En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.
Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las
constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más obscuros
que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares encima de
los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente está
henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el
concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de
los serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos.
Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San
Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar. Los
gallos no han cantado todavía.
No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una
mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por
los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar
Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol,
junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un
instante después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina
iglesia de Santo Domingo.
Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor
abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas voces,
anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.
Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en
la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita
doméstica construida por Rosa para entregarse a la contemplación y la
penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.
No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha
nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundió en
su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido por
Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y
aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la
visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su
persona; y, de noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por
la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.
No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los asombrosos
prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra natural que
los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las
fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los
días de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten
enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja,
recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos.
Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios
las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los
hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando
las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas
que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura
con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.
Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el
candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre,
van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de ricos y
virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse
como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta
mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente,
lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están
embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de
amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su
secreto desposorio con Jesucristo.
Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del
candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando
sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la
Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la
aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de
súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura
formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando,
en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma,
un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.
* * * * *
Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que
duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha
de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues
cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la
desvanece por momentos.
Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora.
Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos
humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas
se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y
allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los
albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los
patios y los zaguanes.
Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas
sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla
mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd,
las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo
han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.
La doncella se aproxima.
Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del
féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre
entonces los ojos y murmura, como espantado:
--¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese
velo, con esas flores!
Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:
--El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que
los vuestros por el alma de este difunto?
--¿Quién era...?--pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.
--A punto fijo, no lo sé yo tampoco--responde el religioso.--Jamás quiso
revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero
Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la
peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para
ejemplo de pecadores.
El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de
arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz
estremecida:
--Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una
banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y
salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas
ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro.
Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían
declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!,
no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a
consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más
pudiera decir, sino que no es la ocasión.
Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la
cabeza y prosiguió su relato:
--¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las
almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que
agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a
esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir
por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a
seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de
todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo,
seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome
llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar
la tapia del huerto...
Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí,
echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de
Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no
osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde
entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas
partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón
encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a
tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los
pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los
menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo
a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado
por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan
profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus
pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta
santa casa de religiosos.
--¿Y cuál ha sido su muerte?--volvió a preguntar la doncella, con
expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.
--Su muerte--respondió el novicio--dice harto bien lo que fue su
contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de
un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso
ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más
de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una
fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo
movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y
traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha
fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos
de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora
debo deciros--agregó por fin con voz entrecortada por la emoción--que en
sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de
Nuestra Señora, doncella santa.
Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel
desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a
quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló
largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin
duda, por el cielo.
Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado
rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados,
comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse,
alguna visión deslumbradora del Paraíso.
Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...
El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban
de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las
naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la
penumbra.
Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por
el alma de aquel muerto.
Y ésta fue la gloria de don Ramiro.