I
Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y
plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en el
tumulto.
La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de
costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando la
calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso
desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta
suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado
ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más
ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso
amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión de trajes
versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el
polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el acopio
cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la
ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era
toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus
balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,
el joven avilés tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o
Ajofrín, enfriadas por el rocío.
Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo
torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en una
ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba la
bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de un
manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella
puerta, donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos,
y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.
Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el
agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates
de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi siempre, una
hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el mostacho
con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza o
por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer,
la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el
largo espadón y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza
de algún soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.
Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele sumergiendo en
un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi
de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y
sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo
de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su
embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le
evitaran por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.
Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo
que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja trágica
doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta
alguna en su contra.--La esposa o la desposada que nos burla--habíase
dicho a sí mismo--se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez
descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla,
olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su
recuerdo como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra.
En cambio, el breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había
renovado en su espíritu cavilaciones y remordimientos que él
consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas
lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con
torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida no
sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba perdida para la
eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el reino, contra
la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.
Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era aquello
del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber sin que él lo
advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo decía, algún
filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan profunda,
tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el Tribunal
de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en
algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante
todo el resto de su vida.
--¿Qué impulso incomprensible--preguntábase entonces--acababa de
encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida por los
peones del Santo Oficio?
Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba de
miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le
susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la ciudad
justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de
lujuria.
Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en
una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a
un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la sombra de
las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de
esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el
Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar
solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su
tribulación caminando y caminando por las calles, al azar de su
capricho.
Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy
distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta
y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano
arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde
el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente
entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles,
angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y
sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la brusca faja de sol.
Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre
de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve
asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una
alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la
cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente;
todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio
religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando
atravesaba los barrios de la morería, entre las covachas atestadas de
sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de
perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos
por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas.
El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador,
llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza
de cobre. Era la misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas
amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más
tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el
rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar suyo, los pies
desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus
pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia
una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros,
los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los
campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por
los infieles.
El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes a
Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de amantes, un
olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora
con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo
de su alma.
Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus
monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio de los
serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las tremendas
virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra de
las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando
los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían
ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes,
en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el último eco del
canto de los almuédanos. La cera y el aceite ardían de continuo. Los
antiguos alminares lloraban con campanas católicas su remordimiento.
Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la
pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las
moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una
existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente
en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la
portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente
perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judíos y los
moros, antojábasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor
religioso; y, a la hora del crepúsculo, creía respirar a través de sus
calles, errante hálito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de
penitencia.
El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y
perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba
como un peñasco entre Dios y su alma.
* * * * *
Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad con el
viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera
dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual hipnótico
ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los
vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba
el golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se
quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes,
pordioseros, soldados inválidos, menestrales sin trabajo, señores de la
hoja con encerado bigote y calzas de color, y más de un hidalguejo de
poca monta, se confundían en aquel reposo común bajo la lumbre
meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de
zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.
Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y
parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de
hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja
y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,
prorrumpió:
--¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que
lleva?
Ramiro se la ofreció buenamente.
El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja, observó
atentamente el recazo:
--No en vano--agregó--me había guiñado esta joya. He aquí la marca de mi
padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!
Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y,
arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El
metal vibró como una campana que sonara muy lejos.
--¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!--agregó
Domingo de Aguirre.--El acero es cada día más sucio y el temple más
ruin.
--Dícese, en verdad--contestó Ramiro,--que habéis perdido algunos
secretos de antaño.
--En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la
mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en
punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es
la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como
Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la
alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen
mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida,
como era menester, no la poníamos en la lonja por todo el oro de las
Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacábala por última
vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba la riñonada para ponella
a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor hidalgo!
Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla
color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo carmesí. Un
cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro
cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un
higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras
todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían
vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de
las ataujías. El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras
como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y
firmeza.
Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a todo
aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó esta vez
que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de villanía,
como faena preclara puesta al servicio de las más altas empresas.
Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el
trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran
sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.
Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial.
Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro tenaz
y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en generación
el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había
demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne
herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus
estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los
concilios.
Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos
en la suya y continuaba diciendo:
--¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando
vemos que la nación entera va camino de su perdición?
Ramiro hizo un gesto de asombro.
--Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey no
las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los
tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala, las
ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado
está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la
sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el
que venga.
--¿Y piensa vuesa merced--replicó Ramiro--que por tributo más o menos
debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro
renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de
los siglos venideros?
Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar
aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le
traía a la memoria las palabras de Bracamonte.
--Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban reinos
a punta de espada,--repuso el espadero;--pero no éstas en que todo se
logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa merced que
los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar
nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un
entremés, que ha poco compuse...
Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el
siguiente discurso:
--Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena
en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales más
lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por la gloria del
rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados con
ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San
Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer
cuartos de mis ochavos.
--Ingenioso lenguaje--exclamó Ramiro. Luego, levantando la cabeza y
abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover, preguntó
bruscamente:--¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde
celebra sus autos el Santo Oficio?
--Aquí mesmo.
--¿Y son tan lucidos como se dice?
--Los de agora no son autos, sino autillos--contestó el espadero,
agregando en seguida con melancólico semblante:--¡Ah cuán poco
vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase
poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo.
No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué
tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo
aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién verá otra vez aquellas entradas
de príncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y
disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos y voladores?
¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar
pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas
de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles
entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo--exclamó esta vez,
meneando el índice negativamente.--Con la corte se marcharon los más
grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora
como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la
seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la
fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para
hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e
toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la
mesma, no, esta cabeza de las Españas!
La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables
de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.
Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó
diciendo:
--Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y
antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido
mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca
allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es como
decir el primer linaje de España.