IX

Aquella noche de Reyes tuvo una decisiva influencia en el noviazgo y

hasta en la vida de los dos jóvenes. Aún no habían concluído de cenar

los de Abelenda cuando Federica entró, con cierto misterio en la voz y

en las pisadas:

--Están ahí los de Carballo. Vienen a cantar los Reyes. ¿Pasan?

--Que pasen.

Sonaron en el vestíbulo las recias pisadas de unos zuecos. El ruido

llenó la casa, envuelta ya en la obscuridad de la noche. En el corredor

detuviéronse los pasos. Interrogó una voz:

--¿Se puede?

Entraron cuatro hombres. En el umbral inmovilizáronse, parpadeando,

deslumbrados por la claridad del comedor. Dos eran casi ancianos; dos

eran casi niños. Siguiendo la costumbre de todas las aldeas de Galicia,

caminaban aquella noche de pazo en pazo y aun de choza en choza,

cantando un romance de viejo sabor en que se cuenta la mística historia

de los tres Reyes Magos que van desde el lejano Oriente de todos los

relatos misteriosos, a hacer la ofrenda de sus dádivas al Niño Dios.

Saludaron; hubo un instante de silencio. Se miraron, tras unas toses

de carraspera. Luego rompieron a cantar. Y la canción iba hablando del

peregrinaje tras la estrella, y de cómo los tres monarcas llegaron

a Belén, y de cómo la Virgen María salió a recibirles, y ellos se

quitaron las coronas, respetuosamente. Todo el romance tenía una dulce

ingenuidad. Los hombres, con una mano aplicada a la oreja, apoyada la

otra en la larga vara de castaño, cantaban a grito herido. El más joven

era un caso de unción, inmóvil, con su chaleco rojo, con sus zuecos

ocultos bajo la gruesa capa de barro, cerrados los ojos, chillando

hasta hacer hinchar las gruesas venas de su garganta... El romance

terminaba con un galano llamamiento a la generosidad de los «fidalgos»,

y el asonante «aguinaldo» surgía finalmente y fatalmente. Hubo una

pausa; y después de embolsada la peseta y de trasegado el buen vaso

de vino, los hombres hablaron de la feria pasada, de las arrobas que

pesaba el cerdo muerto, del coste de los bueyes... Entonces fué cuando

doña Rosa se fijó en un rostro que asomaba a veces a curiosear por la

puerta, a dos palmos del suelo, casi entre las piernas de los cantores.

--¿Quién está ahí?

Los del Carballo se rieron.

--Es Santiaguiño.

Le empujaron. Santiaguiño entró, algo ruboroso, alzando la boina sobre

la frente, pero sin quitársela por completo. Traía su chaqueta de pana

negra y la vara de fresno, más alta que él, bajo el brazo. Toda su

carita redonda sonreía con la malicia aldeana.

--A las buenas noches--saludó.

--Empeñóse en venir con nosotros...--explicaron sus acompañantes.

--¿Y tu amo te deja, Santiaguiño?--preguntó Sergio, divertido con el

aspecto del rapaz.

--Ya no tiene amo, señor--respondieron--. Marchóse de su casa porque no

le pagaba el jornal.

Rieron todos. ¡Oh, Santiaguiño incomodado, requiriendo su hatillo de

ropa y su vara de fresno, plantándose ante el labrador formidable que

contrató sus servicios, y solicitando su dinero en una disyuntiva de

reclamación judicial!...

--¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?

--¡Je!...

A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona, y mira de soslayo

las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña

nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las

morenas casitas aldeanas los pequeñuelos no esperan la visita de los

Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer;

sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de

los bueyes solemnes, de paso perezoso, que van arrojando dos conos

de humo por sus narices contra el húmedo suelo, de los locos rebaños

asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los

tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se

durmió sin esa inquietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de

lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado.

No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa

madre Tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las

alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va

a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama

dura, cómo pasan cantando los del Carballo, o los del Pinar, o los de

la Cruz del Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el

señor Mingos, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que

su amo no se niegue a pagarle los jornales.

Y pasará el canto, conmoverá una ráfaga las ventanas, se agitará

una vaca en el establo, y los Reyes habrán transcurrido ya para el

rapazuelo.

Ahora, bebido el último sorbo, enjugada la boca con el revés de la

mano, se van los cantores. Vuelven a sonar sus fuertes pisadas.

--Vaya, ¡a la obediencia de ustedes!...

Y se pierden en el silencio y en las tinieblas.

* * * * *

Dos horas después, cuando Sergio creyó dormidos a todos los moradores

de la casa, emprendió su caminata misteriosa. Federica estaba

despierta. Al entrar en el cuarto, Sergio derribó el aguamanil,

torpemente situado cerca de la puerta. Entonces una mano de la joven lo

buscó entre las sombras y le apresó fuertemente con cierta angustia.

Juntas las cabezas, Federica susurró a su oído:

--¡Por Dios! Rafaela no duerme...

Y quedaron inmóviles mucho tiempo. Se oyó rebullir--al través del

tabique--en el jergón de la vieja criada. Después volvió a caer la

quietud, más pesada y más honda, esa quietud en la que las arterias

baten ruidosamente.

Sergio indagó:

--¿Está despierta?

Y con un soplo refirió Federica:

--La he oído quejarse hace un momento.

Esperaron aún. Volvoreta volvió a atraerlo para conjeturar,

tranquilizadora:

--Quizás fuese en sueños.

Y como nada extraño ocurriese, ni turbase la calma de la casona

ningún rumor, fué renaciendo la confianza en sus ánimos. La costumbre

les había dado cierta seguridad en sus entrevistas, y a veces hasta

saboreaban el peligro de una risa que pudiera ser escuchada o de un

crujir del piso o del lecho que pudiera ser delator. El joven gustaba

de permanecer inmóvil oyendo el ruido de las ráfagas que pasaban tan

cerca, sobre sus cabezas, experimentando esa sensación de desleimiento

que sufrimos cuando ponemos toda nuestra atención en el magno silencio

de las noches. En esos instantes era feliz y se estremecía al pensar en

salir de aquel abrigo y aquella inmovilidad para descender a su alcoba,

por los fríos corredores de la casa. En estos momentos suyos de quietud

satisfecha, Volvoreta solía dormirse, y a él se le antojaba tener una

misión amparadora cerca de ella, y soportaba la molestia del brazo

extendido bajo la cabeza femenina, para no turbar aquel sueño suave,

seguro, venturoso.

De pronto, una mariposa de luz, un luminoso hilito, corrió por la

pared del cuarto. Se lo advirtieron mutuamente, con un sobresalto que

hizo separar sus cuerpos. Miraron. Bajo la puerta brillaba una línea

amarillenta. Sergio se arrojó del lecho, temeroso. No habían sentido

las pisadas; pero él pensó que acaso Rafaela... En un instante, las

ideas se entrecruzaron y confundieron en su cerebro, como las alambres

de un soporte caído. La raya de luz estaba inmóvil; el silencio era

obstinado... Sospechó que la vieja criada, a quien Federica había oído

quejar, se habría levantado para ir a la cocina a prepararse cualquier

tisana... Eso debía de ser, porque la luz no se movía. Advertíase

aquella raya amarilla, y también el ojo de la cerradura, encendido,

y, en un lugar del estrecho tabique, donde faltaba un nudo, se

transparentaba un pequeño disco de madera, con color sonrosado, como de

carne...

Pero he aquí que se sintió un ligero rumor en el picaporte. Y

lentamente, la puerta se abrió. Sergio estaba como petrificado, en

pie junto a la cama. La puerta se abrió, y entró la mano de Rafaela,

sosteniendo la palmatoria de cobre; y después el propio rostro de la

mujer... Todo muy despacio, muy en silencio...

--¡Jesús!...

Y volvió a cerrar la puerta. Sergio seguía viendo, en la obscuridad,

la cara de la vieja servidora, iluminada de abajo arriba por la luz,

y sus ojos asustados fijos en él. La exclamación de sorpresa y de

escándalo duró también mucho tiempo en sus oídos... Desapareció la luz;

se oyó crujir el catre de Rafaela... Sin hablar, sin volverse hacia

Federica, sin pensar casi, Sergio salió. Se fué en puntillas; no sentía

el frío ni le importó pisar aquel escalón que chirriaba siempre y que

él evitaba tocar... Entró en su alcoba, se arrojó en cama, y se tapó la

cabeza, consternado.

Cuando despertó supuso que era temprano todavía; no había entrado aún

su madre a llamarle, según costumbre; la casa estaba en silencio.

Filtrábase una débil claridad por los resquicios de las contraventanas.

Decidió esperar a que le avisasen, como habitualmente; y lo ocurrido

la noche anterior volvió a su memoria con una intensidad que le

hacía sufrir. Rafaela lo había descubierto todo. ¿Qué ocurriría?...

Temblaba al escándalo como a una catástrofe. ¿Cuál sería la cólera y

el desprecio hacia él de su madre, tan rígida, tan severa, sorprendida

por el relato de un hecho indigno?... Tan monstruoso le pareció

entonces a Sergio su proceder, que no creyó que Rafaela se decidiese a

denunciarlo. Se prometió tener con ella una entrevista en la que había

de procurar engañarla acerca del verdadero motivo de su presencia

en el cuarto de Federica. Engañarla...--se paró a pensar--; pero,

¿cómo?... Resolvió confiarse a ella absolutamente, referir la verdad,

atenuándola en lo posible, y suplicar el silencio, con la promesa de

no reincidir nunca... Y no reincidiría. Ahora hacía un voto solemne de

sustraerse a la tentación. Dedicóse a imaginar lo que había de decir a

Rafaela. Oía mentalmente sus admoniciones y se dictaba las respuestas

que creía indicadas.

Cuando sonaron pasos próximos a su estancia fingió dormir. Entró doña

Rosa. Casi desde el umbral, gritó:

--¡Sergio!

Simuló no oir.

--¡Sergio!

Se desperezó y abrió un ojo.

--Es tarde ya.

Gruñó, como de costumbre:

--Voy... ahora...

Y volvió a cerrarse la puerta.

Lo de siempre, todo había pasado como siempre. Rafaela, pues, no

había hablado. Se levantó, se zambulló en el agua y fué al comedor.

La inquietud latía, sin embargo, en su pecho. En la mesa humeaba su

gran taza de café; pero en los sitios donde solían desayunar la madre

y la hermana tan sólo quedaban algunas migas de pan y unas manchitas

de café sobre el tapete de hule. Miró el reloj y eran las diez. ¡Las

diez!... ¿Por qué le habían dejado en cama hasta las diez?... Su madre,

de pronto, se detuvo ante él, al otro lado de la mesa, y le dijo,

severamente:

--Desde hoy irás todas las tardes a dar tus lecciones a don Miguel.

Nada más. Sergio bajó los ojos hacia el tazón. Al concluir tomó su

libro y fué a estudiar al huerto. Rafaela fingió no verle pasar. Aquel

día hizo una observación el enamorado. Volvoreta no sirvió la comida ni

la cena, ni estuvo en el huerto ni en el jardín, ni se oyó en la casa

su voz cantarina. Y tampoco al día siguiente, ni al otro...

Sergio supo, al fin, que en la mañana de eterna memoria Federica había

recibido su salario, había recogido sus ropas y se había marchado a la

ciudad. Supo también--Rafaela lo contaba en la cocina--que «ni aun se

había puesto encarnada».

X

Todas las tardes, después de comer, Sergio seguía el camino de Santa

María de la Gándara, y, ya en la casa rectoral, recitaba sus lecciones,

mal aprendidas casi siempre, ante don Miguel, inmovilizado en una

actitud seria e importante.

Sergio no recibía grandes luces de aquella enseñanza, porque las

asignaturas que había de estudiar eran totalmente desconocidas para

el párroco; en realidad, éste se limitaba a mirarle severamente

cuando, en la enumeración del itinerario que había de seguir una carta

certificada, olvidábase el estudiante de citar algún pueblo. Transigía

difícilmente con que Sergio alterase, en su explicación, las frases

empleadas por el autor de la obra. Terminada la clase, escribía en un

cuadernito su parecer acerca de la aplicación del alumno, le sermoneaba

a propósito de su conducta y de su misión en la tierra, y, a veces, le

hacía merendar una taza de leche en la que desmigaba dorado pan de maíz.

Algunas tardes, Rodeiro, cuya hacienda no estaba lejos de la rectoral,

aparecía en ella y disparaba contra don Miguel sus apotegmas

revolucionarios o menospreciaba las condiciones de cazador de que

el párroco hacía gala insistente. Le amenazaba de continuo con la

presencia de Rosales, el director de _El Avance_, que, según él, había

de instruirle en lo que era tirar a liebres y avesfrías. Don Miguel

sonreía un poco picado en su amor propio:

--Bueno, hombre; pues que venga... Ya se verá. A aprender estamos.

Y Rosales apareció con Rodeiro en la tarde de un sábado. Rosales era

un hombre de pequeña estatura, seco de carnes, de color cetrino, con

ásperos bigotes recortados y largos dientes de tono marrón. Un vello

abundante y negrísimo envolvía sus muñecas, y no se detenía más que

ante la imposibilidad de crecer también en las uñas. Ante todo--él lo

confesaba--era cazador; después, radical. Tenía algún dinero, que le

permitía vivir con cierto desahogo, y gozaba en la ciudad reputación

de periodista formidable, nunca vencido en polémicas, en las famosas

polémicas con que él, muy de cuando en cuando, porque no gustaba de

prodigarse, desvanecía de satisfacción a sus correligionarios.

Aquella tarde Sergio no dió su lección. Enfrascáronse deliciosamente

don Miguel y su huésped en una charla acerca de su afición común,

y al llegar la hora de la merienda--la partida había de ser al

día siguiente, después que don Miguel dijese su misa, casi con el

alba--sentáronse todos frente a un lomo de cerdo fiambre y a una

panzuda botella de vino del Avia, el mejor de todos los vinos del

mundo, en la opinión bien fundamentada de Rodeiro.

Las anécdotas inevitables surgían entre trago y bocado. Don Miguel

suplicó:

--Venga mañana con nosotros, Rodeiro. Yo le presto escopeta.

--_Vade retro._ No están los caminos para andanzas.

Abrió un paréntesis para elogiar el vino y afirmó después, siguiendo el

tema:

--Yo no creo en eso: bien lo saben. Yo continúo afirmando que es

imposible cazar. Existe la escopeta, el perro, el monte, el cazador, la

perdiz... todos los elementos. Pero lo que no ha ocurrido nunca es que

ese cazador, auxiliado por su perro y haciendo uso de la escopeta, mate

a la perdiz, o al conejo, o a la liebre.

Los otros soltaron la risa.

--¡Este Rodeiro!...--exclamó el radical.

--Pero si en su vida ha encañonado a un triste gorrión... ¿cómo se

atreve a hablar, hombre?... ¡Venga con nosotros: venga a ver y a creer,

caramba!...

--¡Oh!--ponderó el menospreciado--; ¡oh!... ¿quién le contó que yo

no he ido de caza?... Mientras viví en Madrid, en aquel insoportable

Madrid, todos los domingos... Iba con el jefe de mi negociado, don

Ismael Zanón. Iba, claro está, a oxigenarme... Cazar, nunca he cazado

nada.

Y contó largamente. Medio Madrid salía al campo los domingos. Las

estaciones se llenaban de gentes que aún llevaban los ojos hinchados

por el sueño y se dejaban arrastrar por canes corpulentos atados a una

cadena, y sudaban bajo su chaquetón de pana, y su morral, y su cinto

de cartuchería, y su terrible escopeta, y sus polainas, y su sombrero,

en el que triunfaban las plumas de una perdiz o el rabo de una liebre

sacrificados en un festín familiar. Los trenes mañaneros iban invadidos

por este ejército de utopistas. En cuanto arrancaba la locomotora,

los feroces perseguidores de alimañas abrían sus morrales y extraían

el grasiento envoltorio, en cuyo interior hay siempre una tortilla de

patatas o el yerto alón de un pollo. Y comían terriblemente, con un

gesto que haría estremecer a las más animosas perdices.

Rodeiro iba también, cuidadoso de no revelar su escepticismo. Suponía

de buena fe que si sus compañeros llegaban a descubrir que no era

cazador ni creía en las patrañas cinegéticas, le fusilarían en un

rincón del monte, como a un espía que pudiese venderlos. Callaba

y andaba; sobre todo, andaba: kilómetros, leguas, miriámetros, y

a veces, por el buen parecer, disparaba la escopeta, procurando

hacer--decía--mucho ruido.

Su consciente complicidad le causaba divertimiento. En ocasiones se

dividían los cuatro compañeros habituales, e iban dos por aquí y dos

por allá, con el arma preparada, ojo avizor, escrutando en las matas de

tomillo.

--En las matas--explicó él--, que apuntan en aquellos horribles montes

castellanos como mechoncitos de pelo en un cráneo tiñoso.

Don Ismael y Rodeiro iban juntos frecuentemente. Don Ismael tenía un

perro elefantíaco y estaba equipado espléndidamente para cazar; no le

faltaba una tilde: desde las polainas al sencillo alicate para sacar

el cartucho cuando el extractor está reacio. Don Ismael, sin embargo,

nunca mataba pieza alguna. Un día, fatigados ya, sentáronse a la sombra

de un olivar. Era en Aranjuez. En el valle se veía la fronda de los

famosos jardines. Sobre la cinta acerada del Tajo se alzaba una neblina

que seguía el curso del río: semejaba una rúbrica de humo en el aire.

Descansaban los dos cazadores al lado de sus escopetas. Don Ismael

miraba al cielo con melancolía.

--¡Poca suerte!--gruñó.

--¡Sí; poca suerte!--apoyó Rodeiro.

Don Ismael preguntó de pronto:

--¿Ha cazado usted mucho en su vida?

Rodeiro dió un silbido para hacer entender que el número de sus

víctimas no podía contarse con palabras. Pero comprendió al mismo

tiempo que un buen cazador debía saber referir alguna hazaña

insuperable.

--Este verano--aseguró--cacé en mi tierra cincuenta liebres en un solo

día.

--¡Oh, cincuenta liebres!--el asombro de don Ismael era sincero--.

¿Quizás con galgos?

Rodeiro replicó prontamente, sin dar importancia a su declaración:

--No; fué con reclamo.

Don Ismael tuvo un éxtasis de sorpresa.

--Es singular--murmuró como hablando consigo mismo--. Jamás he oído

contar cosa semejante.

Y sintiéndose evidentemente inferior, confesó, tras pequeñas

vacilaciones, como si se hubiese detenido a considerar si Rodeiro era

hombre capaz de guardar una confidencia:

--Yo soy muy desgraciado. No acierto jamás. ¡Nunca he cazado nada,

amigo mío!...

Y sin embargo, había ensayado, había consagrado un mes entero a

ejercicios preparatorios. Compró entonces un conejo. Lo soltaba en el

pasillo de la casa, y el pobre animal huía, azorado, a refugiarse donde

se creía más seguro. Entonces don Ismael salía con el perro por el otro

extremo del pasillo:

--¡Búscalo!...

Y el perro olfateaba y comenzaba su tarea investigadora. Don Ismael

marchaba detrás con una escopeta de aire comprimido. Así se adiestraba

él y adiestraba al perro.

--Nada conseguí--concluyó, mirando a la tierra, donde incontables

esferitas daban fe de la existencia de los conejos y de las liebres--.

Sin embargo, no se puede negar que hay caza. Ahí tiene usted al rey. El

rey mata centenares de piezas en un solo día.

--¡Bah!--respondió Rodeiro, para consolar a su jefe--. ¡Así caza

cualquiera!... Todas las piezas que le sueltan al rey llevan un collar

de cascabeles.

--¿Usted cree?...

--Estoy bien seguro.

Y reanudaron su marcha en silencio. Don Ismael meditaba. En su

cinturón los casquillos de los cartuchos brillaban como las tachuelas

de una cincha... De pronto agarró a Rodeiro por un brazo. Jadeaba de

emoción, inmóvil, con los ojos muy abiertos fijos en un punto del

monte. Indicó en voz baja:

--¡Allí!...

Rodeiro sintió tambalearse su incredulidad. Junto a una mata de

tomillo, a unos treinta pasos, se veía el cuerpo de un conejo, con las

grandes orejas erectas. Lo contemplaron un minuto con estupefacción,

como si fuese el primero que viesen en toda su vida. Después lo

encañonaron. ¡Pum! ¡Pum! ¡Zas! ¡Plim!... Cuatro tiros. Enloquecían. Si

en lugar de dos cartuchos tuviesen veinte en cada escopeta, hubiesen

continuado hasta acabar. Cuando miraron, el conejo estaba en el mismo

lugar en que lo habían divisado al principio. Vociferaron entonces como

energúmenos:

--¡Hurra!

--¡Cayó! ¡Cayó!

Y corrieron hacia él, embriagados de alegría.

Muerta estaba, en verdad, la pieza. Pero su muerte era remota. Un sutil

lazo de alambre unido a una estaquita le rodeaba el cuello. En la parte

que descansaba en la tierra, su cuerpo se había hecho plano; corrían

las hormigas por él; un ojo había desaparecido por completo. Podía

hacer un día o dos que el animal había exhalado el último suspiro.

--¡Qué lástima!--gruñó don Ismael.

Y añadió, vacilante:

--Si a usted le parece... nos lo llevaremos... para no ir así, de

vacío...

Cuando bajaron a Aranjuez ya era de noche. Brillaban los farolillos de

la estación--rojos, verdes, blancos--como una verbena. Una muchedumbre

de pescadores y de devotos de la cetrería--todo el gentío que por la

mañana había salido de Madrid para asolar los montes y despoblar el

Tajo--asaltó el convoy. Don Ismael, ya en el coche, colocó el conejo

bien a la vista; un pescador colgó, próxima a él, la red con el botín

ganado. En la red había hasta una docena de sardinas. Aquel vecino

genial, desconocedor de la ictiología, trataba de encubrir su fracaso

y había adquirido en Aranjuez los primeros pescados que le ofrecieron.

¡Gentes felices con sus inocentes patrañas!...

Pero he aquí que, ya en marcha el tren, comienza a difundirse por el

vagón un olor sospechoso; se acentúa, se hace más y más intolerable...

Rodeiro y su amigo comprenden y palidecen al mirarse. ¡Maldito

conejo!... ¿Cómo es posible que sus compañeros de excursión creyesen

la bella historia inventada por don Ismael acerca de la muerte de un

animal que exhalaba un hedor tan repugnante?...

El pescador había olfateado varias veces. Luego dirigió una mirada de

recelo hacia la carroña putrefacta que se escondía bajo la piel del

conejo. Si se descubría todo... ¡Era el deshonor!... Pero don Ismael,

tembloroso de miedo ante el ridículo, tuvo una idea. Se levantó, cogió

el cadáver como para guardarlo en el morral, se acercó después a la

ventanilla fingiendo mirar el paisaje, y arrojó disimuladamente el

pequeño cuerpo corrompido.

Respiraron.

--Los conejos y las liebres--concluyó Rodeiro--que se sientan por las

noches a ambas orillas de la vía para ver regresar el tren de los

cazadores, han debido reirse entonces largamente.

Rosales y don Miguel habían celebrado la narración con carcajadas. La

botella de Rivero de Avia estaba vacía. Mandaron servir otra, y el

sacerdote reprendió jovialmente a Rodeiro:

--¡Cómo inventa, Dios mío!

Él aseguró que todo lo narrado era verdad.

--Tan convencido estoy de que en el monte no se puede cazar nada, que

si alguna vez me acomete esa pasión seguiré un procedimiento distinto:

haré que mi criada ate por una pata en mi huerto, aquí y acullá,

conejos y gallinas. Luego saldré yo con mi escopeta... Esa es la caza

ideal; créame.

Don Miguel lloraba de risa, porque se imaginaba los esfuerzos de un

conejo para escapar, con la pata sujeta a una col, y el alborotado

cacareo de las gallinas, y a su feligrés avanzando cautelosamente y

haciendo fuego con tanto orgulloso contentamiento como si los cazase en

pleno campo. Cuando pudo hablar, arguyó:

--¡Pero, hombre, no gustarle la caza!... Aunque no sea más que por

admirar el trabajo de los perros... Mire usted que un buen perro,

parándose...

Iba a perderse en una descripción; pero le interrumpió a gritos Rodeiro:

--¡Alto!... No siga usted. ¿Cómo voy yo a admirar a los canes?...

¿Entonces, usted no conoce mis ideas?... Todo lo que se dice acerca

del perro es literatura, nada más que literatura. Eso de que es «el

amigo del hombre»... «el fiel compañero»... ¡literatura! El perro es un

animal de tendencias retrógradas; el perro llega a tener el concepto

de la propiedad; defiende a ladridos y a dentelladas la hacienda del

amo; es individualista; un instinto especial le hace abominar de los

pobres; hasta los canes de los ciegos, que debían conocer la humildad,

enseñan los dientes a los transeuntes. Además, tienen antipatías

voluntariosas. Yo no puedo pasar delante de la taberna de «Miñoca»

sin que su perro se lance contra mí. Una vez me mordió. Sin embargo,

yo nunca le hice mal. Le digo a usted, señor cura, que cuando los

hombres tengan sentido común, en vez de llamar amigo suyo al perro lo

constituirán en símbolo de la burguesía.

--¡Calle usted, calle usted!

--¡Naturalmente!--vociferó Rodeiro--. Si el clero no defiende a

los burgueses y a los esbirros de los burgueses, ¿quién los va a

defender?...

--¡Es que usted es un ácrata!

Y la discusión derivó ya por esta senda tantas veces recorrida por

ambos. Rosales no creyó correcto intervenir. Él era, al fin, huésped

del cura. Sonreía y vaciaba la copa. Cuando los adversarios contendían

acerca de Marx, se oyó un resollar profundo. El ilustre director de

_El Avance_ había llevado su neutralidad hasta el discreto punto de

quedarse dormido.

Volvoreta · 第 14 / 26 题