Enfermedad.—Visita nocturna.—Una inteligencia superior.—El
cuchicheo.—Salamanca.—Hospitalidad irlandesa.—Soldados
españoles.—Anuncios de las Escrituras.
El deseo que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce
a abstenerme de contar a los lectores buen número de cosas que me
sucedieron antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados
de mayo, teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos.
Salamanca era el primer punto a que pensaba dirigirme.
Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa
del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos
que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte,
que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los
remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para
marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi
salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día
de mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía tenerme en pie,
me decidí a emplear cualquier recurso desesperado, y por consejo
del barbero-cirujano que me visitaba, me sangré, ya muy entrada la
noche de aquel mismo día; el barbero me sacó diez y seis onzas de
sangre, y después de cobrar sus honorarios, se fué, deseándome feliz
viaje; por su reputación me aseguró que al mediodía siguiente estaría
restablecido por completo.
Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en el
viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí
llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me
alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica,
entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me
visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución
tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que
tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio
de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr.
Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes,
pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de
mejorar notablemente el estado político y moral de España.
Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de
ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a los
diferentes cónsules británicos establecidos en España, con órdenes
precisas y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su
situación oficial en favorecer la circulación de tales libros y
en asegurarlos la publicidad. Recibirían, además, el encargo de
proporcionarme, en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el
auxilio, el estímulo y la protección de que hubiese menester.
Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo
contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad
con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión,
y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca
pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su
importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia
y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador
británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa
nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de
Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no
le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad.
Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era
de esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en
poseer numerosos agentes en España que, con muchos más medios y
mejores ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio y
convirtirían el árido y reseco yermo en risueño y verde trigal.
Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita nocturna.
Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo al
humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo
todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una
inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa,
profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría
de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un
cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en
la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos,
aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia
en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su
país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento
necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que
contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia
estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó
la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos
torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y
le odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones
para arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas.
Entre otras cosas, le acusaban de haber intervenido como agente del
Gobierno británico en los sucesos de La Granja, provocando aquella
revolución con el soborno de los soldados rebeldes y, en especial,
del famoso sargento García. Tal acusación sólo puede provocar,
naturalmente, una sonrisa en cuantos conocen bien el carácter inglés
y la línea general de conducta seguida por el Gobierno británico;
pero en España era universalmente creída, y hasta la publicó impresa
cierto periódico, órgano oficial del necio duque de Frías, uno de
los muchos primeros ministros del partido _moderado_ que rápidamente
se sucedieron en el poder en el último período de la lucha entre
carlistas y _cristinos_. Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se
vino jamás al suelo en España por el peso de su propia absurdidad?
¡Infortunado país! ¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio
no sabrás que el don más alto de todos es la caridad!
Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos y la
fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me encontraba
algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la puerta de
mi casa de la _calle de Santiago_, y me dispuse a montar; pero mi
caballo negro andaluz, _entero_, como ya dije, no se dejaba acercar;
en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy de prisa.
—_C’est un mauvais signe, mon maître_—dijo Antonio, quien, vestido
con un jubón verde, tocado con un gorro de _montero_, y calzadas
las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al
_contrabandista_, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en
mi país aplazarían el viaje hasta mañana.
—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este
modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más
satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto
el animal y monté exclamando:
El mozo gitano gritó a su caballo
al tiempo de ponerle el freno en la boca:
¡Buen caballo, caballo gitano!
¡Déjame que te monte ahora![7]
[7] He aquí la original copla bilingüe que damos traducida en el
texto:
The _Romany chal_ to his horse did cry,
As he placed the bit in his horse’s jaw.
«_Kosko gry! Romany gry!_
_Muk man kistur tute knaw!_»
Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos
hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella
noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra,
distante de Madrid siete leguas. Al día siguiente madrugamos,
subimos al puerto y entramos en Castilla la Vieja.
Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre por
llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares esparcidos
aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió en el viaje.
Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los pueblos,
especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día, descubrimos
desde lo alto de una colina un gran cimborrio que, herido con fuerza
por los rayos del sol, parecía de oro bruñido. Era la cúpula de la
catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de encontrarnos ya al
fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún faltaban cuatro
leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos, irguiendo sus
masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia y seducen al
viajero con la impresión de una proximidad completamente ilusoria.
Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la puerta de la
ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque carlista; no sin
dificultad nos permitieron entrar, y llevando nuestros caballos por
calles desiertas, silenciosas y obscuras, dimos con un individuo que
nos encaminó a una _posada_, la del Toro, grande, sombría e incómoda,
la mejor de la ciudad, según comprobé más adelante.
Salamanca es una ciudad melancólica; los días de su gloria escolar
se acabaron hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de
lamentar, pues ¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la
filosofía escolástica? Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama.
Sus aulas están ahora casi en silencio; la hierba crece en los patios
donde en otro tiempo se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo
menos, cifra a que hoy en día no llega la población total de la
ciudad. Pero, con su melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún,
qué espléndido lugar es Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué
estupendos sus conventos abandonados, y con qué sublime pero adusta
grandeza sus enormes y ruinosos muros, que coronan la escarpada
orilla del Tormes, miran al ameno río y a su venerable puente!
¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea navegable!
El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser manantial de
prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla, sólo sirve
para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las presas de
piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce.
Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las bondadosas
atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores del Colegio
irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de recomendación
de mi bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de
Madrid. No olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a
su director, el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco
hibernés, hombre de gran saber, de espíritu elevado y cumplido
caballero. Aunque sabía de sobra quién yo era, tendió una mano
amistosa al errante misionero hereje, exponiéndose con tal conducta
a los agrios reparos de los curas del país, gente de pocos alcances,
que me miraban de reojo cada vez que pasaba junto a los corrillos de
la _Plaza_, donde, vestidos con sus largos manteos y tocados con la
feísima teja, se reunían para murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que
un irlandés deje de cumplir los deberes de la hospitalidad por temor
a las consecuencias de su conducta? Estoy seguro de que ni el Papa
ni los cardenales, con toda su autoridad, bastarían para inducirle
a cerrar su puerta al mismo Lutero, si tan respetable personaje
anduviese ahora por el mundo, necesitado de sustento y asilo.
¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo han
sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más hermosas,
sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre así!
La _posada_ donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos
albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de Felipe
III o IV. Las habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de
ladrillo o de piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo
y en ella una miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral
y al fondo de éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas,
_machos_ y burros, porque huéspedes no faltaban, la mayoría de
los cuales, _arrieros_ o vendedores ambulantes que recorrían el
país traficando en lienzos y paños burdos, dormía en el establo
con sus _caballerías_. En el cuarto frontero al mío se alojaba un
oficial herido, recién llegado de San Sebastián en un jaco lleno de
mataduras; era extremeño y se volvía a su pueblo para curarse. Le
acompañaban tres soldados licenciados, inútiles para el servicio a
causa de sus mutilaciones y lisiaduras; eran, según me contaron,
del mismo pueblo que su merced, y por eso les permitía viajar en su
compañía. Los soldados dormían en los camastros de las mulas; de día
haraganeaban por la casa, fumando cigarros de papel. Nunca los vi
comer, pero hacían frecuentes visitas a un rincón fresco y obscuro
donde estaba una _bota_, y poniéndosela como a seis pulgadas de sus
delgados y negruzcos labios, dejaban que el líquido se les entrase
mansamente por el garguero abajo. Dijéronme que no tenían paga, y
como carecían en absoluto de dinero, _su merced_ el oficial les daba
a veces un pedazo de pan, pero también él era pobre y sólo poseía
un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes para una posada!, pensé
yo: sin embargo, España, lo digo en su honor, es uno de los pocos
países de Europa donde nunca se insulta a la pobreza ni se la mira
con desprecio. A ninguna puerta llamará un pobre donde se le despida
con un sofión, aunque sea la puerta de una posada; si no le dan
albergue, despídenle al menos con suaves palabras, encomendándole
a la misericordia de Dios y de su madre. Así es como debe ser. Yo
me río del fanatismo y de los prejuicios de España; aborrezco la
crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su historia una mancha
de infamia indeleble; pero he de decir en pro de los españoles que
ningún pueblo del mundo muestra en el trato social un aprecio más
justo de la consideración debida a la dignidad de la naturaleza
humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre le importa
adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este es uno de
los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio la pobreza;
añado ahora que es también uno de los pocos donde la riqueza no es
ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos no se sienten
seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran lo que es
verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el marqués con
dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente presuntuosa de
su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la
excepción de su criado francés, que los adule o los halague.
Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para
que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa
ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y
respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia,
deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo
Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se
tiraba el _Boletín Oficial_ de la ciudad. Redacté para el _Boletín_
un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo
Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la
Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba
haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a
conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado
atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase
más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé
también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño
de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad.
Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad
considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir
el experimento en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades
importantes que visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los
caminos. De esa manera, los hijos de España llegarían a saber que el
Nuevo Testamento existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco
por ciento de los españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad
de que con harta frecuencia se jactan.