CAPÍTULO XIX

Llegada a Madrid.—María Díaz.—Impresión del Testamento.—Mi

proyecto.—El corcel andaluz.—Se necesita un criado.—Una

petición.—Antonio Buchini.—El general Córdova.—Principios

de honor.

Llegué a Madrid[1], y en lugar de acudir a mi antiguo alojamiento de

la calle de la Zarza, tomé otro en la calle de Santiago[2], en las

cercanías de Palacio. El nombre de la hostelera (porque, hablando

propiamente, hostelero no le había) era María Díaz, de quien voy

a decir algo en particular, ya que ahora se me ofrece ocasión de

hacerlo.

[1] Borrow salió de Sevilla el 9 de Diciembre de 1836, estuvo

once días en Córdoba, de donde partió el 20, llegando a Aranjuez

el 25 y a Madrid el 26. (Knapp.)

[2] Número 16, piso 3.º (Knapp.)

Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más bien

agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una

inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque

a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su

porte respiraba serenidad y reposo notables, debajo de los que

alentaban una robustez de ánimo y una energía para la acción prontas

a manifestarse en cuanto era menester. Aunque española, y, como es

natural, católica, animábanla una tolerancia y generosidad como

ya las quisieran para sí personas colocadas a mucha mayor altura.

Durante mi permanencia en España encontré en esta mujer un amigo

firme e invariable, y a veces un discretísimo consejero. Se adhirió a

todos mis proyectos, no diré con entusiasmo, porque esto era impropio

de su carácter, pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció

en cuanto estuvo de su parte. No se apartó de mí en las horas de

peligro y de persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo

mucho que mis enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que

me abandonase o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la

amistad y una percepción exacta de los deberes de la hospitalidad;

ningún otro incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese,

influyó en la conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor

a María Díaz, la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería

yo un ingrato si no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente

merecido tiene este elogio en las humildes páginas de LA BIBLIA EN

ESPAÑA.

María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la Nueva

situada en lo que llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su

padre fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente

en la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con

un respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía

tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes

de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid,

en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con

la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó

debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas

principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su

reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió

ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de

felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos

más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José

López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente

las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las

artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo

favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la

moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre

seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún,

conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada. Esto es lo

que hay que decir de María Díaz y su familia[3].

[3] María Díaz murió en 1844. (Knapp.)

Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me

recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía

aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones

al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el

permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que

el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted

aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede

usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible,

sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no

tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto

quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los

preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España.

Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés para el

lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba en Madrid

una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares. La obra

se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego, escritor

de economía política muy conocido, y propietario y director de un

periódico influyente llamado _El Español_. A este señor me recomendó

el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado

ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba elevarlo

al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la revolución de

La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual índole que

tuviera formados[4].

[4] El primer contrato para imprimir el Nuevo Testamento lo hizo

con Mr. Charles Wood, impresor del gobierno español. El contrato

con Borrego es de 17 de Enero de 1837, para reproducir la edición

de Londres (1826) del N. T. de Scio. (Knapp.)

La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había sido

hecha muchos años antes por cierto _Padre_ Felipe Scio, confesor

de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y

comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación

general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva

edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al

público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en

octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española.

Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por

sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y

medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado.

Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema

que habitualmente se emplea en España para publicar los libros,

que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y

contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de

provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio;

en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año se

venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de obras

literarias de cualquier género es en España miserablemente reducida.

Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios

considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra

de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los

esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que

el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un

plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior

visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto

de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena

borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras

de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia

por el _contrabandista_.

Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías

de Madrid, y luego montar a caballo, con el Testamento en la mano, y

emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles,

no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los

habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos.

Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia

y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades

importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en

todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y

poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces

de sacar de él algún provecho.

Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y que

quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece

el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro

por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi

causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor

pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin

duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión del

Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...[5].

[5] Borrow pensó primeramente en dar por terminada su misión

en la Península con la impresión del Nuevo Testamento, dejando

a otros el cuidado de distribuir la obra. Cambió de idea y se

ofreció a desempeñar en persona ese cometido; los directores de

la Sociedad Bíblica aceptaron su propuesta, recibiendo Borrow la

autorización oficial dos días después de terminarse la tirada del

libro. (Knapp.)

Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio

extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a

punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos;

el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta,

porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia

del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero.

Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa,

el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí

a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo

entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un

viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de

malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar

la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy

suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar

las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado

comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una

bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos

caballos—magníficos animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba

a esa suma.

El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar por

ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército

de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños

destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y

fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de

fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo

único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la

toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la

guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no

deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen

la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer

esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e

indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde,

en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea

de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar

hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin

embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos

franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico

general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra

de Napoleón se hubiera reído de su talento militar, y medio batallón

de granaderos austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con

toda su patulea guerrera, al Ebro.

Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya provisto

de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del camino

y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una cosa,

indispensable para quien va a emprender una expedición de esa índole,

me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. Quizás en

ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en Madrid; al

menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a cambio de

la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos que sean

capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado tenía

que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, en

casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, porque

se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo resuelto

a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar sin

protección de arrieros y carreteros, en _cabalgaduras_ propias.

Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole

sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo

necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas.

Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en cuyo

establecimiento se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté

si, en su opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como

me hacía falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que

el criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que

pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los

curiosos.

—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre

que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular,

ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo.

Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y

valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para

un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es

un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y

antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás

simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque

en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media

docena de idiomas.

—¿Es español?—pregunté.

—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su boca,

sabrá usted mejor quién es y qué es.

Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la _sopa_,

la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme.

—Que entre—respondí.

Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido a

la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según

averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De

estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin

la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos

largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran

actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos,

negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus

ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada

con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era

correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior,

muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan

extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio.

—¿Quién es usted?—pregunté por fin.

—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés, pero con

un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por _monsieur_

Borrego.

YO.—¿De qué país es usted? ¿Es usted francés o español?

EL HOMBRE.—Dios me libre de ser ninguna de las dos cosas, _mi lor;

j’ai l’honneur d’être de la nation grecque_; mi nombre es Antonio

Buchini, nacido en Pera la _Belle_, cerca de Constantinopla.

YO.—¿Y cómo ha venido usted a España?

BUCHINI.—_Mi lor, je vais vous raconter mon histoire du commencement

jusqu’ici._ Mi padre era natural de Syra, en Grecia; siendo muy

joven se trasladó a Pera, y allí sirvió de portero en casa de varios

embajadores que le estimaban mucho por su fidelidad. Entre otros,

sirvió al embajador de su país de usted, precisamente en la época en

que Inglaterra y la Puerta se hacían guerra. _Monsieur_ el embajador

tuvo que huír para salvar la vida, y dejó al cuidado de mi padre

casi todo lo que tenía de algún valor; mi padre lo escondió todo con

mucho riesgo suyo, y cuando se ajustó la paz restituyó a _Monsieur_

hasta la más insignificante baratija. Menciono estas circunstancias

para demostrarle a usted que mi familia tiene principios de honor

y es digna de toda confianza. Mi padre se casó con una muchacha de

Pera, _et moi je suis l’unique fruit de ce mariage_. De mi madre nada

sé, porque murió a poco de nacer yo. Una familia de judíos ricos se

compadeció de mi orfandad y se ofreció a recogerme; mi padre vino en

ello de buen grado, y con aquella familia estuve varios años, hasta

que fuí un _beau garçon_; se aficionaron mucho a mí, y al cabo se

ofrecieron a adoptarme y a nombrarme heredero de cuanto tenían, a

condición de hacerme judío. _Mais la circoncision n’était guère à

mon goût_, especialmente la de los judíos, porque yo soy griego, y

tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé, pues, de aquella

familia, diciendo que si alguna vez consentía en convertirme sería a

la fe de los turcos, porque son muy hombres, son orgullosos y tienen

principios de honor, como yo los tengo. Volví con mi padre, que me

buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto, hasta que entré en

casa de _Monsieur_ Zea.

YO. Supongo que se refiere usted a Zea Bermúdez, que se encontraría

entonces en Constantinopla.

BUCHINI. Exactamente, _mi lor_, y a su servicio estuve mientras

permaneció allí. Puso en mí gran confianza, más que nada porque hablo

el español con gran pureza; lo aprendí con los judíos, que, según

he oído decir a _Monsieur_ Zea, lo hablan mejor que los actuales

españoles de nacimiento.

No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del griego;

baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea Bermúdez y

a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué despedido por

casarse con una doncella guipuzcoana, _fille de chambre_ de _Madame_

Zea. Desde entonces había servido a infinidad de amos, a veces como

ayuda de cámara; otras, las más, de cocinero. Me confesó, sin

embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo

empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en

la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra

razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras

personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo,

muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados.

«Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—,

porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada

contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más

pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de

miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en

el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del

ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; _mais je lui ris

au nez_, le hice el signo del _cortamanga_, pedí mis soldadas y le

dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le

hizo fusilar acusado de insubordinación.»

—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas esas

riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.

—¿Y qué quiere usted, _Monsieur_? _Moi je suis Grec, je suis fier,

et j’ai des principes d’honneur._ Deseo que se me trate con cierta

consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a

veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la

cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a

su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa

me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir

por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese

cincuenta duros al mes. Es seguro que _Madame_ me odiaría, y también

su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que

_mi lor_ desea admitirme.

—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va usted

a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de Madrid

para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de España.

—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, _mi

lor_, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué

digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará.

Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso.

¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia

casa? Admítame, _mi lor_; soy hombre de muchas habilidades, criado

discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una

palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?

Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a pesar

de sus _principes d’honneur_. Descubrí, no obstante, que estaba

dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas

cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado

completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña

del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin

verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la

puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la

_puchera_, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima

de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano

sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y

con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.

De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos sitios

salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares

aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo

grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no

espero ver ya un criado como éste.

_Kosko bakh, Anton[6]._

[6] Buena suerte, Antonio.

La Biblia en España, Tomo II (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 10 / 28 题