? Él no había dado noticia alguna de su salud, ni Volvoreta
podía presumir un engaño. ¡Un engaño!... ¿Con quién?... Volvió a leer
la carta y tuvo tentaciones de romperla. La letra era ancha y desigual,
y aun con el amparo de las rayas azules no consiguieron los renglones
ser trazados derechamente. En algunas palabras faltaban sílabas y la
ortografía en todas. Sergio creyó al principio que se trataba de una
burla. La idea de que alguien hubiera podido interceptar su carta y
mofarse de su lirismo extremado--en mofa soez de gente reunida en torno
a una mesa de posada--y pergeñar aquella respuesta imbécil, le encendía
en vergüenza y en coraje. Esperaba él una contestación como la suya,
apasionada; el relato, también, de la odisea de Federica... Todas las
preguntas de su carta quedaban sin réplica.
Pero pasados los primeros instantes, sosegada su razón, pensó que era
un absurdo exigir de Volvoreta sentimentalidades literarias, y que los
renglones trazados en aquel humilde trozo de papel correspondían a la
comprensión aldeana de una carta de amor. Volvoreta había querido, sin
duda alguna, mostrar cierta elevación epistolar, y había estampado
al final aquel «suya afectísima», que habría retenido en su memoria
alguna vez como detalle de distinción. Probablemente, las lucubraciones
del enamorado eran ininteligibles para su lectora, y las cartas
escritas hasta aquel día habrían quedado sin traducción, sin aprecio
posible.
Rectificó su conducta, se afanó en ser sencillo y en usar expresiones
vulgares en las misivas posteriores. Volvoreta contestaba sin
apresuramientos, cada tres, cada cuatro días; sus cartas comenzaron
a ser pintorescas. Rara era aquella en que su cordialidad no hallaba
concreción en algún verso, probablemente copiado del cancionero
popular. Uno, con especialidad, era frecuentemente repetido:
Te quiero más que a mi madre,
y, si no fuera pecado,
más que a la Virgen del Carmen.
En ocasiones venían también hojas de calendario, con poesías, dentro
del sobre. Las cartas llegaban orladas, con unas ingenuas orlas hechas
a mano, y al final, después de la rúbrica--en la que casi siempre se
clavaba la pluma en el papel y despedía borrones--, Volvoreta dibujaba
unas ramitas, o una flor, o una paloma. Una vez trazó un macaco
abominable, con un cigarro en un oído, aunque bien se advertía que la
intención era habérselo dibujado en la boca. Debajo decía: «A ver si
te conoces.» Federica observó que Sergio usaba algunas veces los puntos
suspensivos, y, creyéndolo de rigor, llenaba con ellos renglones de
extremo a extremo, con una copiosa complacencia.
Al joven todo esto le parecía poco formal; pero quería sospechar que
bajo tales inconsciencias se ocultaba, en su primitivismo adorable,
un sincero amor. Cierto día en que el revés de la carta estaba
absolutamente invadido por una rama formidable, en la que Volvoreta
debía de haberse cegado a fuerza de trazar los redondelitos que
simulaban las hojas, pensó Sergio:
--¡Pobre muchacha...! ¡Lo que ha trabajado aquí!...
Aquella frondosidad le enternecía, y para corresponder de alguna manera
a semejante esfuerzo, le envió una postal de peluche, preciosa postal,
casi tan gruesa como un libro, que tenía unos recortes de celuloide y
un espejito en el centro.