CAPITULO XII.

En que empiezo á tener una posicion hasta cierto punto independiente.

En el momento en que me acerqué al landó el lacayo bajó del pescante, y

sombrero en mano abrió la portezuela.

Entré.

Me dio al momento en la nariz un olor de mil perfumes.

Sentí un calor delicioso.

Se cerró la portezuela.

El carruaje partió y continuó despacio.

--¡Ay, amor mio!--exclamó una temblorosa voz de mujer.--¡Ay, niño de mi

vida, que al fin te puedo hablar! ¡Cuánto he sufrido! ¡Cuánto he amado!

¡Estoy aquí desde antes del amanecer!

Afortunadamente yo tengo enfermos en el hospital general.

Voy á cuidar de ellos.

¡Cuánto he sufrido!

¡Cuánto he ansiado!

Nada tiene que decir _mi señor_.

_Su esclava_ está cuidando enfermos.

¿Y qué más enferma que yo?

Agonizo.

Te adoro.

Tu eres muy guapo.

Muy jóven, y muy elegante, y muy diablejo.

Te se conoce.

¡Cómo me has quemado la sangre anoche!

¡Estabas entre aquellas dos mómias!

¡Oh, y qué mujeres tan horribles!

¿Por qué te sonreías con aquellas brujas?

Y Loreto lo decia todo esto con una gran volubilidad.

Con una gran vehemencia.

Aquella mujer me enconfilaba.

Yo sabia de antiguo lo que muchos prójimos ignoran.

Singularmente los que son feos, sin gracia y pobres.

Esto es; que cuando una mujer toma la iniciativa, y esta mujer es una

vieja verde, es mucho más vehemente, mucho más atrevida, mucho más

inconsiderada que el hombre más libertino.

Aquella mujer no me dejaba hablar.

Me devoraba.

Y era muy bella, bellísima.

Un poco madura.

Pero esto aumentaba sus atractivos.

Era además una beldad á la moda.

Todo el mundo la conocia.

Todo el mundo la codiciaba.

Yo habia ido á su cita, dada la situacion en que me encontraba; más que

por otra cosa, por tener una proteccion.

Cuando llegó un momento de calma (era ya de dia muy claro), la hice una

confesion general.

--¡Ah! Pues te ayudaré,--me dijo ardorosamente;--estás metido en un

atolladero, en una mar de _lios_: yo conozco á Arrumbales; le conozco

mucho: es una tempestad; pero no hay tempestad temible si se tiene

para-rayos: yo soy una persona respetable para don Silvestre: es amigo

de mi marido.

Alguna vez nos ve; siempre con su niña.

No la deja sola por nada del mundo.

Pero frecuentemente me la deja en casa convidada.

Tiene una gran confianza en mí.

En mi reconocida virtud.

Yo me encargo de tu negocio.

Yo no tengo inconveniente en que te cases con Eloisita.

Por el contrario, me alegraria mucho de ello.

De todos modos, tú habias de tener otras sin que yo lo supiese.

¿Qué más da que yo sepa que tienes una?

Yo no soy estúpida.

A un chico tan guapo, tan interesante como tú se le brindan las mujeres,

y es una necedad suponer en tí una virtud ridícula.

Las virtudes ridículas, más que virtudes, son un gran defecto.

¡Santa libertad, hijo mio!

Dios nos ha dado la libertad para ejercitarla.

Si no la ejercitamos, ¿de qué nos sirve la libertad?

De tormento.

Debemos evitarnos cuantos tormentos podamos por una razon de

conservacion.

Esta moral era tan buena como otra cualquiera.

Loreto estuvo conmigo ejercitando libremente su voluntad hasta las diez

de la mañana.

En aquel momento se encontraba el carruaje frente al lugar donde estuvo

la puerta de Atocha.

Allí se detuvo.

Loreto miró á través de una cortinilla.

¡Ah! ¡El Hospital general!--dijo:--voy á ver mis enfermos.

Hoy es dia de _lavado de piés_ y _cortadura de uñas_.

Vamos á separarnos.

Pero esta noche nos veremos.

Toma esta tarjeta.

Ahí están las señas.

Yo te llevaré noticias de tu negocio.

Toma tambien.

Es necesario que seas _un hombre independiente_.

Y me dió un papel arrugado.

Hecho un gurruño.

--Ahora, vete,--me dijo,--y hasta la noche á las ocho.

Me despidió cariñosamente, y yo bajé del landó.

El lacayo me saludó como si hubiera sido su amo.

Adelanté hácia el Jardín Botánico.

Cuando hube perdido de vista el landó, me detuve y miré el papel

arrugado que me habia dado Loreto.

Dentro venia una sortija con un grueso diamante, que valia por lo ménos

diez mil reales.

El papel era un billete de banco de mil pesetas.

¿De dónde salian estas misas?

Se trataba de una ex-ministra.

Milagros de la política y milagros del _ejercicio de la voluntad_ de una

jamona... verde.

Porque digámoslo de una vez: aquella renombrada beldad; aquella diosa

codiciada por todos; aquel prodigio bien conservado, era un principio de

viaje.

Olia un poco á manido.

No todo puede componerse.

Hay cosas que no se contrahacen.

Cosas que son adherentes á la vejez.

Cosas repugnantes.

Por allí, por donde han pasado los años, queda siempre una profunda

huella.

Estas mujeres, que se defienden de los amores de éste, del otro y del de

más allá, cuando se enamoran, pagan á peso de oro el amor, como para

sustituir alicientes que ya no tienen.

Yo me encontraba con un punto más de apoyo, y sea dicho en verdad,

Loreto era aún muy agradable.

Yo no llevaba más dinero suelto que un doblón de cien reales.

Pero el billete, y la sortija, y el reló, y la botonadura eran una buena

prevencion para lo que pudiese sobrevenir.

Me fuí á un cambiador, y reduje á oro el billete, llenando el

portamonedas, que no era muy grande, de dorados doblones.

En aquellos momentos era yo un gran señor.

Esperaba ser mucho más gran señor dentro de poco.

Sobre todo, no se me olvidaba mi esposa.

Mi Eloisita.

Rabiaba por verla.

Pero era necesario dejar hacer á Loreto.

Ser prudente.

Necesitaba además descansar.

Me fuí al hotel de París.

Pedí un cuarto.

Mandé que me llamasen á la una; y que me tuviesen preparado un carruaje

de lujo.

Entonces me eché en la cama vestido, para dormir dos horas.

La vieja verde: Estudios al natural · 第 21 / 37 题