Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con
Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de
Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del
alba.
Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha
el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la
hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su
malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había
mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del
Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de
supersticiosa inquietud.
Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su
cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración
deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y
otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares
cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz
de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer,
hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.
Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la
eternidad.
Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería
pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado
muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se
llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería,
de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz.
Un inocente sería condenado en su lugar.
Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió
seguir el consejo del cielo. Rezó un _paternoster_ y un avemaría, hizo
girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando
la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato
después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino
de Cebreros.
--¡Dios lo quiere!--pensó Ramiro.--¡Un ángel lo aguija!
No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las
veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún
sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento
desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el
deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por
fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.
Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre
una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se
hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y
un labrador se hacían las primeras preguntas:
--¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?
--Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.
--¿Es de aquel lugar vuestra merced?
--Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de
presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo
pariente mío, y quiero visitalle.
--Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he
nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad
sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre;
pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria
a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...
El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y
púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos
moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de
Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura
un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por
punto, el delito de ambas mujeres.
Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él
descubierta.
--Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente--dijo el
clérigo--me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo
diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y
piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo
de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.
--¡Válame Dios e la Virgen Santísima!--exclamó el labrador,
santiguándose con espanto.
Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran
baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila,
y viajaba ahora por ventas y caminos.
El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el
continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de
angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase
humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva
arrogancia al pensar en los hombres.
Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar
sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había
sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el
pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de
las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso
pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal
pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y
lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.
Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas
sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en
reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la
tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un
tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había
querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre
había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de
aquella cuchillada.
--Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las
barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.
Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino
que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y
que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.
--No--respondió Ramiro con frialdad;--más falta hacéis a vuestro padre
que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para
Toledo, adonde he de esperalle.
Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada,
quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela
a la muchacha, diciendo:
--Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.
Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.
Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra
serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando
los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó
una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y
espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una
sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado
de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle
en su banda como segundo.
A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de
mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de
Alcántara.
Estaba en Toledo.