CAPÍTULO XXIII

Astorga.—La posada.—Los maragatos.—Costumbres de los

maragatos.—La estatua.

Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había

en la ciudad. El patio estaba lleno de _arrieros_ y carreteros que

movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos,

y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el

contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente

destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio un

estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el saludo

cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras me

esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se escapó, y

rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios individuos

y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer la paz;

por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. Apenas

nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La Coruña

llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales inválidos

y otra gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y

arrojaron los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato,

nos dijeron que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que

habíamos llegado sin _arriero_ y puesto en confusión la casa entera.

Por gran favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso

cuartucho pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí

una cama con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con

tan miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir

adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la

cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a

darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.

Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo

permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a

la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a

encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida

y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve

oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del

reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó

por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente.

«_Mon maître_—me dijo una tarde—. Veo que está usted mejor; vámonos

mañana de esta ciudad y de esta _posada_, que son a cual peores.

_Allons, mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo

et Galice._»

Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia,

acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus

contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil

habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada

en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada

país de los _maragatos_, como de tres leguas cuadradas de extensión,

que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de

una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza con

el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La región,

rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra de un

color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente los

afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más singular

de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España.

Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan con

españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros godos»;

y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy ajustado,

ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla,

botas y polainas, difiere muy poco del de los moros de Berbería.

Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de

pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o _barrete_ apenas

se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar

de aquél el _sombrero_ ancho. Es casi indudable que los maragatos

son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros

invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje,

que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero

es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los

salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en

las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que

los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados,

de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan

con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los

arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás

españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al

oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés

que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de

temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son

peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que

los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos,

pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a

un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás

ocasiones.

Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo,

abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras

y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación

de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de _arrieros_, y

considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres.

Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la

cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en

cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el

lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol

achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España

está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos

han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte

de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa

de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su

destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus

mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a

ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su

propio cuerpo si caen en la pelea.

Pero aunque son los _arrieros_ más fieles de España, distan mucho

de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de

mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio

les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes

sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en

general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor

de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos

hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las

comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan

rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no

es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer

casas religiosas.

En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el

altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: es la

estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad

importante[20]. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero

desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano

una especie de bandera, parece que está animando a todos los de su

raza para que abandonen aquella región estéril y busquen en otros

climas un campo más rico y vasto para su actividad y su energía.

[20] El nombre del arriero era Pedro Mato. La estatua es de

madera. (Nota del editor Burke.)

Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial;

pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos,

cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de

mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con

paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso

jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de

hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también,

según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no

tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un

precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo

muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha

enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad;

pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por

ellos.»

Y basta ya de maragatos.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 14 / 28 题