VI

El grito de doña María de Solís llegó hasta la casa.

Vióse correr a una criada por el mirador con aire azorado, y un minuto

después volver a cerrar apresurada las ventanas de guillotina, que

batieron fuertemente en su encaje. Entonces doña Rosa, asustada, se

echó un viejo chal sobre los hombros y salió.

--¡Dios mío: algo ha pasado en casa de los de Solís!...

Y atravesó el jardín y orilló un pequeño trozo de carretera y entró en

la finca próxima. El jardinero ensillaba nerviosamente un caballejo

castaño, de larga crin.

--¿Qué ha ocurrido?

--La señorita Maruja se puso mala de repente.

Doña Rosa subió. La niñera, trémula aún, torturaba entre sus dedos

la punta del delantal, en el comedor, a la puerta de una alcoba en

penumbra. Doña Rosa preguntó en voz baja, llena de ansiedad sincera:

--¿Están ahí?

Y como la criada afirmase, pasó.

Pero se detuvo casi a la entrada. Hacia el fondo de la amplia alcoba se

veía blanquear la cama de Maruja: la luna de un armario reflejaba un

trozo. Habían entornado, casi hasta unirlas, las contraventanas, y la

claridad exterior se dibujaba en sus intersticios formando como una T

que en el trazo superior, junto al dintel, tenía los extremos aguzados.

En la semisombra, los lienzos que en la pared pendían de cordones de

seda, eran imprecisas manchas obscuras. Doña María inclinaba su sutil

silueta, más enflaquecida aún por el luto, sobre el lecho donde su hija

reposaba. Se oía su voz, toda llena de inflexiones dolorosas, como si

de un momento a otro fuese a romper a llorar.

--Muy quietecita, ¿sí?... ¿Has de estar muy quietecita?... Así, boca

arriba; sin moverte...

Sus manos arreglaban las almohadas en torno a la cabeza de la enferma.

Hubo un silencio. Después, la voz débil de Maruja indagó, temerosamente:

--¿Era sangre, mamá?

Se hizo mimosa el habla de la madre:

--¡No, hijiña, no!... ¿Cómo iba a ser sangre?... ¡Qué tonterías se te

ocurren!... Fué el desayuno que te hizo daño, bobiña. ¿Cómo iba a ser

sangre?

Quería fingir risa ante la sospecha de la adolescente; pero sus

palabras temblaban con un espanto contenido. Doña Rosa, inmóvil, sintió

llenarse de lágrimas sus ojos.

--Quietecita, ¿eh?

Y doña María se alejó. Entonces se vió sobre la blancura del embozo

y de las almohadas amarillear el rostro de la enferma, con los ojos

hundidos en un halo de negrura. Al dar espalda al lecho, el llanto

retenido arrugó en mil arrugas la flaca cara maternal, e hizo bajar

como para un sollozo las comisuras de sus labios. Acudió a sofocarlo

con su pañuelo. Miró a doña Rosa con una mirada de desesperación, a

la que los párpados rojos y el brillo de las lágrimas silenciosas

daban una trágica intensidad, y salió al comedor y avanzó hasta el

último rincón de la galería. Entonces abrazó a doña Rosa y lloró

convulsivamente sobre su hombro:

--¡También ésta se me va; también ésta!...

Doña Rosa balbuceaba consuelos:

--¡Vamos, doña María... no se ponga así!... ¡Dios es bueno!...

--¡Oh, bien sé lo que tengo que esperar!...

Entonces la criada rompió a llorar en el comedor. Doña María la llamó,

imperiosamente:

--¿Qué le ocurre a usted? ¿Por qué llora?...

Calló la rapaza, hipando aún, con las mejillas rojas. Doña María ordenó:

--Pase en silencio a la alcoba. Como la señorita la oiga llorar, la

despido a usted.

Después, a solas en la galería, explicó. Había sido una cosa

imprevista. Maruja parecía estar bien de salud; comía regularmente, no

se quejaba de nada; alguna que otra vez, dolores de cabeza que pasaban

pronto. Aquella mañana había estado jugando con su hermano Juan.

Repentinamente, al bajarse a coger la pelota con que se distraían, tuvo

un vómito de sangre, poca. Doña María, al verla, había dado un grito, y

Maruja, asustada, sufrió un desvanecimiento.

--Creo que ha visto la sangre; yo quise engañarla, pero me parece que

la desdichada lo sabe tan bien como yo... ¡Pobre hija mía!...

Doña Rosa volvió a intervenir para deslizar un rayo de esperanza.

¿Cuántas personas conocía ella y también la señora de Solís que habían

tenido hemoptisis en su juventud y que después habían curado?...

Allí estaba en el cementerio de la Gándara el antiguo cura, don

Francisco Javier, que hasta cumplir los cuarenta todos los años tenía

algún vómito de sangre, y que murió a los sesenta y tantos, de una

indigestión. Las cosas ocurrían siempre como Dios las ordenaba, y no

estaba bien entregarse a desconsuelos prematuros.

--¡Pero en esta edad, doña Rosa; como los otros!...

--Los otros estaban en la ciudad. La aldea es más sana.

--Sí, la aldea... la aldea...

Doña María paseó una mirada por el campo entero, por la carretera donde

el agua brillaba en los surcos, por los olmos crecidos, sin hojas ya,

por la lejanía de los prados y de las tierras donde las semillas, bajo

la humedad, iniciarían entonces la misteriosa evolución de la vida

en sus entrañas harinosas, y miró también al cielo gris, sin sol, y

al trozo de mar que ahora se veía al través de los desnudos troncos

del bosque. Y parecía pedir a todas estas cosas indiferentes algo del

oxígeno que exhalaban y de la vida que sabían hacer germinar, y también

su suprema e inmóvil quietud, su insensibilidad para todos los males

que conturban al hombre.

* * * * *

El médico llegó por la tarde y permaneció un largo rato en la casa de

los Solís. Antes de que regresase a la ciudad, Chinto fué a requerirle

en nombre de doña Rosa, y él acudió a saludarla.

--¿Qué?... ¿Muy mal?...

Naturalmente; muy grave. Para ir tirando unos meses. Y el hijo menor,

el entablillado, con el mal de Pot. Aquello no tenía remedio. Era

una familia de tuberculizados. Gracias a la higiene meticulosa, y a

la existencia ordenada, y a la sobrealimentación, podían fingir una

apariencia de vida; pero en cuanto el organismo hacía una demanda de

fuerzas para su desarrollo, la economía presentaba su quiebra. Habló,

luego, con cierta circunspección, del difunto señor Solís, de su vida

de crápula, de taras y de estigmas... Doña Rosa le ofreció una copita

de tostado del Rivero, y él la bebió, desnudando lentamente su mano

derecha para cogerla.

Al salir, Chinto se acercó, levantando un poco por el ala su sombrero

mugriento:

--Entonces... Ya que el señor facultativo está aquí..., bien podía, de

paso, echar un ojo a mi hermano Ramón, que el pobre no se tiene de pie

hace diez días.

El doctor, contrariado, miró su reloj. Inquirió doña Rosa:

--Y ¿qué tiene tu hermano, Chinto?

--Yo no sé... Para mí que es «andacio».

El médico intervino:

--¿Está aquí?

--Como estar aquí, no está, no, señor; pero le coge de camino.

--Andando, entonces.

Sergio fué también, más por dar un paseo en el automóvil del doctor que

por cariñosa curiosidad hacia el doliente. Chinto, al fin, indicó una

choza, situada casi al borde de la carretera. Entraron. La choza estaba

formada por trozos de piedra pizarrosa, unidos, más que con argamasa,

con arcilla. Tenía la forma de un cajón negruzco, con vetas de líquenes

amarillentos, y el tejado bajaba desde el muro posterior, con un

pronunciado declive. Entre las tejas crecían ortigas y se escapaba el

humo del hogar, falta de chimenea la vivienda. Una sola ventana daba

una dudosa luz al interior; el suelo estaba pisado de tierra. Empujaron

la puerta, pintada de verde y partida horizontalmente en dos, y nadie

salió, ni se alzó voz alguna en el obscuro recinto. El médico comentó,

esperanzado:

--No hay nadie dentro.

--No hay, no, señor--replicó Chinto--; porque van en el campo. Pero

Ramón está.

Y gritó:

--¡Ay, Ramón!

Una voz, entre malhumorada y doliente, contestó:

--¿Qué quieres?

Y en una especie de arca, próxima al muro del fondo, hubo un rebullir

de trapos.

--¡Ay, Ramón--insistió Chinto--, levántate, hom, que aquí te traemos al

facultativo!...

Pero el doctor ya se había aproximado. Encendió una cerilla. El

enfermo, con la barba descuidada, revuelto el pelo, se incorporó,

parpadeando ante la proximidad de la luz. Se dejó tomar el pulso;

enseñó la lengua, y mientras apretaba el brazo contra el cuerpo para

sostener el termómetro en la axila, Chinto paseó su mirada, satisfecha,

por el grupo del médico y de Sergio y del _chauffeur_, imponente con su

chaqueta impermeable y sus polainas de cuero, y murmuró, alegre:

--Lo que es... bastante señorío te traigo. ¡Si no sanas de ésta!...

En una hoja arrancada de su cartera, el doctor, sin detenerse a

explicar, recetó nerviosamente. Chinto tomó el papel entre sus dedos

deformes.

--Dios se lo pague, señor.

Ordenó el médico entre dientes, al marchar:

--Tres cucharadas al día. Dieta. Que no salga al trabajo.

Y saltó al coche. Chinto aún indagó, un poco defraudado por todo

aquello:

--Dígame, señor: y esto, ¿costará mucho?

Repasó el doctor la receta de una ojeada:

--Unas doce pesetas. Manden a buscarlo a una botica de la ciudad.

--Bien está, sí, señor.

Y mientras el automóvil se alejaba salpicando la turbia agua de los

baches hasta las cunetas, Chinto, caviloso, dobló muy bien doblado

el papel, y lo guardó en el bolsillo del chaleco, donde acostumbraba

guardar las colillas de sus propios cigarros.

Dos mujerucas, atraídas por la detención del automóvil ante la choza,

se habían acercado a observar, con las manos ocultas en el pañolón

cruzado sobre el pecho, surgiendo sus canillas de las zuecas como dos

estacas.

--¿Qué dijo?--curiosearon.

--Lo que dijo no sé; pero como él dejó la receta...

Y meditó, rascándose la frente:

--¡Caray!... ¡También... doce pesetas!

--¡Ave María!--comentó una mujer.

--Mércase un cocho pequeño--calculó la otra.

Chinto encogióse de hombros.

--Mi padre verá...--resumió; y volvió a entrar, buscando la receta en

el bolsillo para dejársela a su hermano.

Una mujeruca gritóle aún desde la puerta:

--Eso no es más que el andacio, Chinto, que hay mucho andacio en la

Gándara y más allá de la Gándara.

Sergio saltó a la carretera y volvió hacia la quinta, sin esperar

por el criado. La tarde declinaba, y el verdor de las matas era más

obscuro, y el aire tenía, en el crepúsculo que se iniciaba, una

extraña diafanidad. El camino estaba desierto, bajo el varillaje de

los olmos que sobre él se cruzaba y al través del cual se veía el

cielo como al través de una red; todas las hojas habían caído ya, y

en alguna horquilla de las ramas se veía quizá un nido abandonado,

negro, del mismo color de la corteza. Las llantas de goma del automóvil

habían dibujado sus relieves en la blanda superficie de la carretera,

y Sergio las seguía, silbando, con aquella abstracción, con aquel

extraño sentimiento que diluía su espíritu cuando se hallaba solo en

la vastitud del campo callado. Pero súbitamente se detuvo. De una

corredoira que salía al camino real acababa de surgir Volvoreta. Y

Volvoreta no iba sola. Sergio lo advirtió, con un furioso afluir de

sangre al cerebro. Volvoreta iba con un jovencillo vestido de cadete.

Después de la ceguera de sorpresa, Sergio conoció en él al hijo de los

señores de la Cruz del Souto, que había vuelto de Toledo a pasar en

el pazo las Navidades. Hirviente en cólera, conteniendo el impulso

celoso, se acercó. Pudo oir decir al cadete:

--... paso poco tiempo; pero estaba seguro de no haberla visto... Tan

hermosa como es usted...

Sergio los sobresaltó con su presencia repentina. Prescindiendo

del acompañante, el joven, pálido, cruzó sus brazos ante Federica,

asestándole una fiera mirada:

--¡A casa!...

Ella dió un paso atrás.

--¡Pronto!...

Marchó, acelerando el andar, sin volver la cabeza. Entonces él se

volvió hacia el cadete, que batía su pantalón gris con el espadín

jactanciosamente. Miró su figurilla menuda, de adolescente, y alzó la

cabeza para preguntar con una sonrisa desdeñosa:

--Y tú, Souto, ¿qué haces aquí?...

--¡Ya ves!--fanfarroneó el pequeñuelo.

--¿Vienes de enseñarte por las fincas con tu traje de máscara, Souto?

--Vengo de donde quiero.

El enamorado avanzó un poco:

--Pues si te vuelvo a encontrar entreteniendo a mis criadas, te hincho

las narices de un puñetazo, y no sería la primera vez. Recuerda.

Hablaba casi pegado a él, dominándolo con su estatura, con fuego en

los ojos. El cadetillo, un poco pálido, quiso protestar:

--Yo haré lo que me parezca.

Pero él lo empujó:

--¿Harás que te golpee ahora?...

Souto le miró rencorosamente y marchó. Cuando estaba algo lejos,

arrepintióse Sergio bruscamente de no haberle pegado. En un impulso

de ira, miró en rededor, cogió un trozo de cuarzo de un montón que

blanqueaba al margen del camino, y lo arrojó contra el jovenzuelo.

Souto, sin volverse, dignamente, torció por una corredoira. Entonces

echó a correr. Sergio lo adivinó, porque la teresiana sobresalía de las

paredes que encajonaban el sendero. Y esta huída le llenó de orgullo y

aquietó su rencor. Continuó hacia la finca, sin cólera ya, pero con un

celoso roer de amargura contra Volvoreta.

Volvoreta · 第 11 / 26 题