A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la
calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La
ventana no se entreabrió siquiera.
A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a
la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba,
sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni
volvería a aparecer nunca más!
En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la
calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde
las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el
de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en
nombre de una mujer.
Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira
inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco
sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que
buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de
la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla
en el corazón!
Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva
costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de
suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible
castigo.
Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las
ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección
a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre.
Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo
bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:
--¡Qué es esto, Santísima Virgen!--se dijo el mancebo.
Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a
don Alonso. ¡Pero no!...
Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó
encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la
noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién
sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado
calculador y avariento.
Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en
cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él,
donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva
proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades
monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija
tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde
todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que
retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían
librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz
nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía
el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para
irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en
Italia, en las Indias.
A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento
irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido
de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su
caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de
la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste.
Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que
deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su
patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.
El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito
próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales
caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique
Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración
de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo,
con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y
Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los
hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa
de juego.
La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja,
Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en
aquella escritura suntuosa y estremecida!
A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.
--¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al
arrimarse a la mesa?--preguntole el paje, continuando la plática que
traían desde el portal.
--Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o
no hice.
--Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y
poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración
que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.
--¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?
--No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo,
con la hembra menos guardosa del mundo.
Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la
capa, exclamó como espantado:
--¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!
--Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.
--¿La jugó también vuesa merced?
--Juguela.
--¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?
--Todo.
--¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para
mañana y los días venideros?
--Eso piénsalo tú, que eres villano--exclamó Ramiro muy cerca de la
cólera.
--No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron
siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que
destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa
merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.
Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con
cautelosa humildad:
--Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho,
ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.
Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz
para dormirse, repuso como entre dientes:
--Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...
El resto de la frase perdiose entre las mantas.