CAPÍTULO XXV

Villafranca.—El puerto.—Simplicidad gallega.—La guardia de

la frontera.—La herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una

palabra sobre el idioma.—El correo.—El hostelero y los

huéspedes.—Los andaluces.

¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el

relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la

pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que

estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible.

La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí

en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la

posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido.

Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado,

llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las

casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad

está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos

lados.—_¡Quel pays barbare!_—dijo Antonio—, al reunirse conmigo.

Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme

miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas

montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y

subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por

donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito

con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la

ciudad parecía estar herméticamente cerrada.

Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se

habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada

anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos

un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por

cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por

la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto

de Fuencebadón.

Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que

contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España;

a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo.

El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el

curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios,

descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de

hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven

numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas

pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos

frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado,

hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el

camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye

todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se

los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es

allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el

camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un

profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas

alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o

praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando

yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores

guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse

en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas

direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un

carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo;

una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa

pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la

vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar,

los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada

vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio

de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye

hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables

levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.

Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa

envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas

son las nieblas que los gallegos llaman _bretima_—dijo Antonio—, y

abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en

Galicia?»—pregunté. «_Non, mon maître_; pero he servido en muchas

casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus

costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los

gallegos?» «En manera alguna, _mon maître_; los hombres, en general,

parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al

_filou_ más listo de París; respecto de las mujeres es imposible

vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son _camareras_

y acompañan a la _señora_; no hacen más que mover disensiones y

disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he

perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las

camareras gallegas. Ya estamos en la raya, _mon maître_; me parece

que este pueblo debe de ser ya de Galicia».

Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como

jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde

reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante

la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla

sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados

estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local,

parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios.

Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse

sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de

sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con

mucho afecto, llamándole _companheiro_. «¿De qué conoce usted a esta

gente?», le pregunté en francés. «_Ces messieurs sont presque tous de

ma connoissance_»—contestó—, _et, entre nous, ce sont de véritables

vauriens_; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es

el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar

complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante

seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos

ser amables con ellos, _mon maître_; hay que darles vino, o se

ofenderán. Los conozco, _mon maître_; los conozco. ¡Hola! Posadero,

traiga una _azumbre_ de vino.»

Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la

cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera

llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se

hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me

dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en

sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo;

tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde.

A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió

una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?»,

pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.

EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_; pero supongo que traerá usted

consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo

herrarán en el pueblo.

YO.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio?

¿No puede poner una herradura?

EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_, puede poner una herradura si usted

se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos,

al menos por estos sitios.

YO.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos?

EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, en Galicia no hay caballos; no hay más

que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer

tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí

no las hay de ese tamaño.

YO.—¿Qué quiere decir eso de que sólo un loco puede traer caballos a

Galicia?

EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, no hay caballo que resista los piensos

y las montañas de Galicia sin enfermar; y si no se muere de una vez,

le costará a usted en veterinarios más de lo que vale. Además, un

caballo no sirve aquí de nada, y en terreno tan quebrado no puede

prestar ni la décima parte del servicio que una yegüecilla puede

hacer. Vea también, _senhor_, que su caballo es entero; de cada

veinte jacas que vea usted por los caminos de Galicia, diez y nueve

son yeguas; los machos se envían a Castilla para venderlos. _Senhor_,

su caballo entrará en celo por esos caminos y atrapará un muermo, que

no tiene cura. _Senhor_, sólo a un loco se le ocurre traer un caballo

a Galicia, pero hay que estar dos veces loco para traer un _entero_,

como usted ha hecho.

—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con Antonio.

Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente exactos

en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del

pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por

carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente

tendríamos que llevar el caballo a Lugo, donde por haber guarnición

de caballería encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió,

empero, que la mayor parte de los soldados de caballería iban

montados en jacas del país, porque la mortalidad entre los caballos

traídos de país llano era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al

parecer no había por el momento otro remedio que tener paciencia, y

tomado algún descanso seguimos el viaje, llevando los caballos por

las riendas.

Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de Galicia;

anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. Cuando

íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de súbito

con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos con

uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; se

trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo

que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial.

Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería

mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos

de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos

escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar.

«No se lo permita usted de ningún modo, _mon maître_—dijo Antonio—.

Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el primer

barranco nos matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas

y partimos. «Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de

Galicia», dije a Antonio cuando bajábamos de la montaña.

—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de cocinero

en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos amigos del

_repostero_. Todos los gallegos que hay en Madrid, cualquiera que sea

su condición, se conocen; allí, al menos, son todos buenos amigos

y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones se presentan. Si en

una casa hay un criado gallego, seguramente la cocina se llena de

paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el cocinero a costa suya,

porque comúnmente se dan maña para devorar cualquier regalillo que

tengan reservado para sí y su familia.

Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver

una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una

herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear.

Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de

caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino.

Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló

que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de

nuevo y continuamos despacio el descenso.

Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un

angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado

el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes escarpados,

cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos lados. La

aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella

corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una _posada_ regularmente

espaciosa y cómoda.

Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio

aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito.

Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las

alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la

gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué

extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso

a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero

sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que

dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo

entiendo, _mon maître_—respondió—. He aprendido muchas palabras con

los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo

seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay

dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no

se entienden entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al

oirlo por primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada

momento perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de

mayor extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye;

mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído

para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien

que no conozco más palabra de este idioma que _jaungicoa_.»

Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco

horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre.

Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me

espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces

que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento

después apareció Antonio, a medio vestir. «_Mon maître_—dijo—, acaba

de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y

enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo

está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de

atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía

podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y

me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin

tardanza.

Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta

muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas

delante del correo brillaba en las armas de varios soldados,

formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad

no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en

una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de

cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de

hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de

ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del

pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas;

marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las

hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba

medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted

no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo

una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería

una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro

costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh!

¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, _vaya_, no lo sabía; yo también soy

cordobés. _¡Pobrecito!_ Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco

que es paisano mío. La verdad, matarle... _¡Vaya!_, me gustaría ver

al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro,

_yo lo creo_: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que

usted ha estado en Córdoba; _vaya_, hágame el favor de aceptar este

cigarro.»

De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi

siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de

tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión

a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las

coplas que oí decía, sobre poco más o menos:

Duro tiene el corazón

Con Carlos, viejo cruel,

y sólo seis años cuenta,

niña inocente, Isabel.

Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas

o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas

o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio.

Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país

era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos

atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños

campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la

escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor

parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables

chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta

frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol

delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes

cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de

las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de

suciedad y miseria.

Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas

leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada

enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la

silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos

en una vasta _posada_ extramuros de la ciudad, edificada en una

elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista

hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y

así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió

poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que

dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.

Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una

familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje,

escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa:

se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y

ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero

de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando;

todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de

mediana edad, de buena presencia.

—¿Podremos alojarnos en esta _fonda_?—preguntó con dulce voz al dueño.

—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande.

¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?

—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.

El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un

momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin

olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo

comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o

tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi

llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente,

preguntó si les servía.

—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.

—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su

merced y su familia?

—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo

poco que necesitamos.

Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la

habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe

de los carabineros con una _peseta_. El hombre estuvo medio minuto

contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un

brusco _¡vamos!_, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se

fué con los hombres a sus órdenes.

—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos

los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y

que ocupaba todo aquel frente.

—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún

empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son

andaluces.

A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por

los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.

—_Señor patrón_—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo

comprar un poco de aceite?

—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted

comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo

queremos ganar un _cuarto_, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es

lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a

su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un _gazpacho_

para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle

el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un

_cuarto_ vendiéndoles el aceite para el _gazpacho_. Una cosa le

aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos

para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha

comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí

por cierto; y para el caso, el agua también.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 16 / 28 题