Fué en una de las noches finales de Enero cuando llamaron fuertemente a
la puerta de la quinta. Los Abelendas se disponían a acostarse. Rafaela
entró en el comedor, con un gesto de compunción en el rostro:
--Es el jardinero de la señora de Solís. Viene a pedir el caballo de
Chinto, porque tiene el suyo cojo y ha de ir a la ciudad...
Doña Rosa preguntó, inquieta:
--¿Pasa algo en casa de los Solís?
--La niña, señora, que está a la muerte la cuitada.
--¡Válgame Dios, válgame Dios!... ¡Qué tormento para la pobre madre!...
¡Que vaya Chinto a sacar el caballo de la cuadra; en seguida!
Se asomó al pasillo para gritar a Rafaela, que se alejaba:
--Y que pregunten a la señora si podemos servirle para algo..., que
iríamos allá...
Comentó después, suspirante:
--¡Qué desgracia!... ¡Jesús!...
Sabela suspiró también, contristada; pero no habló. Daban las once y
rezaba a toda prisa una salve que, según sus preocupaciones, debía
terminar antes de que cesasen las campanadas. Madre e hija fueron al
mirador. Al través de los vidrios, donde espejeaban vagos reflejos,
vieron la masa sombría de la casa de los Solís y, en ella, un mirador
iluminado. Y esa luz que, a lo lejos, debía sugerir ideas de tibio
hogar apacible, las espantó como la luz de un velatorio. En medio de
la inmensa negrura del campo, entre la quietud y la indiferencia de
todas las cosas y de todos los seres, ¡qué llamada desesperante hacia
lo Infinito aquel resplandor que huía de la casa como para pedir el
socorro de la enorme tristeza que alumbraba!...
Doña Rosa sintió lágrimas en sus mejillas. Se envolvió en una toca y
salió. Isabel intentó acompañarla.
--No; acuéstate tú. Yo no podría dormir sabiendo tan cercana esa
angustia. Sergio vendrá conmigo.
Y fueron. En casa de la Solís, la criada que les abrió la puerta tenía
los párpados enrojecidos de llorar. Doña María, más pálida que nunca,
con un extraño fuego en el fondo de los ojos, envuelta en un chal
negro, los recibió. Fingió ánimos doña Rosa:
--Como supe que mandaba usted a buscar al médico... Por si acaso yo
podía serle útil, he venido. Ya sabe que a las madres de familia la
experiencia nos permite a veces poder servir... Pero no será cosa
grave... ¿Verdad?
Doña María se sentó en una pequeña butaca, muy envuelta en un chal:
--Sí es. Es todo: es lo que faltaba... Esta maldición que me
persigue... ¡No sé; yo no sé!... Maruja está muy grave, doña Rosa.
Tiritaba en su envoltura, hasta el extremo de oirse a veces cómo sus
dientes chocaban. Explicó:
--Llevo tres noches sin dormir; por eso estoy así, destemplada...
--¡Dios mío!... ¿Cómo no avisó, cómo no avisó?...
Doña María bebió unos sorbos de una tisana humeante:
--Gracias, muchas gracias, amiga mía. No era cosa de causar molestias...
Tenía, casi constantemente, en los labios un ligero temblor que a veces
se acentuaba y distendía las comisuras, como si fuese a llorar. Pero
sus ojos estaban secos. Habló, refiriendo, con esa maternal prolijidad
de detalles, las últimas evoluciones de la dolencia. Había sometido
a Maruja a una sobrealimentación. La pesaba frecuentemente, y la vió
aumentar un kilo en su peso. Mas de súbito, el estómago de la enferma
se había negado a admitir alimentos. Toda la labor cuidadosamente
realizada se desmoronó. En quince días, nada más que en quince días,
consumóse el aniquilamiento. Maruja no pudo abandonar la cama. Estaba
allí, inmóvil, blanca... Parecían haberle crecido los ojos....
--Lo horrible--confesó doña María, bajando la voz, en la que había un
susto secreto del corazón--, lo horrible es que ella se ha dado cuenta
ya... Muchas veces la he sorprendido llorando... ¡Llorando sin ruido,
con un llanto espantoso!...
Ocultó ella la faz entre las manos y rompió a sollozar, angustiadísima.
Todo su encorvado cuerpo se sacudía, como si lo fuese a romper el hipo
convulsivo. Doña Rosa, traspasada por el horror de la confidencia,
no pudo hablar. En un tremendo dominio de su desconsuelo, la madre
se repuso bruscamente y calló, mirando para el obscuro vano de la
alcoba, amedrentada ante la idea de haber sido oída. La de Abelenda la
reprendió con dulzura...
--Se atormenta usted recordando...
Pero ella siguió:
--¡Oh, si usted la hubiese visto!... Pasa a lo mejor minutos y minutos
mirando sus pobres manos, en las que no hay sobre los huesos más
que la piel, tan transparente y tan sin sangre... «¿En qué piensas,
Maruja?» «No pienso en nada, mamá»; y se vuelve, lentamente, hacia la
pared, y está callada, con un silencio tenaz, una hora y otra. A veces
finge dormir, pero yo la sorprendo de pronto, con los ojos abiertos
y la cara humedecida de lágrimas... Y yo, entonces, pido mi muerte a
Dios... Ya ve usted, doña Rosa, ya ve usted; son quince años los de mi
Maruja; los otros dos murieron casi a esa edad. Los he amparado, los
he defendido..., y murieron. ¿Es justo, es...? ¿Podrá haber quien sepa
resignarse...? ¿Se puede morir a los quince años?... Si esto lo hace
Dios, ¿por qué Dios me los dió?... Yo fuí buena; yo fuí siempre buena...
Lloraba esta vez sin sollozos; y entre el llanto repetía su frase
obsesionadora, que era, en sus labios, como una acusación contra la
saña de su destino:
--¡Yo fuí siempre buena... siempre buena!...
Cerca de las doce, un débil quejido de la moribunda la hizo levantar de
la butaca. La alcoba estaba tenuemente alumbrada por una lamparilla.
Los gemidos de la enferma se acentuaron. La madre, cerca de ella, le
hablaba con una voz de sobrehumana ternura:
--¡Marujiña... vamos!... ¿Qué es, qué tienes tú?...
La adolescente agitaba el flaco cuerpecillo bajo las sábanas... Sus
brazos se movieron un poco en el aire y se ciñeron a la materna cabeza,
para volver a abrirse y caer nuevamente sobre el embozo, como si toda
ella estuviese sacudida por una gigantesca angustia interior.
De pronto hizo esfuerzos por incorporarse, con los ojos iluminados
por el miedo--los grandes ojos, que parecían mayores en las cuencas
obscuras--; jadeaba en una congoja escalofriante. Doña María la ayudó a
sentarse en la cama, de la que salió un tenue vaho de sudor de cuerpo
enfermo:
--Pero, ¡qué es... di qué es! ¿Qué sientes, hijiña?
Casi había en su rostro el mismo terror y la misma ansia que en el de
su hija. Y ésta acezaba, como si el pronunciar cada letra le costase un
esfuerzo vital:
--No sé... no sé...
Después miró a su madre. Aseguró con su voz infantil, hecha más aguda y
más débil por el sufrimiento:
--Esto es horrible, mamá... Yo no sé...
Y bruscamente se agarró a ella con una energía desesperada para gritar:
--¡No quiero morirme!... ¡Yo no quiero morir!... ¡Por Dios, yo no
quiero morirme!...
Sonó, alterada por el espanto, la voz de doña María:
--¡Si no morirás, hijiña, no morirás! ¿Quién pensó en tal cosa?...
Sin fuerzas ya, Maruja volvió a caer en el lecho. Doña María se apartó
para que no viese sus lágrimas. En medio de la alcoba se arrodilló,
cayó más bien, y alzó al cielo sus manos, huesosas y marfileñas, en
cuyos dorsos los dedos se clavaban con furia. Y elevó los ojos, llenos
de ira y desesperación:
--¡Dios!... ¡Dios!...
Podía ser una súplica o una imprecación rencorosa la suya. Hízola salir
la de Abelenda y la llevó a la butaca. Sergio, mudo, invadida el alma
por un creciente miedo y una creciente piedad, no se movía del rincón
donde al entrar se había sentado. Tenía también él un punzante deseo de
llorar.
* * * * *
Casi al amanecer llegó el médico. Entonces el mozo salió de la
estancia a desentumecer, más que el cuerpo, el espíritu, angustiado en
aquella persistente presencia del dolor. En la cocina la servidumbre
estaba levantada y despierta. No había más que una pequeña lámpara
de acetileno encendida, y a veces corrían sombras misteriosas por
las paredes. Cuando alguien andaba lo hacía en puntillas. La voz del
jardinero resonaba como resuenan las voces en las casas desiertas, de
donde han sido retirados los muebles. Un silencio, que era somnolencia
o era expectación de lo sobrenatural, llenaba las habitaciones y los
pasillos.
Cuando transcurrió Sergio le preguntaron:
--¿Cómo está la pobriña?
Y la más vieja criada opinó:
--Aún durará hasta que suba la marea.
Volvieron a callar. Sonaron después unas tenues pisadas. Doña María,
envuelta en un chal negro, apareció. Llamó al jardinero:
--Llévate a los perros. Bien distantes... Adonde tú veas.
Se lo ordenó casi al oído, como temerosa de escuchar su propia voz,
obsesionada por la idea de que un aullido advirtiese a Maruja...
Sergio se estremeció. Le parecía que toda la casa estaba ya ocupada por
la Muerte.
* * * * *
Maruja expiró al amanecer. Aniquilada, sin fuerzas, vencida por lo
implacable del Destino, doña María tuvo, sin embargo, tan sólo un
momento de absoluta entrega al dolor. Después se dejó llevar. No
hablaba ni sentía; sentáronla en un sillón en la galería de la casa,
para que el fresco mañanero la reanimase y le hiciese bien, y allí se
dejó estar, tiritando, con la mirada fija en un punto, tan refugiado su
espíritu cuerpo adentro, que hasta la expresión había huído de sus ojos.
Era invernal el amanecer, y a la vista de aquellas gentes, fatigadas
por la emoción y la vigilia, parecía más triste aún y más plomizo.
Algunas aldeanas que arrendaban tierras de los Solís habían acudido
e invadían la amplia cocina o se agrupaban en el jardín que rodeaba
el edificio. Una, llegada de lejos, refería cómo había visto a media
noche caer una estrella hacia el lado de la casa donde agonizaba la
adolescente. Entonces se acordó de ella y adivinó que iba a morir.
--Es el tercer hijo que pierde--explicó un antiguo casero.
Y entonces, una vieja aldeana afirmó, avanzando en el grupo su mano
encallecida:
--¡Es un meigallo; es un meigallo que cayó sobre los señores!... Algún
mal ojo los vió que embrujó a sus hijos. ¡Mucha envidia hay por el
mundo!... ¡Uno tras otro, los tres caraveles de mi alma! ¡Pobriños!...
Algo más tarde, los señores de la Gándara comenzaron a acudir.
Poupariña llegó disculpando a Celsa, que no podría comparecer hasta
la tarde, retenida por la turba infantil; doña Simona, la de Souto,
traspasada de un dolor sincero ante aquel infortunio; Rodeiro, que
tropezaba en los muebles y en las personas, sin dejar de murmurar a
cada instante:
--¡Gran desgracia! ¡Gran desgracia, caray!
Más tarde fué don Miguel, al trote de su extraño caballejo color
corinto. Había llegado hasta él la noticia por casualidad, cuando se
preparaba a marchar al Carballo, donde se celebraba una fiesta.
Los labriegos abrieron camino y le saludaron respetuosos. Él se encaró
con las criadas de la casa:
--¿Cómo no se me ha avisado a mí? ¿Por qué no mandasteis un propio a
cualquier hora?... ¿Está eso bien?... ¿Qué habrá pensado de mí doña
María?
Su indignación era sincera. Los criados intentaron disculparse.
La señora no había ordenado... Ellos bien se habían acordado del
sacerdote; pero... como el ama no lo mandase... ¿qué iban a hacer?
--¿Y luego?... ¿Va a estar en todo doña María?... ¡Bastantes cuidados
le manda el Cielo a la infeliz!... ¡Andad, galopines, id a avisarla de
que he llegado!
Entre los labriegos corrió un susurro de murmuraciones. ¡Entonces,
habían dejado morir sin confesión a la señorita!... La aldeana vieja
gimoteó:
--¡Mi joya!... ¿Qué pecado iba a tener? A estas horas es más feliz que
nosotros.
La niñera había subido a advertir a su ama. Se detuvo temerosamente en
la galería para anunciar:
--Está ahí el señor cura de la Gándara.
Y entonces doña María pareció salir de su ensimismamiento. Volvió la
luz a sus ojos y oyó:
--¿Le digo que suba?
Doña María se volvió en la butaca para mirar a la servidora, como si
desconociese su voz. Luego irguióse, casi bruscamente, con una insólita
dureza en su rostro. Extendió una mano imperiosamente:
--¡No!
La criada vaciló, sin comprenderla.
--¡No, te dije!
Volvió a caer en el sillón... Le parecía que al arrojar de su casa al
sacerdote en aquel momento había roto con el Señor, en una rebeldía
contra su propio infortunio.