IV

Al través de los surcos que las gotas de lluvia trazaban en los

cristales de la galería veíase el campo tan sólo como una informe

mancha verde. Sergio, en pie, frotaba sus dedos húmedos contra las

láminas de vidrio, y se complacía en arrancar estridentes gorjeos que

crispaban los nervios de Sabela.

--¿Quieres estar quieto?--le gritó.

Y él enfundó sus manos en los bolsillos y dió un suspiro ruidoso que

empañó el cristal:

--Entonces... ¿qué quieres que haga?... No he visto cosa más

desagradable que la lluvia.

Doña Rosa intervino, mirándole severamente sobre sus gafas:

--Yo creo que sí: los libros de estudio.

Él calló. Realmente estaba desesperado contra aquel incesante aguacero

que encharcaba los campos desde hacía una semana ya. Las deliciosas

entrevistas con Volvoreta habían terminado desde entonces. ¡Oh, aquel

tedio de la casa, llena siempre del rumor de la lluvia, alterada alguna

vez la quietud por los gritos de Rafaela contra los aldeanos que no

limpiaban sus zuecos antes de entrar y manchaban de lodo los pisos!...

Sergio iba frecuentemente a la cocina, con el pretexto de fumar. Aunque

doña Rosa lo sabía, no consentiría jamás que su hijo arrancase ante

ella una bocanada a un cigarro. Desde que era bachiller, Sergio podía

fumar en la cocina, por un acuerdo tácito. En alguna de sus frecuentes

ausencias, preguntaba ahora la madre a Isabel:

--¿Dónde está tu hermano?

--Debió de ir a fumar.

Doña Rosa observaba:

--Fuma mucho estos días. No me gusta eso.

--¿Qué le vas a hacer?... Se aburre.

Federica entró aquella tarde en el comedor a anunciar:

--Está ahí doña María, la de Solís, que pregunta por la señora.

Doña Rosa alzó la cabeza de la costura para inquirir, con un leve

asombro:

--¿Doña María, la de Solís?

--Sí, señora.

--Que pase, mujer.

Y madre e hija abandonaron sus quehaceres, y sacudieron de sus regazos

los trozos de hilo que se habían desprendido de las labores.

Avanzaron al encuentro de su vecina. Sabela dió, como siempre, un

ligero saltito para no pisar una baldosa de la galería, donde el pico

del carpintero había trazado, quizás para distinguirla, una pequeña

cruz.

La señora de Solís entró. No eran frecuentes sus visitas. Tan sólo en

alguna ocasión señalada--Año Nuevo, fiesta de días, enfermedad--la

triste señora aparecía un momento «para cumplir», y, pretextando el

cuidado de los hijos, volvía a marchar sin haber reído, sin haber

hablado apenas, sin haber aceptado un dulce ni una fruta, ni un

dedalito del vino tostado del Rivero que doña Rosa solía ofrecer sólo

en esas grandes ocasiones.

--¿Qué milagro, doña María?... Siéntese.

A pesar de la vecindad, se veían, en efecto, mucho menos que los demás

señores de la Gándara. Doña María se sentó, quedamente, con aquel aire

silencioso que le había impuesto su dolorosa costumbre de andar por

alcobas de enfermos. Resaltaba su palidez sobre las negras vestiduras,

y el carmesí de los párpados, irritados por el llanto y el insomnio,

sobre su palidez. Pero en toda su figura había una gran distinción, y

en su rostro esa dignificación amarga que dan los pesares. Cruzó las

manos lívidas, y habló:

--A molestarlas, doña Rosa, a molestarlas.

--¡Por Dios!...

--Quería saber si tienen ustedes alguna estufa, algún calorífero, para

pedírselo prestado.

Doña Rosa miró a su hija, como en consulta.

--Hay mucha humedad--continuó doña María--; ya ve, para dormir los

niños con las ventanas abiertas... Y como la casa es grande... Yo

encargué a la ciudad una salamandra. Pasado mañana me la traerán, y

pasado mañana les devolvería la estufa.

Doña Rosa se lamentó:

--¡Dios mío, nosotras no hemos tenido jamás nada de eso! ¡Qué pena,

doña María!... Gracias al Señor, como salud tenemos, y el frío no es

mucho en esta tierra...

--No, el frío no; pero la humedad, la humedad...

Casi gimió, con los ojos espantados:

--¡Un catarro viene tan pronto!... ¡Y después!...

Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo

plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.

--Hace siete días que no hay sol...

Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:

--¡Yo no sé qué hacer...; no sé qué hacer!...

Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel

temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí;

pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allí estaban

los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja, mojados

cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y

caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había

que tener preocupaciones extremadas. Dios es bueno: aprieta, pero no

ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los

otros a los diez y seis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la

desgracia?... ¿No era absurdo?...

Doña María la miraba sin cambiar su expresión de pena. Después suspiró

hondamente. Se levantó como una sombra:

--¡En fin!... Perdonen la molestia.

--¿Qué molestia?... Lo que siento yo es no tener lo que desea, doña

María. Ya sabe que toda la casa y todos nosotros... Y cualquier cosa

que se le ocurra...

Acompañáronla hasta los mismos umbrales del portón. Ella marchó como

una sombra negra, entre la lluvia; y doña Rosa suspiró al volver,

penetrada de toda aquella honda angustia de madre que en su propia

maternidad hallaba un eco de compasión gigantesca.

* * * * *

Por la noche, deslizándose al amparo de los salientes aleros, esperó

Sergio bajo el alpende la presencia de Federica, avisada por él. Esperó

unos minutos que se le antojaron inacabables. Desde los canalillos que

las tejas formaban caían al suelo chorros de agua, que habían cavado

débilmente la tierra, a lo largo del cobertizo, en su persistente

choque. Cuando Sergio chupaba el cigarrillo, se avivaba el ascua y veía

brillar los goterones en su rápido descenso. La lluvia, invisible en la

noche, dejaba oir su sordo rumor en todo el campo encharcado.

Federica llegó al fin, cubriendo su cabeza con parte de la falda,

recogida sobre los rubios cabellos como un mantón:

--¿Qué quieres?

Él arrojó el cigarrillo, que se apagó en el agua:

--Que no podemos seguir así. Es preciso idear algo para vernos.

Ella meditó:

--¡Esta dichosa lluvia!...

Callaron un instante. A sus espaldas, hasta tocar con el techo del

alpende, se hacinaba el tojo tierno, dispuesto para mullir los establos

y hacer de él, ya pisado, cama para las bestias, y después abono de

las tierras. Y su recio olor de monte bravo se diluía en el ambiente

húmedo. Sergio opinó:

--¿Quieres que le hable a Mingos, el casero, para que nos deje reunir

en su choza?

Receló ella:

--Lo sabría tu madre.

--¡Entonces... no sé!

Descubrió de pronto Volvoreta:

--Podías subir a mi alcoba cuando todos durmiesen.

Sergio quedó un momento confuso. Le latió más fuerte el corazón al

escuchar la proposición inesperada, como si antes de precisarse en

su magín, toda la encantadora sensación de la aventura le hubiese ya

recorrido la sangre, en un giro loco. Pero Volvoreta había sugerido el

recurso con un absoluta naturalidad. Sergio, temeroso de despertar un

arrepentimiento, dijo con sencillez:

--Es verdad.

--Pero ve con cuidado. Ya sabes que el cuarto de Rafaela está al lado

del mío. ¡Si nos sintiesen!... ¡Por Dios!...

Y separáronse. Sergio permaneció unos minutos bajo el cobertizo,

saboreando la temerosa delicia del proyecto. Le pareció estar abocado

a una empresa de novelón. La densa obscuridad de la noche le sugería

ideas de sagacidad y de astucia, y se vió a sí mismo atravesar la casa

entre las tinieblas y trepar hasta los cuartos de la servidumbre, cauto

y silencioso, como un ladrón de folletín o como un conspirador heroico.

Chinto salía entonces de la casa y pasó junto al cobertizo sin verle,

en las sombras profundas. Él se había recogido y hasta había contenido

el aliento. Este incidente le dió una alta idea de su disposición de

hombre misterioso y le hizo tener una alegre confianza en sí.

Durante la cena miró alguna vez a Federica, como para recordarle el

complot. Federica, gravemente, no parecía darse por enterada. Sergio

pensó entonces, ante toda aquella serenidad, que ella tenía una

decisión y una valentía superior a la suya, y se reprochó el no haber

tenido él la misma idea de la cita en la alcoba. Se escrutó y tuvo que

confesarse que no se le habría ocurrido nunca.

Cuando, después de su habitual presencia en la cocina para dar órdenes

a la servidumbre, doña Rosa reapareció en el comedor y deseó buenas

noches a sus hijos, Sergio sintió agigantada su emoción. Besó a su

madre y se retiró a su cuarto. Eran las diez. Sentóse indeciso, sin

saber cómo llenar todo aquel tiempo que faltaba aún para el momento de

la aventura. Al fin, temeroso de que la luz le delatase, desnudóse, se

metió en cama y sopló la bujía.

Esperó. Llegaba de la cocina muy amortiguado el ruido del fregoteo de

Rafaela. Podía saberse cuándo agitaba la vajilla dentro del barreño

y cuándo la colocaba sobre la limpia piedra del vertedero para que

escurriese el agua humeante. Los platos hacían al superponerse un

ruido más agudo; los pucheros de hierro, más hueco y sordo. Después

tintinearon, al caer sobre el granito, desde el paño que las secaba,

las cucharas, los tenedores... Sergio seguía a la vieja criada en todos

los momentos de su ocupación, hasta en todos sus ademanes, como si la

estuviese viendo. De pronto un portazo estremeció la casa, y se oyó el

ruido metálico de la barra de hierro que ajustaba Chinto en sus encajes

para reforzar la seguridad de la vivienda. Luego, unos pasos resonaron

en la escalera que conducía al piso aboardillado donde estaban las

habitaciones de la servidumbre, de las dos criadas nada más, porque

Chinto dormía en el bajo, para mayor tranquilidad de doña Rosa. Sergio

pensó que aquellos pasos eran los de Federica, que se retiraba siempre

antes que Rafaela.

Y esperó más. Por fin los tramos rechinaron bajo el andar de la vieja

criada. Arriba, al través del techo, se sintió aún el rastrear de sus

pies. Más tarde cayó el silencio sobre la casa toda; un silencio en el

que al joven le parecía que toda idea de tiempo diluíase y escapaba al

cálculo. Pero en el silencio fueron naciendo mil pequeños rumores y

mil ruidillos sólo perceptibles en la anhelosa atención del enamorado:

el crujir de una viga, las pisadas misteriosas del gato, que cruzaba

ante su dormitorio, dueño de las estancias y de los pasillos llenos de

sombra; después el viento comenzó a quejarse bajo las puertas, como

en invierno. Fué un momento en que la lluvia dejó de caer. La ventana

del cuarto se estremecía en sus encajes, y a veces se sentía la furia

de las ráfagas estrellarse contra la casa toda, hermética y muda en

la enorme soledad del campo, entre tinieblas, mientras los árboles

se encorvarían gimientes, y en los prados la hierba sería como una

cabellera peinada en un mismo sentido por el viento.

Las ráfagas traían hasta la casa un sordo rumor--quizá el de los

árboles, quizá el del mar--en el que Sergio creía descubrir también el

silbido arrancado en los alambres del telégrafo que seguían la cercana

cinta de la carretera, y que cortaban el vendaval como una espada

afiladísima, oscilando un poco entre poste y poste.

Pero las ráfagas cesaron. Cayó un fuerte aguacero, y su apremiante

llamada en los cristales llenó toda la casa con su ruido. Después

amainó, y volvió la lluvia a su lenta mansedumbre.

Sergio esperó aún, receloso. Se le ocurrió pensar--tumbado boca arriba

en el lecho, abiertos los ojos en la obscuridad--qué clase de mujer

era aquélla, inocente o ducha en amores, que por propio impulso y

con tal sencillez daba una cita de tamaño riesgo--él no pensó «tan

escabrosa»--. Pero ni su inexperiencia, ni su edad, ni la inquietante

emoción que sufría, le permitieron grandes meditaciones acerca del

tema. El reloj del comedor dió las doce. Temió él haber contado mal, y

esperó a que las repitiese. Entonces se deslizó de su cama; a obscuras

se embutió en el pantalón, en la chaqueta... Iba descalzo... Abrió la

puerta de la alcoba... Salió...

Ante la puerta, sin separar sus dedos del pestillo, aún escuchó un buen

rato. Después se decidió a andar... Apoyaba ambas manos en la pared,

como si quisiese descargar sobre ellas todo el peso de su cuerpo. El

piso estaba enarenado, según la costumbre del país, con una arena

traída de la playa, y al ser restregada contra la madera producía un

leve rechinamiento. El joven ponía, para impedirlo, sus pies de plano,

y algunas arenas gruesas le producían dolor.

Llegó a la escalera. Tenía en sus oídos el tic-tac del corazón y el

sordo runrún de la lluvia... Subió un peldaño, otro... algunos crujían,

y Sergio se detenía entonces, anhelante, con los ojos abiertos,

abiertos... Creía él que en aquel momento su madre y su hermana y

Chinto y Rafaela se removían entre las sábanas, prontos a despertar.

Pensó también en que a veces doña Rosa sufría insomnios duraderos... Al

llegar al primer recodo de la escalera, un tablón carcomido gimió bajo

sus pies largamente. Entonces pensó en desandar el camino y volver a

su cuarto; pero ya estaba más próximo el de Federica... Continuó... En

el pequeño pasillo, al que daban los dormitorios de las dos mujeres,

se oía la fuerte respiración de Rafaela. Esto le dió vigor. Empujó

lentamente la puerta de la alcoba de Federica. Pensó que estaría ella

detrás. Esperaba que sus manos avanzasen para guiarlo. Creía ser

tocado por ellas a cada instante, y esta presunción de unos brazos

en la sombra le produjo una inquieta nerviosidad. Pero ningún cuerpo

vivo rozó el suyo. Entró con cautela extremada, temiendo derribar

algo, extendidas sus manos hacia el frente, comenzando a encontrar

interminable aquella horrible excursión entre las tinieblas y el

silencio, respirando con la boca abierta para que ni aun se advirtiese

el rumor de sus aspiraciones.

Al fin sus muslos tropezaron con algo. Bajó las manos, cuidadoso. Bajo

ellas sintió el tibio bulto de Federica, acostada, cubierta por las

ropas del lecho. Le secó los labios una oleada de emoción. Se inclinó

sobre la bella cabecita; susurró tenuemente:

--Soy yo...

Ella no se movió; volvió a advertirle:

--Federica, soy yo...

Apoyó sus manos en el cuerpo tendido, con una suave presión. Federica

dió un fuerte suspiro y se estiró en el lecho. ¡Dormía! ¡Gran Dios,

dormía!... Sergio se maravilló sinceramente. Volvió a apremiar, con la

punta de sus dedos, el cuerpo perezoso. Y de pronto, tras un rebullir

que se tradujo en un ruidoso alboroto de las secas hojas del jergón,

los calientes brazos de Federica se enroscaron a su cuello. Y él,

entonces, buscó sus labios y los besó, estremecido:

--¿Dormías?

Y ella, con voz aún enronquecida por el sueño y llena de añoranza de él:

--Sí.

Sergio tuvo que sacudirla:

--¡No grites, mujer!... Pueden oirnos...

Entonces bajó mucho la voz, como una niña a quien se reprende, para

repetir:

--Sí.

Continuaba con los desnudos brazos sobre el cuello del joven. No se

veían. El rumor de la lluvia era más fuerte en el pequeño cuarto; se

sentía su repiqueteo en el cinc del tejado y sobre los vidrios del

tragaluz. Sergio se iba sintiendo presa del frío. En la cima de su

empresa ocurríasele ahora, preferentemente, la terrible idea de tener

que volver a su estancia con todas las mismas minuciosas precauciones.

En la alcoba contigua, al través del delgado tabique de madera, se oyó

el ruido del jergón donde Rafaela debía de haberse agitado. Entonces

Federica iba a decir algo al oído de Sergio; pero éste la hizo callar,

con sobresalto.

--¿No oíste?--dijo apenas él, con la tenuidad de un suspiro--. Debe de

estar despierta.

Le invadió el miedo. Dió otro beso a la novia:

--Bueno, me voy.

Ella tornó a abrazarle. Aún le retuvo para pedir:

--Tápame bien.

Sonrió él en la sombra. Metió parte del embozo bajo la espalda de

Volvoreta, le dió una palmadita de despedida; y súbitamente, esclavo de

su hondo temor, comenzó otra vez el peregrinaje. En la escalera sufrió

angustias mayores, porque el descender en la obscuridad era mucho más

difícil que el subir. Creyó que no se acababan nunca los peldaños. Ya

en el pasillo del primer piso, sus pasos fueron más ligeros. Entró en

su dormitorio, dando un profundo suspiro de placer, como si saliese de

una pesadilla. Se zambulló en cama. Tenía los pies helados, helados,

con algunas arenas del pasillo incrustadas en ellos. Se arrebujó

apretadamente y quiso saborear sus sensaciones de la noche; pero se

durmió.

Soñó que quería correr hacia Volvoreta. Volvoreta le esperaba con

sus rizados cabellos del color de la miel y su blusa blanca de los

domingos. Él quería correr, porque su madre le perseguía; pero sus pies

no podían apartarse del suelo. Corría, corría, y no avanzaba ni un solo

punto...

V

Meditó Sergio después en su cobardía de la víspera, en la brevedad

de su estancia en el cuarto de Volvoreta, y se hizo reproches y se

prometió una mayor decisión. Vencido el misterio de la empresa, el

éxito obtenido le alentó. Tenía para él una enorme e intensa poesía

de aventura aquella visita cautelosa, aquella obscuridad que los

hacía invisibles, el secreto de la andanza mientras la gente confiada

dormía... Le pareció que los pasillos y las escaleras que recorrió,

sin ver, en una duradera y lentísima caminata, no eran los pasillos y

las escaleras tan conocidas de su casa, sino que el genio travieso de

la noche y el de los amores lo habían transformado todo. Sentía aún la

dulce presión de los tibios brazos en torno al cuello, y ansiaba volver

a entregarse a aquella caricia turbadora, no probada jamás.

Al encontrarse Federica y él se sonrieron, como cómplices de una misma

travesura. Pero, evidentemente, ella no concedía una gran importancia a

lo ocurrido. Hubiera ansiado Sergio contarle con todo lujo de detalles

la excursión nocturna; mas no hubo ocasión. Tan sólo al cruzarse en un

pasillo pudo decir brevemente:

--Hoy volveré.

Y ella, que marchaba hacia el comedor, no hizo el menor gesto, y al

hablar con doña Rosa su voz tenía el mismo bello timbre de siempre, sin

que lo alterase la emoción.

Fingió estudiar durante toda la tarde en la galería. En realidad

soñaba. Vió cómo los árboles se doblaban ante las ráfagas. Vió salir

a Chinto, cubierto por un capote de paja cosida, que era su aldeano

impermeable, chapoteando en el lodo con sus zuecos de aguda punta

retorcida. Vió en el mirador de la casa de los Solís cómo doña María

asomábase, enlutada y triste, a contemplar el cielo. Los ojos de

la madre se apenaban más ante aquel espectáculo de la nube igual y

plomiza, sin principio ni fin, uniforme, que vertía incansablemente la

lluvia. Apenas se adivinaba por una ligerísima luminosidad el sitio

donde el sol estaba oculto en el cielo. Y en aquel sitio se obstinaba

el mirar de doña María, como si rogase, como si mentalmente hiciese

al astro magnífico la confidencia de todo su drama y le pidiese que

dejase llegar alguno de sus rayos vivificantes a aquella caseta del

jardín, techada de vidrio, donde las tablas estaban ya ennegrecidas por

la lluvia, para que el rayo fuese como una lanzada que matase el germen

del mal en los pechos aquillados de sus hijos.

Pero a Sergio el espectáculo del agua implacable le producía ahora un

íntimo contento. Sentía gratitud hacia los hilos de lluvia que rayaban

el campo y hacia la negra nube inmóvil que los dejaba caer, porque

a esto debía el sabroso goce de su alma. ¡Bendita lluvia!... Aunque

llegase a pudrir el grano en los surcos, ¿no había sido ella la madre

de este florecimiento de sensaciones felices en su corazón?...

Y aquella noche volvió a subir; y a la siguiente, y todas... Cada

vez tenía mayor confianza en la impunidad; pero no lograba sacudir

por completo el temor que se enroscaba en él, a lo largo de aquellas

inacabables excursiones, en las que antes de asentar un pie tanteaba el

sitio donde apoyarlo, para resbalar después con igual cautela las frías

manos por las ásperas paredes. Llegó a familiarizarse hasta tal punto

con los incidentes del trayecto, que sabía en qué lugar rechinaba una

tabla del piso y cuál era el peldaño que crujía escandalosamente bajo

su presión. Volvoreta casi siempre estaba dormida al llegar él, y él

tenía siempre el mismo sobresalto, el mismo miedo a sorprender con su

llegada y que gritase, sin darse cuenta exacta de quién era el nocturno

visitante. Pero ahora Volvoreta ni aun rebullía en el lecho. Extendía

siempre sus brazos, como en la primera noche, y, juntas las cabezas,

se hablaban nimiedades de enamorados; él, de pie, encorvado, en una

violenta postura, sin apoyarse mucho en la cama, por miedo al crujido

del jergón. A veces se desprendía del lazo tibio de los brazos y se

incorporaba para librar a su espalda de la tortura de aquella actitud

de arco. Pero conservaba entre sus manos las manos de Federica, como si

temiese al soltarlas que las sombras cavasen un abismo entre ellos.

En alguna ocasión, el mismo contenido tono de su charla, una frase

trivial cualquiera, les provocaba un loco deseo de reir, tanto más

fuerte cuanto más se lo prohibían sus temores. Y entonces Volvoreta,

menos dueña de sí, sentía hinchar sus carrillos de risa y la risa se

escapaba al fin de pronto, con el mismo ruido que hace una gaseosa al

destaparse; esto terminaba por vencer los esfuerzos de Sergio sobre su

hilaridad, y ambos reían ahogadamente; ella escondía la cabeza bajo

las mantas, para sofocar el rumor, y él sentía su cuerpo hipar en la

jocundidad contenida. Después se asustaban mucho y quedaban un largo

rato escuchando, por si en la alcoba de Rafaela se advertía algún ruido

sospechoso.

--Querría estar siempre a tu lado en esta alcoba--susurraba Sergio.

Y era verdad; no había para él en toda la casa un lugar de mayor

sugestión. Pensaba, ya en su lecho, muchas veces, que era más

grata aquella otra estancia de techo aboardillado, donde se sentía

fuertemente el paso de las ráfagas, donde la lluvia tecleaba

ruidosamente sobre el cinc, donde se veían pasar, tras los cristales

del tragaluz, las nubes negras y las blancas nubes, procesionales, y

también el parpadeo de una estrella que parecía estar en lo sumo nada

más que por curiosear lo que en la alcoba ocurría: tal brillo de mirada

humana tenía su mirada; tal se veía, entornando un poco los párpados,

cómo el haz de sus rayos llegaba hasta dentro de la misma alcoba, al

través del cristal.

Cuando el nimbus se abría, alguna vez en descanso de la lluvia, y la

luna asomaba por el desgarrón momentáneo, entraba poco a poco en la

alcoba una suave luz misteriosa, que iba creciendo a medida que la gasa

de nieblas disminuía ante el satélite. Entonces surgían todos los

objetos de la obscuridad; se veía la blancura de la palangana de hierro

esmaltado, lucir en un rincón; y las sayas colgadas de clavos en las

paredes, como pequeños fantasmas con un capuchón puntiagudo; y brillaba

extrañamente un diminuto espejo, semejando una ventana abierta en el

tabique, y a la cama llegaba a veces la luz azulada del astro y se veía

su raudal bajar del vidrio, recortando en el aire su forma prismática,

a la manera de esos raudales que en los cuadros místicos bajan desde

el cielo para envolver las figuras de los santos. Las sombras huían

hasta el rincón donde el tejado y el suelo se unían en una arista, y

se agazapaban allí. Y Sergio podía ver, un poco confusa, sin embargo,

la cara de Federica, en la que los cándidos ojos verdes lucían como

si concentrasen la dulce luz; y veía también el bulto de su cuerpo

adorable acusándose bajo la colcha de tela rameada. Callaban entonces,

porque les parecía que en la claridad habían de sonar más fuertes

sus palabras. Sergio conservaba en los ojos la visión de la silueta

adivinada bajo las ropas, y cuando se volvían a hacer las tinieblas

paseaba sus dedos sobre la colcha, desde los pies hasta la garganta de

la novia, y al llegar allí la besaba. Volvoreta permanecía inmóvil, sin

protestar, sin estremecerse.

Cuando sus manos, heladas por el contacto de las paredes, tocaban

los brazos o los hombros de la joven, ella sofocaba un grito que

la fría impresión estaba a punto de arrancar. Entonces guardaba un

momento aquellas manos bajo las tibias sábanas, y él permanecía un

instante así. Pero a medida que se aproximaba el invierno, el aire

que se deslizaba en la casa por las rendijas de las puertas, el

tránsito brusco de su lecho templado a la atmósfera húmeda y fría de

los pasillos, le aterían. Llegaba a veces al final de su peregrinaje

tiritando, y tenía que esperar un poco para poder hablar, porque sus

dientes entrechocaban.

Y fué una de esas noches crudas, que en los vidrios del tragaluz hacía

condensar en gotitas de agua el vapor de la atmósfera, cuando la

destemplanza le decidió a cortar su visita.

--Me muero de frío; me voy.

Y ofreció ella entonces, sin pensarlo, con aquella misma sencillez con

que había hablado en la noche lluviosa, bajo el alpende:

--Entra en la cama; te abrigarás un poco, hasta entrar en calor.

Aún preguntó él, sobrecogido:

--¿Me dejas?

Federica bajó el embozo. Fué él, lentamente, lentísimamente,

inclinándose sobre el lecho, tendiéndose poco a poco... Pero las hojas

de maíz seco crujían y alborotaban, con un ruido semejante al del agua

que cayese abundantemente sobre una plancha de hierro enrojecida.

Decidió abreviar aquella tortura y se acostó de un golpe sobre la cama.

Volvoreta estiró las mantas sobre él. Estuvieron un instante inmóviles.

El corazón del joven latía con fuerza. Estaba tendido sobre un brazo y

lo estiró para librarlo de la presión dolorosa. Entonces tropezó con

los duros pechos femeninos. Entre las sábanas había aquel olor a romero

de Volvoreta, el olor de su fina piel... En el declive que formaba

el jergón hacia el centro fué resbalando el joven, hasta encontrar

el cuerpo de la moza. Todo el cuarto era tinieblas y toda la casa

silencio...

* * * * *

Así fué cómo Sergio Abelenda tuvo su primera querida.

Volvoreta · 第 10 / 26 题