Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero
de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del
alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:
--Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela,
topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme
esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez
tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su
hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la
noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede
ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una
antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella
namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese,
señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra
por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.
--¿Quién acoge razones de un ebrio?--repuso Ramiro, desdeñosamente.
Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta
las plantas.
Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio
de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su
paje.
El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:
--Amor de niña, agua en cestilla--luego alzando la frente:--¿No será
alguna treta de Franco, el campanero?
Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó
la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar
el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la
espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja,
oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de
aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la
empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada,
envainolo otra vez en silencio.
Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de
Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era
verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta
de San Vicente, y Pablillos haría de correo.
Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la
ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por
la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por
delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más
hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura
que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos
memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas
de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de
Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino;
y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en
el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez,
riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.
La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de
vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a
los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La
primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y
plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la
mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río,
fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de
Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor,
hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de
los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas
mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume
rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno.
Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.
Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que
esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla
del Norte.
Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las
cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa
de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho
un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche
en el convento de Santo Tomás.
La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi
oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus
pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.
De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la
mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las
seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo
instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime
violencia.
El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del
cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.
Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla.
Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los
_paternoster_ del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la
Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de
reliquias de santos y caballeros.
Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le
manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose,
en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.
Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el
rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor
Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas
cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y
apretado cordón de seda blanca.
«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho
el franciscano al ofrecérselo.
La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la
capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño
monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa
imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de
pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por
sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.
Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le
permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la
ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos
pasos de la casa de Beatriz.
Esperó mucho tiempo.
De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una
ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la
humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los
semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco
por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un
tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las
espadas fuese alejando.
Escuchose luego una voz:
--¡Señor! ¡Mi señor!
Era Pablillos.
Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido
frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba
con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose
al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos,
cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada
la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos
hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se
alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo
retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al
mismo sitio.
Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con
Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.
La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a
contornear por ese lado sus triangulares almenas.
Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz.
Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se
cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las
blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada
vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin,
chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo
cerrose.
Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a
presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura
de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las
ventanas.
Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la
capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era
Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán,
reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con
hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también,
noches pasadas, en la casa de juego.
Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos,
Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego,
estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por
arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y
exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba
ya con el acero tendido.
Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:
--Pida perdón el alevoso.
--Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.
--¡Muera entonces el perro morisco!--volvió a gritar San Vicente.
--Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.
--No la he menester.
--Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor
de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de
vuestra bolsa.
--Vamos donde gustéis.
Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la
dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros,
que él había observado en uno de sus paseos.
Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de
plata entre la incierta claridad de la noche.
Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de
violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de
un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó
su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde
arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de
los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián,
con su valiente cortesanía.
Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de
colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo
caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la
derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.
Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al
suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que
llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes
transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de
amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla
del plenilunio.
Los aceros se cruzaron.
Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a
su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes
fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba
rebrillar la dentadura.
San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella
máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin,
temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro
una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a
parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces,
iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia
adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y
tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe
en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del
justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.
Gonzalo exclamó:
--¡Esto es hecho!
Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.
Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin
vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.
Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro
elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba
vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un
goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de
gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña
sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz,
hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.
Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y
desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada
camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil;
pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy
pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las
siguientes palabras:
«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero
tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré.
Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora
irá luego a hablar con vuesa merced.
»Vuestra fiel servidora, _Alvarez_.»
Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que
Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña?
Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con
nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo.
Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que
negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que
rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto,
embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.
Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos
rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que
habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el
escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:
--Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que
vuelva la ronda.
Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar,
y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de
Beatriz.
Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de
Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.
Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa
desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó
de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y
piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas
de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin,
el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez
asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en
voz baja:
--¡Albricias, señor don Gonzalo!
Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con
impaciencia:
--Presto, presto--agregó;--cruce vuesa merced el patio y el huerto, y
suba a la torre.
Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había
visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda
contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le
inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al
comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura
de la noche hacíale sonreír.
Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero.
El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía
en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de
pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto
de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo,
dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los
ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora.
Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.
De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.
Ramiro se irguió.
Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la
torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez
de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos
cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón
de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás,
vibrando en el aire cual doble serpiente.
Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la
tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio
cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el
rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus
labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.
Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no
fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo
cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora,
divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha;
olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un
ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la
máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño
desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre
la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura.
Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una
lucecilla azul, una gota de luna!
Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento,
en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras;
pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos,
y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino
furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr
por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada
caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces
imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un
relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle
de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el
rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca
del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía
hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de
otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a
otro hombre!
En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:
--¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!
Y tendió de nuevo su boca insaciada.
Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó
cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía
que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su
cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo
sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el
exterminio, la muerte!
Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz,
devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre
los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin
desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió
dos veces:
--¡Ramera! ¡Ramera!--enseñándola el rostro.
La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta,
negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El
echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca
con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a
desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un
cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente
desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo
cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del
rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por
el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al
crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de
Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta
apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.
Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida
junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo
dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la
puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer
de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.
Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El
escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.