XII

Fué en una de las noches finales de Enero cuando llamaron fuertemente a

la puerta de la quinta. Los Abelendas se disponían a acostarse. Rafaela

entró en el comedor, con un gesto de compunción en el rostro:

--Es el jardinero de la señora de Solís. Viene a pedir el caballo de

Chinto, porque tiene el suyo cojo y ha de ir a la ciudad...

Doña Rosa preguntó, inquieta:

--¿Pasa algo en casa de los Solís?

--La niña, señora, que está a la muerte la cuitada.

--¡Válgame Dios, válgame Dios!... ¡Qué tormento para la pobre madre!...

¡Que vaya Chinto a sacar el caballo de la cuadra; en seguida!

Se asomó al pasillo para gritar a Rafaela, que se alejaba:

--Y que pregunten a la señora si podemos servirle para algo..., que

iríamos allá...

Comentó después, suspirante:

--¡Qué desgracia!... ¡Jesús!...

Sabela suspiró también, contristada; pero no habló. Daban las once y

rezaba a toda prisa una salve que, según sus preocupaciones, debía

terminar antes de que cesasen las campanadas. Madre e hija fueron al

mirador. Al través de los vidrios, donde espejeaban vagos reflejos,

vieron la masa sombría de la casa de los Solís y, en ella, un mirador

iluminado. Y esa luz que, a lo lejos, debía sugerir ideas de tibio

hogar apacible, las espantó como la luz de un velatorio. En medio de

la inmensa negrura del campo, entre la quietud y la indiferencia de

todas las cosas y de todos los seres, ¡qué llamada desesperante hacia

lo Infinito aquel resplandor que huía de la casa como para pedir el

socorro de la enorme tristeza que alumbraba!...

Doña Rosa sintió lágrimas en sus mejillas. Se envolvió en una toca y

salió. Isabel intentó acompañarla.

--No; acuéstate tú. Yo no podría dormir sabiendo tan cercana esa

angustia. Sergio vendrá conmigo.

Y fueron. En casa de la Solís, la criada que les abrió la puerta tenía

los párpados enrojecidos de llorar. Doña María, más pálida que nunca,

con un extraño fuego en el fondo de los ojos, envuelta en un chal

negro, los recibió. Fingió ánimos doña Rosa:

--Como supe que mandaba usted a buscar al médico... Por si acaso yo

podía serle útil, he venido. Ya sabe que a las madres de familia la

experiencia nos permite a veces poder servir... Pero no será cosa

grave... ¿Verdad?

Doña María se sentó en una pequeña butaca, muy envuelta en un chal:

--Sí es. Es todo: es lo que faltaba... Esta maldición que me

persigue... ¡No sé; yo no sé!... Maruja está muy grave, doña Rosa.

Tiritaba en su envoltura, hasta el extremo de oirse a veces cómo sus

dientes chocaban. Explicó:

--Llevo tres noches sin dormir; por eso estoy así, destemplada...

--¡Dios mío!... ¿Cómo no avisó, cómo no avisó?...

Doña María bebió unos sorbos de una tisana humeante:

--Gracias, muchas gracias, amiga mía. No era cosa de causar molestias...

Tenía, casi constantemente, en los labios un ligero temblor que a veces

se acentuaba y distendía las comisuras, como si fuese a llorar. Pero

sus ojos estaban secos. Habló, refiriendo, con esa maternal prolijidad

de detalles, las últimas evoluciones de la dolencia. Había sometido

a Maruja a una sobrealimentación. La pesaba frecuentemente, y la vió

aumentar un kilo en su peso. Mas de súbito, el estómago de la enferma

se había negado a admitir alimentos. Toda la labor cuidadosamente

realizada se desmoronó. En quince días, nada más que en quince días,

consumóse el aniquilamiento. Maruja no pudo abandonar la cama. Estaba

allí, inmóvil, blanca... Parecían haberle crecido los ojos....

--Lo horrible--confesó doña María, bajando la voz, en la que había un

susto secreto del corazón--, lo horrible es que ella se ha dado cuenta

ya... Muchas veces la he sorprendido llorando... ¡Llorando sin ruido,

con un llanto espantoso!...

Ocultó ella la faz entre las manos y rompió a sollozar, angustiadísima.

Todo su encorvado cuerpo se sacudía, como si lo fuese a romper el hipo

convulsivo. Doña Rosa, traspasada por el horror de la confidencia,

no pudo hablar. En un tremendo dominio de su desconsuelo, la madre

se repuso bruscamente y calló, mirando para el obscuro vano de la

alcoba, amedrentada ante la idea de haber sido oída. La de Abelenda la

reprendió con dulzura...

--Se atormenta usted recordando...

Pero ella siguió:

--¡Oh, si usted la hubiese visto!... Pasa a lo mejor minutos y minutos

mirando sus pobres manos, en las que no hay sobre los huesos más

que la piel, tan transparente y tan sin sangre... «¿En qué piensas,

Maruja?» «No pienso en nada, mamá»; y se vuelve, lentamente, hacia la

pared, y está callada, con un silencio tenaz, una hora y otra. A veces

finge dormir, pero yo la sorprendo de pronto, con los ojos abiertos

y la cara humedecida de lágrimas... Y yo, entonces, pido mi muerte a

Dios... Ya ve usted, doña Rosa, ya ve usted; son quince años los de mi

Maruja; los otros dos murieron casi a esa edad. Los he amparado, los

he defendido..., y murieron. ¿Es justo, es...? ¿Podrá haber quien sepa

resignarse...? ¿Se puede morir a los quince años?... Si esto lo hace

Dios, ¿por qué Dios me los dió?... Yo fuí buena; yo fuí siempre buena...

Lloraba esta vez sin sollozos; y entre el llanto repetía su frase

obsesionadora, que era, en sus labios, como una acusación contra la

saña de su destino:

--¡Yo fuí siempre buena... siempre buena!...

Cerca de las doce, un débil quejido de la moribunda la hizo levantar de

la butaca. La alcoba estaba tenuemente alumbrada por una lamparilla.

Los gemidos de la enferma se acentuaron. La madre, cerca de ella, le

hablaba con una voz de sobrehumana ternura:

--¡Marujiña... vamos!... ¿Qué es, qué tienes tú?...

La adolescente agitaba el flaco cuerpecillo bajo las sábanas... Sus

brazos se movieron un poco en el aire y se ciñeron a la materna cabeza,

para volver a abrirse y caer nuevamente sobre el embozo, como si toda

ella estuviese sacudida por una gigantesca angustia interior.

De pronto hizo esfuerzos por incorporarse, con los ojos iluminados

por el miedo--los grandes ojos, que parecían mayores en las cuencas

obscuras--; jadeaba en una congoja escalofriante. Doña María la ayudó a

sentarse en la cama, de la que salió un tenue vaho de sudor de cuerpo

enfermo:

--Pero, ¡qué es... di qué es! ¿Qué sientes, hijiña?

Casi había en su rostro el mismo terror y la misma ansia que en el de

su hija. Y ésta acezaba, como si el pronunciar cada letra le costase un

esfuerzo vital:

--No sé... no sé...

Después miró a su madre. Aseguró con su voz infantil, hecha más aguda y

más débil por el sufrimiento:

--Esto es horrible, mamá... Yo no sé...

Y bruscamente se agarró a ella con una energía desesperada para gritar:

--¡No quiero morirme!... ¡Yo no quiero morir!... ¡Por Dios, yo no

quiero morirme!...

Sonó, alterada por el espanto, la voz de doña María:

--¡Si no morirás, hijiña, no morirás! ¿Quién pensó en tal cosa?...

Sin fuerzas ya, Maruja volvió a caer en el lecho. Doña María se apartó

para que no viese sus lágrimas. En medio de la alcoba se arrodilló,

cayó más bien, y alzó al cielo sus manos, huesosas y marfileñas, en

cuyos dorsos los dedos se clavaban con furia. Y elevó los ojos, llenos

de ira y desesperación:

--¡Dios!... ¡Dios!...

Podía ser una súplica o una imprecación rencorosa la suya. Hízola salir

la de Abelenda y la llevó a la butaca. Sergio, mudo, invadida el alma

por un creciente miedo y una creciente piedad, no se movía del rincón

donde al entrar se había sentado. Tenía también él un punzante deseo de

llorar.

* * * * *

Casi al amanecer llegó el médico. Entonces el mozo salió de la

estancia a desentumecer, más que el cuerpo, el espíritu, angustiado en

aquella persistente presencia del dolor. En la cocina la servidumbre

estaba levantada y despierta. No había más que una pequeña lámpara

de acetileno encendida, y a veces corrían sombras misteriosas por

las paredes. Cuando alguien andaba lo hacía en puntillas. La voz del

jardinero resonaba como resuenan las voces en las casas desiertas, de

donde han sido retirados los muebles. Un silencio, que era somnolencia

o era expectación de lo sobrenatural, llenaba las habitaciones y los

pasillos.

Cuando transcurrió Sergio le preguntaron:

--¿Cómo está la pobriña?

Y la más vieja criada opinó:

--Aún durará hasta que suba la marea.

Volvieron a callar. Sonaron después unas tenues pisadas. Doña María,

envuelta en un chal negro, apareció. Llamó al jardinero:

--Llévate a los perros. Bien distantes... Adonde tú veas.

Se lo ordenó casi al oído, como temerosa de escuchar su propia voz,

obsesionada por la idea de que un aullido advirtiese a Maruja...

Sergio se estremeció. Le parecía que toda la casa estaba ya ocupada por

la Muerte.

* * * * *

Maruja expiró al amanecer. Aniquilada, sin fuerzas, vencida por lo

implacable del Destino, doña María tuvo, sin embargo, tan sólo un

momento de absoluta entrega al dolor. Después se dejó llevar. No

hablaba ni sentía; sentáronla en un sillón en la galería de la casa,

para que el fresco mañanero la reanimase y le hiciese bien, y allí se

dejó estar, tiritando, con la mirada fija en un punto, tan refugiado su

espíritu cuerpo adentro, que hasta la expresión había huído de sus ojos.

Era invernal el amanecer, y a la vista de aquellas gentes, fatigadas

por la emoción y la vigilia, parecía más triste aún y más plomizo.

Algunas aldeanas que arrendaban tierras de los Solís habían acudido

e invadían la amplia cocina o se agrupaban en el jardín que rodeaba

el edificio. Una, llegada de lejos, refería cómo había visto a media

noche caer una estrella hacia el lado de la casa donde agonizaba la

adolescente. Entonces se acordó de ella y adivinó que iba a morir.

--Es el tercer hijo que pierde--explicó un antiguo casero.

Y entonces, una vieja aldeana afirmó, avanzando en el grupo su mano

encallecida:

--¡Es un meigallo; es un meigallo que cayó sobre los señores!... Algún

mal ojo los vió que embrujó a sus hijos. ¡Mucha envidia hay por el

mundo!... ¡Uno tras otro, los tres caraveles de mi alma! ¡Pobriños!...

Algo más tarde, los señores de la Gándara comenzaron a acudir.

Poupariña llegó disculpando a Celsa, que no podría comparecer hasta

la tarde, retenida por la turba infantil; doña Simona, la de Souto,

traspasada de un dolor sincero ante aquel infortunio; Rodeiro, que

tropezaba en los muebles y en las personas, sin dejar de murmurar a

cada instante:

--¡Gran desgracia! ¡Gran desgracia, caray!

Más tarde fué don Miguel, al trote de su extraño caballejo color

corinto. Había llegado hasta él la noticia por casualidad, cuando se

preparaba a marchar al Carballo, donde se celebraba una fiesta.

Los labriegos abrieron camino y le saludaron respetuosos. Él se encaró

con las criadas de la casa:

--¿Cómo no se me ha avisado a mí? ¿Por qué no mandasteis un propio a

cualquier hora?... ¿Está eso bien?... ¿Qué habrá pensado de mí doña

María?

Su indignación era sincera. Los criados intentaron disculparse.

La señora no había ordenado... Ellos bien se habían acordado del

sacerdote; pero... como el ama no lo mandase... ¿qué iban a hacer?

--¿Y luego?... ¿Va a estar en todo doña María?... ¡Bastantes cuidados

le manda el Cielo a la infeliz!... ¡Andad, galopines, id a avisarla de

que he llegado!

Entre los labriegos corrió un susurro de murmuraciones. ¡Entonces,

habían dejado morir sin confesión a la señorita!... La aldeana vieja

gimoteó:

--¡Mi joya!... ¿Qué pecado iba a tener? A estas horas es más feliz que

nosotros.

La niñera había subido a advertir a su ama. Se detuvo temerosamente en

la galería para anunciar:

--Está ahí el señor cura de la Gándara.

Y entonces doña María pareció salir de su ensimismamiento. Volvió la

luz a sus ojos y oyó:

--¿Le digo que suba?

Doña María se volvió en la butaca para mirar a la servidora, como si

desconociese su voz. Luego irguióse, casi bruscamente, con una insólita

dureza en su rostro. Extendió una mano imperiosamente:

--¡No!

La criada vaciló, sin comprenderla.

--¡No, te dije!

Volvió a caer en el sillón... Le parecía que al arrojar de su casa al

sacerdote en aquel momento había roto con el Señor, en una rebeldía

contra su propio infortunio.

Volvoreta · 第 16 / 26 题