Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el suizo.—Petición
modesta.—Los ladrones.—Benevolencia episcopal.—La
catedral.—Un retrato de Feijóo.
Tengo que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde
Muros a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros
a Vélez[26] y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se
despidió, volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió
mucho separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de
que le tomase a él con su yegua a mi servicio.
[26] ¿Avilés?
—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo
entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que
ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.
Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió:
—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía
que no tenga más familia que una yegua y un potro.
Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y
yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre
las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin
novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien
desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el
estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y
la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla
estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado
Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba
verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran
dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con
una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y
fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la
Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril,
muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los
últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de
Palillos.
Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad
de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una
antigua _posada_, que fué en otros tiempos palacio de los condes
de Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a mares. De pronto,
conforme estaba yo escribiendo, me detuve al oír el ruido de
numerosas pisadas en la crujiente escalera que conducía a mi cuarto.
La puerta se abrió de súbito y entraron nueve hombres de elevada
estatura, al mando de un personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban
embozados en amplias capas españolas, pero al instante conocí en su
porte que eran _caballeros_. Colocáronse en fila delante de la mesa
en que yo escribía. De repente, se desembozaron todos a un tiempo y
vi que cada uno llevaba un libro en la mano, libro que yo conocía
muy bien. Después de una pausa que no fuí capaz de romper, porque
estaba atónito de asombro, y casi me imaginaba que tenía delante una
aparición, el chepudo avanzó un poco y con voz suave y argentina
dijo: «_Señor_ caballero, ¿ha sido usted quien ha traído este libro
a las Asturias?» Me figuré que aquellos señores eran las autoridades
civiles de la población que venían a arrestarme, y, poniéndome en
pie, repuse: «Sí, por cierto: yo he sido, y es una gloria para mí
haberlo hecho. El libro es el Nuevo Testamento de Dios; quisiera
poder traer un millón.»
—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un
suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores son
amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda donde
usted los ha entregado para su venta, y nos hemos tomado la libertad
de visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído.
Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.
Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era
completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del
Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en
breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.
Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de propaganda
por España, de sus resultados y de las miras que la Sociedad Bíblica
tenía respecto de este país; esperaba que nuestra sociedad dedicase
atención especial a Asturias, el terreno más favorable, a su parecer,
para nuestros trabajos, de toda la Península. Después de media hora
de conversación, el chepudo me dijo de súbito en inglés: «Buenas
noches, señor», y, embozándose en la capa, se fué como había venido.
Sus compañeros, que hasta entonces no habían pronunciado una palabra,
repitieron todos: «Señor, buenas noches», y, envolviéndose en las
capas, le siguieron.
Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana
había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y,
de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta
Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles.
El librero me aseguró que, si bien se encargaba de la venta muy
gustoso, no había esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes
sin vender un solo libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de
los tiempos y a la pobreza reinante en el país; estas noticias me
desanimaron mucho. Pero la visita nocturna me advirtió que no debe
uno abatirse cuando las cosas presentan un aspecto muy sombrío,
porque entonces es cuando la mano del Señor interviene, por lo
general, con mayor actividad, para que los hombres aprendan a conocer
que cuanto de bueno se realiza no es obra suya, sino de El.
Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en mi
destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una mañana
melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa de
desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se
abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.
—_Mon maître_—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha venido?
—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es así,
estamos presos.
—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que vale
veinte veces más: es el suizo de Santiago.
—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el tesoro?
¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?
—_Mon maître_—dijo Antonio—, viene a pie, juzgando por los zapatos
que trae, tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su
ropa es un andrajo.
—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está
ahora?
—Abajo, _mon maître_—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en
cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.
Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, como
Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero
andaluz, tan viejo, chorreaba agua.
—_Och, lieber Herr_—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle a
usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de todas
las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en Santiago.
YO.—Le veo a usted en Oviedo y apenas puedo dar crédito a mis ojos.
¿Qué motivo le trae a usted a esta población tan fuera de su camino y
desde tan gran distancia?
BENEDICTO.—_Lieber Herr_, permítame que me siente y le contaré todo
lo que me ha sucedido. Pocos días después de verle a usted por
última vez, el _canónigo_ me aconsejó que pidiese al capitán general
permiso y ayuda para desenterrar el tesoro. Fuí a ver al capitán
general, que al principio me recibió con amabilidad, me hizo muchas
preguntas y me dijo que volviera. Continué visitándole, hasta que se
negó a recibirme, y por más que hice, no pude volverle a ver. El
canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me había dado
unas pocas _pesetas_ de las limosnas de la iglesia; y muy a menudo
me llamaba _bribón_ e impostor. Al cabo, una mañana fuí a verle,
le dije que me proponía volver a Madrid para someter el asunto al
Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que constase
que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo que ese
documento me sería útil en el camino, porque me permitiría pedir
limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir
palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un
tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte,
que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y
apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces,
amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con
horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con
meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a
usted, _lieber Herr_; pero me dijeron que se había marchado usted a
La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.
YO.—¿Y qué le sucedió en el camino?
BENEDICTO.—Voy a decírselo. A mitad de camino, entre La Coruña y
Santiago, y según iba yo pensando en el _Schatz_, oí un galope
estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a caballo venían
derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez del viento.
_Lieber Gott_—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; y lo
eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el alto;
tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos días,
_caballeros_»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y
estuvimos mirándonos más de un minuto. _Lieber Himmel_, nunca he
visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que
aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían
poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta
que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba.
«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir
una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del
tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que
llevaba conmigo parte de él.
—¿Tienes dinero?—me preguntaron.
—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los
zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles,
sin embargo: tengo una _peseta_ y unos _cuartos_. Al decir esto,
saqué lo que tenía y se lo ofrecí.
—Nosotros somos _caballeros_ de Galicia—dijeron—y no quitamos
_pesetas_, menos aún _cuartos_. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la
reina?
—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo
tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey;
no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en
pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.
Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a Santiago,
a las tropas que había y al capitán general; para no disgustarles
conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de ellos, el más
feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco y dijo: «Si
hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas la cabeza,
tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y creemos lo que
nos has dicho. Toma esta _peseta_ y sigue tu camino; pero cuidado
con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, _¡carracho!_...»
Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y tan cerca que durante
un segundo me tuve por muerto. Luego, dando una gran voz, salieron al
galope; sus caballos saltaban por los _barrancos_ como si estuvieran
poseídos de los demonios.
YO.—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a La Coruña?
BENEDICTO.—Al llegar a La Coruña pregunté por usted, _lieber Herr_, y
me dijeron que precisamente el día anterior se había marchado usted
a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, viéndome en el extremo más
remoto de Galicia sin un amigo que me socorriera. Estuve un día o
dos sin saber qué hacer; al fin resolví dirigirme a la frontera de
Francia, pasando por Oviedo, donde esperaba verle a usted y pedirle
consejo. Mendigué entre los alemanes establecidos en La Coruña
un socorro para el camino, y saqué muy poco, sólo unos _cuartos_,
menos de lo que los facciosos me dieron en el camino de Santiago;
con eso salí para Asturias por el camino de Mondoñedo. _Och_, qué
ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de curas, de _pfaffen_, más
carlistas todos que el propio don Carlos.
»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole que
volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. Díjome
que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de
Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho
para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo
limosna a la puerta de cada _choza_ que encontraba; decía a todos
que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte
en prueba de que había estado allí. _Lieber Herr_, nadie me dió un
_cuarto_, ni siquiera un pedazo de _broa_; gallegos y asturianos se
reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era ya un
talismán en España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de
vez en cuando arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también
cogía tal cual racimo de las _parras_ y moras de zarza; de este
modo fuí tirando hasta llegar a las _bellotas_; allí encontré un
cabrito perdido, lo maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el
hambre era mucha; me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un
_barranco_, medio muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que
no me devorasen los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo;
no sé cómo he llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en
una pocilga vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla
me hinqué de rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a
usted, _lieber Herr_, porque usted era mi última esperanza.
YO.—¿Y qué piensa usted hacer ahora?
BENEDICTO.—¿Qué quiere usted que le diga, _lieber Herr_? No sé qué
hacer. Me someto en todo a sus consejos.
YO.—Estaré en Oviedo unos pocos días más; durante ellos, puede usted
alojarse en esta _posada_, y trate de recobrarse de las fatigas de
tan desastrosos viajes; quizás antes de marcharme se me ocurra algún
plan para sacarle a usted de esta situación tan apurada.
Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación
pintoresca, entre dos montañas: el Morcín y el Naranco; la primera
es muy alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla
cubierta de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y
plantadas de viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la
catedral; su torre, extremadamente alta, es quizás uno de los más
puros ejemplares de la arquitectura gótica que existen hoy en día.
El interior de la catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo
y sin adornos. Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de
las capillas es cementerio, donde descansan los huesos de once reyes
godos. ¡Paz a sus almas!
En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un
comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y
dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas
notables de Oviedo. Una mañana me dijo:
—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo
benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las
supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados en
España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde pasó
gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su retrato.
Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor para que
lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón Valdés.
Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me enseñó
el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de diámetro,
rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el borde
de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, pero
correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la
nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de
la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y
me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del
moderno arte español que había visto hasta entonces.
Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a
Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o
volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí
continuar hacia su país.
—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander en
jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar
mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En
estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que
voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de
nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las _bellotas_, y sin eso
no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes posible
y me iré a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el
_Schatz_ en la tierra de los gallegos.
Al separarnos le regalé unos pocos duros.
—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana
siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un
hombre extraño, _mon maître_, el tal Benedicto. Ha llevado una vida
extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en
el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para
volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar
una _sorcière_, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba
destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar
agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone
que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia
de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los
tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos
últimos viajes.