CAPÍTULO XXXIII

Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el suizo.—Petición

modesta.—Los ladrones.—Benevolencia episcopal.—La

catedral.—Un retrato de Feijóo.

Tengo que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde

Muros a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros

a Vélez[26] y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se

despidió, volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió

mucho separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de

que le tomase a él con su yegua a mi servicio.

[26] ¿Avilés?

—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo

entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que

ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.

Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió:

—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía

que no tenga más familia que una yegua y un potro.

Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y

yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre

las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin

novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien

desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el

estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y

la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla

estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado

Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba

verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran

dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con

una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y

fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la

Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril,

muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los

últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de

Palillos.

Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad

de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una

antigua _posada_, que fué en otros tiempos palacio de los condes

de Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a mares. De pronto,

conforme estaba yo escribiendo, me detuve al oír el ruido de

numerosas pisadas en la crujiente escalera que conducía a mi cuarto.

La puerta se abrió de súbito y entraron nueve hombres de elevada

estatura, al mando de un personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban

embozados en amplias capas españolas, pero al instante conocí en su

porte que eran _caballeros_. Colocáronse en fila delante de la mesa

en que yo escribía. De repente, se desembozaron todos a un tiempo y

vi que cada uno llevaba un libro en la mano, libro que yo conocía

muy bien. Después de una pausa que no fuí capaz de romper, porque

estaba atónito de asombro, y casi me imaginaba que tenía delante una

aparición, el chepudo avanzó un poco y con voz suave y argentina

dijo: «_Señor_ caballero, ¿ha sido usted quien ha traído este libro

a las Asturias?» Me figuré que aquellos señores eran las autoridades

civiles de la población que venían a arrestarme, y, poniéndome en

pie, repuse: «Sí, por cierto: yo he sido, y es una gloria para mí

haberlo hecho. El libro es el Nuevo Testamento de Dios; quisiera

poder traer un millón.»

—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un

suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores son

amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda donde

usted los ha entregado para su venta, y nos hemos tomado la libertad

de visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído.

Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.

Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era

completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del

Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en

breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.

Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de propaganda

por España, de sus resultados y de las miras que la Sociedad Bíblica

tenía respecto de este país; esperaba que nuestra sociedad dedicase

atención especial a Asturias, el terreno más favorable, a su parecer,

para nuestros trabajos, de toda la Península. Después de media hora

de conversación, el chepudo me dijo de súbito en inglés: «Buenas

noches, señor», y, embozándose en la capa, se fué como había venido.

Sus compañeros, que hasta entonces no habían pronunciado una palabra,

repitieron todos: «Señor, buenas noches», y, envolviéndose en las

capas, le siguieron.

Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana

había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y,

de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta

Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles.

El librero me aseguró que, si bien se encargaba de la venta muy

gustoso, no había esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes

sin vender un solo libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de

los tiempos y a la pobreza reinante en el país; estas noticias me

desanimaron mucho. Pero la visita nocturna me advirtió que no debe

uno abatirse cuando las cosas presentan un aspecto muy sombrío,

porque entonces es cuando la mano del Señor interviene, por lo

general, con mayor actividad, para que los hombres aprendan a conocer

que cuanto de bueno se realiza no es obra suya, sino de El.

Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en mi

destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una mañana

melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa de

desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se

abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.

—_Mon maître_—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha venido?

—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es así,

estamos presos.

—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que vale

veinte veces más: es el suizo de Santiago.

—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el tesoro?

¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?

—_Mon maître_—dijo Antonio—, viene a pie, juzgando por los zapatos

que trae, tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su

ropa es un andrajo.

—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está

ahora?

—Abajo, _mon maître_—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en

cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.

Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, como

Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero

andaluz, tan viejo, chorreaba agua.

—_Och, lieber Herr_—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle a

usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de todas

las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en Santiago.

YO.—Le veo a usted en Oviedo y apenas puedo dar crédito a mis ojos.

¿Qué motivo le trae a usted a esta población tan fuera de su camino y

desde tan gran distancia?

BENEDICTO.—_Lieber Herr_, permítame que me siente y le contaré todo

lo que me ha sucedido. Pocos días después de verle a usted por

última vez, el _canónigo_ me aconsejó que pidiese al capitán general

permiso y ayuda para desenterrar el tesoro. Fuí a ver al capitán

general, que al principio me recibió con amabilidad, me hizo muchas

preguntas y me dijo que volviera. Continué visitándole, hasta que se

negó a recibirme, y por más que hice, no pude volverle a ver. El

canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me había dado

unas pocas _pesetas_ de las limosnas de la iglesia; y muy a menudo

me llamaba _bribón_ e impostor. Al cabo, una mañana fuí a verle,

le dije que me proponía volver a Madrid para someter el asunto al

Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que constase

que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo que ese

documento me sería útil en el camino, porque me permitiría pedir

limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir

palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un

tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte,

que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y

apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces,

amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con

horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con

meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a

usted, _lieber Herr_; pero me dijeron que se había marchado usted a

La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.

YO.—¿Y qué le sucedió en el camino?

BENEDICTO.—Voy a decírselo. A mitad de camino, entre La Coruña y

Santiago, y según iba yo pensando en el _Schatz_, oí un galope

estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a caballo venían

derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez del viento.

_Lieber Gott_—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; y lo

eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el alto;

tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos días,

_caballeros_»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y

estuvimos mirándonos más de un minuto. _Lieber Himmel_, nunca he

visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que

aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían

poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta

que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba.

«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir

una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del

tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que

llevaba conmigo parte de él.

—¿Tienes dinero?—me preguntaron.

—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los

zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles,

sin embargo: tengo una _peseta_ y unos _cuartos_. Al decir esto,

saqué lo que tenía y se lo ofrecí.

—Nosotros somos _caballeros_ de Galicia—dijeron—y no quitamos

_pesetas_, menos aún _cuartos_. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la

reina?

—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo

tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey;

no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en

pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.

Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a Santiago,

a las tropas que había y al capitán general; para no disgustarles

conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de ellos, el más

feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco y dijo: «Si

hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas la cabeza,

tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y creemos lo que

nos has dicho. Toma esta _peseta_ y sigue tu camino; pero cuidado

con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, _¡carracho!_...»

Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y tan cerca que durante

un segundo me tuve por muerto. Luego, dando una gran voz, salieron al

galope; sus caballos saltaban por los _barrancos_ como si estuvieran

poseídos de los demonios.

YO.—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a La Coruña?

BENEDICTO.—Al llegar a La Coruña pregunté por usted, _lieber Herr_, y

me dijeron que precisamente el día anterior se había marchado usted

a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, viéndome en el extremo más

remoto de Galicia sin un amigo que me socorriera. Estuve un día o

dos sin saber qué hacer; al fin resolví dirigirme a la frontera de

Francia, pasando por Oviedo, donde esperaba verle a usted y pedirle

consejo. Mendigué entre los alemanes establecidos en La Coruña

un socorro para el camino, y saqué muy poco, sólo unos _cuartos_,

menos de lo que los facciosos me dieron en el camino de Santiago;

con eso salí para Asturias por el camino de Mondoñedo. _Och_, qué

ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de curas, de _pfaffen_, más

carlistas todos que el propio don Carlos.

»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole que

volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. Díjome

que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de

Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho

para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo

limosna a la puerta de cada _choza_ que encontraba; decía a todos

que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte

en prueba de que había estado allí. _Lieber Herr_, nadie me dió un

_cuarto_, ni siquiera un pedazo de _broa_; gallegos y asturianos se

reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era ya un

talismán en España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de

vez en cuando arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también

cogía tal cual racimo de las _parras_ y moras de zarza; de este

modo fuí tirando hasta llegar a las _bellotas_; allí encontré un

cabrito perdido, lo maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el

hambre era mucha; me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un

_barranco_, medio muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que

no me devorasen los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo;

no sé cómo he llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en

una pocilga vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla

me hinqué de rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a

usted, _lieber Herr_, porque usted era mi última esperanza.

YO.—¿Y qué piensa usted hacer ahora?

BENEDICTO.—¿Qué quiere usted que le diga, _lieber Herr_? No sé qué

hacer. Me someto en todo a sus consejos.

YO.—Estaré en Oviedo unos pocos días más; durante ellos, puede usted

alojarse en esta _posada_, y trate de recobrarse de las fatigas de

tan desastrosos viajes; quizás antes de marcharme se me ocurra algún

plan para sacarle a usted de esta situación tan apurada.

Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación

pintoresca, entre dos montañas: el Morcín y el Naranco; la primera

es muy alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla

cubierta de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y

plantadas de viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la

catedral; su torre, extremadamente alta, es quizás uno de los más

puros ejemplares de la arquitectura gótica que existen hoy en día.

El interior de la catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo

y sin adornos. Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de

las capillas es cementerio, donde descansan los huesos de once reyes

godos. ¡Paz a sus almas!

En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un

comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y

dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas

notables de Oviedo. Una mañana me dijo:

—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo

benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las

supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados en

España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde pasó

gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su retrato.

Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor para que

lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón Valdés.

Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me enseñó

el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de diámetro,

rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el borde

de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, pero

correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la

nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de

la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y

me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del

moderno arte español que había visto hasta entonces.

Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a

Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o

volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí

continuar hacia su país.

—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander en

jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar

mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En

estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que

voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de

nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las _bellotas_, y sin eso

no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes posible

y me iré a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el

_Schatz_ en la tierra de los gallegos.

Al separarnos le regalé unos pocos duros.

—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana

siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un

hombre extraño, _mon maître_, el tal Benedicto. Ha llevado una vida

extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en

el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para

volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar

una _sorcière_, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba

destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar

agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone

que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia

de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los

tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos

últimos viajes.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 24 / 28 题