Compostela.—Rey Romero.—El buscador de tesoros.—Proyectos
risueños.—El derecho de asilo.—Riquezas ocultas.—El
canónigo.—El localismo.—La lepra.—Los huesos de Santiago.
En los comienzos de agosto me hallé en Santiago de Compostela. Hice
el viaje desde La Coruña en compañía del correo, a quien escoltaba
una fuerte patrulla de soldados, a causa de la perturbación de la
comarca, infestada de bandidos. Desde La Coruña a Santiago no hay más
que diez leguas; pero el viaje duró día y medio. Fué muy agradable:
el terreno era muy variado y bello, alternando los montes y los
valles; en muchos sitios, frondosos árboles de variadas especies
cobijaban bajo su espléndido follaje el camino. Centenares de
viajeros, a pie o a caballo, se aprovecharon de la defensa que la
escolta ofrecía; el temor a los ladrones era grande. Dos o tres veces
se dió la señal de alarma durante el viaje; pero llegamos a Santiago
sin ser atacados.
Santiago se alza en una planicie amena, rodeada de montañas; la más
notable es una de forma cónica, llamada Pico Sacro, de la que se
cuentan muchas leyendas maravillosas. Santiago es una ciudad vieja
muy bella, de unos veinte mil habitantes. Hubo tiempos en que, con la
sola excepción de Roma, fué Santiago el lugar de peregrinación más
famoso del mundo, porque dicen que su catedral guarda los huesos de
Santiago el Mayor, el hijo del trueno, que, según la leyenda de la
iglesia romana, fué el primero en predicar el Evangelio en España.
Pero su gloria como lugar de peregrinación decae rápidamente.
La catedral, aunque obra de varias épocas, en la que se mezclan
diversos estilos de arquitectura, es una fábrica majestuosa y
venerable, muy a propósito para suscitar la admiración y el respeto;
es casi imposible, a la verdad, pasear por sus sombrías naves, oír
la solemne música y los nobles cánticos, respirar el incienso de los
grandes incensarios, lanzados a veces hasta la bóveda del techo por
la maquinaria que los mueve, mientras los cirios gigantescos brillan
aquí y allá en la penumbra, en los altares de numerosos santos, ante
los que los fieles, de hinojos, exhalan sus plegarias en demanda de
protección, de piedad y de amor, y dudar de que hollamos una casa
donde el Señor mora con deleite. El Señor, empero, se aparta de ella;
no escucha, no mira, y si lo hace será con enojo. ¿De qué aprovechan
la solemne música, los nobles cánticos, el incienso de suave olor?
¿De qué aprovecha arrodillarse ante aquel altar mayor, todo de
plata, coronado por una estatua con sombrero de plata y armadura,
emblema de un hombre que, si bien apóstol y confesor, fué todo lo
más un servidor inútil? ¿De qué aprovecha esperar la remisión de los
pecados confiando en los méritos de quien no poseía ninguno, o rendir
homenaje a otros que nacieron y se criaron en pecado, y que sólo
por el ejercicio de una ardiente fe, otorgada desde lo alto, podían
esperar librarse de la cólera del Omnipotente? Alzaos de hinojos,
hijos de Compostela, y si os prosternáis sea sólo ante el Altísimo,
ni volváis a dirigir a vuestro patrono, en la víspera de su fiesta,
este himno, por sublime que parezca:
¡Oh tú, escudo de la fe que en España profesamos,
azote del enemigo que se atreviera a retarnos,
tú, a quien el hijo de Dios, de los elementos amo,
llamárate hijo del trueno, oh tú, inmortal Santiago!
Desde ese asilo bendito, glorioso y sacrosanto
dispénsanos tus mercedes y tu favor soberano;
escucha nuestras plegarias, que con fervoroso labio
ofrecémoste rendidos, poderoso Santiago.
A ti las gracias eleva España en un solo canto,
y aunque de tu nombre cobra honor y gloria preclaros,
más se precia de tener tu cuerpo en el santuario
de Compostela, sepulcro del bendito Santiago.
Cuando la maldad impía, la liviandad y el escarnio
de la fe, a España sumieron en las tinieblas del caos,
tú tan sólo luz divina fuiste y refulgente faro
que del infierno el escuro alumbraste, Santiago.
Y cuando a guerra terrible el español esforzado
se lanzó, te apareciste caballero en tu caballo
rompiendo las filas moras que por Mahoma jurando
a tu poder se rindieron, victorioso Santiago.
Así pues, aquí nos tienes a tus pies arrodillados,
porque intercedas pidiendo perdón de nuestros pecados
a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo,
¡oh tú, más alto que el sol, bendito apóstol Santiago!
En Santiago tropecé con un coadyuvante para mis trabajos bíblicos,
bueno y cordial, en la persona del librero de la población, Rey
Romero, hombre de unos sesenta años. Este excelente sujeto, rico
y respetado, tomó el asunto con un entusiasmo inspirado sin duda
desde lo alto, sin perder ocasión de recomendar mi libro a cuantos
entraban en su tienda, espléndido y cómodo establecimiento sito en la
Azabachería. En muchos casos, cuando los aldeanos de las cercanías
entraban a comprar alguno de los necios y populares libros de cuentos
que circulan por España, les convencía para que, en su lugar, se
llevaran a su casa el Testamento, asegurándoles que el libro sagrado
era mucho mejor, más instructivo y hasta mucho más entretenido que
los que iban a buscar. No tardó en cobrarme gran afición, y todas las
tardes me visitaba en mi _posada_ y me acompañaba en mis paseos por
la ciudad y sus alrededores. El hombre sabía muchas cosas, y, aunque
de corazón sencillo, poseía un ingenio muy despierto en extremo
regocijante a veces.
Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la _alameda_ de Santiago
pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba
allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos
hasta considerable distancia en torno mío. La _alameda_ estaba por
completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a
descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando,
de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese
pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y
al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud;
cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido
con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que
a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a
mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un
acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La
luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que
al instante reconocí.
—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es posible que me le encuentre a
usted en Compostela?
—_Och, mein Gott, es ist der Herr!_—replicó Benedicto—. ¡_Och_, qué
buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el _Herr_!
YO.—Apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¿Dice usted que acaba de
llegar a Santiago?
BENEDICTO.—¡Oh, sí! Llego en este momento; vengo a pie desde Madrid,
que ya es camino.
YO.—¿Y qué ha podido inducirle a usted a emprender un viaje tan largo?
BENEDICTO.—Vengo en busca del _Schatz_, del tesoro. Le dije a usted
en Madrid que estaba a punto de venir; ahora me lo encuentro aquí; ya
no tengo duda de que hallaré el _Schatz_.
YO.—¿Y cómo se las ha arreglado para vivir durante el viaje?
BENEDICTO.—¡Oh! He sacado unos _cuartos_ pidiendo limosna. Al llegar
a Toro me puse a trabajar de jabonero, hasta que, descubierta mi
incapacidad, me echaron del pueblo. Continué pidiendo limosna hasta
llegar a Orense, que ya es tierra de Galicia. No me gusta nada este
país.
YO.—¿Por qué?
BENEDICTO.—¡Por qué! Porque aquí todos mendigan, y como apenas tienen
para ellos, menos tienen para mí, que soy forastero. ¡Oh! ¡Qué
miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de esas
pocilgas que ellos llaman _posadas_, y pido por Dios un pedazo de pan
para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me contestan
que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que desde que
estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo un poco
de lo que llaman aquí _broa_ y unos desperdicios de cañas, usadas
para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde que entré
en Galicia.
YO.—A pesar de todo, ha venido usted a un país que llama miserable,
en busca de un tesoro.
BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, pero el _Schatz_ está enterrado; no está
sobre la tierra; en Galicia no hay dinero en la haz de la tierra. Lo
desenterraré, y luego compraré un coche con seis mulas y me iré a
Lucerna; si al _Herr_ le agrada irse conmigo, será muy bien recibido.
YO.—Me temo que se haya metido usted en un callejón sin salida. ¿Qué
piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún dinero?
BENEDICTO.—Ni un _cuarto_; pero una vez en Santiago, eso ya no me
importa. Estoy cerca del _Schatz_; además le he visto a usted, que es
buena señal; esto quiere decir que aún está aquí el _Schatz_. Voy a
ir a la mejor _posada_ de la población y viviré como un duque, hasta
que se me presente la ocasión de desenterrar el _Schatz_, con el que
pagaré todos los gastos.
—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y
procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para
remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en
su imaginación de usted.
Le di un duro y me marché.
Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías
de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba
casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos
arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de
aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de
ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia
de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de
cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros
españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema
frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas,
y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra
profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa.
Muchos de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror,
por vender inofensivas traducciones del francés o del inglés.
Poco después de ser derrocada la Constitución por Angulema y las
bayonetas francesas, tuve que huír de Santiago y refugiarme en la
parte más agreste de Galicia, cerca de Corcubión. A no ser por los
buenos amigos, no lo contaría ahora; con todo, me costó mucho dinero
arreglar el asunto. Mientras estuve escondido, se hicieron cargo de
la librería los funcionarios de la curia eclesiástica, y le decían a
mi mujer que era menester quemarme por haber vendido libros malos.
Pero esos tiempos ya pasaron, gracias a Dios, y espero que no han de
volver.»
Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero se
detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla atentamente.
Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la causa de su
interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia tenía derecho
de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella quedaba en
salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más viles, menos a
los _negros_, como llamaban a los liberales.»
—¿A los asesinos también?—pregunté.
—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis:
he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada
aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen
enorme?
—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe
reparación; pero si quitamos la vida lo quitamos todo.
—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y
consideraron siempre el homicidio como una _friolera_; pero no así el
delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a
creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro.
Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi habitación
de la _posada_, conversando, cuando Antonio abrió la puerta y dijo,
sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que pretendía
hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció Benedicto
Mol.
—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En
general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer
dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo.
REY ROMERO.—Y hace muy bien. Galicia es la provincia de España que
más riquezas naturales encierra; pero los habitantes son muy lerdos,
y no saben utilizar los dones que les rodean; en prueba de lo que
puede sacarse de Galicia, vea usted a los catalanes que se han
establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas por todas partes,
sobre la tierra y debajo de ella.
BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, en tierra, eso es lo que yo digo. Hay muchos
más tesoros debajo de tierra que encima de ella.
YO.—¿Ha descubierto usted desde que no nos vemos el sitio donde dice
usted que está escondido el tesoro?
BENEDICTO.—Sí; ahora lo sé ya todo. Está enterrado en la sacristía de
San Roque.
YO.—¿Cómo lo ha averiguado usted?
BENEDICTO.—Verá usted. Al día siguiente de llegar, anduve paseándome
por la población, en busca de la iglesia; pero no encontré ninguna
que correspondiese con las señas que me dió mi camarada antes de
morir en el hospital. Entré en bastantes, examinándolas con cuidado,
pero en vano; no pude dar con el sitio que yo veía con los ojos del
alma. Conté el caso a la gente de mi posada y me aconsejaron que
llamase a una _meiga_.
YO.—¡Una _meiga_! ¿Qué es eso?
BENEDICTO.—¡Oh! Una _Haxweib_, una bruja; los gallegos en su jerga,
de la que no entiendo una palabra, la llaman bruja. Consentí, y
enviaron a buscar a la _meiga_. ¡Ah, qué _Weib_ es la _meiga_! No he
visto nunca mujer igual; tan alta como yo, su rostro es tan redondo y
tan rojo como el sol. Me preguntó muchas cosas en gallego, y cuando
le dije todo lo que necesitaba saber sacó una baraja de naipes y fué
poniéndolos en la mesa de un modo particular; me dijo, al fin, que
el tesoro está en la iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente,
pues he ido a la iglesia y corresponde con toda exactitud a las
señas que me dió el compañero muerto en el hospital. ¡Oh!, esa
_meiga_ es una _Hax_ muy poderosa. Es muy conocida en estos contornos
y se sabe que ha hecho muchos daños en el ganado. En pago de su
trabajo le di medio duro, del que usted me regaló.
YO.—Pues se ha portado usted como un tonto; la bruja le ha engañado
groseramente. Pero aun siendo verdad que el tesoro esté en la iglesia
que usted dice, no es probable que le permitan remover el suelo de la
sacristía para desenterrarlo.
BENEDICTO.—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a
confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición;
no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es
el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis
viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse
que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera
que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la
propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la
mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico.
Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él
hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero
a eso se negó.
REY ROMERO.—Lo que es eso, lo creo: cuente usted con que ningún
canónigo se comprometerá hasta ese punto sin razones muy fuertes para
ello. Las historias de tesoros ocultos están ya muy gastadas; por
aquí se han oído contar casi desde los tiempos de los moros.
BENEDICTO.—Me aconsejó ir a ver al capitán general y pedirle permiso
para las excavaciones, prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con
toda su influencia.
En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar de
él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago.
El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la que era
entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he encontrado
el sentimiento localista, muy extendido por toda España, tan fuerte
como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a los santiagueses
les importa poco que las demás ciudades gallegas perezcan. Su
antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites, sentimiento
agravado en no corta medida por la traslación de la capitalidad
provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí, que soy
extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero mi opinión
íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de las ciudades
más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de población por
todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo, a gran
distancia del resto de la región. «Es una lástima que los _vecinos_
de La Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra
catedral, como se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—.
Así harían mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se
pueda decir misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan
llevarse nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus
enfermos pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña
tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir
de La Coruña que sea bueno?»
En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve mucho
tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me arrojaron
rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a ser el
inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso número de
seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su mayoría,
en demanda de asistencia médica, que se les administra—según pude
saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados descubría
a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente huía de
él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad. Galicia
es la única provincia de España donde aún son frecuentes los casos
de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad es producida por
la mala alimentación y por el descuido en la limpieza, porque los
gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los hábitos
civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados que los
demás naturales de España.
—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una leprosería.
¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta: hasta la
lepra tiene aquí albergue.
—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser desde
lejos, porque lo que es entrar, no entro.
Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e
indicándome dos o tres chozas, exclamó:
—Esa es la leprosería.
—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar ahí
dentro los enfermos? ¿Quién los cuida?
—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—.
Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la
leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla;
pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora,
los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la
carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno.
Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las relucientes
escamas, aparecía sentado al pie de una cerca ruinosa. Arrojamos
unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos fuimos.
—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos
leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad:
preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda
a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más
contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible,
la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de
ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas,
porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio,
la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos
allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora
se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los
cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la
lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina.
—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de
Santiago están realmente enterrados en Compostela?
—¿Qué puedo decir yo?—respondió el anciano—. De eso sabe usted
tanto como yo. Debajo del altar mayor hay una piedra muy grande
que, según dicen, cierra la boca de un profundo pozo en cuyo fondo
se cree que están enterrados los huesos de Santiago; por qué los
pusieron en el fondo de un pozo es un misterio insondable para mí.
Uno de los dependientes de la iglesia me ha contado que una noche
estaba de guardia con un compañero dentro de la iglesia, porque unos
ladrones habían asaltado poco antes una de las capillas y cometido un
sacrilegio; el tiempo se les hacía pesado, y para entretenerse, en
el silencio de la noche, tomaron una palanca, removieron la losa y
miraron en la sima abierta: estaba obscura como una tumba; entonces
ataron un peso al extremo de una cuerda larga y lo echaron dentro.
A muy gran profundidad chocó, al parecer, contra un objeto sólido,
haciendo un ruido opaco, como de plomo. Supusieron que podía ser un
ataúd, y quizás lo fuese; pero ¿de quién? Esa es la cuestión.