VIII

Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con

Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de

Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del

alba.

Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha

el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su amancebamiento con la

hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la causa de toda su

malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si no había

mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del

Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de

supersticiosa inquietud.

Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su

cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la coloración

deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y

otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares

cubiertos de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz

de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer,

hízole pensar en el encarnado capucho del verdugo.

Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la

eternidad.

Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quería

pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía haber dado

muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si se

llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería,

de fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz.

Un inocente sería condenado en su lugar.

Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilación, resolvió

seguir el consejo del cielo. Rezó un _paternoster_ y un avemaría, hizo

girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando

la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato

después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino

de Cebreros.

--¡Dios lo quiere!--pensó Ramiro.--¡Un ángel lo aguija!

No tardó en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las

veces por el gesto vago de los pastores que solían señalarle algún

sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento

desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el

deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por

fin a Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.

Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre

una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se

hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo anciano y

un labrador se hacían las primeras preguntas:

--¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?

--Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar después a Toledo.

--¿Es de aquel lugar vuestra merced?

--Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los años, el deseo de

presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las Clarisas es algo

pariente mío, y quiero visitalle.

--Bien, bien... Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de la nava. Allí he

nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua de Navidad

sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre;

pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria

a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman...

El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y

púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado por su pueblo dos

moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisición de

Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por añadidura

un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por

punto, el delito de ambas mujeres.

Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de la conspiración por él

descubierta.

--Además, un mozo de mulas que viajaba con esa gente--dijo el

clérigo--me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un bebedizo

diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y

piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo

de la fe de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.

--¡Válame Dios e la Virgen Santísima!--exclamó el labrador,

santiguándose con espanto.

Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran

baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los muros de Avila,

y viajaba ahora por ventas y caminos.

El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el

continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de

angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento. Sentíase

humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva

arrogancia al pensar en los hombres.

Después de tres días, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvió continuar

sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de principios de mayo. Había

sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y ya iba a poner el

pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de

las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso

pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal

pajecillo junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y

lloroso, demandole una y otra mano para besárselas.

Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestañas, su guedeja y todas

sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tardó en

reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las dos de la

tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con un

tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había

querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre

había sido llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de

aquella cuchillada.

--Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las

barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.

Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el polvo blanquecino

que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su servicio y

que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.

--No--respondió Ramiro con frialdad;--más falta hacéis a vuestro padre

que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para

Toledo, adonde he de esperalle.

Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese instante de la posada,

quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y diósela

a la muchacha, diciendo:

--Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.

Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.

Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otra

serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando

los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, llegó

una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y

espaderías, sin más incidente de importancia, en el camino, que una

sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado

de su valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle

en su banda como segundo.

A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de

mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de

Alcántara.

Estaba en Toledo.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 43 / 50 题