Como reiteración de este enfado celoso, Sergio no subió aquella noche
las carcomidas escaleras que llevaban al cuarto de Federica. Hasta bien
tarde meditó, ceñudo--en las sombras de su habitación, embozado en las
mantas del lecho--, en aquel que se le antojaba asomo de coquetería y
de falacia. La primera pasión siempre es celosa, y Sergio encontraba
fácilmente graves motivos con que robustecer esta condición. ¿Podía
creer que Volvoreta le quisiese?... Repasó hasta sus orígenes el breve
curso de sus relaciones. Ella había cedido a todo sencillamente,
naturalmente, sin arrebatos ni hipocresías, con la fluidez con que una
fuente mana y con la indiferencia con que deja a unos labios acercarse
a ella y beber. Jamás Federica le instigaba a ardor alguno y jamás lo
rehusaba tampoco. Sus palabras de cariño, bien compendiosas, eran
siempre contestaciones a las inquietas preguntas del mozo; por sus ojos
verdes no pasaba nunca una turbación, ni un rubor por su rostro. Era
como si las fuerzas sencillas de la Naturaleza, que hacen germinar al
grano en el surco y florecer a las plantas humildes en los rincones
de las tapias, sin estremecimientos, sin complicaciones, por pura
función biológica, la llevasen a ella también a ser el manso eco de
aquel amor que la había requerido. Nunca una caricia espontánea ni una
charla de cariñosas naderías. Los elogios a su belleza la halagaban
fugitivamente, con un halago invisible que hacía sonreir los labios
bermejos y los verdes ojos grandes, tan llenos de candor, un candor que
supervivía a todo, que quizá fuese el secreto fondo del alma.
--Lo mismo hubiese hecho caso a Chinto--pensaba ahora Sergio.
Desde la noche en que las hojas de maíz habían crujido bajo el peso
de los dos cuerpos jóvenes, Sergio estaba roído por esta inquietud.
Le parecía que, lo mismo que a él, Volvoreta había de entregarse
a cualquiera. Cuando tardaba en volver de un recado, el novio,
impaciente, atalayaba desde todos los balcones, víctima de tremendas
sospechas. Mientras fumaba su cigarrillo en la amplia cocina, oía
alguna vez las bromas de Chinto a la rapaza, bromas que a veces
llevaban socarronamente disimulada alguna malicia que todos, hasta
Volvoreta, reían sin reservas. Pero Sergio fruncía el ceño y clavaba en
ella una dura mirada. Cierta vez, Rodeiro había elogiado a la servidora:
--Eres bien garrida.
Y Sergio le odió. Cuando, por las noches, después de regresar a su
alcoba, se oía en el silencio de la casa el crujir de una viga o
el gato fingía ruido de pisadas, Sergio cavilaba que alguien podía
sucederle a él junto a la novia y salía al pasillo a escuchar. Todo
callaba. Un minuto, cinco, diez, estaba él así, inmóvil, anhelante; por
fin le atería el frío, y sus ojos, cansados de mirar en las sombras,
comenzaban a ver como manchitas de colores que parecían volar en la
obscuridad y que se extinguían cuando él parpadeaba. Entonces volvía al
lecho, tiritando, un poco más tranquilo, pero dudoso aún en su deseo de
volver a subir.
Se reprochaba a veces la propia flaqueza, pero la sinrazón vencía. ¡Tan
guapa era, tan guapa!... No podía haber ningunos labios que tuviesen
aquel sabor, ni ningún cuerpo aquel suave olor de romero y aquella
gallardía, aquellas líneas, aquella tersura, ni ninguna cabellera el
suave tono de color de miel, tan justo, tan bello... Una vez había
visto todos estos encantos cuando la luna entraba por el tragaluz y
llenaba el lecho con su dulce luz azulada. Volvoreta sólo protestó
cuando el frío mordió en sus duras carnes, puestas al descubierto.
Aquella única visión turbaba siempre con su recuerdo al enamorado.
¡Tan guapa, tan bien hecha!... Ni la hija de los Acevedo, que a veces
llegaba a la playa toda vestida de blanco, en un bote, desde el otro
lado de la ría, remando como un varón, ni ninguna señorita de la ciudad
podía ser comparada con ella. Pensaba a veces que aquella broma suya de
que un príncipe la había dejado abandonada en una choza al pasar por
Dumbría podía ser una adivinación.
* * * * *
No se atrevió a reñir al día siguiente, ya templado su rencor. El agua
del río amorataba las manos de Volvoreta, y él la contemplaba serio
y meditativo, con cierta piedad. Pero una pregunta iba barrenando
obstáculos dentro de su alma para formularse. Cuando ella terminó y
tendió la blancura de las ropas sobre los tojos vecinos, para que el
viento, ya que no el sol, las secase, rogó él:
--Siéntate un poco.
--Pueden venir.
Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino,
un rapazuelo de unos siete años, gravemente enfundado en un traje de
hombre, apoyado en la larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas
vacas. Sergio le gritó:
--¡Ei, Santiaguiño!
El rapaz berreó, sin moverse:
--¿Qué quer?
--Avisa si viene alguien, hom, que he de darte un pitillo.
--Bien está, sí, señor.
Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo
el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió al fin,
sin mirarla:
--¿Me has de decir lo que te pregunte?
Ella le contempló, sorprendida:
--Diré.
Hubo otra pausa. Él arrancó unas hierbecillas:
--¿Quién fué el primero?
Sonrió la moza:
--Tú.
Sergio arrojó las hierbecillas a la corriente del río:
--¡Boh!... Bien sabes que no. ¿Quién fué el primero?... Dime.
Aun añadió suavemente, para facilitar la confesión, mientras rapaba el
suelo con sus dedos nerviosos:
--Es por saberlo, nada más...
Entonces Volvoreta fué atenuando poco a poco su sonrisa. Contestó, con
su sencillez habitual:
--Fué allá, en Dumbría.
--¿Un mozo?
--Un mozo.
Y Federica, sin nuevo requerimiento, contó, en una evocación en la que
más que el suceso descollaba el ambiente y las figuras de la aldea
lejana:
--Nuestra casa estaba en el medio de un monte...
Y habló... Aquellos montes de Dumbría, todos llenos de pinos; manchas
y manchas de pinares siempre verdes, siempre llenos de rumor, como el
mar... En algunos de ellos se había perdido cuando era muy pequeña
y abandonaba las vacas para ir a buscar entre el bosque algún pino
macho y después tostar sus piñones al fuego del hogar. A veces, los
leñadores derribaban centenares de árboles robustos; pero los pinos
recién plantados iban creciendo y pronto volvía la fronda a extenderse.
Después de la tala, quedaba el bosque aquí y allá lleno de las manchas
blancas del tronco segado casi al ras del suelo. Gustaba ella de
sentarse allí, y la fresca resina se pegaba a sus ropas humildes. Más
tarde, las lluvias y el sol iban volviendo el tallo del color de la
tierra, más ceniciento aún, y se resquebrajaba, con sus raíces secas
hundidas todavía en el monte. Por la carretera, una larga procesión de
carros chirriantes conducía los troncos hasta el mar, y embarcábanlos
en pataches ventrudos que se balanceaban dentro de la barra de
Puenteceso. Y en cada barco había un perro sucio que ladraba siempre
desde la borda, como los perros de los pajares aldeanos. Ella había ido
allí una vez. Y tan ajeno estaba ahora su pensamiento a la pregunta del
amante que había motivado la evocación, que se detuvo a describir el
aspecto del Monte Blanco--como si todo él estuviese hecho de arena--que
hay a la orilla del mar. Sonreía, maravillada de hallar en su memoria,
a pesar de los años transcurridos, un tan claro recuerdo del paisaje.
Sergio preguntó, rencoroso contra aquella delectación y aquella memoria
anterior a él, donde él no podía surgir nunca:
--¿Y tu novio?
No era novio. La pretendía; pero ella era niña aún: catorce años. Él
tendría veinte. Sus viviendas no estaban lejanas. Los sábados, de
noche, acudía él invariablemente a repiquetear con el canto de una
moneda en la puerta de Federica, y una vez la emprendió a garrotazos
con un mozo de parroquia distante que tunaba con ella. En las romerías
la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para
divertirse. Una vez habían ido a una «palillada»; era en una casa
distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas,
moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el
encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.
--¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé.
Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el
monte me alcanzó.
--¿Y fué entonces?...
--Fué.
Sergio censuró, malhumorado:
--Porque tú quisiste.
--Y ¿yo qué iba a hacer?... En un monte; fíjate... La vivienda más
próxima estaba a un cuarto de legua... Ni gritar valdría.
--¡Ah!--exclamó él, sorprendido y colérico--. ¿Tampoco gritaste?
Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen
sentido del enamorado:
--Ya ves...
--¡Oh!...
Y tras la exclamación de despechada ira, él continuó arrancando las
hierbas una a una, con la mirada fija en el suelo. Después de una
pausa, ella siguió:
--Luego, estaba empeñado en casarse conmigo; pero no quise. Se fué a
América.
Alzó Sergio la cabeza para interrogar; pero volvió a su abstracción sin
haber hablado. Todo aquello era absurdo: la indiferencia de la moza,
su negativa a la proposición matrimonial... Y aquel tono sencillo que
utilizaba en el relato que él creyó tener que escuchar entre lágrimas y
rubores... Y no era por vicio; le constaba bien: ¡mujer más fría, más
inerte!... «Es que no se da cuenta», meditó. Ahora tenía la dolorosa
seguridad de que entre el aldeano que la asaltó en el monte, en la
negrura nocturna, y sus relaciones presentes, Federica había vivido
otras aventuras, resbalando por ellas con aquella naturalidad que
conservaba toda la expresión infantil de sus ojos. En la capital...
mientras sirvió en la capital... Preguntó bruscamente:
--¿Tú estuviste en casa del cuñado de los de Souto?
--Estuve dos años.
--Y él, ¿no te hizo el amor?
Volvoreta rió francamente, con los ojos llenos de alegría. Se
incorporó un poco como quien va a contar algo interesante:
--Hizo...; don Gerardo... ¿sabes?... Una vez me regaló un pañuelo de
seda, y otro me enseñó unos pendientes... ¡Qué risa con don Gerardo!...
Era un sucio: en los dos años que llevé en la casa nunca pidió agua
para bañarse.
--Pero tú le harías caso.
Ella hizo un gesto de repugnancia:
--¿Sabes qué?... Que siempre que tenía yo al pequeñito en los brazos,
venía a cogérmelo para pellizcarme... Nada más.
Él se indignó:
--¡Bueno, vete; no quiero oirte!
--Si te digo que no hubo nada. ¡Asco de viejo!
--¡Vete!
Se levantó y se fué haciendo un mohín.
Sergio siguió la margen del río hacia el mar, desazonado por el
disgusto de aquellas revelaciones provocadas por él y en las que aún se
complacía en escarbar su alma. Santiaguiño atravesó el prado corriendo
y se plantó frente a él, muy grave dentro de su chaqueta de pana, las
manos en los bolsillos y la vara de fresno bajo la axila:
--¿Y luego? ¿No me da ese pitillo?
Se lo arrojó. Santiaguiño se puso al socaire de un vallado para
encenderlo. El joven siguió su caminata. Desvióse un poco del río
para subir a las viejas ruinas de un fortín abandonado que, a la vera
del mar, sobre un promontorio, atalayaba la ría. Apenas quedaban en
pie algunas dentadas paredes. Sobre su suelo crecían la hierba y las
ortigas, cubriendo las piedras en que se desmoronaban los muros. Una
puerta conservaba aún su dintel, y, borrosamente esculpido, un escudo
de armas. Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto, la imagen
de estas ruinas se suscitaba en él. Las reconstituía, las ornamentaba,
y se figuraba que dentro, en las remotas edades del feudalismo, se
había entregado a la orgía el feroz caballero Corno-de-boi, o se había
desarrollado la terrible tragedia de los Boborás. Y veía también a las
Hermandades de Galicia sitiar el castillo y arrasarlo, y se imaginaba
el penacho de humo, torcido por el viento del mar, y las ventanas
transparentando en la noche la interna hoguera. Rodeiro, que era un
fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos
libros.
De la playa, bajo las mismas murallas del fortín, subía una tenue
humareda. Sergio, sentado sobre las piedras grises, con las piernas
colgantes en el vacío, miró. Unos marineros habían encendido una
fogata, y sobre ella, apoyado en dos pedruscos, se ennegrecía un
caldero donde cocían peces. La lancha fondeada cerca de las rocas
apenas se movía en la unánime calma del mar. Los hombres estaban
tumbados sobre la arena. Un marinero le saludó. Era de la Gándara. A
veces llegaba hasta la casa de Abelenda a vender pescado. El padre del
mozallón había muerto hacía apenas una semana, envuelta su barca por
una ola al salir de la ría. El hijo llevaba un pañuelo negro como luto.
--¿Quiere un bocado?--ofreció.
Y Sergio:
--Gracias. ¿Qué tal de pesca?
--Aún no empezó. Vamos a la ardora.
Un viejo de mentón pronunciado intervino:
--No: buena pesca ya la hicimos. Ahí va un arroás[1], con el vientre
abierto, por el medio de la ría. Aprecio más su muerte que llenar la
lancha de pescado. Toda la sardina escorrentan...
[1] Delfín.
Los marineros comentaron riendo la caza del odiado enemigo. El viejo
opinó aún:
--Pues yo digo que los barcos de guerra debían dedicarse a matar
arroás. Así servirían para algo útil.
Los pareceres dividiéronse. Sergio volvió a entregarse lentamente a
su preocupación dolorosa. ¿Qué concepto era el que Federica guardaba
de su propia honestidad, hasta de su propia valía de mujer guapa?...
¿Cómo se formularían los deberes y los derechos sentimentales dentro
de aquella adorable cabeza, en aquel corazón de ritmo uniforme, que
no suscitaba desequilibrios, ni arrebatos, ni alteraciones, que no
ponía una inflexión emocionada en la voz que contaba el drama de la
iniciación?... El drama: para Sergio era un drama bestial. El monte
negro..., los foscos pinares todos llenos de rumor..., la inmensidad
hostil del cielo en los novilunios..., las ásperas manos forzudas
del campesino... ¡Si pudiese imaginar también el rostro de Federica,
contraído por el terror!... Pero la veía con aquel mismo gesto con que
hizo el relato. ¿Por qué este absurdo había ocurrido así?
El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas
luces de la tarde. Después se tornaría más obscuro y opaco; simularía
en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y
andar. Y con la noche tendría también esos misteriosos matices que
luce el mar bajo la suave claridad de los astros. Las montañas de la
opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras... La eterna
y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes,
se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes
hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del
ahogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa,
cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado
cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa,
sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre
deforme... Sin embargo, era así y debía ser así... En aquella hora de
paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la Gándara,
imbuído por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un
atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver del marinero,
invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el
del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿Por qué torturarse
complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para
las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos
grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada
candorosa de Volvoreta: la misma misteriosa tranquilidad. Las fuentes
brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las
hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran
placidez inmutable.
Estos viejos axiomas se insinuaron en el alma de Sergio, y la idea de
su egocentrismo se diluyó y sintió un gran bien en advertirse ligado
sutilmente a los montes, al mar, a las rocas, al río, a las nubes
obscuras, como átomo de una obra gigantesca, de obscuro significado, en
la cual sus sentimientos y sus voliciones eran como el estallido de una
burbujita en el mar.