Salida de Salamanca.—Recibimiento en Pitiega.—El
dilema.—Inspiración súbita.—El buen cura.—Combate
de dos cuadrúpedos.—Irlandeses cristianos.—Las
llanuras de España.—Los catalanes.—La poza
fatal.—Valladolid.—Propaganda de las Escrituras.—Las
misiones para Filipinas.—El colegio inglés.—Una
conversación.—La carcelera.
El sábado 10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el
pueblo donde pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no
salimos hasta después del medio día. Había en el cielo una neblina
que obscurecía al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi
amigo Mr. Patrick Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable
que me acompañó parte del camino. Montaba una mula de alquiler,
extremadamente ruin en apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir
el paso de nuestros fogosos caballos; parecía hermana gemela de la
mula de Gil Pérez, en la que su sobrino hizo el famoso viaje de
Oviedo a Peñaflor. Pero estaba yo muy equivocado. El animalito, en
cuanto montó mi amigo, salió andando con aquel rápido paso tantas
veces admirado por mí en las mulas españolas y que no puede igualar
caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su magnífica estampa, se
quedaron atrás muy pronto, y a cada momento teníamos que ponerlos al
trote para seguir al singular cuadrúpedo, que muy a menudo engallaba
la cabeza, encogía los labios y nos enseñaba sus amarillos dientes,
como si se riera de nosotros, y acaso se reía. Aconteció que ninguno
conocíamos bien el camino; en realidad, no veíamos cosa alguna que
pudiera con justicia llamarse así. La ruta de Salamanca a Valladolid,
a veces carril, a veces senda, es muy difícil de distinguir; no
tardamos en perdernos, y anduvimos mucho más de lo que, en rigor,
era necesario. Sin embargo, como nos cruzábamos frecuentemente
con hombres y mujeres que pasaban montados en jumentos, nuestro
orgullo no nos impidió tomar los necesarios informes, y a fuerza de
preguntas llegamos al cabo a Pitiega, pueblecito a cuatro leguas
de Salamanca, formado por chozas de tierra, en las que viven unas
cincuenta familias, enclavado en una llanura polvorienta, cubierta de
opulentos trigales. Preguntamos por la casa del _cura_, un anciano a
quien había visto yo el día antes en el Colegio Irlandés, y que al
enterarse de mi próximo viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de
no pasar por su pueblo sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad.
Una mujer nos encaminó a cierta casita aislada, de aspecto un poco
mejor que las contiguas; tenía un pequeño pórtico, cubierto, si no
recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte y repetidas veces a la
puerta, sin obtener contestación; callaba la voz del hombre, y ni
siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era que el anciano cura
estaba durmiendo la _siesta_ y lo mismo toda su familia, compuesta
de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos tanto ruido y dábamos
tantas voces, impacientados por el hambre, que el bueno del cura
acabó por despertarse, y saltando de la cama corrió presuroso a
la puerta, lleno de confusión, y al vernos se deshizo en excusas
por estar durmiendo en el punto y hora en que, según dijo, debía
hallarse en la azotea acechando la llegada de su huésped. Me abrazó
cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento de regulares
dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En uno de los
extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido de cuero
negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme cuando
me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los estantes;
con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había nada digno de
la atención de un inglés, porque toda su librería estaba compuesta de
libros de rezo y de áridos tratados de teología católica.
Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar
de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos
con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me
antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto,
suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy
gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas
son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos
vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo
si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada
más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no
pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que
siento es no tener más.»
Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el aguardiente
nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos. Le dijimos que
muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por mi parte, apenas
probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con beber agua.
Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos con plena
libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le contestamos
que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder ingerir algo
substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les venga bien;
con todo, vamos a verlo.»
En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la casa,
que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado en ella
árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En un extremo
había un palomar bastante grande, y nos metimos en él, «porque—dijo
el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían ustedes
excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de registrar
los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días, que no se
podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó a temer,
según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar bocado. Dejamos
el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias colmenas, en
torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas, llenando el
aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de mis prójimos,
son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es sentarme aquí a
observarlas y a escuchar su música.»
Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas
al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino;
deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a
mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa
mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se les
añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—, no tengo
otra cosa, y si os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no
faltarán y podéis comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las
gallinas ponen todos los días.»
Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el
torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente nos
recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del zaguán. El
buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya mucho antes;
pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la comida con su
charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se sentaron antaño
Wellington y Crawford, después de derrotar en los Arapiles a los
franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella perversa
nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la honraron
con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era un semidiós.»
Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de _El Gran Lord_, como
le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si mi pluma fuese
capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros períodos de su
poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido el cura un
viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz de sentir
fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha. Pero una
súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una ardiente
llamarada y todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete
de seda que, conforme al uso del clero católico, llevaba puesto,
movíasele arriba y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí
que estaba ante uno de tantos hombres notables como surgen con
frecuencia en el seno de la iglesia romana, que a una simplicidad
infantil reúnen una energía inmensa y un entendimiento poderoso, y
son igualmente aptos para guiar un reducido rebaño de ignorantes
campesinos en una obscura aldea de Italia o de España, o para
convertir millones de paganos en las costas del Japón, de China o del
Paraguay.
El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco años, y
vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su pergenio no
era de mejor calidad. La modestia de su atavío no era, ni con mucho,
resultado de la pobreza. El curato era de muy buenos rendimientos, y
ponía anualmente a disposición del titular ochocientos duros por lo
menos, de los que invertía la octava parte en sufragar sobradamente
los gastos de su casa y familia; lo demás lo empleaba por completo
en obras de pura caridad. Daba de comer al caminante hambriento, que
luego seguía su viaje muy alegre con provisiones en las alforjas
y una _peseta_ en el bolsillo; cuando sus feligreses necesitaban
dinero, no tenían más que acudir a su despacho, y de seguro
encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del
pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos.
Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula,
y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace
años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero
a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba
tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me
alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen
conmigo hasta mañana.»
Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía menos
volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le regalé
un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir palabra y lo
colocó en un estante de su despacho; observé que le hacía señas al
estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si quisiera decir: «Su
amigo de usted no pierde ocasión de propagar su libro»; porque sabía
muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto al presbítero, bueno de
veras, Antonio García de Aguilar, _cura_ de Pitiega.
Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una aldehuela
como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o _regata_. En
sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia,
aislada y solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por
la _posada_ y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de
las demás por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en
Castilla no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus
huéspedes. Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos
a una mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos.
Nos dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque
habían metido en ella unos _malos machos_, pertenecientes a dos
viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos
y habría una _función_ capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo
a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos
encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo lleno
de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la puerta.
Me acordé de la mula del _cura_ y me entraron pocas ganas de dejar
los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de aquellos
contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente que había
decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados en el suelo,
cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran los vendedores
ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la cuadra, uno de
los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo que pasa».
Apenas entré en el establo sonó un hórrido y discordante grito,
mezcla de rebuzno y quejido, y el más grande de los dos _machos_,
soltándose del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y
resoplando con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo;
pero éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera
de un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que
casi le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba
a realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos
la casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho,
con riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho
trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se
había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted
seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que
era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente
los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a
correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad;
quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el _macho_ al pesebre,
y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no
era posible que el animal se soltase.
Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o tres
labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se mostraron
por demás reservados, y con un áspero _buenas noches_, daban media
vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por
último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo,
hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no
sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que
el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada
encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en
las _mantas_ de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien
yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo
de la casa, me dijo: «Me figuro, _caballero_, que usted ha de ser
un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy
francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a
la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de
Salamanca, _caballero_—replicó el hombre—. He oído decir que viene
usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos?
¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el
posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor
que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en
mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente
breve diálogo entre el posadero y su mujer.
EL POSADERO.—_Mujer_, me parece que tenemos mala gente en casa.
SU MUJER.—¿Te refieres a los últimos que han llegado, a ese
_caballero_ y a su criado? Sí; no he visto en mi vida gente peor
encarada.
EL POSADERO.—No me gusta el criado, y menos todavía el amo. Es un
hombre sin formalidad ni educación; me dice que no es francés, le
hablo de los irlandeses cristianos, y parece que tampoco es de su
casta. Tengo más que barruntos de que es hereje o, por lo menos,
judío.
SU MUJER.—Acaso sea las dos cosas. _¡María Santísima!_ ¿Qué haremos
para purificar la casa cuando se vayan?
EL POSADERO.—¡Oh! Lo que es eso irá a la _cuenta_, como es natural.
Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después de
desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia, que
no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los
vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos
luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un
grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le
pregunté a Antonio.
—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para
persignarse al vernos partir.
En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos
se pusieron a hacer la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo.
Antonio se volvió al instante y se santiguó al modo griego, mucho más
complejo y difícil que el católico.
—_¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!_—exclamaron
varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las
consecuencias.
El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos
la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo
lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se
asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies,
ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas
llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo
escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla,
excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas
veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado
y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas
vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego
solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos,
las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre
la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal.
¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los _arrieros_ y
sus largas recuas de mulas, adornadas con campanillas de monótono
tintineo. Vedlos, con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus
sombrerotes gachos; ved a los _arrieros_, verdaderos señores de las
rutas de España, más respetados en estos caminos polvorientos que los
duques y los _condes_, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez
sociables, cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de
distancia, ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la
tristeza del camino con rudos y discordantes cantares.
Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las
principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar
sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes,
atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La
plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches,
sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina
estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un
par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran
en la _posada_, ocupada principalmente por catalanes llegados de
Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino
sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo
uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que
se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su concubina,
a la puerta de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler
horribles y obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era
de notable hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje
que el hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos
parecían dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta
observación hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la
faja un gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho
desnudo; la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió
en ella el navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear
la sangre en el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano
herida; luego, arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo
del patio a la _plaza_. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por
qué ha sido todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de
gravedad.» Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y
mirándome despreciativamente exclamó: «_Carals, ¿que es eso?_ ¿No
puede un caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con
su señora sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con
un pañuelo y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella
diferentes cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete.
En seguida volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el
umbral, como si nada hubiera ocurrido; la singular pareja comenzó a
comer y a beber, sazonando los manjares con juramentos y burlas.
Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano,
reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que
recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña
_venta_, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las
horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río
por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las
márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de
árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso
algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces,
se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena,
o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable
hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer,
como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba
fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y
ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni
contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la
conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté
a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, _la
pobrecita_—respondió—. Hace un mes se le ahogó un hijo en esa poza,
y desde entonces ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid,
a la _Casa de los locos_. Todos los años se ahoga bastante gente en
los remolinos del Duero; éste es un río muy malo. _Vaya usted con
la Virgen, caballero._» Después entramos en los mezquinos y ralos
_pinares_ que bordean el camino de Valladolid por aquella dirección.
Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien
hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de
la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son,
propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de
la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por
demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca
estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos
conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos,
de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua,
está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio
muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de
granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su
comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos
aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa _alameda_ por
la que corre el Esgueva. La población dícese que llega a sesenta mil
habitantes.
Paramos en la _Posada de las Diligencias_, edificio magnífico;
pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos,
porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás
grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes
y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado
principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la
verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo.
Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid
y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que
encerraba en una cuadra subterránea.
Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, _posada_ antigua,
a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su
oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse
inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas,
construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la
ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto, los
carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No encontraron
resistencia; los nacionales más decididos se retiraron al reducto
principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda esa función se
disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que
se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a
saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras
manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó
tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor.
A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre sencillo,
de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de vender los
Testamentos. Todo género de literatura hallábase en Valladolid en
profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía dedicarse a
vender libros en combinación con otros negocios, porque, según me
aseguró, la librería no le daba para vivir. Sin embargo, durante la
semana que permanecí en la ciudad se vendió un número considerable
de ejemplares, y abrigaba yo buenas esperanzas de que aún pedirían
muchos más. Para llamar la atención sobre mis libros recurrí al
sistema empleado en Salamanca y fijé carteles en las paredes. Antes
de marcharme dispuse que todas las semanas los renovasen; con eso
pensaba yo lograr multiplicados y saludables frutos, porque el
pueblo tendría siempre ocasión de saber que existía, al alcance de
sus medios, un libro que contiene la palabra de vida, y acaso se
sintiera inducido a comprarlo y a consultarlo, incluso acerca de su
salvación... Hay en Valladolid un colegio inglés y otro escocés.
Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me habían dado una
carta de presentación para el rector del último. Estaba el colegio
instalado en un lóbrego edificio, en calle apartada. El rector vestía
como los eclesiásticos españoles, carácter que, a todas luces,
pretendían apropiarse. Había en sus modales cierta fría sequedad,
sin pizca del generoso celo ni de la ardiente hospitalidad que de
tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector de los irlandeses de
Salamanca; sin embargo, me trató con mucha urbanidad y se ofreció a
enseñarme las curiosidades locales. Sabía, sin duda alguna, quién
era yo, y acaso por esta razón se mostró más reservado de lo que en
otro caso hubiese sido; no hablamos palabra de asuntos religiosos,
como si de consuno quisiésemos eludirlos. Bajo sus auspicios visité
el colegio de las Misiones Filipinas, situado en las afueras; me
presentaron al rector, septuagenario de hermosa presencia, muy
vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba su semblante una benignidad
plácida que me interesó sobremanera; hablaba poco y con sencillez;
parecía haber dicho adiós a todas las pasiones terrenales. Sin
embargo, aún se aferraba a cierta pequeña debilidad.
YO.—Vive usted en una casa hermosa, padre. Lo menos caben aquí
doscientos estudiantes.
EL RECTOR.—Más aún, hijo mío; se hizo para albergar más centenares
que simples individuos vivimos en ella ahora.
YO.—Veo aquí algunos trabajos de defensa improvisados; los muros
están llenos de aspilleras por todas partes.
EL RECTOR.—Hace unos días vinieron los nacionales de Valladolid
y causaron bastante daño sin utilidad alguna; estuvieron un poco
groseros y me amenazaron con los clubs. ¡Pobres hombres, pobres
hombres!
YO.—Supongo que también las misiones, a pesar de sus elevados fines,
se resentirán de los trastornos actuales de España.
EL RECTOR.—Demasiado cierto es eso; ahora el Gobierno no nos favorece
nada; sólo contamos con nuestras propias fuerzas y con la ayuda de
Dios.
YO.—¿Cuántos misioneros novicios hay en el colegio?
EL RECTOR.—Ninguno, hijo mío; ninguno. El rebaño se ha dispersado; el
pastor se ha quedado solo.
YO.—Vuestra reverencia habrá, sin duda alguna, tomado parte activa en
las misiones.
EL RECTOR.—Cuarenta años he estado en Filipinas, hijo mío; cuarenta
años entre los indios. ¡Ay de mí! ¡Cuánto quiero yo a los indios de
Filipinas!
YO.—¿Habla vuestra reverencia la lengua de los indios?
EL RECTOR.—No, hijo mío. A los indios les enseñábamos el castellano;
a mi parecer, no hay idioma mejor. Les enseñábamos el castellano y la
adoración de la Virgen. ¿Qué más necesitaban saber?
YO.—¿Y qué piensa vuestra reverencia de las Filipinas como país?
EL RECTOR.—Cuarenta años he estado allá; pero lo conozco poco; el
país no me interesaba gran cosa; mis amores eran los indios. No es
mala tierra aquélla; pero no tiene comparación con Castilla.
YO.—¿Vuestra reverencia es castellano?
EL RECTOR.—Soy castellano viejo, hijo mío.
Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al
Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al
Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que
seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban
unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa,
con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca:
su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en
un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del
exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además,
un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de
los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente.
En el rápido vistazo dado a su interior no podía enterarme a fondo
de su régimen; pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza,
el método reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo
a afirmar que el aire de severa disciplina monástica que allí se
advertía respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos
acompañó el vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las
curiosidades del colegio la más notable es la galería de pinturas,
donde se guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de
la casa martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación,
durante los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En
esa casa se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros,
pálidos, sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones
la verde Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno
de los bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo,
sin otra esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer
descuartizados por las sangrientas manos del verdugo, entre el
griterío de una plebe tan fanática como ellos; sacerdotes como
Bedingfield y Garnet, y tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a
las gestas de su país. Muchas historias, maravillosas precisamente
por ser ciertas, podrían, sin duda, extraerse de los archivos del
seminario papista inglés de Valladolid.
No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos
alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una
mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de
seda negra y _mantilla_ de mucho precio. Acompañábala un mozalbete
de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo
suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid,
famoso por su vino. Una noche, estando al _fresco_ en el patio de la
posada, tuvimos el siguiente coloquio:
LA MUJER.—¡_Vaya, vaya_, qué pueblo tan aburrido es Valladolid! ¡Qué
diferencia de Toro!
YO.—Yo le hubiera creído, por lo menos, tan divertido como Toro, que
no es ni la tercera parte de grande.
LA MUJER.—¿Tan divertido como Toro? _¡Vaya, vaya!_ ¿Ha estado usted
alguna vez en la cárcel de Toro, señor caballero?
YO.—Nunca he tenido ese honor; generalmente, la cárcel es el último
sitio que se me ocurre visitar.
LA MUJER.—Vea usted lo que es la diferencia de gustos: yo he ido a
ver la cárcel de Valladolid, y me parece tan aburrida como la ciudad.
YO.—Es claro; si en alguna parte hay tristeza y fastidio, ha de ser
en la cárcel.
LA MUJER.—Pero no en la de Toro.
YO.—¿Qué tiene la cárcel de Toro para distinguirse de las demás?
LA MUJER.—¿Qué tiene? _¡Vaya!_ ¿Pues no soy yo la _carcelera_? ¿Y no
es mi marido el _alcaide_? Y mi hijo, ¿no es hijo de la cárcel?
YO.—Dispense usted: no conocía esas circunstancias. La diferencia, en
efecto, es grande.
LA MUJER.—Ya lo creo. Yo también soy hija de la cárcel; mi padre era
_alcaide_ y mi hijo podría aspirar a serlo, si no fuese tonto.
YO.—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula bastante. No sería yo quien
comprara a este muchacho si lo vendieran por tonto.
LA CARCELERA.—¡Buen negocio haría usted si lo comprase! Más
_picardías_ tiene que cualquier _calabocero_ de Toro. Mi sentido es
que no le tira la cárcel tanto como debiera, sabiendo lo que han sido
sus padres. Tiene demasiado orgullo, demasiados caprichos; al cabo ha
logrado convencerme para que lo traiga a Valladolid, y le he colocado
a prueba en casa de un comerciante de la _Plaza_. Espero que no irá
a parar a la cárcel; si no, ya verá la diferencia que hay entre ser
hijo de la cárcel y estar encarcelado.
YO.—Habiendo tantas distracciones en Toro, los presos no lo pasarán
mal con usted.
LA CARCELERA.—Sí; somos muy buenos con ellos; me refiero a los que
son _caballeros_, porque con los que no tienen más que _miseria_,
¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida: dejamos
entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen dinero
para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de Valladolid
no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de Toro. Allí
aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz me enseñó a
tocar y cantar _a la gitana_. ¡Pobre muchacho! Fué mi primer _novio_.
Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este caballero unos
aires andaluces.
La _carcelera_ tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito
de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus
habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación
a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de
la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre
sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra.