CAPÍTULO XXIV

Salida de Astorga.—La venta.—El atajo.—Salvación

difícil.—El vaso de agua.—Sol y sombra.—Bembibre.—El

convento de las Rocas.—Puesta de sol.—Cacabelos.—Aventura a

media noche.—Villafranca.

A las cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de

sus arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte

en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de

Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, por

terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y arroyuelos.

Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron con nosotros;

iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los campos gobernando

el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos también por un

pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel pueblo entramos

en la carretera directa de Madrid a La Coruña, y después de andar

unas cuatro leguas llegamos a una especie de desfiladero, formado,

a nuestra izquierda, por una enorme y maciza montaña (una de las

que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por otra de

mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, se

descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media de

distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; en

sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres,

se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina,

que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una

enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó

las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que

residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla

de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil

codos de altura.

Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes

casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. Era

la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los caballos, y

nos dirigimos a una _venta_ al final del pueblo; si bien encontramos

cebada para los animales, trabajo nos costó hallar algo para

nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de leche, porque

las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un pintoresco valle

que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba y de árboles, con

un arroyuelo cortado por pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta

una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía

perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía

en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio

donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba

recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy

preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó

a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la

historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo

en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado

a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal

entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista,

según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus

palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de

unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté

al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que

ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era

huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y

dedicarse a _arriero_. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró

a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo

con monosílabos. Al preguntarle si sabía leer: «Sí—dijo—; como ese

caballo de usted que está ahí queriendo arrancar el pesebre.»

Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar al borde

de un profundo valle abierto entre montañas, no las que habíamos

visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha, sino

las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle se

asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas

dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba

un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para

unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de

distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.

Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos

que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero,

vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios

donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido

subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante;

pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá

usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se

pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos

y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante.

Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba

sin cesar, empezaron a obstruir el camino. Oí también ruido de agua

en una garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me

pareció más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo,

y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado

griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos

cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo

que si desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta,

cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo

creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a

resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales

de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que

el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa

de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta

los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando

grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada

momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que

emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo

tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en

otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los

ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena,

no se atrevió a seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco

después conmigo en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la

pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto

camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del

gigante Desesperado.

Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente

_carretera_ abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos

a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía

el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el

paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la

garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos

manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo

de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano,

por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático

era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies

a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo

del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y _corzos_.

Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de

bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros

para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable,

nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la mano del

hombre era visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la

garganta, por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados

de cebada; abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia;

hasta nosotros subían los alegres cantares de los segadores que

guadañaban la lozana y abundosa hierba. Apenas podía creer que

estábamos en España, tan parda, árida y triste en general, y casi me

imaginé hallarme en la antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos

montes y selvas han sido tan bien descriptos por Teócrito.

Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado

por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he

visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de

montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y

variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto

de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las

altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra,

abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo

material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las

casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían

colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos

sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un

poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla.

Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco

y el español, invocó la venganza de la _Panhagia_ sobre aquella mujer

sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de

agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica

y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí

mi ruego, después de dar a la mujer dos _cuartos_; tomó entonces un

cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable;

pero calmó la sed febril que me devoraba.

Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho

considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se

precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las

piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo

el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca;

con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban

las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie.

Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del

firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la

atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles

templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura

que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban

en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del

viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos

en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían

los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y

sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas

de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de

las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida

o dormían a la sombra y sobre la hierba una _siesta_ deliciosa.

Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si

necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos

a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre

las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso

y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es

alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que

no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio

distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su

precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo

bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola

del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me

dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté,

monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.»

Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando:

«_Cáspita_, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y

me pagó el precio que le había pedido.

Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar

cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle

de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos

castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del

río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el

luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas

por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No

aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración

contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus

cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo

deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí

un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre

nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no

querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado

yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en

las montañas de Bembibre.

Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre,

pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto,

para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos

luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas

estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente

mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban

veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se

quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula

miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la

van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había

dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo

del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno,

inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un

resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi

caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco

cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago

siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano,

sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron

llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin

límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en

comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube

parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo

el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias

estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia

mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al

animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes

estuviesen aún en su nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto

es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias

de esta tierra.»

Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media

ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco,

pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino,

como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno de los

arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los

que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz

persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde

los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se

levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por

encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio

consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y

techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es la casa de

la Virgen de las Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba

llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que

lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la

vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se

correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me

respondió—. Tenían toda la leña que querían para sus _braseros_ y

chimeneas, y mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada

frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se

retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su

aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y

que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando

de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento,

y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra,

con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según

dijo, a la _canalla_ de allá arriba.

El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde

pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media,

no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y

tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un

puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha

garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí

tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé

la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha,

pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos

del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente,

al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por

interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras

sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad.

Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de

espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil,

engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las

montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.

Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos

rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la

obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza

del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas

veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes

relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una

momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el

silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces

el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en

España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y

de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser

víctimas suyas.

Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el

caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron

a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado.

En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de

Villafranca.

Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día

en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a

los horrores de la obscuridad en un camino solitario y desconocido.

Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda:

en la primera _posada_ a que llamé respondieron que no podían

admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba

llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que dos—una

tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la

Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y

yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» En realidad,

no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo

aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra

la puerta, como si implorasen la entrada.

Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro

triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una

legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir

del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas.

Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de

una _peseta_, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un

puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que

era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de

prisa.

Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera

habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no

se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los

relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles

y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos

envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por

el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me

apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy

atrás.

Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente

muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y

matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de

espaldas. No sé cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta

entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente.

Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha,

y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas,

abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí

pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que

transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me

pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo

una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio

del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado,

y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y

gradualmente se desvaneció.

Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo

conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su

luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La

caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la

ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando

mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me

gritó a corta distancia: «_¿Quién vive?_»; al fin había dado con el

camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal,

uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio _guerillas_

que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones

los caminos. Di la respuesta usual: «_España_», y me acerqué al lugar

donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una

piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté

si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto

nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de

un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes.

Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó,

para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no

veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos

por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres

de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas),

con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso.

Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados

y desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna

de Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por

las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos

luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie

de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos;

nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me

equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le

rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó

delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a

su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la _posada_.

La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del

mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de

esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del

piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos

viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo.

«No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la

mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier

otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que

no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos,

porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio.

«¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es

la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero;

llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento

haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».

Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las

rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 15 / 28 题