Mi abordamiento á mi tercera cita.
Pero no pude dormir.
Estaba terriblemente nervioso.
Con uno de esos cansancios que no dejan descansar.
Sentia además una debilidad extrema.
Me levanté, llamé.
Pedí un ponche de té, bien cargado, y fiambres.
Mientras me lo servian, oí que en el cuarto inmediato disputaban dos que
parecian, por su acento y su manera, personas notables.
El uno de ellos estaba irritado.
--Esto es monstruoso,--decia:--aquí, en este miserable artículo, se
falta á todo cuanto puede faltarse; se apuntan secretos graves; se
prepara una campaña encarnizada; se comprometen grandes intereses del
partido: don F... se impacienta, nos abandona.
El nombre de don F... me llamó la atencion.
¿Era tal vez mi artículo el que producia la cólera del que hablaba, que
debia ser un hombre político?
Seguí escuchando.
A poco no pude tener duda: era mi artículo el que causaba toda aquella
polvareda.
Esto me alentó.
Mi porvenir se hacia más y más halagüeño.
Yo era un hombre á propósito.
La política, que tiene todas las asquerosidades y todas las mañas de las
viejas verdes, me abria los brazos, con mucho más entusiasmo y mucho más
arranque que la hermosa Loreto.
Yo veia ya la diputacion á Cortes.
Un escándalo parlamentario.
Por consecuencia, una cartera.
¡Poder de Dios!
Yo empezaba un camino muy trillado.
Pero con mucha más fuerza que otros.
¡El mando, los honores, los títulos, los millones!
¡Ser un hombre importante!
Y todo empezando por una vieja verde.
Me animé.
Se me quitó el cansancio.
Me sentí con fuerzas para resistir á todas las viejas verdes del mundo.
Me estiré.
Me desentumecí.
Pedí dos ó tres platos crasos, y me los embaulé.
Pero cuidé de beber poco.
A la una y media ya estaba listo.
Compuse los ajamientos de mi traje.
El carruaje, que era un hermoso coche, me esperaba ya.
--Al Buen Suceso,--dije al entrar en él.
Diez minutos despues, y cuando empezaban á entrar las elegantes damas de
la última misa, estaba yo á la puerta de la iglesia.
A poco paró un carruaje, y llamando la atencion por su extraordinario
lujo, entró en el templo una dama larga y avellanada.
Era Guadalupe, la señora del excelentísimo señor don F...