TERCERA PARTE

I

Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y

plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el

tumulto.

La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de

costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la

calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso

desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta

suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado

ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más

ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso

amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes

versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el

polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio

cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la

ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era

toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus

balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,

el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o

Ajofrín, enfriadas por el rocío.

Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo

torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una

ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la

bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un

manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella

puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos,

y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.

Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el

agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates

de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una

hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho

con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o

por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer,

la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el

largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza

de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.

Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en

un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi

de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y

sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo

de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su

embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le

evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.

Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo

que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica

doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta

alguna en su contra.--La esposa o la desposada que nos burla--habíase

dicho a sí mismo--se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez

descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla,

olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su

recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra.

En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había

renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él

consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas

lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con

torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no

sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la

eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra

la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.

Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello

del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo

advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún

filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda,

tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal

de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en

algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante

todo el resto de su vida.

--¿Qué impulso incomprensible--preguntábase entonces--acababa de

encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los

peones del Santo Oficio?

Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de

miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le

susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad

justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de

lujuria.

Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en

una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a

un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de

las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de

esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el

Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar

solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su

tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su

capricho.

Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy

distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta

y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano

arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde

el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente

entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles,

angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y

sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.

Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre

de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve

asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una

alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la

cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente;

todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio

religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando

atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de

sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de

perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos

por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas.

El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador,

llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza

de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas

amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más

tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el

rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies

desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus

pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia

una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros,

los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los

campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por

los infieles.

El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a

Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un

olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora

con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo

de su alma.

Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus

monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los

serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas

virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de

las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando

los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían

ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes,

en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del

canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los

antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.

Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la

pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las

moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una

existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente

en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la

portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente

perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los

moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor

religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus

calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de

penitencia.

El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y

perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba

como un peñasco entre Dios y su alma.

* * * * *

Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el

viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera

dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico

ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los

vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba

el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se

quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes,

pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la

hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de

poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre

meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de

zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.

Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y

parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de

hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja

y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,

prorrumpió:

--¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que

lleva?

Ramiro se la ofreció buenamente.

El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó

atentamente el recazo:

--No en vano--agregó--me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi

padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!

Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y,

arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El

metal vibró como una campana que sonara muy lejos.

--¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!--agregó

Domingo de Aguirre.--El acero es cada día más sucio y el temple más

ruin.

--Dícese, en verdad--contestó Ramiro,--que habéis perdido algunos

secretos de antaño.

--En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la

mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en

punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es

la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como

Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la

alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen

mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida,

como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las

Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última

vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella

a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!

Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla

color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un

cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro

cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un

higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras

todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían

vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de

las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras

como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y

firmeza.

Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo

aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez

que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía,

como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas.

Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el

trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran

sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.

Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial.

Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz

y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación

el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había

demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne

herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus

estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los

concilios.

Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos

en la suya y continuaba diciendo:

--¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando

vemos que la nación entera va camino de su perdición?

Ramiro hizo un gesto de asombro.

--Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no

las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los

tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las

ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado

está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la

sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el

que venga.

--¿Y piensa vuesa merced--replicó Ramiro--que por tributo más o menos

debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro

renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de

los siglos venideros?

Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar

aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le

traía a la memoria las palabras de Bracamonte.

--Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos

a punta de espada,--repuso el espadero;--pero no éstas en que todo se

logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que

los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar

nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un

entremés, que ha poco compuse...

Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el

siguiente discurso:

--Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena

en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más

lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del

rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con

ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San

Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer

cuartos de mis ochavos.

--Ingenioso lenguaje--exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y

abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó

bruscamente:--¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde

celebra sus autos el Santo Oficio?

--Aquí mesmo.

--¿Y son tan lucidos como se dice?

--Los de agora no son autos, sino autillos--contestó el espadero,

agregando en seguida con melancólico semblante:--¡Ah cuán poco

vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase

poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo.

No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué

tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo

aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas

de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y

disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores?

¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar

pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas

de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles

entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo--exclamó esta vez,

meneando el índice negativamente.--Con la corte se marcharon los más

grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora

como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la

seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la

fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para

hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e

toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la

mesma, no, esta cabeza de las Españas!

La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables

de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.

Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó

diciendo:

--Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y

antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido

mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca

allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como

decir el primer linaje de España.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 44 / 50 题