CAPÍTULO XXXII

Martín de Ribadeo.—La yegua facciosa.—Los

asturianos.—Luarca.—Las siete bellotas.—Los

ermitaños.—Narración de un asturiano.—Unos huéspedes

raros.—El criado gigante.—Batuschca.

¿Qué se le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso,

de alegre rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de

lienzo ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer.

—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio _alquilador_. He oído

que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un guía,

naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi yegua.

—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando

comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que

hemos tenido era un pillo.

—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese _bribón_ que

no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que alude su

merced. Al volver, ya se había ido con _Perico_; que si no, de

seguro le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados

y antiguos del mundo. Al mismo _Perico_ debía darle vergüenza de él,

porque _Perico_, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran

talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja.

—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté.

—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje.

No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta

ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si

no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para

hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que

hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a

ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros

me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo

que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son

ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta Luarca.

Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y,

sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras,

que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta

Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo venir a buscarme con

la yegua a las ocho de la mañana siguiente.

Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia, admirablemente

situado para el comercio en una profunda ensenada, donde desemboca el

Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia _plaza_ plantada de

árboles. Había anclados en la rada varios navíos; la población, más

bien numerosa, no mostraba aquella miseria y tristeza que acababa de

ver en los ferrolanos.

Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua a

la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca

más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín

aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es

facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como

se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no

está coja, como verán ustedes muy pronto.»

Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una barcaza

nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó al

agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna

el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es

_facciosa_—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.»

Embarcados en la lancha, cruzamos la ría, que tendría por allí una

milla de anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad

de Asturias. Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi

caballo. Martín iba delante, bromeando con cuantas personas se

encontraba, y a veces nos alegraba el camino con sus canciones.

Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito

de pescadores situado en una _ría_; en las inmediaciones se alzan,

formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de

Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé

más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o

_sagardúa_, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos

por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer,

sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un _¡Hola!_

Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en

la _posada_ le pregunté quienes eran. «_Mon maître_—dijo—, _ce sont

des messieurs de ma connaissance_.» He sido compañero de servicio de

los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país

apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos

van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación, y

cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo he

servido en todas las casas grandes de Madrid, conozco a la mayor

parte de ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo

que son tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son

ladrones, ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede

atravesar Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le

roben o le maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a

cada momento estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello.

Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca

desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de

granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de

un ligero color verde.

—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me

gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor,

los _duendes_ de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos

antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes

franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas

limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de

su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más,

empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que

el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos, y de

los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron aquellos

demonios de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta

sendos nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal

furia, que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor

plaga, si los frailes, los curas o los gorriones.

¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos,

frailes, curas y gorriones que por ahí van volando,

que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano,

los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos

y los curas tienen todas las mujeres a su mando.

Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos!

Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular. Se

halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que no

se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo Norte

de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar por

un boquete angosto. Encontramos una _posada_ grande y cómoda; por

consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos

dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún

tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve

el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora.

Tiene usted que alquilarnos a mí y a la yegua hasta Gijón; allí

ya encontrará usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con

franqueza, no siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque

la compañía de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le

agrada la mía. Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole

que no volveré a Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del

aposento cantando la siguiente copla:

Un manco escribió una carta;

un ciego la está mirando;

un mudo la está leyendo,

y un sordo la está escuchando.

A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de

Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro,

profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos

castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos

en bote.

—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para las

truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando llega

su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca como hay.

Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra,

montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo

entristecía todo en torno nuestro.

—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín a

una vieja que estaba a la puerta de una casa.

—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que

cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto

tienen ustedes que rajar las _bellotas_; cabalmente están ustedes

debajo.

—¿Qué quiere decir con eso de rajar las _bellotas_?—pregunté a Martín

de Ribadeo.

—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete

_bellotas_?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted

lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser

siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque

las encuentran parecidas a las _bellotas_. He oído hablar de ellas

bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según

dicen, se les indigestan a los caballos.

En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable

altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por

una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual

declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y

escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las

montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos. A

siete de ellos los llaman en el país _las siete bellotas_. El más

terrible de todos es el del centro, del cual desciende un torrente

impetuoso. En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación,

se alza una escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando

pasamos, un velo de _bretima_ envolvía la cumbre. Esa garganta se

ramifica por ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos

de árboles y tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos.

—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín de

Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y no

bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse a la

contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a turbarlos.

—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en los

_barrancos_ de las siete _bellotas_. Nuestros ermitaños tienen poca

afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en cuando

interrumpan sus meditaciones. _¡Vaya!_ Nunca he visto una ermita que

no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese un sitio

frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los ermitaños

no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y las zorras

acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que al morir

dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada casi

toda cebando pavos.

En la cima de esta _bellota_ había una _venta_ miserable donde

descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde

salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó

entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos

por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una

región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer

al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino

de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho

antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció.

Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los

caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero.

Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos,

media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado

precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña.

Ardía un buen fuego en la _posada_, y su calor, que no tardó en

secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los

trabajos sufridos al escalar las _bellotas_. ¡Singular paraje aquella

_posada_ de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa

cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con

inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos

de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento se

comunicaba una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que

conducía a un cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel

y cortinas, donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que

los novelistas gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo

cuando los sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un

asturiano locuaz.

El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté, soñoliento,

al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me despabiló.

—_Señor_—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros a

mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como la

de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que

no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros;

no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante;

tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era

coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto,

porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó

farfullando un _¡válgame Dios!_ tan extraño, que me le quedé mirando

con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado,

ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y

parecía _jorobado_; pero ¡_válgame Dios_, qué ojos los suyos! Tan

penetrantes y malignos eran como los de un gato montés. Hablaba

el español tan bien como yo; pero no era español. Un español no

tiene aquel mirar. Iba vestido de _zamarra_, con muchos bordados y

filigranas, y llevaba sombrero andaluz; no tardé en comprender que el

pequeño era el amo, y el gigante el criado.

»¡_Válgame Dios_, qué malísimo genio tenía el _jorobado_! Con

todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas

como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba

(permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que

su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo

tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle

permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un

asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor

sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba

lo más mínimo en el servicio de su amo, el _jorobado_ se ponía en

pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por

el pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que

iba a arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía

dar gran importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría

acostumbrado. _¡Válgame Dios!_ Un español no lo hubiera llevado con

tanta paciencia. Pero lo que más me sorprendía era que después de

pegar al criado el amo se sentaba, y al instante comenzaba a hablar y

a reír con él como si no hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y

conversaba con su amo como si no le hubiera pegado nunca.

»Ya supondrá usted, _señor_, que no entendí ni palabra de la

conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma

lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía

la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a

ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced

habla aquí a mi tocayo el _signor_ Antonio. _¡Válgame Dios!_ A lo que

más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca

con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los

labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás.

»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia.

Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia

golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado

sacó el reloj, ¡_Válgame Dios_, qué reloj! Sólo le diré a usted una

cosa, _señor_: que con los brillantes engastados en las tapas se

podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto que no

hacía falta lámpara en el cuarto. El _jorobado_ miró al reloj y me

dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé por la galería a

su cuarto, seguidos del criado. Bueno, _señor_: levanté la mesa y

me quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada

una buena cama cerca de la mía. _Señor_, esperé con calma una hora,

pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la

galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero

tan raro, ¿qué dirá usted que vi?

—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar.

—No, _señor_; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo, con

la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible abrirla

sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido; sus

inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería. Me

santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el

viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros

en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido

profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado

delante de la puerta de su amo.

»_Señor_, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había

alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces

subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba

allí dormido; me persigné y me volví a la cama.

—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente?

—Nada de particular: el _jorobado_ bajó de su cuarto y estuvo

bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de

todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque

hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día

hasta después de cenar; entonces el _jorobado_ me dió una onza de

oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena

noche, de modo tan extraño como habían venido.

—¿Es eso todo?—pregunté.

—No, _señor_; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran

_brujos_; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a

mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco

de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé

qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para

conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió

a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin

los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún

valor. Se cree que los _brujos_ se embarcarían en algún barquichuelo

escondido en una de las _rías_ de la costa.

YO.—¿Qué palabra era la que oía usted decir continuamente al criado,

y que cree usted poder recordar?

EL HUÉSPED.—_Señor_, hace ya tres años que la oí, y a veces

puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he despertado

repitiéndola. Espere, _señor_; la tengo en la punta de la lengua: era

_Patusca_.

YO.—Quiere usted decir _Batuschca_; aquellos hombres eran rusos.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 23 / 28 题