Salida de Oviedo.—Villaviciosa.—El joven de la posada.—La
narración de Antonio.—El general y su familia.—Noticias
deplorables.—Mañana moriremos.—San Vicente.—Santander.—Una
arenga.—El irlandés Flinter.
Salimos, pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que
llevábamos, y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo
recomendó mi amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo
desidioso e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas
varas rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con
cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios,
salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a
reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y
aunque se ajustó para hacer el viaje a _seco_, o sea corriendo de
su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló
de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí.
Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste
entre la manutención del guía y de su caballo o mula, porque así el
precio del alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en
el camino rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso,
el guía se embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de
su escote a expensas del viajero, gracias a la connivencia de los
posaderos, unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo.
Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia, a
ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con el
golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa _la capital de las
avellanas_ por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha en
su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos
al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de _avellanas_ que
llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada
había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y
a pesar de hallarnos en la _capital de las avellanas_, nos fué muy
difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad
de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron
que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría
siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes.
Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo pueblecito,
situado en una elevación del terreno, entre frondosos castañares. El
pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna de Argüelles,
padre de la Constitución española.
Al desmontar a la puerta de la _posada_, donde pensábamos reparar las
fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó una
exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando el
mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio.
Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con
elegancia y tocado con una gorra de _montero_. Antonio, después de
mirarle un momento, exclamó: _Ah, monsieur, est ce bien vous?_, y le
dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas de
que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de encima.
Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a almorzar.
Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas que formaban
el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo, y me parecía
oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo después un largo
silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar a Antonio,
cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el desconocido.
—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué ha
estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre?
—_Mon maître_—dijo Antonio—, _c’est un monsieur de ma connaissance_.
Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino le contaré a
usted lo que sé de él.
—_Monsieur_—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—,
está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien
ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, _mon maître_, que
estas guerras de carlistas y _cristinos_ han causado muchas miserias
y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España
persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de
la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y
de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto.
»_Mon maître_, como le he dicho a usted repetidas veces, he vivido
en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará unos diez
años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño entonces.
La familia estaba en muy buena posición; el padre era general del
ejército y bastante rico. Constituían la familia el padre, su señora
y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto; el otro le
llevaba unos cuantos años. _¡Par Dieu!_ En aquella casa lo pasé muy
bien; todos los individuos de la familia me trataban con bondad. De
muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa notable.
Las tres veces que me salí fué por mi libre voluntad. Me enfadaba
con los otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me
fuí por culpa de una codorniz colgada en la ventana de _madame_,
y que me despertaba todas las mañanas con su canto. _Eh bien, mon
maître_, así corrieron las cosas durante los tres años que, con
tales alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese
tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se
pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas
de irme con él; mas, _par malheur_, me encontraba por aquellos días
muy disgustado con _madame_, su madre, por causa de la codorniz, e
insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y
lo echarían al puchero. _Madame_ se negó a esto de modo terminante;
y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte
en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la
casa muy amoscado, y no volví más.
»_Eh bien, mon maître_, el señorito se fué a viajar y estuvo fuera
varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en Colunga,
no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía noticias
de su familia: de _monsieur_, su padre; de _madame_, su madre, y de
su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la guerra civil, o
sea antes de morir Fernando VII, _monsieur_, padre de este joven,
fué nombrado capitán general de La Coruña. Aunque muy buen amo,
_monsieur_ era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la
obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho,
de la _canaille_, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por
esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general
no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. _Eh
bien_: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran _fête_
en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo
sucedió; el caso es que hubo una _émeute_, y los nacionales echaron
mano a _monsieur_, el general, le ataron una cuerda al cuello, le
zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a
remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon,
y maltrataron de tal modo a _madame_, que por entonces estaba
_enceinte_, que a las pocas horas expiró.
»Le digo a usted, _mon maître_, aunque le cueste trabajo creerlo, que
al saber la desgracia de _madame_ y del general, lloré por ellos,
y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la
maldita codorniz.
»_Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire._ El hijo
mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico,
en cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre
infeliz! No se le ocurrió más que desertar con dos o tres camaradas
descontentos, y, metiéndose en Galicia, levantaron una pequeña
facción y proclamaron a don Carlos. Por un poco de tiempo hicieron
mucho daño a los liberales, quemando y arrasando sus propiedades, y
dieron muerte a varios nacionales que cayeron en sus manos. Pero esto
duró poco; su facción fué dispersada y el jefe preso y ahorcado, y su
cabeza clavada en un palo.
»_Nous sommes déjà presque au bout._ Cuando llegamos a la posada, el
joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen rato
las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia se
cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia
que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre,
asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos
los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo:
donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le
apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista,
le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el
mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo
en su ejército. Pero, _mon maître_, como le dije a usted antes, se
trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece
el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas,
porque durante sus estudios había leído libros escritos en tiempos
antiguos por algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de
repúblicas, de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se
inclinaba más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por
tanto, la oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron,
mientras los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia
salvaje. Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el
producto se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace
varios meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros
y correr de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus
distracciones. Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice
más que llorar con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no
hay remedio, ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi
parte que se espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas
del pueblo, buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para
olvidar nuestros cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras
en griego viejo; apenas las entendí, pero creo que significan algo
así como: «Bebamos y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.»
»_Eh bien, mon maître_: le dije que usted es un señor muy serio,
que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra vez,
y, abrazándome, nos dijimos adiós. Ya sabe usted, _mon maître_, la
historia del joven de la posada.»
Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos a
Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de
montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar.
El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía
bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos
intervalos se alzaban los _cortijos_ de los propietarios, edificios
de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes
es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus
cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios
monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se alza
solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa cantábrica.
Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones más áridas
y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra y rocas,
sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos lugares.
Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una aldea llamada
Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un carabinero,
hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado de fusil.
Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la grave
urbanidad que en otro tiempo dieron tanta fama a sus compatriotas.
Regañó a su mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros
de asuntos de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede
interesarles a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra
parte con la _muchacha_.» No quiso aceptar remuneración alguna por su
hospitalidad. «Soy un _caballero_ como ustedes—dijo—. No acostumbro
a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití
porque se les había hecho de noche y la _posada_ estaba lejos.»
Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste y
pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos a
San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente por
miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su
pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha
ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos
arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan
ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro.
Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la
costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó a
mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno. Como
una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un extenso
bosque, con muchas rocas y precipicios. En un lugar como éste se
hallaba la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El
bosque tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos;
pero nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de
la tarde.
No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran _venta_ o
_posada_, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno
gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua
y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin
interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje
del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos;
al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana
cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde
llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas.
No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos
medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la
actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha
padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines
de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las
postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura
ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi
por completo el comercio con las posesiones ultramarinas de España,
especialmente con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que,
mientras Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han
ido decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso,
sobre el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más
suntuosos que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de
estilo francés, y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población
de Santander es de unos sesenta mil habitantes.
El día de mi llegada comí en la _table d’hôte_ de la fonda principal,
regida por un genovés. La concurrencia era muy mezclada: franceses,
alemanes y españoles hablaban en sus idiomas respectivos, y en una
punta de la mesa, sentados frente a frente, dos catalanes, uno de los
cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en su áspero dialecto. Mucho
antes de terminar la comida, un individuo sentado junto al catalán
corpulento monopolizó la atención y las conversaciones de todos.
Era un hombre delgado, de mediana estatura, rubicundo y con una
irregularidad en la mirada que, si no era estrabismo, se le parecía
mucho. Llevaba uniforme militar, azul, y por el gusto de perorar se
olvidaba de los manjares que tenía delante. Hablaba en correctísimo
español, pero con un leve acento extranjero. Entretúvose un buen
rato en discurrir acerca de la guerra y de sus particularidades,
criticando con mucha libertad la conducta de los generales, tanto
carlistas como _cristinos_, en la presente lucha, y, por último,
exclamó:
—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo la
guerra en seis meses.
—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la
curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su
distinguido nombre.
—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los
niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter
el irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en
las Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por
Isabel, estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de
España debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de
mis hazañas; permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho
más si la envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme
de los medios de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a
Extremadura a organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de
Cabrera entraron en la provincia, sembrando la devastación en torno;
con todo, me encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me
hubieran secundado como era debido, los dos cabecillas no habrían
vuelto ante su amo a jactarse de sus triunfos. Estando a la defensiva
en mis atrincheramientos, se destacó de las filas carlistas un
hombre y nos intimó la rendición. «¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy
Cabrera»—respondió—. «Y yo soy Flinter—repliqué desenvainando el
sable—; retírate a tus líneas o mueres inmediatamente.» Amedrentado,
hizo lo que le mandé. Una hora después nos rendimos. Me llevaron
prisionero a las Provincias Vascongadas, y los carlistas se
regocijaron mucho con mi captura, porque el nombre de Flinter era muy
sonado en sus filas. Me arrojaron en una mazmorra repugnante, donde
estuve veinte meses. Hacía mucho frío, yo estaba desnudo, pero no me
desanimé por eso: mi indomable espíritu no podía sentir tal flaqueza.
Al cabo, mi carcelero se compadeció de mis desdichas. Díjome que «le
apesadumbraba ver morir sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos
un plan de fuga, adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a
la ventura. Pasamos inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas
sobre Bilbao; allí nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no
me abandonó. Iba yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de
mis respuestas engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no
tardamos en vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella
noche hubo iluminación en la ciudad, porque el león había roto
sus redes, Flinter se había escapado y volvía a reanimar una causa
abatida. Acabo de llegar ahora de Santander, de paso para Madrid,
donde voy a pedir al Gobierno el mando de veinte mil hombres.
¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo
cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué
a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo,
obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza
para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo
de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a
sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces
_moderado_ o _juste milieu_, le persiguió con incansable animosidad;
el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas y
ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el demasiado
victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo. Fué
asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de la
batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, que
las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; bien
que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para impedir
que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de recursos
y refuerzos. Privado de los frutos de su victoria, cegáronse sus
esperanzas, y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés;
resignó el mando, y menos de diez meses después de haberle visto en
Santander, dió a sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que
los satisfizo, cortándose el cuello con una navaja de afeitar.
¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a
distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores,
acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y
apasionado: Flinter!