Lugo.—Los baños—Una historia de familia.—Los
Migueletes.—Las tres cabezas.—Un veterinario.—La
escuadra inglesa.—Venta de testamentos.—La Coruña.—El
reconocimiento.—Luigi Pozzi.—La especulación.—John Moore.
En Lugo encontré un librero rico para quien me habían dado en
Madrid una carta de recomendación. De buen grado se encargó de
la venta de mis libros. El Señor se dignó favorecer los humildes
esfuerzos que por su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo
Testamento llevé allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de
la ciudad—Lugo es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y
varios curas y frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo
de sus hermanos de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y
recomendaron su lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró
que mi repuesto de libros estuviese exhausto; si hubiera podido
reponerlo, se habrían vendido cuatro veces más libros en los pocos
días que permanecí en Lugo.
Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación
del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios
notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de
la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin
las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos
pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus
_plazas_. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia
en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España[21];
tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no
muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy
valiosas para preferir esa localidad.
[21] Es un error: _Lucus Augusti_ fué sólo capital de la Galicia
septentrional; _Bracara Augusta_ (Braga), de la meridional;
el Miño las dividía. (Nota del editor Burke.)
Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante son
las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur del
Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos sitios,
el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy pobladas de
árboles.
Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero. Fueron
construídos sobre unos manantiales calientes que vierten su caudal
en el río. A pesar de su estado ruinoso se hallaban atestados de
enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía
por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los
pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas,
sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados,
envueltos en nubes de vapor.
Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en el
corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la casa.
El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su luz todas
las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento ocupado por
los forasteros, y salió toda la familia, con excepción del padre,
quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus asuntos. El
mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la habitación cerró
cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en el bolsillo. El hijo
y las once hijas iban muy bien vestidos: el muchacho, con pantalón
y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de blanco inmaculado.
La familia era, en general, bien parecida, de ojos negros y tez
olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura. Se colocaron
en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico se sentó con
sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato callados,
mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los pardos
muros de la ciudad, hasta que la hija mayor, o _señorita_, como la
llamaban, rompió el silencio con un «_¡Ay, Dios mío!_»
EL CRIADO.—_¡Ay, Dios mío!_ A bonita tierra hemos venido a parar.
YO.—No veo por qué les parece a ustedes tan malo un país que por su
naturaleza es el más rico y abundante de toda España. Cierto que la
generalidad de los habitantes están en la miseria; pero la culpa es
suya, no de la tierra.
EL CRIADO.—Caballero, el país es horrible; no diga usted que no. Las
señoritas, el señorito y yo estamos espantados; hasta su merced lo
está también, y dice que hemos venido a esta tierra a expiar nuestros
pecados. Todos los días llueve, y ésta es casi la primera vez que
vemos el sol desde que llegamos. No cesa de llover, y no puede uno
salir a la calle sin meterse en el _fango_ hasta el tobillo, y luego
no se encuentra una casa.
YO.—No lo entiendo. Me parece que hay casas de sobra en la población.
EL CRIADO.—Dispense usted, señor. Ayer alquiló su merced una casa
por tres reales y medio al día; pero cuando la _señorita_ la vió se
echó a llorar, y dijo que aquello no era una casa, sino una perrera;
entonces su merced pagó la renta de un día y rompió el trato. ¡Tres
reales y medio diarios! En nuestro país podríamos tener un palacio
por ese dinero.
YO.—¿De qué país vienen ustedes?
EL CRIADO.—Caballero, usted parece un señor muy decente y le voy a
contar nuestra historia. Somos de Andalucía, y su merced era el año
pasado recaudador general de contribuciones en Granada; tenía catorce
mil _reals_ de sueldo, con lo que nos dábamos traza para vivir
bastante bien, sin perder las _funciones_ de toros, y cuando no las
había, las de _novillos_, y alguna que otra vez a la ópera. En una
palabra: vivíamos con holgura y sin privarnos de diversiones; tanto,
que su merced pensaba últimamente comprarle un caballo al señorito,
que tiene catorce años, y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero
el ministerio cambió, caballero, y los nuevos ministros, que no eran
amigos de su merced, le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella
bendita tierra de Granada, donde nuestro sueldo era de catorce
mil _reals_, nos han trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de
Lugo, y su merced tiene que contentarse con diez mil, a todas luces
insuficientes para sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las
_funciones_ de toros y de _novillos_, y la ópera! ¡Adiós la esperanza
de tener un caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado.
¡Calle, calle por amor de Dios; yo no puedo hablar más!
Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general
desease ahorrar un _cuarto_ en la compra del aceite para su
_gazpacho_ y el de su familia de once hijas, un hijo y un criado.
Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña,
distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para
aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas
seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes
de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A
unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares
fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían
aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara
hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada
estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban
con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran.
Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta
allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor
ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar
se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan
un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son
el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo
obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas
como en la acción. Son excelentes tropas irregulares, y en servicio
de guerra se les emplea con singular utilidad como escaramuzadores.
Sus funciones propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía
y están encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual
se hallan en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general,
todos son ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir
por qué los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su
nombre del de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este
cuerpo, y no puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque
sin duda ha de haber muchas cosas notables que decir acerca de él.
Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme,
arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña,
pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos
individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas,
y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan
a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a
muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos,
lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a
propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo
barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto de
hora antes tan sólo, había pasado yo junto a tres horribles cabezas
clavadas en sendos palos al borde del camino; eran las de un capitán
de ladrones y dos cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses
antes. Su principal guarida eran las inmediaciones del puente; tenían
por costumbre arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas
y negras aguas que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres
cabezas no se borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del
capitán, puesta en un palo más alto que el de las otras dos: sus
largos cabellos ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y
torcidas, hacían, bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos
que me echaron el alto eran restos de la cuadrilla.
Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una ría,
a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña. Altas
montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día el tiempo
estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la densidad
y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas partes
los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las calles
estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la _posada_.
Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y otros
desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor zumbaban las
moscas, muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero
no había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a
tan sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al
anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos.
El _entero_ bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que
estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo
su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me
había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae
un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un _entero_.» Durante
la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de
cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un
temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y
con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que
el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento,
tenía la mirada fija y los miembros rígidos.
—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al
veterinario.
Llegó el veterinario.
—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una _azumbre_ de
sangre.
El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta.
—¿Adónde va usted?—pregunté.
—A mi casa—respondió.
—¡Pero si le necesitamos a usted aquí!
—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy.
—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá.
—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro.
—¿Por qué?
—No lo sangro más que con una condición.
—¿Con cuál?
—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro.
—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio.
Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, lo
introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al principio
la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes, comenzó a
manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una media hora.
—El caballo se va a desmayar, _mon maître_—dijo Antonio.
—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la vena.
La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al albéitar
a la cara, arqueando las cejas.
—¡_Carracho_, qué diablo de brujo!—musitó el albéitar al marcharse—.
¡A él si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo!
Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda
sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer.
A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la
brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos
bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde
Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como
el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de
las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz
erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los
campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña,
en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos
tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a
España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche
anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué
objeto.
—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que traen
algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de España.
Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente _fonda_ o
_posada_, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto bastante
risible, genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta,
fea, pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al
parecer la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus
parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa
los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy
feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día
entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo
castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón
poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en
España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español,
que hablaba bastante mal.
Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la
llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se
marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto
volvió todo a su curso normal.
Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con
los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas.
En seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el
libro se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios,
por término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien
sienta la tentación de decir: «Esas minucias no valen la pena de
mencionarlas.» Pero los que tal crean, deben pensar que hasta muy
pocos meses antes de la fecha a que me refiero la existencia misma
del Evangelio era casi desconocida en España, y que necesariamente
había de ser empeño difícil inducir a los españoles, gente que lee
muy poco, a comprar una obra como el Nuevo Testamento, de primordial
importancia para la salud del alma, es cierto, pero que ofrece pocas
esperanzas de diversión a los espíritus frívolos y corrompidos.
Esperaba yo presenciar los albores de una época mejor y más
ilustrada, y me regocijaba pensando que en la infeliz y desalumbrada
España se vendía ya el Nuevo Testamento, aunque en corta cantidad,
desde Madrid hasta las más distantes poblaciones gallegas, en un
trayecto de casi cuatrocientas millas.
La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y por
otro la famosa bahía.
La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué probablemente
en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja, desolada y en
ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho foso. La ciudad
moderna es mucho más agradable y contiene una calle suntuosa, la
calle Real, residencia de los principales comerciantes. Un rasgo
singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con losas de
mármol, por las que circulan caballerías y carros como si fuese un
pavimento ordinario.
Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay una
calle tan limpia que se puede comer en ella la _puchera_ sin el más
leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una de las
lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia, y dejan
el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos pasados
una plaza comercial importante; pero la mayor parte del tráfico se ha
trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a mucha distancia
de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya.
—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría el
favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz en
inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi _posada_, en
la calle Real de La Coruña.
Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la puerta
de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y cinco
años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color rojo.
Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga pipa de
barro y en la mano una vara.
—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le conozco
a usted.
—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—. Usted me compró el primer
cuchillo que vendí en el mercado de N.
YO.—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted, Luigi Pozzi, y me acuerdo muy
bien, además, de las veces que fuí, siendo un chiquillo, hace ya
veinte años, a la tiendecita de usted y le oía hablar en milanés con
sus compatriotas.
LUIGI.—Aquellos eran tiempos dichosos para mí. ¡Oh!, si supiera usted
con qué fuerza reaparecieron en mi memoria cuando le vi a usted
detenerse a la puerta de la _posada_. Al instante me metí dentro,
cerré la tienda, me eché en la cama y lloré.
YO.—No veo motivo para que eche usted tan de menos aquellos tiempos.
Cuando yo le conocí a usted en Inglaterra era usted buhonero; a veces
ponía un tenducho en el mercado de una ciudad rural. Ahora me lo
encuentro en un puerto español, propietario, por lo visto, de una
tienda importante. No veo por qué se queja usted del cambio.
LUIGI (Arrojando la pipa al suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted
una cosa? Inglaterra es el paraíso de los piamonteses y milaneses,
especialmente de los de Como. Jamás nos entregamos al descanso
que no soñemos con ella, ya estemos en nuestro país, ya en tierra
extranjera, como yo ahora. ¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga
un inglés! Prefiero ser miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y
señor de todo en diez leguas a la redonda del lago de Como, y otro
tanto dirán todos mis compatriotas que han estado en Inglaterra,
dondequiera que se encuentren. Puedo enseñarle diez cartas de otros
tantos compatriotas residentes en América, donde se han hecho ricos,
y prosperan, y son hombres principales; pues bien: todas las noches,
cuando sus cabezas reposan en la almohada, sus almas _auslandra_[22],
y van arrastradas a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí
en alas del ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a
los honrados campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras
chucherías, y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al
caer la tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas
a comer las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de
Suffolk, y a escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los
labradores. Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los
que están en América, país próspero, según reconocen ellos mismos,
favorable a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de
menos quien, como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa
ciudad de La Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se
pasan los meses sin ver una cara inglesa ni oír una palabra del
bendito idioma inglés.
[22] Vocablo del dialecto milanés, según Borrow y su anotador
Burke, equivalente a vagar sin rumbo.
YO.—Con tal predilección por Inglaterra, ¿qué le movió a usted a
dejarla y a venir a España?
LUIGI.—Se lo diré a usted. Hace unos diez y seis años se apoderó
de cuantos estábamos en Inglaterra un deseo general de ser algo
más de lo que hasta entonces habíamos sido: buhoneros, vagabundos;
deseaban además—el hombre nunca está contento—ver tierras nuevas; la
mayor parte se fué de Inglaterra, y donde antes había diez, apenas
si quedó uno. Casi todos se fueron a América, país muy favorable,
como ya le he dicho a usted, para nosotros los naturales de Como.
Bueno; todos mis amigos y parientes atravesaron el mar; yo también
me empeñé en viajar; pero en vez de irme con los otros al Oeste,
a un país donde todos han prosperado, se me ocurrió venir a esta
tierra de España, donde cuantos extranjeros se establecen mueren
de tristeza, más tarde o más temprano. Se me metió en la cabeza la
idea de que podía hacer fortuna de golpe trayendo un cargamento de
artículos ingleses baratos, como los que vendía yo de ordinario a los
aldeanos de Inglaterra. Fleté medio barco para mis artículos, porque
en Inglaterra había ganado algún dinero con mi humilde tráfico, y
llegué a La Coruña. Aquí empezaron de golpe mis contrariedades;
los desengaños sucedían a los desengaños. Con extremada dificultad
obtuve permiso para desembarcar las mercancías, y eso a costa de
un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas parecidas. Apenas
establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso y que mis géneros
se vendían muy lentamente, y a precio de coste o poco más. Pensé
marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría que dejar aquí
mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas que me hubiesen
arruinado. De este modo he resistido catorce años, vendiendo apenas
lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y mantenerme; y así
continuaré hasta que me muera, o hasta que se me acaben los géneros.
En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a España.
YO.—¿Me ha dicho usted que tiene un compatriota en Santiago?
LUIGI.—Sí; un pobre hombre, muy honrado, que, como yo, ha tenido la
extraña suerte de venir a parar a Galicia. A veces me las arreglo
para mandarle algunos géneros que vende en Santiago con más ganancia
que yo aquí. Es hombre feliz, porque no ha visto Inglaterra, e ignora
la diferencia entre los dos países. ¡Oh campiñas inglesas, quién
os volviera a ver! ¡Y aquellas cervecerías! ¡Y lo que más vale de
todo, la buena fe de la gente y la seguridad personal! He viajado
por toda Inglaterra, y en ninguna parte me trataron mal, salvo una
vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé que abandonaran
sus pantomimas y asistieran al culto anglicano, como hacía yo, y
como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra; porque, sépalo
usted, _signor Giorgio_, todos nosotros, ya fuésemos piamonteses,
ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la religión
protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella.
YO.—¿Qué se propone usted hacer ahora, Luigi? ¿Qué esperanzas tiene?
LUIGI.—Mis esperanzas están borradas, _Giorgio_; mi único propósito
es morirme en La Coruña, acaso en el hospital, si es que me admiten.
Hace años todavía pensaba en marcharme, aunque fuese dejándolo todo
abandonado, para volver a Inglaterra o irme a América; pero ahora es
demasiado tarde, _Giorgio_; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis
esperanzas me di a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y
ahora soy lo que supongo habrá usted adivinado.
—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para
usted. Le enviaré a usted uno.
En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería cuyo
muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde donde
se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta varas en
cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve más que nada de
lugar de esparcimiento de los coruñeses.
En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por los
caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su heroico
antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y en
cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en que
nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen con
las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros de
la Abadía de Westminster:
«JOHN MOORE,
Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla.
1809.»
La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto
de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata
de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas
construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del
gobierno inglés.
Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde,
revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó
su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren antes
de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué Moore. El
general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas, hostigado
por un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto
de alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no
ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos
infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba
en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su
fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta
tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general
hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a
decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las
nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con
torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los
tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más
groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general.
Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en
España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo,
fluye.