Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su
pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez,
su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del
pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias
orillas.
Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz
extraña, de todo ajeno semblante.
Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos
collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se
le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró
súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin
embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de
detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra
ribera.
Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin
alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de
una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento,
haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.
Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a
poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus
pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento
caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer
de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por
allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso
espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que
trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas
inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua,
indefinidamente.
Sentose sobre un peñasco.
El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y
fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la
imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos
espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus
colgantes velos obscuros.
Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos
en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la
vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera
de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.
En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico
reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que
aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la
historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la
corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el
fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el
rostro medio oculto por la capilla de un hábito.
¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!
El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración
mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente
amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron.
Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un
signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad
rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un
canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la
muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos
campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose
de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre
solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre
taciturna.
Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su
pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita
para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y
las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a
desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada
saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole
durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el
alma.
Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la
Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo
su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los
goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase
por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.
Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde
le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.
V
Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del
hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las
religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de
Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la
dirección del mediodía.
Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos
humedecidos.
Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y
comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo
caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él
sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus
sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos,
donde le tomaba la noche.
Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar
desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el
rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una
frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar
que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los
sollozos le entrecortaban el aliento.
Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos,
descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre
malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de
alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete,
un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta,
colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos
perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.
Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a
acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta,
hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba
todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose
caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por
haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo
de aquella muerte.
Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor
que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar
todo el resto de su existencia.
Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua
plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e
ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable
orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma
infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del
hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por
seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y
refectorios para edificación de las almas.
Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de
mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las
tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la
posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por
engañosos caminos.
Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a
sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las
lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío
y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su
guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.
Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la
montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los
cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba
toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios
entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra
rosada o bajo la sombra azul de los árboles.
Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus
miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día
tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la
roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas,
las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos,
acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos,
mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus
movimientos.
Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para
oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.
Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:
Cantan de Oliveros e cantan de Roldán
e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.
Cantan de Roldán o canta de Olivero
e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.
Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de
repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los
sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta
de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y
se alejaba con ella graciosamente.
Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un
árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y
frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios
anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca
de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.
Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces
pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y
se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo
largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla
resoplar en el viento.
Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces,
mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle,
hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para
recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.
Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el
viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y
en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.
Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco,
y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por
la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que
agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.
El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la
misma curiosidad.
Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el
tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del
anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno
de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.
Ramiro caminó hacia él, exclamando:
--¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!
El hombre prosiguió su camino.
Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:
--¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!
Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:
--Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa
roñosa pereza borra crímenes y perjurios?
El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la
cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:
--¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!
Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda
respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del
Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la
cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la
intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para
hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz
que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:
--¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te
engendró!
Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que
llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro.
Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al
misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le
había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga
sarracena.
--Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar--prosiguió el anciano--y
tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a
mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda
vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de
Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda
cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la
infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que
fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con
tanto amor como ellas te tenían!
Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por
fin:
--¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre
escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!
Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando
fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo
en seguida entre los peñascos.
Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a
sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su
pecho.
¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!
Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su
infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa
melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había
suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el
denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel
hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto
comprensible a la luz de la espantosa revelación.
¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera
entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase
sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa
vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una
noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en
la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba
con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era
cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de
su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las
palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se
sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio
de tantos indicios.
De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los
talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de
cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y
las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas
suena en los gregüescos.
Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido
la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le
quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
esperanza que los galeones.
Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas,
las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la
tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo
era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la
maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.
Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso
que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas,
no hubiera podido resistir.
De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la
luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de
vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.
En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban
de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de
polvo.
Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula
para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo,
después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de
Cádiz, a mediados de diciembre.
El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía
colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se
había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:
--Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el
alférez, ahí le tiene a su derecha.
Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle
a su antiguo paje vestido con galas de soldado.
Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de
Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una
carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos
permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le
hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla
y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos
dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se
había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos
soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una
gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que
pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como
soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para
embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.
* * * * *
El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres
gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas
numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de
sangre.
En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su
imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.
Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de
América.
Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una
muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la
última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más
pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el
escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba
sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que
reía con las espumas.