Los mareantes de Padrón.—Caldas de los
Reyes.—Pontevedra.—El notario público.—La insania de un
barbero.—Una presentación.—La lengua gallega.—Paseo por
la tarde.—Vigo.—El forastero.—Los judíos del desierto.—La
bahía de Vigo.—Una interrupción brusca.—El gobernador.
Después de estar unos quince días en Santiago, montamos de nuevo a
caballo y proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como salimos de
Santiago ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón,
distante sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una
ría, y lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero
es _Villa del Padrón_, o ciudad del santo patrono, porque ésta fué,
según la leyenda, la principal residencia del santo en Galicia. Los
romanos llamaron a este lugar Iria Flavia. Es una ciudad pequeña,
pero floreciente, con comercio marítimo de alguna importancia, pues
sus barquichuelos surcan a veces el Golfo de Vizcaya, y hasta llegan
al Támesis y a Londres.
Hay una curiosa anécdota referente a los mareantes de Padrón que no
estará enteramente fuera de lugar aquí, pues se relaciona con la
circulación de las Escrituras. Hallándome un día en la tienda de mi
amigo el librero de Santiago, entró un sacerdote corpulento, con
aspecto de buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al instante
rompió en una ruidosa carcajada.
—¿Qué ocurre?—preguntó el librero.
—La vista de este libro me trae a la memoria un sucedido—repuso el
otro—. Hace unos veinte años, cuando a los ingleses se les metió por
vez primera en la cabeza convertirnos a los españoles a su manera de
pensar, repartieron gran número de libros de esta clase entre los
españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de ciertos
mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia se
observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas
aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían
de plano, sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso es
falso—decían—. San Pablo, en tal capítulo y en tal versículo, afirma
exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo ni otros
santos han escrito?»—les preguntaban los curas—. «Más de lo que
ustedes se figuran—respondían—. Ya no se nos puede tener en tinieblas
y en la ignorancia respecto de esas cosas», y entonces exhibían
sus libros y leían párrafos y más párrafos, haciendo comentarios
que escandalizaban a todos; no les importaba nada el Papa, y hasta
hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago. El caso se
divulgó pronto, y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar
los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados
o reprendidos, y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por
menos de reirme al ver esos libros acordándome de los mareantes de
Padrón y de sus disputas religiosas.
Al día siguiente llegamos a Pontevedra. Como no se decía que por allí
hubiese ladrones, viajábamos solos y sin escolta. El camino es bello
y pintoresco, aunque algo solitario, sobre todo después que dejamos
atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España hay varias poblaciones
de ese nombre. Esta de que hablo se llama, para distinguirla de las
demás, Caldas de los Reyes. No estará de más advertir que el español
_Caldas_ es sinónimo del morisco _Alhama_, palabra muy frecuente en
la topografía de España y Africa. Caldas tiene, al parecer, muy bien
puesto su nombre. Se alza en una confluencia de manantiales, y cuando
pasamos por allí estaba atestada de gente que acudía a curarse con
las aguas. En el curso de mis viajes he observado que siempre hay
vestigios de volcanes en las cercanías de los manantiales de aguas
calientes, ya sea montañas hendidas, o gruesos peñascos que emergen
aislados en la llanura o en la ladera como si los titanes hubiesen
estado jugando a los bolos. Este último rasgo es el que domina en
Caldas; la vertiente Sur de la montaña se halla cubierta de inmensas
piedras de granito, expelidas, en alguna antiquísima erupción, de
las entrañas de la tierra. Desde Caldas a Pontevedra el camino es
montuoso y cansado; tuvimos mucho calor, y las nubes de moscas, una
de las plagas de Galicia, molestaban tanto a nuestros caballos, que
nos obligaron a cortar unas ramas de árbol para protegerles la cabeza
y el cuello contra los atormentadores aguijones de aquellos insectos
sedientos de sangre.
Para viajar a caballo por Galicia en esa época del año, es muy
recomendable llevar una red fina para defensa del animal, remedio
seguro y cómodo, completamente desconocido en Galicia, por las
muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más se
necesita.
Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental,
pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos,
son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia.
Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de una
ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué fundada
por una colonia griega, cuyo jefe era nada menos que Teucer el
Telamonio. En tiempos antiguos fué plaza comercial importante;
cerca del puerto se ven las ruinas de un _farol_, o faro, que
pasa por ser antiquísimo. El puerto, empero, muy distante de la
ciudad, es incómodo y muy poco profundo. La comarca pontevedresa
es de incomparable amenidad, abundante en frutas de todo género,
especialmente en uvas, que en la estación propicia muestran,
pendientes de las _parras_, su deliciosa lozanía. Un antiguo autor
andaluz ha dicho que aquí se producen tantos naranjos y limoneros
como en la campiña cordobesa; pero las naranjas no son buenas y no
pueden competir con las de Andalucía. Los pontevedreses se jactan de
que su suelo produce dos esquilmos al año, y que mientras recogen una
cosecha siembran la otra. Razón tienen para enorgullecerse de una
tierra como la suya, pródigamente dotada.
La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad de sus
edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y miseria que
las usuales en Galicia. La _posada_ era misérrima, y para acabarlo
de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. Porque
Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles que nos
servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del país,
única que sabía hablar, y le amenazó, si intentaba producir desorden
en la casa, con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo.
Ni el mismo Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más
prudencia que Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas
palabras en griego y guardó silencio.
—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el
notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación
de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del _señor_
García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre
de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se
encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le
vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en
el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que
en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra.
Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la
nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte
de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a
usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos
mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás
comparar Vigo con Pontevedra?
—No lo sé—repuse—; nunca he estado en Vigo; pero he oído decir que
su bahía es la mejor del mundo.
—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una
bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio.
Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia?
Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los
diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de
tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo
el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para
beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre,
que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá
hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla
de piratas como los de Vigo.
—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es que
no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo vengo
a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy
necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta.
—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo?
¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser
capital de la provincia? _¡Qué disparate! ¡Que bribonería!_
—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté.
—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para
usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera
dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle
una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse
de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía!
¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas
como Vigo!
No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público
me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de
ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces
las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me
obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a
pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios,
especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada.
¿Qué le parece?»—decía.
Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de conquistar
el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no habrá nada como
esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los ojos, ahogó una risita
de triunfo, y prosiguió su camino andando a tremenda velocidad.
El _señor_ García iba vestido enteramente como un notario inglés.
Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de lana gris
abotonados en las rodillas, medias blancas y zapatos negros bien
embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de
prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión
de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de
seguirle, le pregunté falto de alientos:
—¿Adónde me lleva usted?
—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy a
presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se
enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo:
produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de
España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán?
—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus
alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo.
—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que,
cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano, el
único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero de
Pontevedra llamado don...[23] ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si
pueden!
[23] Alude a D. Pelayo Gómez de Sotomayor, primer enviado de
Enrique III cerca de Tamerlán.
Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al final
de la que el notario llamó a una puerta pequeña.
—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté.
—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de más
talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las ciencias.
Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras de
ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a nuestras
preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una inmensa
sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos de libros
excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos cuadros de
escuela española antigua. Los suaves rayos del sol poniente entraban
por una ventana con cristales de colores, y esclarecían el aposento.
Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, a quien miré con no
pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena de arrugas, y las
facciones muy graves, netamente españolas. Vestía una especie de
hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba leyendo, sentado
detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros, medio se incorporó y
nos hizo una ligera reverencia.
El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió
permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba
por Galicia.
—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero que hablará
castellano, pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque
leo el francés y el latín, no los hablo.
—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso el
notario.
—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en
gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones
que oigo en la calle son en aquel dialecto.
—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el
abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español.
Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero
cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible
entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era
para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto
local?—continuó.
—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento
peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque
su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y
portuguesas.
—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas han
hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de creer a
las historias.
—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos de
guerra de ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham
impusieron a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil
libras esterlinas.
—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene perfecto
derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían alegar sus
compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad respetable
que nunca les hizo daño.
—_Señor_ caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi
librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas,
escritos casi todos en gallego por el cura de _Fruime_. Es nuestro
poeta nacional y nos enorgullecemos de él.
Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no
me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era,
en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una
ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo
para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho[24].
[24] El abogado se llamaba D. Claudio González y Zúñiga, autor
de la _Descripción Económica de la Provincia de Pontevedra_.
Pontevedra, 1834. (Knapp).
En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de Pontevedra,
el _señor_ García, en pie junto a mi caballo, me abrazó, y me deslizó
en la mano un folletito. «Este libro—me dijo—contiene una descripción
de Pontevedra. Hable usted bien de Pontevedra dondequiera que vaya.»
Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He oído hablar, mi querido
amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, y trabajaré cuanto pueda
en favor de sus designios. Lo hago con absoluto desinterés; pero si
alguna vez, andando el tiempo, tuviese usted ocasión de hablar en
letras de molde del _señor_ García, notario de Pontevedra—ya usted me
entiende—, deseo que no deje de hacerlo.»
—Así lo haré—contesté yo.
El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué un
agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos
a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el
paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas
estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma
cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose
hasta las nubes.
Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las montañas
y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un camino muy
transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que iban por él y
continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y peatones. Las
aldeas eran frecuentes. Las _parras_ crecían con lozana pompa, aún
mayor, si cabe, que en el campo de Pontevedra. Por todas partes
reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el
alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se
mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que
casi sentí llegar a las puertas de Vigo.
La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado y
pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. El
casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas
bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la
ciudad hay una plaza pequeña.
Hay un _faubourg_ de regular extensión a lo largo del borde de la
bahía. Encontramos una excelente _posada_, regida por un matrimonio
vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y
todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro
de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria
ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del
Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para
mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos
portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación
en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me
respondieron—, y por eso tiene todo el mundo tantos deseos de ir;
otra cosa sería si representaran en una lengua que todos entendieran.»
A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en
un vasto aposento que miraba a la _Plaza Mayor_ de Vigo. El sol
lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas,
jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una
reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen
rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy
notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi
puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso;
los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la
atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa
elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena
de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos,
un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español,
portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente
en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me
convenció de que no era español ni portugués.
—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor
inglés que puede hablar un extranjero.
YO.—Lo ha acertado usted; pero yo, en cambio, no acabo de adivinar
qué país es el suyo.
EL DESCONOCIDO.—¿Puedo tomar asiento?
YO.—Singular pregunta. ¿No tiene usted tanto derecho como yo a
sentarse en la sala común de una posada?
EL DESCONOCIDO.—No estoy seguro de ello. A la gente de aquí, en
general, no le gusta verme tomar asiento a su lado.
YO.—Quizás por las opiniones políticas de usted, o porque haya usted
tenido la desgracia de cometer algún delito.
EL DESCONOCIDO.—No tengo opiniones políticas, y no he cometido, que
yo sepa, delito alguno. Aquí me odian por mi país y mi religión.
YO.—¿Estoy hablando quizás con un protestante, como yo?
EL DESCONOCIDO.—No soy protestante. Si lo fuese, se andarían con más
tiento para demostrarme su odio, porque entonces tendría un Gobierno
y un cónsul que me defendieran. Soy judío, judío de Berbería, súbdito
de Abderramán.
YO.—En tal caso, no tiene usted mucho de qué lamentarse si aquí le
miran mal, puesto que en Berbería los judíos son esclavos.
EL DESCONOCIDO.—En casi todas partes lo son, es cierto; pero no donde
yo he nacido, muy en el interior del país, cerca de los desiertos.
Allí los judíos son libres y temidos, y tan valientes como los mismos
musulmanes; saben domar potros y manejar el fusil. Los judíos de
nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos trate como
tales por los cristianos ni por los moros.
YO.—La historia de usted debe de ser muy curiosa; quisiera conocerla.
EL DESCONOCIDO.—No pienso contarle mi historia a nadie. He viajado
mucho, dedicado al comercio, y he prosperado. Ahora estoy establecido
en Portugal; pero no me gusta la gente de los países católicos, y
menos que ninguna la de España. Al llegar aquí he sufrido injusticias
vergonzosas en la _aduana_, y, al protestar, se rieron de mí y me
llamaron judío. Por dondequiera que voy, veo escarnecer a los judíos,
excepto en el país de usted; por eso mi corazón se apasiona por los
ingleses. Usted es aquí un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No
tiene usted más que mandarme.
YO.—Se lo agradezco a usted con toda el alma, pero no necesito nada.
EL DESCONOCIDO.—¿Trae usted letras? Yo le tomo a usted las que traiga.
YO.—Nada necesito. El favor que puede usted hacerme es aceptar de mí
un libro.
EL DESCONOCIDO.—Lo aceptaré muy agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo
tan singular: el mismo vestido, el mismo semblante, el mismo libro!
Pelham me dió uno en Egipto. ¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso,
quizás un profeta; pero... ¡adiós!
Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con
la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en
el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados,
menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la
boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e
impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A
cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos
puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía
es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil
navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas
son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte
que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de
los muros de la ciudad sin averiarse la quilla.
Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto
armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de la
Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el terror
de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando sus enormes
velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la isla luterana.
La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y todos los
marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas cantábricas
fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí
fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron
el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron,
volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de
Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros,
mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de
aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera
las _bodegas_ españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las
techumbres del castillo de Castro, y los _vecinos_ de Pontevedra
enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a
escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del
desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando
la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia
del fuerte.
—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—.
¡Quieto, _Carracho_! Si intenta usted correr, le descerrajo un tiro.
Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro
individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes,
en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado
con sus fusiles.
—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes: nada—respondí—, como no sea
mirar la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es
a propósito.
—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al castillo.
—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su amable
invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte.
Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con
esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy
importante, pero ahora ruinoso.
—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba delante.
—¿De veras?—contesté.
—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y
fusilado varios.
Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven, con
uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron.
—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía
observaciones—me dijo.
—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy inglés,
y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora tuviese
usted la amabilidad de enseñarme el fuerte.
Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable con la
gente de su país de usted: queda usted en libertad.» Me incliné,
salí del fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a
entrar en la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me
tocó en el hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—.
«Con mucho gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando
llegamos a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la
navaja en la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le
habíamos interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y
al saber que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para
el cónsul inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice
una reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador
del fuerte, y salí, encaminándome a la posada.
En Vigo hice muy poca cosa en punto a la distribución de mis libros;
estuve allí unos cuantos días, y me marché, tomando de nuevo el
camino de Santiago.