Villafranca.—El puerto.—Simplicidad gallega.—La guardia de
la frontera.—La herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una
palabra sobre el idioma.—El correo.—El hostelero y los
huéspedes.—Los andaluces.
¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el
relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la
pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que
estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible.
La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí
en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la
posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido.
Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado,
llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las
casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad
está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos
lados.—_¡Quel pays barbare!_—dijo Antonio—, al reunirse conmigo.
Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme
miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas
montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y
subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por
donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito
con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la
ciudad parecía estar herméticamente cerrada.
Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se
habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada
anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos
un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por
cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por
la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto
de Fuencebadón.
Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que
contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España;
a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo.
El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el
curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios,
descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de
hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven
numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas
pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos
frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado,
hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el
camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye
todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se
los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es
allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el
camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un
profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas
alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o
praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando
yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores
guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse
en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas
direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un
carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo;
una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa
pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la
vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar,
los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada
vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio
de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye
hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables
levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.
Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa
envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas
son las nieblas que los gallegos llaman _bretima_—dijo Antonio—, y
abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en
Galicia?»—pregunté. «_Non, mon maître_; pero he servido en muchas
casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus
costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los
gallegos?» «En manera alguna, _mon maître_; los hombres, en general,
parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al
_filou_ más listo de París; respecto de las mujeres es imposible
vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son _camareras_
y acompañan a la _señora_; no hacen más que mover disensiones y
disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he
perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las
camareras gallegas. Ya estamos en la raya, _mon maître_; me parece
que este pueblo debe de ser ya de Galicia».
Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como
jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde
reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante
la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla
sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados
estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local,
parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios.
Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse
sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de
sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con
mucho afecto, llamándole _companheiro_. «¿De qué conoce usted a esta
gente?», le pregunté en francés. «_Ces messieurs sont presque tous de
ma connoissance_»—contestó—, _et, entre nous, ce sont de véritables
vauriens_; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es
el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar
complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante
seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos
ser amables con ellos, _mon maître_; hay que darles vino, o se
ofenderán. Los conozco, _mon maître_; los conozco. ¡Hola! Posadero,
traiga una _azumbre_ de vino.»
Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la
cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera
llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se
hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me
dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en
sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo;
tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde.
A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió
una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?»,
pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.
EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_; pero supongo que traerá usted
consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo
herrarán en el pueblo.
YO.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio?
¿No puede poner una herradura?
EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_, puede poner una herradura si usted
se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos,
al menos por estos sitios.
YO.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos?
EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, en Galicia no hay caballos; no hay más
que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer
tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí
no las hay de ese tamaño.
YO.—¿Qué quiere decir eso de que sólo un loco puede traer caballos a
Galicia?
EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, no hay caballo que resista los piensos
y las montañas de Galicia sin enfermar; y si no se muere de una vez,
le costará a usted en veterinarios más de lo que vale. Además, un
caballo no sirve aquí de nada, y en terreno tan quebrado no puede
prestar ni la décima parte del servicio que una yegüecilla puede
hacer. Vea también, _senhor_, que su caballo es entero; de cada
veinte jacas que vea usted por los caminos de Galicia, diez y nueve
son yeguas; los machos se envían a Castilla para venderlos. _Senhor_,
su caballo entrará en celo por esos caminos y atrapará un muermo, que
no tiene cura. _Senhor_, sólo a un loco se le ocurre traer un caballo
a Galicia, pero hay que estar dos veces loco para traer un _entero_,
como usted ha hecho.
—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con Antonio.
Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente exactos
en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del
pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por
carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente
tendríamos que llevar el caballo a Lugo, donde por haber guarnición
de caballería encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió,
empero, que la mayor parte de los soldados de caballería iban
montados en jacas del país, porque la mortalidad entre los caballos
traídos de país llano era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al
parecer no había por el momento otro remedio que tener paciencia, y
tomado algún descanso seguimos el viaje, llevando los caballos por
las riendas.
Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de Galicia;
anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. Cuando
íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de súbito
con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos con
uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; se
trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo
que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial.
Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería
mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos
de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos
escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar.
«No se lo permita usted de ningún modo, _mon maître_—dijo Antonio—.
Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el primer
barranco nos matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas
y partimos. «Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de
Galicia», dije a Antonio cuando bajábamos de la montaña.
—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de cocinero
en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos amigos del
_repostero_. Todos los gallegos que hay en Madrid, cualquiera que sea
su condición, se conocen; allí, al menos, son todos buenos amigos
y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones se presentan. Si en
una casa hay un criado gallego, seguramente la cocina se llena de
paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el cocinero a costa suya,
porque comúnmente se dan maña para devorar cualquier regalillo que
tengan reservado para sí y su familia.
Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver
una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una
herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear.
Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de
caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino.
Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló
que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de
nuevo y continuamos despacio el descenso.
Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un
angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado
el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes escarpados,
cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos lados. La
aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella
corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una _posada_ regularmente
espaciosa y cómoda.
Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio
aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito.
Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las
alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la
gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué
extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso
a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero
sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que
dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo
entiendo, _mon maître_—respondió—. He aprendido muchas palabras con
los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo
seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay
dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no
se entienden entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al
oirlo por primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada
momento perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de
mayor extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye;
mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído
para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien
que no conozco más palabra de este idioma que _jaungicoa_.»
Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco
horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre.
Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me
espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces
que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento
después apareció Antonio, a medio vestir. «_Mon maître_—dijo—, acaba
de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y
enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo
está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de
atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía
podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y
me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin
tardanza.
Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta
muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas
delante del correo brillaba en las armas de varios soldados,
formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad
no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en
una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de
cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de
hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de
ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del
pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas;
marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las
hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba
medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted
no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo
una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería
una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro
costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh!
¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, _vaya_, no lo sabía; yo también soy
cordobés. _¡Pobrecito!_ Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco
que es paisano mío. La verdad, matarle... _¡Vaya!_, me gustaría ver
al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro,
_yo lo creo_: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que
usted ha estado en Córdoba; _vaya_, hágame el favor de aceptar este
cigarro.»
De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi
siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de
tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión
a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las
coplas que oí decía, sobre poco más o menos:
Duro tiene el corazón
Con Carlos, viejo cruel,
y sólo seis años cuenta,
niña inocente, Isabel.
Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas
o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas
o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio.
Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país
era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos
atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños
campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la
escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor
parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables
chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta
frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol
delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes
cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de
las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de
suciedad y miseria.
Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas
leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada
enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la
silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos
en una vasta _posada_ extramuros de la ciudad, edificada en una
elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista
hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y
así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió
poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que
dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.
Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una
familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje,
escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa:
se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y
ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero
de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando;
todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de
mediana edad, de buena presencia.
—¿Podremos alojarnos en esta _fonda_?—preguntó con dulce voz al dueño.
—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande.
¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?
—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.
El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un
momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin
olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo
comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o
tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi
llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente,
preguntó si les servía.
—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.
—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su
merced y su familia?
—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo
poco que necesitamos.
Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la
habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe
de los carabineros con una _peseta_. El hombre estuvo medio minuto
contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un
brusco _¡vamos!_, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se
fué con los hombres a sus órdenes.
—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos
los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y
que ocupaba todo aquel frente.
—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún
empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son
andaluces.
A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por
los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.
—_Señor patrón_—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo
comprar un poco de aceite?
—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted
comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo
queremos ganar un _cuarto_, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es
lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a
su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un _gazpacho_
para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle
el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un
_cuarto_ vendiéndoles el aceite para el _gazpacho_. Una cosa le
aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos
para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha
comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí
por cierto; y para el caso, el agua también.