VII

Como reiteración de este enfado celoso, Sergio no subió aquella noche

las carcomidas escaleras que llevaban al cuarto de Federica. Hasta bien

tarde meditó, ceñudo--en las sombras de su habitación, embozado en las

mantas del lecho--, en aquel que se le antojaba asomo de coquetería y

de falacia. La primera pasión siempre es celosa, y Sergio encontraba

fácilmente graves motivos con que robustecer esta condición. ¿Podía

creer que Volvoreta le quisiese?... Repasó hasta sus orígenes el breve

curso de sus relaciones. Ella había cedido a todo sencillamente,

naturalmente, sin arrebatos ni hipocresías, con la fluidez con que una

fuente mana y con la indiferencia con que deja a unos labios acercarse

a ella y beber. Jamás Federica le instigaba a ardor alguno y jamás lo

rehusaba tampoco. Sus palabras de cariño, bien compendiosas, eran

siempre contestaciones a las inquietas preguntas del mozo; por sus ojos

verdes no pasaba nunca una turbación, ni un rubor por su rostro. Era

como si las fuerzas sencillas de la Naturaleza, que hacen germinar al

grano en el surco y florecer a las plantas humildes en los rincones

de las tapias, sin estremecimientos, sin complicaciones, por pura

función biológica, la llevasen a ella también a ser el manso eco de

aquel amor que la había requerido. Nunca una caricia espontánea ni una

charla de cariñosas naderías. Los elogios a su belleza la halagaban

fugitivamente, con un halago invisible que hacía sonreir los labios

bermejos y los verdes ojos grandes, tan llenos de candor, un candor que

supervivía a todo, que quizá fuese el secreto fondo del alma.

--Lo mismo hubiese hecho caso a Chinto--pensaba ahora Sergio.

Desde la noche en que las hojas de maíz habían crujido bajo el peso

de los dos cuerpos jóvenes, Sergio estaba roído por esta inquietud.

Le parecía que, lo mismo que a él, Volvoreta había de entregarse

a cualquiera. Cuando tardaba en volver de un recado, el novio,

impaciente, atalayaba desde todos los balcones, víctima de tremendas

sospechas. Mientras fumaba su cigarrillo en la amplia cocina, oía

alguna vez las bromas de Chinto a la rapaza, bromas que a veces

llevaban socarronamente disimulada alguna malicia que todos, hasta

Volvoreta, reían sin reservas. Pero Sergio fruncía el ceño y clavaba en

ella una dura mirada. Cierta vez, Rodeiro había elogiado a la servidora:

--Eres bien garrida.

Y Sergio le odió. Cuando, por las noches, después de regresar a su

alcoba, se oía en el silencio de la casa el crujir de una viga o

el gato fingía ruido de pisadas, Sergio cavilaba que alguien podía

sucederle a él junto a la novia y salía al pasillo a escuchar. Todo

callaba. Un minuto, cinco, diez, estaba él así, inmóvil, anhelante; por

fin le atería el frío, y sus ojos, cansados de mirar en las sombras,

comenzaban a ver como manchitas de colores que parecían volar en la

obscuridad y que se extinguían cuando él parpadeaba. Entonces volvía al

lecho, tiritando, un poco más tranquilo, pero dudoso aún en su deseo de

volver a subir.

Se reprochaba a veces la propia flaqueza, pero la sinrazón vencía. ¡Tan

guapa era, tan guapa!... No podía haber ningunos labios que tuviesen

aquel sabor, ni ningún cuerpo aquel suave olor de romero y aquella

gallardía, aquellas líneas, aquella tersura, ni ninguna cabellera el

suave tono de color de miel, tan justo, tan bello... Una vez había

visto todos estos encantos cuando la luna entraba por el tragaluz y

llenaba el lecho con su dulce luz azulada. Volvoreta sólo protestó

cuando el frío mordió en sus duras carnes, puestas al descubierto.

Aquella única visión turbaba siempre con su recuerdo al enamorado.

¡Tan guapa, tan bien hecha!... Ni la hija de los Acevedo, que a veces

llegaba a la playa toda vestida de blanco, en un bote, desde el otro

lado de la ría, remando como un varón, ni ninguna señorita de la ciudad

podía ser comparada con ella. Pensaba a veces que aquella broma suya de

que un príncipe la había dejado abandonada en una choza al pasar por

Dumbría podía ser una adivinación.

* * * * *

No se atrevió a reñir al día siguiente, ya templado su rencor. El agua

del río amorataba las manos de Volvoreta, y él la contemplaba serio

y meditativo, con cierta piedad. Pero una pregunta iba barrenando

obstáculos dentro de su alma para formularse. Cuando ella terminó y

tendió la blancura de las ropas sobre los tojos vecinos, para que el

viento, ya que no el sol, las secase, rogó él:

--Siéntate un poco.

--Pueden venir.

Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino,

un rapazuelo de unos siete años, gravemente enfundado en un traje de

hombre, apoyado en la larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas

vacas. Sergio le gritó:

--¡Ei, Santiaguiño!

El rapaz berreó, sin moverse:

--¿Qué quer?

--Avisa si viene alguien, hom, que he de darte un pitillo.

--Bien está, sí, señor.

Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo

el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió al fin,

sin mirarla:

--¿Me has de decir lo que te pregunte?

Ella le contempló, sorprendida:

--Diré.

Hubo otra pausa. Él arrancó unas hierbecillas:

--¿Quién fué el primero?

Sonrió la moza:

--Tú.

Sergio arrojó las hierbecillas a la corriente del río:

--¡Boh!... Bien sabes que no. ¿Quién fué el primero?... Dime.

Aun añadió suavemente, para facilitar la confesión, mientras rapaba el

suelo con sus dedos nerviosos:

--Es por saberlo, nada más...

Entonces Volvoreta fué atenuando poco a poco su sonrisa. Contestó, con

su sencillez habitual:

--Fué allá, en Dumbría.

--¿Un mozo?

--Un mozo.

Y Federica, sin nuevo requerimiento, contó, en una evocación en la que

más que el suceso descollaba el ambiente y las figuras de la aldea

lejana:

--Nuestra casa estaba en el medio de un monte...

Y habló... Aquellos montes de Dumbría, todos llenos de pinos; manchas

y manchas de pinares siempre verdes, siempre llenos de rumor, como el

mar... En algunos de ellos se había perdido cuando era muy pequeña

y abandonaba las vacas para ir a buscar entre el bosque algún pino

macho y después tostar sus piñones al fuego del hogar. A veces, los

leñadores derribaban centenares de árboles robustos; pero los pinos

recién plantados iban creciendo y pronto volvía la fronda a extenderse.

Después de la tala, quedaba el bosque aquí y allá lleno de las manchas

blancas del tronco segado casi al ras del suelo. Gustaba ella de

sentarse allí, y la fresca resina se pegaba a sus ropas humildes. Más

tarde, las lluvias y el sol iban volviendo el tallo del color de la

tierra, más ceniciento aún, y se resquebrajaba, con sus raíces secas

hundidas todavía en el monte. Por la carretera, una larga procesión de

carros chirriantes conducía los troncos hasta el mar, y embarcábanlos

en pataches ventrudos que se balanceaban dentro de la barra de

Puenteceso. Y en cada barco había un perro sucio que ladraba siempre

desde la borda, como los perros de los pajares aldeanos. Ella había ido

allí una vez. Y tan ajeno estaba ahora su pensamiento a la pregunta del

amante que había motivado la evocación, que se detuvo a describir el

aspecto del Monte Blanco--como si todo él estuviese hecho de arena--que

hay a la orilla del mar. Sonreía, maravillada de hallar en su memoria,

a pesar de los años transcurridos, un tan claro recuerdo del paisaje.

Sergio preguntó, rencoroso contra aquella delectación y aquella memoria

anterior a él, donde él no podía surgir nunca:

--¿Y tu novio?

No era novio. La pretendía; pero ella era niña aún: catorce años. Él

tendría veinte. Sus viviendas no estaban lejanas. Los sábados, de

noche, acudía él invariablemente a repiquetear con el canto de una

moneda en la puerta de Federica, y una vez la emprendió a garrotazos

con un mozo de parroquia distante que tunaba con ella. En las romerías

la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para

divertirse. Una vez habían ido a una «palillada»; era en una casa

distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas,

moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el

encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.

--¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé.

Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el

monte me alcanzó.

--¿Y fué entonces?...

--Fué.

Sergio censuró, malhumorado:

--Porque tú quisiste.

--Y ¿yo qué iba a hacer?... En un monte; fíjate... La vivienda más

próxima estaba a un cuarto de legua... Ni gritar valdría.

--¡Ah!--exclamó él, sorprendido y colérico--. ¿Tampoco gritaste?

Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen

sentido del enamorado:

--Ya ves...

--¡Oh!...

Y tras la exclamación de despechada ira, él continuó arrancando las

hierbas una a una, con la mirada fija en el suelo. Después de una

pausa, ella siguió:

--Luego, estaba empeñado en casarse conmigo; pero no quise. Se fué a

América.

Alzó Sergio la cabeza para interrogar; pero volvió a su abstracción sin

haber hablado. Todo aquello era absurdo: la indiferencia de la moza,

su negativa a la proposición matrimonial... Y aquel tono sencillo que

utilizaba en el relato que él creyó tener que escuchar entre lágrimas y

rubores... Y no era por vicio; le constaba bien: ¡mujer más fría, más

inerte!... «Es que no se da cuenta», meditó. Ahora tenía la dolorosa

seguridad de que entre el aldeano que la asaltó en el monte, en la

negrura nocturna, y sus relaciones presentes, Federica había vivido

otras aventuras, resbalando por ellas con aquella naturalidad que

conservaba toda la expresión infantil de sus ojos. En la capital...

mientras sirvió en la capital... Preguntó bruscamente:

--¿Tú estuviste en casa del cuñado de los de Souto?

--Estuve dos años.

--Y él, ¿no te hizo el amor?

Volvoreta rió francamente, con los ojos llenos de alegría. Se

incorporó un poco como quien va a contar algo interesante:

--Hizo...; don Gerardo... ¿sabes?... Una vez me regaló un pañuelo de

seda, y otro me enseñó unos pendientes... ¡Qué risa con don Gerardo!...

Era un sucio: en los dos años que llevé en la casa nunca pidió agua

para bañarse.

--Pero tú le harías caso.

Ella hizo un gesto de repugnancia:

--¿Sabes qué?... Que siempre que tenía yo al pequeñito en los brazos,

venía a cogérmelo para pellizcarme... Nada más.

Él se indignó:

--¡Bueno, vete; no quiero oirte!

--Si te digo que no hubo nada. ¡Asco de viejo!

--¡Vete!

Se levantó y se fué haciendo un mohín.

Sergio siguió la margen del río hacia el mar, desazonado por el

disgusto de aquellas revelaciones provocadas por él y en las que aún se

complacía en escarbar su alma. Santiaguiño atravesó el prado corriendo

y se plantó frente a él, muy grave dentro de su chaqueta de pana, las

manos en los bolsillos y la vara de fresno bajo la axila:

--¿Y luego? ¿No me da ese pitillo?

Se lo arrojó. Santiaguiño se puso al socaire de un vallado para

encenderlo. El joven siguió su caminata. Desvióse un poco del río

para subir a las viejas ruinas de un fortín abandonado que, a la vera

del mar, sobre un promontorio, atalayaba la ría. Apenas quedaban en

pie algunas dentadas paredes. Sobre su suelo crecían la hierba y las

ortigas, cubriendo las piedras en que se desmoronaban los muros. Una

puerta conservaba aún su dintel, y, borrosamente esculpido, un escudo

de armas. Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto, la imagen

de estas ruinas se suscitaba en él. Las reconstituía, las ornamentaba,

y se figuraba que dentro, en las remotas edades del feudalismo, se

había entregado a la orgía el feroz caballero Corno-de-boi, o se había

desarrollado la terrible tragedia de los Boborás. Y veía también a las

Hermandades de Galicia sitiar el castillo y arrasarlo, y se imaginaba

el penacho de humo, torcido por el viento del mar, y las ventanas

transparentando en la noche la interna hoguera. Rodeiro, que era un

fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos

libros.

De la playa, bajo las mismas murallas del fortín, subía una tenue

humareda. Sergio, sentado sobre las piedras grises, con las piernas

colgantes en el vacío, miró. Unos marineros habían encendido una

fogata, y sobre ella, apoyado en dos pedruscos, se ennegrecía un

caldero donde cocían peces. La lancha fondeada cerca de las rocas

apenas se movía en la unánime calma del mar. Los hombres estaban

tumbados sobre la arena. Un marinero le saludó. Era de la Gándara. A

veces llegaba hasta la casa de Abelenda a vender pescado. El padre del

mozallón había muerto hacía apenas una semana, envuelta su barca por

una ola al salir de la ría. El hijo llevaba un pañuelo negro como luto.

--¿Quiere un bocado?--ofreció.

Y Sergio:

--Gracias. ¿Qué tal de pesca?

--Aún no empezó. Vamos a la ardora.

Un viejo de mentón pronunciado intervino:

--No: buena pesca ya la hicimos. Ahí va un arroás[1], con el vientre

abierto, por el medio de la ría. Aprecio más su muerte que llenar la

lancha de pescado. Toda la sardina escorrentan...

[1] Delfín.

Los marineros comentaron riendo la caza del odiado enemigo. El viejo

opinó aún:

--Pues yo digo que los barcos de guerra debían dedicarse a matar

arroás. Así servirían para algo útil.

Los pareceres dividiéronse. Sergio volvió a entregarse lentamente a

su preocupación dolorosa. ¿Qué concepto era el que Federica guardaba

de su propia honestidad, hasta de su propia valía de mujer guapa?...

¿Cómo se formularían los deberes y los derechos sentimentales dentro

de aquella adorable cabeza, en aquel corazón de ritmo uniforme, que

no suscitaba desequilibrios, ni arrebatos, ni alteraciones, que no

ponía una inflexión emocionada en la voz que contaba el drama de la

iniciación?... El drama: para Sergio era un drama bestial. El monte

negro..., los foscos pinares todos llenos de rumor..., la inmensidad

hostil del cielo en los novilunios..., las ásperas manos forzudas

del campesino... ¡Si pudiese imaginar también el rostro de Federica,

contraído por el terror!... Pero la veía con aquel mismo gesto con que

hizo el relato. ¿Por qué este absurdo había ocurrido así?

El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas

luces de la tarde. Después se tornaría más obscuro y opaco; simularía

en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y

andar. Y con la noche tendría también esos misteriosos matices que

luce el mar bajo la suave claridad de los astros. Las montañas de la

opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras... La eterna

y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes,

se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes

hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del

ahogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa,

cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado

cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa,

sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre

deforme... Sin embargo, era así y debía ser así... En aquella hora de

paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la Gándara,

imbuído por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un

atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver del marinero,

invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el

del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿Por qué torturarse

complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para

las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos

grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada

candorosa de Volvoreta: la misma misteriosa tranquilidad. Las fuentes

brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las

hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran

placidez inmutable.

Estos viejos axiomas se insinuaron en el alma de Sergio, y la idea de

su egocentrismo se diluyó y sintió un gran bien en advertirse ligado

sutilmente a los montes, al mar, a las rocas, al río, a las nubes

obscuras, como átomo de una obra gigantesca, de obscuro significado, en

la cual sus sentimientos y sus voliciones eran como el estallido de una

burbujita en el mar.

Volvoreta · 第 12 / 26 题