En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso trato
con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la
antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que parecen
cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos
terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso
maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que
estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.
Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y
contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse
en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y de
honra.
Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los
martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de
pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de
sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les
llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.
De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin cesar
cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro purpúreo,
rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado
indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio
nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho
encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.
Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por
momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el
portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores
de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas algún
trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y
fantástico.
Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre; y
los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces
centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título
venía a escoger en persona una hoja para su espada.
Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio. Era
hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago del
Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en ella
a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la
música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza,
un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de
terminar su vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el
cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradías y
hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de
Nuestra Señora de la Merced, a la cual tenía particular devoción, su
labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le
quedaban en blanco.
Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo,
Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró su
verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores
rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su
amada.
--Bien hizo vuesa merced--respondió el espadero tranquilamente.--¡Ay del
varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que habiendo matado en
buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de castigar de igual
modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!
Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.
Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le
pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la
escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a
barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No
había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la
muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su
amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?
Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces
pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores
para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con
Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera
hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la
vacilación era grande.
Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole
hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de
su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor
tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre
que desdoro, y aceptó.
Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de
plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y
el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina,
doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer,
sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal
que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos
cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.
En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía;
pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un
gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta
grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines
trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de
salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor
desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y
meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras
historias.
En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la
franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de
Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un
recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la
frente.
--¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?--preguntole.
--Meditaba, señor Velasco--repuso Ramiro,--en los graves desengaños de
este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser
algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a
parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces
de llorar!
--¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor--exclamó Velasco con las pupilas
iluminadas por misterioso pensamiento.
--¿A mí?
--Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.
--¿Veisme acaso cara de moro?--respondió Ramiro con enfado.
--Pues bajemos a la plaza e os lo diré.
Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano
de raciones tomó primero la palabra y preguntó:
--¿Habéis oído hablar de la arte notoria?
--Sí; pero ignoro lo que sea.
--¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un
corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de
prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor
del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del
lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese
conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e
do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo
todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más
ley que el antojo?
--Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco--contestó
Ramiro con sorna,--cualquier hombre se hiciera rey del mundo.
--¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!--musitó pensativamente su
interlocutor.
--Que si alguno--agregó Ramiro completando su pensamiento--pudiera
hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un
juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y
todas las naciones por emperador.
--¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese sabio,
para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de vuestro
nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jamás,
e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los
ángeles?... ¿Os reís?
--Paréceme--contestó Ramiro--que habéis topado con algún hechicero de
marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya me prometo
salvaros de alguna peligrosa brujería.
Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y
media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de
mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las
plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un
color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían
en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras
y laúdes subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.
Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y
luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión! ¡Confesión!»
Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:
--Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.
--Aquí es--exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse
frente a una covacha del barrio de San Miguel.
Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y
llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván.
Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una palabra
incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.
Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeño aras
marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba con misterioso
claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna que
entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un
libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo
negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo
anteojo de latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un
agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en
la penumbra astral de la estancia.
--Esperad--exclamó Velasco,--esperad; no nos alleguemos aún.
Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el
infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.
Nadie venía.
De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la
vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí
sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror
del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que
descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada
sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie,
de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la larga cabellera, en seguida el
capisayo con martas que le llegaba hasta más abajo de las rodillas,
luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la página. Cuando estuvo
del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó, despacio, muy
despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil,
estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre
la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las
horas de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de
insomnio. Púsole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la
repelente aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.
El hombre dijo:
--Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de gloria.
Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.
Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la
pupila, habló de este modo:
--¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por
ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una virgen le
salvará. Esperad--dijo después,--y tomando de encima del altar un
estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.
El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.
--Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena de
perdición--agregó entonces el mago, dejando el acero.--Comulgaréis siete
días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y agua todo los
viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano durante
los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el
más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.
Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo aquello no
había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el
mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y leyó:
«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna cosa.»
«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que
poseer un reino o un imperio.»
Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera cual
vana visión.
Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:
--¿Cómo llamáis a este hombre?
--Mosén Raimundo.
--¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?
--Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa
manera.
--Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor de algún
imperio?--agregó Ramiro, con la voz estremecida.
--Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual
pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso
Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora,
en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se
perdió en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen
ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de
ellos pueda decir: _¡Eureka!_, volverán a tomar el gobierno del mundo
que antes les perteneció, según rezan los más antiguos documentos.
Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho
dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros,
de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios días, y al
errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase deslumbradora:
«Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación
es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en su
pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase
los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la
absoluta reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo
linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y
ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio.
Los falaces argumentos se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el
hechizo de la sarracena y sería después el fuerte, el único, el
caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...
Comenzó las oraciones y los ayunos.
Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que le
indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a
la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y antiguo
arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas y
gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de
la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco,
al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa
academia. Allí, el noble de título se codeaba con el hábil estafador de
retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa
reja de presbiterio.
Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de la
primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo entretanto
a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más imprevistos
discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de
clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un
asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la
campaña de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados,
penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y
que a él, por ser el capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del
Santísimo.
Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin
enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en aprieto a
los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la
academia.
Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según fórmulas
exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna
para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas
manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y fuertes y
la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los
objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios
ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de
uno en otro salón, un paje caudatario, con morada librea, sostenía por
detrás el extremo de su larga cola de chamelote.
Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Canónigo
topó en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la última
visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él mismo
equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa
mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda,
levantada hasta más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y
cortas, que las medias de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la
pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso
sahumerio. La dama se incorporó con un grito de espanto y Ramiro cerró
de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo le mandaba decir con un
paje que volviera pasado el toque de oraciones.
Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante
encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus
amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de
tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de ámbar,
colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.
Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin
duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir sobre las
brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nóminas y otras
supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del Diablo, donde
muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovechó
para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de
Cristo.
--¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?--preguntó melífluamente el
Canónigo.
El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del rostro
a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las
suyas.
--Aún no--respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;--pero oigo
encomialla a los demás.
--¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!--exclamó
entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.--Ya se ve
claramente--volvió a decir, dirigiéndose al mancebo--que aquellos amores
os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.
En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo implacable,
agregó:
--_¡Vade retro! ¡vade retro!_ señor hipócrita, señor apestado, señor
brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en
propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al
infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado aquí
mismo a los familiares del Santo Oficio. _Nego absolutionem, nego,
nego!_ Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que
el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate
su vida en el palo del quemadero. _In nomine meo dæmonia ejicient.
Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!_
No digo más.
Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando consigo en
voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle
inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien lanzaba
por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda,
buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había
rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y
enmudecido, a imagen del primer hombre después de su falta.
Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de su
vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca
olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus
fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo
suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las
mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los
claros mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había
querido imponerse ninguna mortificación ni rezar una sola vez el
rosario. ¿A qué achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin
duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su
propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y
el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en torno de
su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva y
horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el
hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no
desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para
él como la suprema esperanza.
Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y se
alojó en la posada del Sevillano.
Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo de
Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la
Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y
ministriles.
--Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la
fe--exclamó el espadero.--Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.