El grito de doña María de Solís llegó hasta la casa.
Vióse correr a una criada por el mirador con aire azorado, y un minuto
después volver a cerrar apresurada las ventanas de guillotina, que
batieron fuertemente en su encaje. Entonces doña Rosa, asustada, se
echó un viejo chal sobre los hombros y salió.
--¡Dios mío: algo ha pasado en casa de los de Solís!...
Y atravesó el jardín y orilló un pequeño trozo de carretera y entró en
la finca próxima. El jardinero ensillaba nerviosamente un caballejo
castaño, de larga crin.
--¿Qué ha ocurrido?
--La señorita Maruja se puso mala de repente.
Doña Rosa subió. La niñera, trémula aún, torturaba entre sus dedos
la punta del delantal, en el comedor, a la puerta de una alcoba en
penumbra. Doña Rosa preguntó en voz baja, llena de ansiedad sincera:
--¿Están ahí?
Y como la criada afirmase, pasó.
Pero se detuvo casi a la entrada. Hacia el fondo de la amplia alcoba se
veía blanquear la cama de Maruja: la luna de un armario reflejaba un
trozo. Habían entornado, casi hasta unirlas, las contraventanas, y la
claridad exterior se dibujaba en sus intersticios formando como una T
que en el trazo superior, junto al dintel, tenía los extremos aguzados.
En la semisombra, los lienzos que en la pared pendían de cordones de
seda, eran imprecisas manchas obscuras. Doña María inclinaba su sutil
silueta, más enflaquecida aún por el luto, sobre el lecho donde su hija
reposaba. Se oía su voz, toda llena de inflexiones dolorosas, como si
de un momento a otro fuese a romper a llorar.
--Muy quietecita, ¿sí?... ¿Has de estar muy quietecita?... Así, boca
arriba; sin moverte...
Sus manos arreglaban las almohadas en torno a la cabeza de la enferma.
Hubo un silencio. Después, la voz débil de Maruja indagó, temerosamente:
--¿Era sangre, mamá?
Se hizo mimosa el habla de la madre:
--¡No, hijiña, no!... ¿Cómo iba a ser sangre?... ¡Qué tonterías se te
ocurren!... Fué el desayuno que te hizo daño, bobiña. ¿Cómo iba a ser
sangre?
Quería fingir risa ante la sospecha de la adolescente; pero sus
palabras temblaban con un espanto contenido. Doña Rosa, inmóvil, sintió
llenarse de lágrimas sus ojos.
--Quietecita, ¿eh?
Y doña María se alejó. Entonces se vió sobre la blancura del embozo
y de las almohadas amarillear el rostro de la enferma, con los ojos
hundidos en un halo de negrura. Al dar espalda al lecho, el llanto
retenido arrugó en mil arrugas la flaca cara maternal, e hizo bajar
como para un sollozo las comisuras de sus labios. Acudió a sofocarlo
con su pañuelo. Miró a doña Rosa con una mirada de desesperación, a
la que los párpados rojos y el brillo de las lágrimas silenciosas
daban una trágica intensidad, y salió al comedor y avanzó hasta el
último rincón de la galería. Entonces abrazó a doña Rosa y lloró
convulsivamente sobre su hombro:
--¡También ésta se me va; también ésta!...
Doña Rosa balbuceaba consuelos:
--¡Vamos, doña María... no se ponga así!... ¡Dios es bueno!...
--¡Oh, bien sé lo que tengo que esperar!...
Entonces la criada rompió a llorar en el comedor. Doña María la llamó,
imperiosamente:
--¿Qué le ocurre a usted? ¿Por qué llora?...
Calló la rapaza, hipando aún, con las mejillas rojas. Doña María ordenó:
--Pase en silencio a la alcoba. Como la señorita la oiga llorar, la
despido a usted.
Después, a solas en la galería, explicó. Había sido una cosa
imprevista. Maruja parecía estar bien de salud; comía regularmente, no
se quejaba de nada; alguna que otra vez, dolores de cabeza que pasaban
pronto. Aquella mañana había estado jugando con su hermano Juan.
Repentinamente, al bajarse a coger la pelota con que se distraían, tuvo
un vómito de sangre, poca. Doña María, al verla, había dado un grito, y
Maruja, asustada, sufrió un desvanecimiento.
--Creo que ha visto la sangre; yo quise engañarla, pero me parece que
la desdichada lo sabe tan bien como yo... ¡Pobre hija mía!...
Doña Rosa volvió a intervenir para deslizar un rayo de esperanza.
¿Cuántas personas conocía ella y también la señora de Solís que habían
tenido hemoptisis en su juventud y que después habían curado?...
Allí estaba en el cementerio de la Gándara el antiguo cura, don
Francisco Javier, que hasta cumplir los cuarenta todos los años tenía
algún vómito de sangre, y que murió a los sesenta y tantos, de una
indigestión. Las cosas ocurrían siempre como Dios las ordenaba, y no
estaba bien entregarse a desconsuelos prematuros.
--¡Pero en esta edad, doña Rosa; como los otros!...
--Los otros estaban en la ciudad. La aldea es más sana.
--Sí, la aldea... la aldea...
Doña María paseó una mirada por el campo entero, por la carretera donde
el agua brillaba en los surcos, por los olmos crecidos, sin hojas ya,
por la lejanía de los prados y de las tierras donde las semillas, bajo
la humedad, iniciarían entonces la misteriosa evolución de la vida
en sus entrañas harinosas, y miró también al cielo gris, sin sol, y
al trozo de mar que ahora se veía al través de los desnudos troncos
del bosque. Y parecía pedir a todas estas cosas indiferentes algo del
oxígeno que exhalaban y de la vida que sabían hacer germinar, y también
su suprema e inmóvil quietud, su insensibilidad para todos los males
que conturban al hombre.
* * * * *
El médico llegó por la tarde y permaneció un largo rato en la casa de
los Solís. Antes de que regresase a la ciudad, Chinto fué a requerirle
en nombre de doña Rosa, y él acudió a saludarla.
--¿Qué?... ¿Muy mal?...
Naturalmente; muy grave. Para ir tirando unos meses. Y el hijo menor,
el entablillado, con el mal de Pot. Aquello no tenía remedio. Era
una familia de tuberculizados. Gracias a la higiene meticulosa, y a
la existencia ordenada, y a la sobrealimentación, podían fingir una
apariencia de vida; pero en cuanto el organismo hacía una demanda de
fuerzas para su desarrollo, la economía presentaba su quiebra. Habló,
luego, con cierta circunspección, del difunto señor Solís, de su vida
de crápula, de taras y de estigmas... Doña Rosa le ofreció una copita
de tostado del Rivero, y él la bebió, desnudando lentamente su mano
derecha para cogerla.
Al salir, Chinto se acercó, levantando un poco por el ala su sombrero
mugriento:
--Entonces... Ya que el señor facultativo está aquí..., bien podía, de
paso, echar un ojo a mi hermano Ramón, que el pobre no se tiene de pie
hace diez días.
El doctor, contrariado, miró su reloj. Inquirió doña Rosa:
--Y ¿qué tiene tu hermano, Chinto?
--Yo no sé... Para mí que es «andacio».
El médico intervino:
--¿Está aquí?
--Como estar aquí, no está, no, señor; pero le coge de camino.
--Andando, entonces.
Sergio fué también, más por dar un paseo en el automóvil del doctor que
por cariñosa curiosidad hacia el doliente. Chinto, al fin, indicó una
choza, situada casi al borde de la carretera. Entraron. La choza estaba
formada por trozos de piedra pizarrosa, unidos, más que con argamasa,
con arcilla. Tenía la forma de un cajón negruzco, con vetas de líquenes
amarillentos, y el tejado bajaba desde el muro posterior, con un
pronunciado declive. Entre las tejas crecían ortigas y se escapaba el
humo del hogar, falta de chimenea la vivienda. Una sola ventana daba
una dudosa luz al interior; el suelo estaba pisado de tierra. Empujaron
la puerta, pintada de verde y partida horizontalmente en dos, y nadie
salió, ni se alzó voz alguna en el obscuro recinto. El médico comentó,
esperanzado:
--No hay nadie dentro.
--No hay, no, señor--replicó Chinto--; porque van en el campo. Pero
Ramón está.
Y gritó:
--¡Ay, Ramón!
Una voz, entre malhumorada y doliente, contestó:
--¿Qué quieres?
Y en una especie de arca, próxima al muro del fondo, hubo un rebullir
de trapos.
--¡Ay, Ramón--insistió Chinto--, levántate, hom, que aquí te traemos al
facultativo!...
Pero el doctor ya se había aproximado. Encendió una cerilla. El
enfermo, con la barba descuidada, revuelto el pelo, se incorporó,
parpadeando ante la proximidad de la luz. Se dejó tomar el pulso;
enseñó la lengua, y mientras apretaba el brazo contra el cuerpo para
sostener el termómetro en la axila, Chinto paseó su mirada, satisfecha,
por el grupo del médico y de Sergio y del _chauffeur_, imponente con su
chaqueta impermeable y sus polainas de cuero, y murmuró, alegre:
--Lo que es... bastante señorío te traigo. ¡Si no sanas de ésta!...
En una hoja arrancada de su cartera, el doctor, sin detenerse a
explicar, recetó nerviosamente. Chinto tomó el papel entre sus dedos
deformes.
--Dios se lo pague, señor.
Ordenó el médico entre dientes, al marchar:
--Tres cucharadas al día. Dieta. Que no salga al trabajo.
Y saltó al coche. Chinto aún indagó, un poco defraudado por todo
aquello:
--Dígame, señor: y esto, ¿costará mucho?
Repasó el doctor la receta de una ojeada:
--Unas doce pesetas. Manden a buscarlo a una botica de la ciudad.
--Bien está, sí, señor.
Y mientras el automóvil se alejaba salpicando la turbia agua de los
baches hasta las cunetas, Chinto, caviloso, dobló muy bien doblado
el papel, y lo guardó en el bolsillo del chaleco, donde acostumbraba
guardar las colillas de sus propios cigarros.
Dos mujerucas, atraídas por la detención del automóvil ante la choza,
se habían acercado a observar, con las manos ocultas en el pañolón
cruzado sobre el pecho, surgiendo sus canillas de las zuecas como dos
estacas.
--¿Qué dijo?--curiosearon.
--Lo que dijo no sé; pero como él dejó la receta...
Y meditó, rascándose la frente:
--¡Caray!... ¡También... doce pesetas!
--¡Ave María!--comentó una mujer.
--Mércase un cocho pequeño--calculó la otra.
Chinto encogióse de hombros.
--Mi padre verá...--resumió; y volvió a entrar, buscando la receta en
el bolsillo para dejársela a su hermano.
Una mujeruca gritóle aún desde la puerta:
--Eso no es más que el andacio, Chinto, que hay mucho andacio en la
Gándara y más allá de la Gándara.
Sergio saltó a la carretera y volvió hacia la quinta, sin esperar
por el criado. La tarde declinaba, y el verdor de las matas era más
obscuro, y el aire tenía, en el crepúsculo que se iniciaba, una
extraña diafanidad. El camino estaba desierto, bajo el varillaje de
los olmos que sobre él se cruzaba y al través del cual se veía el
cielo como al través de una red; todas las hojas habían caído ya, y
en alguna horquilla de las ramas se veía quizá un nido abandonado,
negro, del mismo color de la corteza. Las llantas de goma del automóvil
habían dibujado sus relieves en la blanda superficie de la carretera,
y Sergio las seguía, silbando, con aquella abstracción, con aquel
extraño sentimiento que diluía su espíritu cuando se hallaba solo en
la vastitud del campo callado. Pero súbitamente se detuvo. De una
corredoira que salía al camino real acababa de surgir Volvoreta. Y
Volvoreta no iba sola. Sergio lo advirtió, con un furioso afluir de
sangre al cerebro. Volvoreta iba con un jovencillo vestido de cadete.
Después de la ceguera de sorpresa, Sergio conoció en él al hijo de los
señores de la Cruz del Souto, que había vuelto de Toledo a pasar en
el pazo las Navidades. Hirviente en cólera, conteniendo el impulso
celoso, se acercó. Pudo oir decir al cadete:
--... paso poco tiempo; pero estaba seguro de no haberla visto... Tan
hermosa como es usted...
Sergio los sobresaltó con su presencia repentina. Prescindiendo
del acompañante, el joven, pálido, cruzó sus brazos ante Federica,
asestándole una fiera mirada:
--¡A casa!...
Ella dió un paso atrás.
--¡Pronto!...
Marchó, acelerando el andar, sin volver la cabeza. Entonces él se
volvió hacia el cadete, que batía su pantalón gris con el espadín
jactanciosamente. Miró su figurilla menuda, de adolescente, y alzó la
cabeza para preguntar con una sonrisa desdeñosa:
--Y tú, Souto, ¿qué haces aquí?...
--¡Ya ves!--fanfarroneó el pequeñuelo.
--¿Vienes de enseñarte por las fincas con tu traje de máscara, Souto?
--Vengo de donde quiero.
El enamorado avanzó un poco:
--Pues si te vuelvo a encontrar entreteniendo a mis criadas, te hincho
las narices de un puñetazo, y no sería la primera vez. Recuerda.
Hablaba casi pegado a él, dominándolo con su estatura, con fuego en
los ojos. El cadetillo, un poco pálido, quiso protestar:
--Yo haré lo que me parezca.
Pero él lo empujó:
--¿Harás que te golpee ahora?...
Souto le miró rencorosamente y marchó. Cuando estaba algo lejos,
arrepintióse Sergio bruscamente de no haberle pegado. En un impulso
de ira, miró en rededor, cogió un trozo de cuarzo de un montón que
blanqueaba al margen del camino, y lo arrojó contra el jovenzuelo.
Souto, sin volverse, dignamente, torció por una corredoira. Entonces
echó a correr. Sergio lo adivinó, porque la teresiana sobresalía de las
paredes que encajonaban el sendero. Y esta huída le llenó de orgullo y
aquietó su rencor. Continuó hacia la finca, sin cólera ya, pero con un
celoso roer de amargura contra Volvoreta.