CAPITULO XIV.

En que continúa el maravilloso relato de mis aventuras.

Ella me vió, y no se contuvo.

Me miró airada.

Como si yo la hubiese hecho una injuria.

Una gravísima injuria, de la que hubiera tenido necesidad de tomar

venganza.

La ardian los ojos.

Estaba pálida como una muerta.

Su boca tenia una contraccion siniestra.

Parecia que tenia ánsia de devorar.

Temblaba toda.

Estaba horrible de fea.

Antipática hasta lo repugnante.

A pesar de todo esto se reprimió.

Sin embargo, apagó su ira en una sonrisa, y me dijo:

--¿Es de usted aquel carruaje?

--Sí señora, la respondí.

Llamó ella á su lacayo.

--Que se vuelva el carruaje,--le dijo:--que me espere á las cinco casa

de doña Eleuteria.

El lacayo se fué.

El carruaje de don F... se marchó.

Su señora se fué derecha á mi coche, y se metió en él.

Como si hubiera sido suyo.

Descaradamente.

Con la frente alta.

Como si no hubiera cometido una accion indigna.

Como si no se hubiera colocado en una cínica situacion de adulterio.

¿Pero qué es el adulterio para este género de mujeres, sobre mal

educadas, embrutecidas, pervertidas, caidas en todas las abyecciones, en

todas las infamias?

Está visto, que no puedo curarme de la manía de moralizar.

Habia además en la situacion en que se colocaba Guadalupe algo de

sacrilegio.

Se tomaba á la religion por medio y por pretexto.

Su marido debia creerla en misa.

Ella aprovechaba los minutos.

Oir la misa hubiera sido perder tiempo.

Yo la seguí.

--Por la Ronda,--dijo Guadalupe, ni más ni ménos que si el carruaje

hubiese sido suyo.

Despues me dijo:

--Eche usted las cortinillas.

Yo lo hice.

--Necesito explicaciones, y explicaciones ámplias,--me dijo:--de otro

modo, yo veré lo que tengo que hacer para vengarme.

--Yo no sé de qué explicaciones se trata, señora mia,--la dije.

--¡Mi hermana!...

--¡Ah! ¡Su hermana de usted!...

--Sí, mi hermana: usted tenia anoche con ella una cita.

--Permítame usted,--respondí:--yo no tengo acerca de eso conocimiento

alguno.

--Voy á dar á usted una prueba.

--¿Cuál?

--El sombrero que tiene usted puesto, tiene todo el aire de la cabeza de

mi marido: yo le conozco muy bien: los sombreros de mi marido toman una

forma especial con sólo una vez que se los ponga. El tener usted puesto

un sombrero de mi marido, consiste en que anoche perdió usted el suyo en

las cocheras de casa, habiendo entrado en ellas para tener una

entrevista con Aurora.

Ese sombrero es la prueba.

Por el sombrero de usted, se ha sabido quien usted era.

Se le ha seguido á usted la pista, y se le ha encontrado en la casa del

coronel Arrumbales, encerrado, y en situacion ambígua con esa

descaminada chicuela, que se ha atrevido á decirme que aunque no le

conocia á usted sino desde hacia dos horas, ya le amaba á usted más que

á su vida.

--¿Eso ha dicho Eloisa?

--Sí, señor, eso ha dicho esa desvergonzada.

En fin, usted confesa.

Esto es ya una ventaja.

Conste que usted es un miserable.

Que usted ha convenido en una cita con mi hermana, estando citado

conmigo.

Que por las consecuencias de su primer desaguisado, cuando acudia usted

á la cita con mi hermana, ha ido usted á parar al cuarto de esa polluela

insípida y la ha seducido usted de tal modo, que dice que le quiere á

usted más que á sus entrañas.

Todo esto es horrible, inícuo.

Atentatorio al amor que en mal hora por usted he concebido.

Ofensivo á mi dignidad, á mi... á todo cuanto hay en mí de delicado, de

irascible, de explosivo.

Estoy resuelta á castigar la audacia de usted.

A probarle que no se juega con el corazon de Guadalupe de Aguas-vivas.

Que mi amor es terrible.

Que el que le irrita y le desprecia es un insensato.

Y puesto que yo, tan solicitada, tan buscada, tan admirada por mis

sobresalientes prendas, he venido á ser injuriada por un perdido, por un

pillete, por un tunante, por un ménos que cualquier cosa, recogido por

el vicio, por la torpeza de doña Emerenciana, declaro á usted que esto

es más de lo que puede sufrirse, y que no lo sufriré.

Me valdré de mis medios.

Se pondrá á usted donde usted merece estar.

En presidio.

Sí, sí señor, en presidio.

Aquella mujer era una furia.

Habia tenido la fortuna de enamorarla de una manera monstruosa.

Me miraba, que me comia, con sus pequeños ojos hundidos.

Me enseñaba más de lo que habia creido.

Yo soy muy limpio.

A mí no me ha criado Dios para sufrir viejas verdes.

A Guadalupe, la dignísima esposa de su excelencia, la _sundelaba_ un

poco el aliento.

Me hablaba con tanta vehemencia, que se metia mis narices en la boca.

Yo me veia obligado á prestarla atencion.

--¡Pero señora!--exclamé yo:--¡usted se olvida de que soy un chico bien

educado!

--¡Ah! ¡La educacion! ¡Y puedes tú tener educacion!

--¡Ah! ¡Ya! ¡Usted cree que un hombre pobre no puede llamarse bien

educado!

--No, señor: un miserable que, como tú, necesita de una horrible vieja

para que le mantenga, no puede llamarse bien educado.

--Pues bien, señora; yo no diré que soy bien educado, pero diré, y digo,

que soy muy atento.

--¡Es verdad! Muy atento á las picardías: hijo, tú has dicho: de lo de

Dios, cuanto más mejor.

--¿Y qué es eso que usted llama lo de Dios, señora?

--El dinero.

--Verdaderamente,--dije:--el dinero es lo mejor que Dios ha hecho: ¡oh!

¡Dinero, dinero, dinero! ¡El dinero es Dios!

--Pues; y tú te has dicho: he vuelto loca á una vieja; me produce tanto;

volvamos loca á otra vieja y tendremos otro tanto más: ¡ah, qué bien

merecido ha estado el garrotazo que se ha mamado mi hermana! ¡La lástima

es que á tí no te han despampanado!

--¡Ah, señora, que tengo este hombro casi deshecho! ¡otro feroz

garrotazo!

--¿Sí? ¿Es verdad? ¡Pues me alegro!

--¡Ingrata!

Pronuncié yo la anterior palabra de una manera tiernísima.

Adurmiendo los ojos.

Soltando de ellos un fluido ponzoñoso, embriagante, alterante.

Con la boca entreabierta.

Asomando á ella la punta de la lengua.

A la alta escuela, en fin.

De una manera perfecta.

Con una práctica firme.

Capaz de hacer caer no digo á una vieja verde sino á la mujer más jóven,

más fresca, más rozagante y más pretendida del mundo.

Guadalupe se emocionó de una manera formidable.

--¿Qué dices?--exclamó.

--¡Cruel!

--¡Cállate, hombre, cállate! ¡No me mires de ese modo! ¡Acabarás por

hacerme creer que eres un ángel!

--¿Pues quién lo duda, señora, quién lo duda? Yo soy el mejor hombre del

mundo.

--Sí, que lo diga mi hermana.

--Repito que mi educacion...

--¡Y vuelta con la educacion! ¿Qué tiene que ver la educacion con todo

esto?

--¡Ah, señora! Yo no podia dejar de aceptar una cita dada por una

respetabilísima persona.

--Mi hermana no es respetable: si mi hermana no se ha casado, ha sido

por falta de respetabilidad: ¡si desde que tenia diez años se ha estado

metiendo por los ojos de los hombres! ¡Si en mirándola cualquier

_quidam_ medio sí medio no, se accidenta! ¡Si ha rodado hasta por debajo

de las mesas de los cafés! Fortuna que el otro, el mio, se industrió y

se hizo diputado, y senador, y gran cruz, y académico de ciencias

morales y políticas, y qué sé yo qué más, y jefe de partido, y ministro,

y no ha querido que ande de ceca en meca, deshonrándonos; porque cuando

la revolucion, no habia en el café Imperial, ni en el de Madrid, ni

luego más tarde en las buñolerías, nada más que ella.

--Y eso, ¿qué tiene?

--Es verdad que á mí me han visto también entre dos capitanes de la

vanguardia republicana en el café de la _Nacion Española_; pero yo iba

allí para servir á mi marido, para observar de cerca cómo se juzgaba la

política de actualidad entre el pueblo: nosotros estábamos haciéndonos

en aquel tiempo nuestro camino: la mujer debe ayudar al marido, y era

necesario trabajar.

Yo extrañé esta confesion.

Me pareció un exabrupto.

Era aquello inverosímil.

Ninguna mujer confiesa ciertas cosas.

Tanto ménos cuanto está en más alta posicion.

Yo no sabia á qué atribuir aquella enormidad.

¡La esposa de un jefe de partido!

Una ex-ministra.

¡Una gran dama!

¡Y dando en una tal confesion cicatera!

Esto era incomprensible.

Fenomenal.

Piramidal.

Parecia que Guadalupe se ponia la venda antes de que la diesen el palo.

Se esclarecieron mis recuerdos.

Entonces reconocí en Guadalupe á una antigua buscona de café.

Esto era, como se dice, á la _raíz de la revolucion_.

Don F... peroraba en el club de la calle de la Yedra con una elocuencia

de cañon de veinticinco centímetros.

Su gran mérito era la potencia de su voz.

Y como halagaba las pasiones del público que le escuchaba, y como usaba

de todas las monsergas de que se valen los políticos para engañar á los

tontos y para escitar á los pícaros, sus éxitos eran formidables.

Se le llamaba el tribuno.

Se decia que con solo aquel hombre bastaba para salvar la pátria.

Para garantizar la libertad.

Para hacer verdaderamente soberano al pueblo.

Para que la division de la propiedad, fuese una verdad, un hecho.

En fin, para que todos los desheredados, todos los _padecidos_, todos

los patriotas de _buena fé_ fueran felices.

¡No más cadenas!

¡No más ignominias!

Con don F... se arreglaba todo.

El mundo iba á ser redimido.

Los entusiasmaba de tal manera, que á veces lo cogian y le llevaban en

brazos á su casa, con hachones de viento encendidos.

Luego don F... salia al balcon y peroraba.

Acrecia y acrecia el entusiasmo.

Habia tempestades de vivas y de aplausos.

Le daban una serenata de guitarrones, guitarras y bandurrias.

Le tocaban la marsellesa, el himno de Espartero, el de Riego, el de

Garibaldi.

El les enviaba salchichón por largo.

Pellejos de vino.

Del cuero salian las correas.

Le habian hecho concejal.

Pero esto no bastaba.

El necesitaba ser diputado.

Fué diputado.

Tampoco esto era bastante.

Necesitaba ser ministro.

Fué ministro.

Despues cambió treinta veces la casaca.

Y con este teje maneje, y con estos trasiegos llegó á ser millonario.

Los que, engañados y creyendo que con él harian negocio, le habian

subido á los cuernos de la luna, se quedaron como se estaban.

Doblegados por el trabajo.

Sacrificados por su fortuna.

Don F... era en fin, como todos los hombres políticos importantes.

Un cómico.

Yo no le conocia.

No habia caido nunca por mi lado.

Pero me habian hablado de él á propósito de su mujer, á la que tampoco

habia tratado.

Para busconeo me bastaba yo, que entonces era un _plumin_, pero que se

sabia buscar la vida.

Pasó aquello, vino lo otro y perdí de vista á la Guadalupe.

Yo me habia olvidado de ella.

Pero por las precauciones que acababa de tomar por si yo acababa al fin

por reconocerla, se comprendia que ella no me habia olvidado á mí.

Tal vez estaba enamorada de mí desde hacia algunos años.

Las viejas verdes se desviven por los pollos.

Cuanto más tiernos, mejor.

Ellas los educan.

Así es que los niños de _hoy en dia_, salen muy finos.

Tienen todo lo característico de sus maestras de filosofía práctica.

Son unos prodigios.

Ellos se han hecho los apóstoles de la escuela positivista.

Tienen, como las viejas verdes, atrofiado el corazon.

Yo soy un fenómeno.

Yo conservo todas las aspiraciones dulces y candentes del corazon, sin

embargo de lo cual me voy á lo tangible, á lo necesario, á lo práctico,

por todos los medios posibles, sin retroceder ante ninguno.

Pero cuando pasan rábanos, los compro.

¡Y cuando esos rábanos se llaman Micaela, Eloisa y áun Loreto!...

En todos los tiempos ha sido necesario, y áun indispensable, irse con la

corriente.

Nadar contra ella es perecer.

Predicar lo que nadie entiende ni quiere entender, es dar voces en

desierto.

Pero cuando en el fatigoso camino de la actividad industrial de nuestro

tiempo se encuentra un pequeño oasis, fresco y sombroso en el que brota

una fuente cristálica, se reposa un momento, se bebe hasta saciarse del

agua límpida de la fuente encontrada por casualidad y se pasa

suspirando: es necesario seguir el camino sobre el fango.

Es necesario vivir.

Y para vivir, ser.

La política.

El imperio.

La arbitrariedad legalizada.

La explotacion de los embrollos.

Y el combate de lobo á lobo.

El excelentísimo señor don F..., su mujer y su cuñada habian sido los

tres vicios más escandalosos que han rodado por los cafés, por las

timbas, por las _cuquerias_, por los bodegones y por los bailes

públicos.

¿Qué quereis?

Estamos en los tiempos de las grandes trasformaciones.

Las viejas se falsifican.

De la misma manera los bohemios, los desvergonzados, los escandalosos,

los cínicos, se adoban, se trasforman, se pintan, se esmaltan hasta el

punto de que los desconozcan los que tanto los conocieron, y falsifican

la verdad representando un aplomo y una gravedad que los hace pasar por

hombres sérios, importantes, como don F...

Si los que los conocieron los desconocen, ellos, al trasformarse,

desconocen á todos los que los han conocido.

Corte de cuentas.

Se han trasegado un millon de veces.

Yo me admiraba de no haber conocido á su mujer ni á su cuñada.

Y era que se habian disfrazado con una posicion ilógica, absurda,

inverosímil.

Pero estas son las gentes que valen.

Las gentes que sirven.

Los temibles.

Los hombres y las mujeres de mundo.

Los revolucionarios.

Los representantes de todas las conquistas del progreso humano.

¿Pero quién me mete á mí á moralista?

La moralidad es una cosa ridícula.

Y yo nunca he sido moral.

Ni áun mora ni moro.

Y aún no estoy muy seguro de si soy cristiano.

Pero hago lo que otros muchos perdidos.

Moralizar, moralizar y más moralizar.

Porque sin la moralidad...

¡Y hay quien todavía cree en palabras!

En fin, y volviendo á Guadalupe; una vez dados á conocer, nos entendimos

perfectamente.

Ella hizo como que olvidaba sus celos, y yo como si no hubiese sentido

su resuello.

Los buenos amigos acaban por entenderse.

En fin, nos duró la misa del Buen Suceso hasta las seis de la tarde, es

decir, despues de bien oscurecido.

Ella se fué á la casa de la amiga donde la esperaba su carruaje.

Yo me volví al hotel de París, donde en mi propio cuarto me sirvieron

una excelente comida de la cual tenia buena necesidad.

Examiné mis valores.

Yo estaba ya riquillo.

Las dos viejas verdes me habian puesto en zancos, sin contar con doña

Emerenciana, que era la base.

Loreto habia contribuido.

Despues de bien comido y de bien bebido, y siendo ya cerca de las ocho,

miré la tarjeta que me habia dado la ex-ministra Loreto.

Confieso que me interesaba.

Era expléndida.

Me habia llenado la bolsa.

Habia que esperar que ella fuese para mí un riquísimo filon.

¿Para qué habia explotado su marido la política?

¿Para qué habia ella vendido empleos y hecho negocios?

Sentia impaciencia por volverla á ver.

La tarjeta decia:

_Mademoiselle Armandine: fleuriste._ San Roque, 90.

Las floristas y las modistas de cierto género, son la cosa más útil y

más socorrida del mundo.

El coche estaba á la puerta del hotel.

Yo me trataba á lo príncipe.

Me hice llevar á casa de la señorita Armandina.

La vieja verde: Estudios al natural · 第 23 / 37 题