Dueñas.—Los hijos de Egipto.—Chalanerías.—El caballo
de carga.—La caída.—Palencia.—Curas carlistas.—El
mirador.—Sinceridad sacerdotal.—León.—Alarma de
Antonio.—Calor y polvo.
Después de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para
León. Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos
motivos, distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada
en una ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra
calcárea coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve
multitud de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes
puertas: son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia
produce la comarca, y que se vende principalmente a los navarros
y montañeses; acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo
llevan en grandes cantidades. Paramos en una mezquina posada de los
arrabales, con idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados
de Caballería allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de
gente experta empezaron a examinar mi caballo _entero_. «Este caballo
tan bueno debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho tiene! ¿Con
qué derecho viaja usted en ese caballo, _señor_, haciendo falta
tantos para el servicio de la reina? Este caballo pertenece a la
_requisa_.» «Con el derecho que me da el haberlo comprado, y el ser
yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced es inglés!—respondió el cabo—.
Eso es otra cosa. A los ingleses se les permite en España hacer de lo
suyo lo que quieran, permiso que no tienen los españoles. Caballero,
he visto a sus paisanos de usted en las provincias vascongadas:
_vaya_, ¡qué jinetes y qué caballos! Tampoco se baten mal; pero lo
que mejor hacen es montar. Los he visto subir por los _barrancos_ en
busca de los facciosos, y caer sobre ellos de improviso cuando se
creían más seguros y no dejar ni uno vivo. La verdad: este caballo es
magnífico; voy a mirarle el diente.»
Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del
caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no
estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las
patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le
apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna
tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para
reconocerle el lomo, exclamé:
—Quietos, _chabés_[8] de Egipto; os olvidáis de que sois
_hundunares_[9], y que no estáis _paruguing grastes_[10] en el
_chardí_[11].
[8] Plural de _chabó_ o _chabé_: mozo, joven, compañero.
[9] Soldados.
[10] _Parugar_: trocar, traficar. _Graste_: caballo.
[11] Feria.
Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron completamente
el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los semblantes y el
mirar fijo y velado de los hijos de Egipto. Lo menos un minuto
estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que el cabo, en la más
elocuente lamentación gitana imaginable, me dijo: ¡El _erray_[12]
nos conoce a nosotros, pobres _Caloré_![13] ¿Y dice que es inglés?
_¡Bullati!_[14] No me figuraba encontrar por aquí un _Busnó_[15] que
nos conociera, porque en estas tierras no se ven nunca _gitanos_. Sí;
su merced acierta; somos todos de la sangre de los _Caloré_. Somos de
_Melegrana_[16], y de allí nos sacaron para llevarnos a las guerras.
Su merced ha acertado; al ver este caballo nos hemos creído otra vez
en nuestra casa en el _mercado_ de Granada; el caballo es paisano
nuestro, un _andalou_ verdadero. _Por Dios_, véndanos su merced este
caballo; aunque somos pobres _Caloré_, podemos comprarlo.
[12] Caballero.
[13] Plural de _Caloró_: gitano.
[14] _Bul_; _Bullati_: el ano.
[15] Un hombre no gitano; un gentil.
[16] Granada.
—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el
caballo?
—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser
_Caloré_. Compramos y vendemos _bestis_; nuestro capitán va a la
parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos
pelear; eso se queda para los _Busné_. Hemos vivido juntos y muy
unidos, como buenos _Caloré_; hemos ganado dinero. _No tenga usted
cuidao._ Podemos comprarle el caballo.
Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos.
—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el caballo?
—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa. Le
daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada.
—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era un
caballo muy bueno, paisano vuestro.
—No, _señor_; no hemos dicho que sea _Andalou_, hemos dicho que es
_Extremou_, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es
corto de resuello y está malo.
—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien
necesito comprar que vender.
—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere su
merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced.
—Aunque me dierais doscientos sesenta. _¡Meclis, meclis!_[17], no
digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con
vosotros.
[17] ¡Quita de ahí! ¡Déjame!
—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el
gitano.
—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería una
jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la
cuenta.
—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a
traerle lo que usted necesita.
Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo
por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena
de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin
embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los ojos.
—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.
—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.
—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su
_Andalou_ de usted.
—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.
—_Señor_, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a su
_Andalou_ de usted.
—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de
pasar fatigas.
—Flaco y todo como está, _señor_, ni usted ni cuantos ingleses hay en
España son capaces de dominarlo.
Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más
favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar,
cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje,
y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el
buen trato no tardaría en redondearse.
—¿Puedo montar en él?—pregunté.
—Es caballo de carga, _señor_, y no está hecho a la silla; sólo
se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para
hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en
un momento. Si quiere usted montar este caballo, _señor_, permítame
que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted
sujetarlo.
—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que tiene
mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi muriéndose.
Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas, el
animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una piedra,
sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más señales
de vida que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al
galope tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el
caballo iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga;
pero la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó
gran trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba
yo habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que
hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el
gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo
de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta
que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo
rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez
de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde
volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el
camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente
el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió
disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo.
—_Señor_—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio del
mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno; es
caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo, que le
doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba dando
corcovos por el campo, y acoceando el aire, volvió al instante con
un suave relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—.
Es un caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que
usted lleva, las montañas de Galicia.
—¿Cuánto pides por él?—dije yo.
—_Señor_, como su merced es inglés y buen _jinete_, y, sobre todo,
conoce los usos de los _Caloré_, y sus mañas y lenguaje también, se
lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta
duros por él, ni uno menos.
—Es mucho dinero—respondí.
—No, _señor_, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted que
pertenece al ejército, y no lo vendo para mí.
Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y
bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por
su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor _posada_ que había,
y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes
de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero
de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la _siesta_.
«Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a
la _posada_. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante.
Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto
me recibió con cierta sequedad, pero no tardaron sus modales en
dulcificarse, y a lo último no sabía ya cómo darme suficientes
pruebas de su cortesía. Me presentó a un su hermano, recién llegado
de Santander, persona inteligente en grado sumo, y que había vivido
varios años en Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad,
como lo hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré
sobre todo la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero
elegante y ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los
dulces rayos del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas,
iluminaban algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado
edificio[18]. Desde la iglesia lleváronme mis amigos por un camino
pintoresco a un batán de las afueras. Abundaban allí el agua y los
árboles, pareciéndome los alrededores de Palencia uno de los lugares
más agradables que hasta entonces había visto. Cansados de rodar de
una parte a otra, fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces
y chocolate. Tal fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y
agradable, como hay mucha en España.
[18] Estos «cuadros de Murillo» son imaginarios, observa el
editor U. R. Burke.
Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte,
a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y
ciudades esparcidos aquí y allá, pueblos silenciosos, melancólicos,
distantes unos de otros dos o tres leguas. Hacia el mediodía
percibimos a lo lejos, entre brumas, una inmensa cadena de montañas,
límite septentrional de Castilla; pero el día se nubló y obscureció,
y las perdimos de vista. Un viento sonoro comenzó a soplar con
violencia en las desoladas llanuras, arrojándonos al rostro nubes
de polvo; los pocos rayos de sol que traspasaban las nubes eran
candentes, inflamados. Iba yo muy cansado del viaje, y cuando a eso
de las cuatro llegamos a X[19], pueblo grande, a mitad de camino
entre Palencia y León, resolví pasar allí la noche. Pocos lugares
habré visto en mi vida tan desolados como aquel pueblo. Las casas,
grandes en su mayoría, tenían muros de barro, como los pajares. En
toda la sinuosa y larga calle por donde entramos, no vimos alma
viviente a quien preguntar por la _venta_ o _posada_; al cabo, en un
extremo de la plaza, al fondo, descubrimos dos bultos negros parados
junto a una puerta, e interrogándolos supimos ser aquella la casa que
buscábamos. Extraño era el aspecto de los dos seres, que parecían
los genios del lugar. El uno, pequeño y delgado, de unos cincuenta
años, tenía las facciones pronunciadas y aviesas. Vestía una holgada
casaca negra de largos faldones, calzón también negro y gruesas
medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde luego por
un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora abollada,
nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta estatura
y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba una
capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse de la
puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al camino,
como si aguardasen a alguien.
[19] Posiblemente Cisneros o Calzada. (Nota del editor Burke.)
—Créame usted, _mon maître_—me dijo Antonio en francés—, estos dos
individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del
Pretendiente. _Les imbeciles!_
Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera. «¿Quiénes
son esos hombres?»—pregunté.
—El más viejo es el arcipreste del _pueblo_—respondió la mujer—. El
otro es hermano de mi marido. _¡Pobrecito!_ Era fraile en un convento
de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos.
Volvimos a la puerta.
—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el
cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino?
—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté.
—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua.
—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor
parte del principado está en manos de los carlistas.
—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de
Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame
si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército.
—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de aquí.
Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me juntaron
los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los cuatro a
mirar fijamente al camino.
—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio.
—_Non, mon maître._
—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura.
—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo.
—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada
vez más espeso.
—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí
esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se
enteran, pueden fusilarnos.
—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales; quisiera
yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos recibieron
orden de alistarse en la milicia, rehusaron todos sin excepción,
y tuvimos que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que
comunicarnos hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión.
—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre prisa
cenar. No estoy por _Rey_ ni por _Roque_. ¿No dice usted que soy
catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que en
sus negocios.
Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún más
abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una
población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo
yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra
berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una
puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado
lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me
volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome
por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un
montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta
voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba,
se congregaban unos cincuenta _vecinos_, vestidos casi todos con
luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el
fraile. «Es un buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos
de noticias»; y me encaminé hacia otra parte de la pradera, donde
pastaban los ganados del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó
del grupo y vino a mí. «He oído que necesita usted un caballo—me
dijo—. Yo tengo aquí uno pastando, el mejor del reino de León»; y
con la volubilidad de un _chalán_ empezó a ensalzar los méritos del
animal. No tardó en juntársenos el fraile, quien, aprovechando una
oportunidad, me tiró de la manga, y me dijo:
—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de
estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno
mucho mejor, y se lo dará más barato.
—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí,
meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas.
Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente;
cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas
exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con
alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos
alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían
a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en
efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa
feria es principalmente de caballos, acuden a ella comerciantes de
muchas partes de España con diferentes géneros de mercadería, y allí
me encontré a muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid.
Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la catedral,
que es, en muchos respectos, un duplicado de la de Palencia, elegante
y aérea como ésta, pero sin los espléndidos cuadros que la adornan.
La situación de León en el centro de una comarca floreciente,
abundante en árboles, y regada por muchas corrientes de agua nacidas
en las grandes montañas de las inmediaciones, es muy placentera.
Dista mucho, sin embargo, de ser un lugar saludable, sobre todo en
verano, cuando los calores suscitan las emanaciones nocivas de las
aguas, que engendran muchas enfermedades, especialmente calenturas.
Apenas llevaba tres días en León me atacó una de esas fiebres,
contra la que creí no poder luchar, no obstante mi constitución
robusta, pues en siete días que me duró me quedé casi en los huesos,
y en tan deplorable estado de debilidad que no podía hacer el más
leve movimiento. Pero ya antes había logrado que un librero se
encargara de vender los Testamentos, y publicado los anuncios de
costumbre, aunque sin grandes esperanzas de buen éxito, porque los
leoneses, con raras excepciones, son furibundos carlistas y ciegos e
ignorantes secuaces de la arcaica iglesia papal. La sede episcopal
de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer ministro de Don
Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz llena todavía la
ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el clero se puso en
movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando maldiciones y anatemas
y amenazando con todo género de desventuras a quien comprase o
leyese «los libros malditos» que los herejes introducían en el país
con propósito de pervertir las almas cándidas de los habitantes.
Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal eclesiástico
contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee ahora mucha
autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo el reto y llegó
hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la catedral. A pesar
del griterío que se levantó contra los libros, se vendieron en León
algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por sendos exclaustrados,
y otros tantos por párrocos de las aldeas vecinas. Creo que en total
se vendieron unos quince ejemplares, de suerte que mi visita a lugar
tan atrasado no se perdió del todo, porque la semilla del Evangelio
quedó sembrada, aunque con parquedad. Pero las espesas tinieblas que
envuelven a León son verdaderamente lamentables, y la ignorancia
del pueblo es tan grande que en las tiendas se venden públicamente
y tienen gran aceptación conjuros y encantaciones impresos contra
Satanás y su hueste y contra todo género de maleficios. Tales son
los resultados del papismo, la falacia que más ha contribuído a
envilecer y embrutecer al espíritu humano.
Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado.
Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios
soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la
_posada_ e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en
León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos
motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las
calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los
molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales.
Supe también por Antonio que el posadero era un notorio _alcahuete_
o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de
emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente
en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía
vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto
permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza.
De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia; apenas
habíamos andado media legua, estalló una tormenta violentísima.
Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en la misma
dirección que nosotros seguíamos.
El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba
de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro,
barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo
montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba
tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar
una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua
tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos
daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas
comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se
hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose
en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y
fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y
de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar.