Salida de Santander.—Alarma nocturna.—La hoz tenebrosa.
Tenía yo encargado que mandaran desde Madrid a Santander 200
Testamentos; con no pequeño disgusto hallé que no habían llegado,
y supuse o que los carlistas se habían apoderado de ellos en el
camino, o que mi carta se había extraviado. Pensé pedir a Inglaterra
provisión de ellos; pero abandoné la idea por dos razones: en primer
lugar, hubiera tenido que perder un mes aguardando, ocioso, su
llegada, y la ciudad era muy cara, y en segundo lugar, me encontraba
muy mal de salud y no podía procurarme buena asistencia médica en
Santander. Desde que salí de La Coruña me afligía una disentería
terrible, complicada últimamente con una oftalmía. Resolví, por
tanto, marcharme a Madrid. Pero no era esto empresa fácil. Partidas
del ejército de don Carlos, batidas en Castilla, merodeaban por
la región que yo iba a cruzar, sobre todo por la parte llamada La
Montaña, de modo que las comunicaciones de Santander con el Sur
estaban cortadas. Sin embargo, determiné confiar, como siempre, en
el Todopoderoso y afrontar el peligro. Compré un caballejo, y en
compañía de Antonio me puse en camino.
Antes de marcharme hablé con los libreros para el caso de que me
fuera posible enviarles un depósito de Testamentos desde Madrid;
arregladas las cosas a gusto mío, me puse en manos de la Providencia.
No me detendré en referir este viaje de 300 millas. Pasamos por en
medio del fuego, aunque parezca raro, sin chamuscarnos un pelo de
la cabeza. Delante, detrás y a cada lado de nosotros se cometían
robos, muertes y todo género de atrocidades; pero ni siquiera nos
ladró un perro, aunque en cierta ocasión se concertó un plan para
cogernos. A unas cuatro leguas de Santander, mientras echábamos
pienso a los caballos en la posada de un pueblo, vi salir corriendo
a un hombre que había estado cuchicheando con el mozo que nos daba
la cebada para las bestias. En el acto le pregunté lo que el hombre
le había dicho; pero obtuve sólo respuestas evasivas. Luego resultó
que hablaron de nosotros. Dos o tres leguas más lejos había otro
pueblo y otra posada, donde tenía pensado detenerme, y de seguro
lo dije así; pero al llegar a ella, como aún quedaba bastante sol,
decidí continuar hasta otra posada que creía encontrar a una legua
de distancia; me equivoqué en esto, porque no encontramos ninguna
hasta Ontaneda, a nueve leguas y media de Santander, donde había
un pequeño destacamento de soldados. A media noche nos despertó el
grito de alarma; el faccioso estaba cerca; acababa de llegar un
emisario del _alcalde_ del pueblo inmediato, donde había tenido yo
intención de pernoctar, diciendo que una partida carlista había
sorprendido el lugar en busca de un espía inglés que suponían alojado
en la posada. Al oír esto, el oficial que mandaba la tropa no se
creyó seguro, y al instante reunió su gente y se retiró a un pueblo
próximo fortificado, guarnecido por un destacamento más poderoso.
Nosotros ensillamos los caballos y continuamos nuestro camino en la
obscuridad. Si los carlistas llegan a cogerme me hubieran fusilado en
el acto, y arrojado mi cuerpo en las peñas para pasto de buitres y
lobos. Pero «no estaba escrito», decía Antonio, que, como muchos de
sus compatriotas, era fatalista. A la noche siguiente nos libramos
también de buena: llegábamos cerca de la entrada de un paso horrible
llamado _El puerto de la puente de las tablas_, que atraviesa una
montaña pavorosa y negra, al otro lado de la cual está la ciudad de
Oña, donde me proponía pasar la noche. Hacía un cuarto de hora que
se había puesto el sol. De pronto un hombre, con el rostro lleno de
sangre, salió precipitadamente de la hoz.
—Vuélvase atrás, señor—dijo—, en nombre de Dios; en la hoz hay
ladrones, y acaban de robarme la mula y todo lo que tengo; con
trabajo he salido vivo de sus manos.
No sé por qué no le hice caso, y sin responder seguí adelante; cierto
que estaba yo tan cansado y enfermo que me importaba muy poco lo que
pudiera sucederme. Entramos; a derecha e izquierda se alzaban las
rocas a pico e interceptaban la escasa luz del crepúsculo, de suerte
que en torno nuestro reinaban tinieblas sepulcrales o, más bien,
las tinieblas del valle de la sombra de muerte, y no sabíamos por
dónde íbamos; pero confiábamos en el instinto de los caballos, que
avanzaban con las cabezas pegadas al suelo. No se oía más ruido que
el fragor del agua al despeñarse por la hoz. A cada momento creía
que iba a sentir un puñal en el cuello; pero «no estaba escrito».
Atravesamos la hoz sin hallar ser humano, y a los tres cuartos de
hora de haber entrado en ella nos encontrábamos en la _posada_ de la
ciudad de Oña, atestada de tropas y de paisanos armados en espera de
un ataque del grueso del ejército carlista, que andaba muy cerca.
Bueno: llegamos a Burgos sin novedad; llegamos a Valladolid sin
novedad; pasamos el Guadarrama sin novedad, y, por último, llegamos
sin novedad a nuestra casa en Madrid. La gente ponderaba nuestra
buena suerte; Antonio decía: «No estaba escrito»; pero yo digo: Loado
sea el Señor por las mercedes que nos otorgó.