Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios
parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una
nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los
tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los
balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías
vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.
Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo
aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había
cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las
plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los
cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia
pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a
la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de
casi todas las ventanas, enlutando los muros.
Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horas
de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio
de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel año
llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y
no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la
conspiración y del mancebo renegado.
Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre
había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.
Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza
por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de la
procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a Domingo de
Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron
dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa
muchedumbre.
Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana, se
levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve, según
la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo, la
nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse
en otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el
costado meridional.
Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven
avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera. Apenas si
veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los
negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas
sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el
centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la
liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista
hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío,
que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes,
sintió un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle
con su gráfico lenguaje.
La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba sin
cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada de
las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones,
y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los
torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada
tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso
gentío, encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo
aquello hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una
multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.
Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la
salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados
acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo forcejeo
incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las
cárceles y circunda uno y otro cadalso.
La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetería.
Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves
instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió fuertemente su
crucifijo de bronce.
Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas
flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les
prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión, armados de
alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre
desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en
seguida los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su
estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los
Grandes de España y títulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero
recubiertos de joyas. Algunos habían hecho bordar en sus ferreruelos el
hábito de la Santa Inquisición. Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida
por el ceñido traje de gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos
damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se
escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubiérase
dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.
La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío
popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza,
pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una vela
amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y
serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a
los pies de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y
el sayal con profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los
centenares de azotes que habían de recibir, una cuerda anudada varias
veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando
un coro compungido y socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se
señalaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la
experta multitud deducía las culpas y condenaciones con sólo observar
los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa
roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.
Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles
verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en seguida
hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos
muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles
siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente
en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.
Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:
--Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán
agora condenadas en su lugar con celosa justicia.
A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a
agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto podían,
las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos
al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma exclamación:
--¡Los relajados!
El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:
--Son los que han de morir.
Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco después,
de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía con salvaje
fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.
Ramiro se empinó sobre el taburete.
Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno
de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente
poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a
más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla coroza,
cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el
coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría,
alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre,
una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al
alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas
lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo, las atroces pupilas que
parecían conservar aún la expresión de terror y de súplica que tomaron
en el tormento.
Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba
cubriéndoles de escarnios y maldiciones.
--¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!
--¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!
--¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su
madre cuando la quema!
Una mujer gritó desde una ventana:
--¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!
Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondió
desde abajo, alzando los puños:
--¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!
Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas las
gargantas:
--¡Al fuego! ¡al fuego!
Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y
bravío comparable a la crepitación de un incendio.
No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que
creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina
por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes, alzaba la
mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida doncella
que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo,
escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de
curiosidad y de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso
y echando la cabeza hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un
morisco, a quien todos conocían en los suburbios por sus pláticas
obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y
acelerado para remedar la fornicación; los familiares tenían que
zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las
manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no
tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había
proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:
--Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano.
Todas las bocas callaron.
Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus oídos
escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su espíritu,
infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna y
las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin
embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de
la danza, y sus pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír
todavía el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror
y sus labios enseñaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que
suele asomar a la boca de los cadáveres.
Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y
apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar,
para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del
desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos
los hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de
plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre
una acémila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada
cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo
de joyas sobre los trajes retintos.
Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos regidores,
tocole el codo y exclamó:
--Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su
venerable presencia.
Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga,
Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado,
avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el
papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría
procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de
chirimías. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos,
desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño
expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestañeaban siquiera. Pasó
implacable, como el tormento; pomposo y sombrío, como el tremendo
holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal
hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro
y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos
del palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.
Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus asientos;
la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre. Los
inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el
septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía.
Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez
el otro cadalso.
Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominación
y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí comparecían de costumbre
hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos
aquelarres toda suerte de daños contra las gentes; judaizantes, que
asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una hostia
consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que
buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la
peste de la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las
bellaquerías de su secta y el deber de la rebelión y la venganza.
Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a la
entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder
distinguir a la sarracena.
Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera como
los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos
quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el
cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría
caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más
celosa que la antigua Jerusalén.
El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le tomaron
la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por el Cabildo.
Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso como
en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la
misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al
_¡sí, juro!_ brusco y atronador, proferido a la vez por toda la
multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una
legua a la redonda.
Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y
supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado de
sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en
medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del
pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser
reconciliados.
Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La
multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada
instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro,
entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura
que pendía de una ventana.
Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes arrepentidos,
falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en las aldeas por
comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían proferido
blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisión,
a galeras.
Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y
dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una
breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las
damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo
refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a
través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas.
Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por
instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de
su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a
media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:
--Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo
Icaro.
La mujer replicó:
--Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca
se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.
--¡Ah, esa tez, esa boca!
--¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!
Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los
ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.
El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas
fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el
azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.
Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción
aplacó todos los rumores.
Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso
amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus
sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo
temblar en la mano la vela verde encendida.
Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de
sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los
peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó
sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido
reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de
los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la
incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en
el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No
fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la
acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella
volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación.
Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina,
estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e
inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos
gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz
alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos
achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de
plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar
demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las
graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.
* * * * *
Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo
Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.
Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica
procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El
auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron
en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del
populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se
había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se
confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios,
cual trágico despojo que arrastran las olas.
Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano
tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la
Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre
hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a
pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de
agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una
enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad
tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.
Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al
instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.
Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos,
al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible
cabeza colgante.
El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor
la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de
Antequeruela.
La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de
la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para
embeber los regadíos.
La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas
ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del
poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico.
Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y
de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile
dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la
amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin,
todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:
--¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!
Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y
otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña
preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la
cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia
el verdugo.
Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia
popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la
fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a
la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas
prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:
--¡No la matéis! ¡No la matéis!
Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el
hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin
embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un
garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una
tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le
clavó en el costado.
En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión,
levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta
la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su
cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso
hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.
Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa,
alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la
luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de
oro.
Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El
humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces
que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos
flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió
bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo.
Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito,
ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego
rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la
densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual
espantoso fruto de pesadilla.
Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un
estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al
recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego
acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma
sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar
que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su
lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para
desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y
en los vientos.
Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con
alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las
llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a
pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos
se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y
sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre
los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:
--¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me
salva!
Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme
pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno
con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose
entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba
por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A
veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual
si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima
de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que
desconcertaban su entendimiento.
Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto,
tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa,
se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y
aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los
senderos.
Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de
crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.